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Tiempos baldíos, de José Siles
(primer capítulo)

domingo 1 de febrero de 2026
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“Tiempos baldíos”, de José Siles

Breve relación de la legendaria y azarosa vida del cirujano mayor don Íñigo Lope de Cardonara
(compuesta por uno de sus pacientes acogido a gracia de anonimato).

I

Creyó morir cuando aquel demonio inglés lo empujó desde lo alto del castillo de popa. Seguía inmóvil y al respirar los sorbos de aire se encendían formando una gran lengua de fuego que le laminaba los pulmones achicharrándolos por dentro. Matías Salazar, veterano de campañas tan gloriosas como las de las Alpujarras y Lepanto, a la sazón capitán de la Real Infantería de su majestad don Felipe, yacía boca abajo en medio de un gran charco de sangre ensartado en el asta partida de un bichero. Solo era uno más entre una muchedumbre de cadáveres que alfombraban la cubierta del navío Pisuerga y la batalla, según el paisaje a la vista, no podía haber ido peor.

Fue entonces cuando, como por obra de milagro, se le acercó un misterioso monje —excomulgado desde el Concilio de Trento por no jurar el Index Librorum Prohibitorum— y doblando aquel largo espinazo, que sostenía su rostro afilado tan por encima de los demás que muchas veces había que empinarse para escuchar lo que decía, le susurró algo al oído. Don Matías Salazar debió sacar fuerzas de flaqueza para asentir sin apenas moverse, porque Íñigo Lope de Cardonara, a la sazón, cirujano mayor de la Armada Real y jesuita purgado mediante excomunión, desenvainó su cabeza retirando la capucha que la cubría con un movimiento tan delicado y armonioso de la mano que apenas resultaba perceptible para los ojos de los mortales, y, sin más, empezó a hurgarle con sus dedos alargados y huesudos por donde le entraba la vara astillada en franco bisel del bichero (que era por el tercio superior de la espalda hacia la paleta izquierda). Fue entonces, poco después de fijarse en la incipiente calvicie del monje enfermero, cuando el capitán Salazar perdió el conocimiento. Al despertar creyó que estaba en el cielo cara a cara con una especie de ángel o aparecido mofletudo, un adolescente regordito de ojos brillantes, mejillas inflamadas por el esfuerzo y abundante cabellera resuelta en un mar de rizos menudos, que se afanaba en la menesterosa tarea de atarle los nudos para fijar el vendaje. El ángel con aspecto de glotón se hallaba arrodillado junto a su hamaca, una tira de lona mugrienta de cuerpo y medio de ancha que habían descolgado colocándola en el suelo para facilitar las maniobras propias de la cura mediante una inmovilización parcial (de esa manera se evitaba el balanceo propio de la hamaca, pero no se podía hacer nada con los capotazos incontrolables de un navío a merced del temporal).

Aquel aprendiz de practicante seráfico le recordaba un joven que había conocido muchos años antes; sí, tenía los mismos rasgos y el alboroto que le nacía del cráneo como una selva de virutas de paja acaracolada era idéntico al estropajo indómito que Miguel intentaba sepultar bajo la gorra de paño palentino que su padre le regaló al cumplirse el año de estar conviviendo con la familia Salazar. Su mirada era muy semejante a la de Miguel, un aprendiz de amanuense que había tomado a prueba el doctor Salazar para paliar el drama de su familia. Acababan de encarcelar a su padre —que además pertenecía al mismo gremio que el doctor Salazar— en la prisión municipal de Alcalá de Henares.

“Tiempos baldíos”, de José Siles
Tiempos baldíos, de José Siles (Aliar, 2025). Disponible en Amazon

Tiempos baldíos
José Siles
Novela
Aliar Ediciones
Granada (España), 2025
ISBN: 979-1387823351
242 páginas

Sí, treinta y tantos años después, aquel muchacho que además de trabajar para su padre estaba enamorado de su hermana Catalina, le estaba atando los nudos de la venda con una profunda melancolía... con la misma tristeza en su mirada de escribiente despistado.

Los lamentos a uno y otro lado del pasillo alertaron al capitán Salazar despejando de su mente los recuerdos de un pasado al que se aferraba ante la sospecha creciente de que la muerte rondaba su futuro más inmediato. La curiosidad le prestó fuerzas para mirar de reojo: un largo y estrecho corredor empañado en vapores de azufre, humo negro y trasiego enloquecido de hombres portando heridos en camillas improvisadas (parihuelas construidas con remos y lonas de hamacas) que intentaban sortear los enormes tubos de los cañones abandonados a su suerte como una cofradía de cachalotes varados a lo largo de una playa olvidada. Los heridos que no habían perdido el conocimiento gemían, maldecían su destino, clamaban en contra del duque de Medina Sidonia (almirante de la maltrecha escuadra) y del rey, o pedían a gritos auxilio de confesión mientras lo que quedaba de sus existencias se columpiaba envuelta en las hamacas que colgaban como una ristra de morcillas dispuesta a lo largo de un corredor que semejaba más una carnicería recién abastecida tras la matanza que un buque de guerra.

Sí, Matías Salazar podía contarlo, había sobrevivido a la batalla gracias al coraje mantenido por la tripulación, el suyo propio, y el barco... que también había contribuido lo suyo resistiendo la embestida de los elementos. Gracias a esa conjugación de factores humanos, materiales, naturales y, tal vez, divinos, el capitán Salazar yacía en el hospital del Pisuerga, un hospital de sangre improvisado apresuradamente en un estrecho corredor salteado de troneras y piezas de artillería pesada que los marineros llamaban galería de cañones de babor.

Por la noche el temporal amainó, pero el capitán Salazar no pudo descansar. No sabía qué era peor, si la violencia de la tormenta y el crujir de las cuadernas y mástiles del Pisuerga, o los gritos de dolor y las quejas y encomiendas de los moribundos. Mientras duró la tempestad, las aflicciones de los heridos quedaron enmascaradas en la sinfonía orquestada por el temporal, pero una vez calmada la mar y serenado el espíritu del navío, todos los ruidos se tornaron en gritos de desesperación y dolor. Los suplicantes, medio desventrados, solicitaban agua a sabiendas del martirio que les produciría el alivio momentáneo de su intensa sed, los moribundos rogaban por sus familias y pedían protección para ellas a cambio de entregar sus almas de una vez por todas, los mutilados sentían el intenso dolor del miembro —amputado a tajo de cuchillo serrado, sin más distraimiento que un par de tragos de ron— en algún rincón incomprensible de sus cerebros, y los muertos... los muertos, simplemente se echaban a nadar.

Salazar oyó el clamor de agua violentada, como si alguien acabara de lanzar un bulto desde cubierta. Miró a ambos lados de su hamaca, pero no vio nada excepto una oscilación de lenguas de fuego con escafandra medio chamuscada. Sintió el balanceo suave de las hamacas más próximas. No, no pasaba nada, debía tranquilizarse, pero cuando iba a intentar dormir un nuevo chapoteo, como si una piedra lanzada desde lo más alto de la meseta castellana acabara de romper el espejo helado de aquellas aguas atlánticas, volvió a sumirlo en el desconcierto. Hizo un nuevo esfuerzo para ojear sus flancos y esta vez sí pudo descubrir el origen fragoroso de aquellas misteriosas zambullidas: eran los difuntos que protestaban al ser arrojados a la mar directamente desde las troneras ahorrándose el trabajo de subirlos a cubierta. La última zambullida: un capuzón para la eternidad.

Un rayo lunar indiscreto y poco respetuoso iluminó brevemente la cabeza destrozada y los galones dorados de un enorme sargento mayor sin suerte justo en el momento en el que cuatro marineros se obstinaban en hacer pasar su poderosa anatomía por la luz de una de las troneras.

El capitán Matías Salazar pensó entonces que, en ese mismo instante, la familia del sargento mayor, tal vez su madre, o su esposa o sus hijos, podían estar contemplando la misma luna que acababa de alumbrar el cadáver; ¡Quién sabe! Tal vez el pobre sargento mayor ni siquiera tuviera familia, pero en tal caso, ese satélite caseiforme era sin duda el mensajero que iluminaba en aquel instante la tumba del cementerio donde estaban enterrados los restos de aquella que había dado vida al nuevo súbdito de la muerte. Los torpes marineros repitieron infructuosamente la maniobra en otras dos troneras, hasta que a uno de ellos se le ocurrió decir que no merecía la pena seguir intentándolo porque todos los huecos debían medir más o menos lo mismo. Entonces, a otro de los que formaban la funesta cuadrilla de sepultureros marinos le vino a la cabeza la macabra idea de trocear al sargento mayor.

—Solo lo imprescindible para que quepa —dijo el intrépido sepulturero a modo de disculpa ante la mirada de los demás que, aun curtidos en mil batallas, sin duda habían conservado restos de piedad para desestimar la iniciativa de su camarada, pues últimamente de las levas de su majestad no solo se reclutaban ladrones, asesinos y violadores, y aunque la mayoría lo hubieran sido y continuara en ellos la sombra de su pasado, era justo señalar que hasta los más peligrosos delincuentes —que invariablemente han resultado de los más destacados entre los combatientes— siempre han tenido detalles de compasión en momentos tan cruciales, como lo es por ley natural el de la muerte.

—A ti lo que te pasa es que le tienes manía al sargento porque te mandó dar treinta latigazos —dijo uno de los marineros que acarreaba el cadáver del desafortunado suboficial de su majestad don Felipe (el segundo del mismo nombre).

—No creas que me caía bien, pero es de ley perdonar a los muertos y no tomar venganzas en ellos —le contestó el aludido rascándose la espalda como si aún le escocieran los vergajazos propinados por orden del cadáver que llevaba a hombros y, tal vez, arrepintiéndose de lo que había dicho.

—Subámoslo a cubierta y démosle viaje de una vez, que por hoy ya está bien —dijo otro de los componentes de aquella cuadrilla funeraria que despachaba a los muertos de forma tan elemental y ruda, instantes antes de que tropezaran con un cañón y cayeran rodando con el sargento mayor por el pasillo.

El estruendo provocó en el corredor el mismo efecto que cuando alguien azuza un nido de abejas: la respuesta del enjambre es inmediata y sonora. Un mar de jadeos, quejas y llantos, que permanecían latentes, temporalmente desactivados por el cansancio o el efecto balsámico de la noche y su azul lunar, cobraron nueva vida inundando de nuevo la estancia de una mezcla heterogénea (distintas voces y tonos, diferentes exclamaciones: queja, sollozo, desconsuelo, aflicción, súplica) e imprecisa, pero con una base común: el sufrimiento..., congoja que hacía posible la conjunción de todos ellos en una especie de zumbido que si se escuchaba durante mucho tiempo provocaba llagas en los oídos. Afortunadamente, el zumbido fue decreciendo hasta casi desaparecer, confundiéndose con un rumor que terminaba asumiéndose como algo familiar dentro de aquel habitáculo.

Antes de dormirse, el capitán Salazar intentó atisbar el resplandor de la luna por la tronera más cercana. En tal contemplación se hallaba sumido cuando escuchó un gran chapoteo, como si alguien hubiera empotrado la luna en el horizonte para que le sirviera de omphalos azulado al Mar del Norte, suceso que sin duda interpretó como el último chapuzón del sargento mayor que por fin había sido “despachado” desde la cubierta de estribor.

Respiró respetuosamente para llenar sus pulmones de conmiseración y sintió algo parecido a la piedad y se encontró abruptamente compadeciéndose de sus marineros y de sí mismo porque, a pesar de su lealtad al rey don Felipe (el segundo del mismo nombre) y su amor por el lugar donde había nacido (o nación), desde hacía tiempo que no podía evitar que se le cruzaran dudas sobre el sentido de aquella carnicería.

 

***

 

El olor del mar acarreaba un aroma de sal azulada que brillaba bajo el efecto de los rayos lunares. Pensó en su madre, doña Concha y en su hermana, doña Catalina..., tal vez ambas estuvieran también contemplando la luna en aquel momento desde su casa en la huerta de San José. Recordó las noches de invierno recogidos los tres en torno al fuego del hogar. Enumeró una a una las calles y plazas de su infancia en Alcalá de Henares. Siguió cronológicamente y pasó casi de puntillas por su estancia en Madrid. Aún le dolía la injusta muerte de su padre, cabeza de turco, entre otros tantos, de todas las intrigas, desmanes y corruptelas que se habían sucedido en el reino, por eso se concentró lo más rápidamente que pudo en la huerta de San José allá en Esquivias, el pueblo toledano en el que vivían su madre y su hermana. Sus recursos apenas les llegaban para mantener la huerta, las dos casas de labranza, una ermita y la vivienda familiar y se sentía orgulloso de que su sueldo de militar, aunque modesto, contribuyera a mantener la exigua hacienda que aún les quedaba a los Salazar. Se durmió mirando la luz azul que resplandecía desde el hueco de la tronera.

A la mañana siguiente, y a pesar lo poco que había podido dormir, Matías Salazar se encontraba mucho mejor. De manera que después de tomarse el vino que le trajo el ayudante del cirujano se puso a analizar su situación. En última instancia, estaba allí porque el cirujano mayor había logrado extraerle el bichero. Se dio cuenta entonces de que había tenido mucha suerte, que tras aquella carnicería en la que había acabado convirtiéndose la expedición de su real majestad don Felipe (el segundo del mismo nombre), él debía darle las gracias a Dios y a todos los santos por seguir con vida. Pero aún sentía el dolor benigno y reparador que le había prodigado el cirujano manipulándole la herida con sus manos heladas y metálicas.

Por estar aún vivo, por rebajar la temperatura del agujero que le había hecho el bichero cuya punta astillada le quemaba en los sacos de respirar como un tizón, por todo ello, y después de cumplir con el Supremo, Matías Salazar sabía que era de justicia ofrecerle lo que le quedara de vida a aquel que tan desinteresadamente se la había salvado.

Íñigo Lope de Cardonara vigilaba cómo su joven ayudante tensaba las hilas del vendaje con sus dedos regorduelos y sudorosos. El capitán Salazar se removió azuzado por el dolor que le provocó la brusca maniobra del ayudante del cirujano.

—Una heredad en la huerta de San José con sus dos casas de labranza y la ermita, y sus dieciocho quartos de agua valorado todo ello en no menos de diez mil ducados —dijo el cirujano rascándose la perilla de chivo, que maldisimulaba una barbilla tan afilada y brillante como la punta de un clavo recién lijado, y mirando tan de reojo al convaleciente, que terminó dañándose al realizar uno de los bruscos giros de la cabeza mediante los que pretendía estar a la vez dentro y fuera de varios acontecimientos como si fuera capaz de alcanzar la gracia inhumana de la ubicuidad.

—¡Ah, sois vos! He de daros las gracias por todo lo que habéis hecho por mí —se apresuró a decir Matías Salazar, francamente emocionado al reparar en la presencia del monje cirujano que había estado todo el rato al otro lado de su chinchorro redactando una carta mientras supervisaba, dando una ojeada de vez en cuando y asintiendo levemente con la cabeza (según era menester) la forma en que su joven y orondo ayudante colocaba la venda.

—No está mal, capitán, pero debéis convenir conmigo que he obrado maravillas con vos que valen mil veces lo que esta pequeña finca.

Don Matías Salazar no entendía nada. Intentó incorporarse, pero la herida comenzó a sangrar y el cirujano lo reprendió con severidad mientras su ayudante volvía a deshacer los nudos para reajustar las hilas con la máxima tensión para detener la hemorragia.

—A ver, Rulo, dejadme a mí —musitó el cirujano que, después de colocarse al lado de su ayudante pasando ágilmente por debajo de la hamaca, se quitó la capucha y agachó la cabeza para concentrarse en la herida y manipular el vendaje del capitán Salazar con una liturgia que consistía en dotar de energía tanto los movimientos mediante los que ejercitaba las acciones sobre la cura, como los descansos en los que levantaba la barbilla para desperezar las cervicales aprovechando para concelebrar las reflexiones con las que puntualmente le retaban los nuevos hallazgos con los que se iba encontrando. El contacto con sus dedos alargados y metálicos producía escalofríos. Eran tan fríos como cinco puñales cuyas hojas se transforman en hielo a fuerza de llevar la muerte a horcajadas sobre sus lomos de luna afilada..., hojas que habían penetrado en las profundidades de las entrañas de miles de combatientes convirtiéndolos en esclavos perpetuos del reino de la obscuridad.

—¡Rulo, seguid anudando! —dijo Íñigo mostrándole al capitán Salazar la consistencia hirsuta de un cabello que proclamaba a voces la inminencia de la calvicie.

—¿Cuántos, señor? —le preguntó aquel joven que tanto se parecía a Miguel, el empleado que el padre del capitán Salazar había tomado para ayudar a un antiguo compañero suyo caído en desgracia y que había acabado enamorándose de su hermana Catalina. El ayudante se azoró al hacer la pregunta, pues no llevaba demasiado tiempo con el cirujano y, debido a su carácter bonancible y parsimonioso, aún no había logrado amoldarse a las urgencias con las que su maestro le hacía los requerimientos.

—Basta con cuatro más, pero ténsalos bien —dijo Íñigo comparando la elasticidad de las hilas con el aguante de los nudos.

—Bien, señor, he de señalarle, porque creo que habéis de estar en el conocimiento de ello para salvaros, que existen diferentes tipos de sanadores: los que yerran perjudicando la salud e incluso la vida de sus pacientes, los que obran bien llegando a veces a dibujar la eficiencia en los cuerpos y las mentes de aquellos que se ponen en sus manos, los que hacen verdaderas obras maestras cuyos prodigios traspasan las fronteras y casi nunca pierden pacientes; y, por último, los que nos dedicamos a curar mediante la misteriosa ingeniería del milagro. Yo, vuesa merced no tardará en comprobarlo si tiene la suerte de poder pagarme lo suficiente, únicamente sé hacer curar de esta última manera —dijo Íñigo Lope de Cardonara, que se ufanaba, aunque con una naturalidad que delataba reiteración, incluso cansancio por el ejercicio secular de una pedantería ciertamente veterana, de ser un milagrero, el único milagrero con el que podía contar la Armada Real casi a finales de aquel siglo XVI—. A los primeros se les puede perdonar si alguien comete la torpeza de pagarles unos servicios por los que solo merecen el más vergonzante de los castigos públicos; los segundos pueden vivir recibiendo pagos en especie: el vino, la cecina, una gallinácea y algún que otro mendrugo para mojar el vino de palo santo con tajadas de queso de cabra de pelo acanelado tirando a rubio; al estamento de los prodigiosos no es justo que se les entorpezca la consumación del tributo porque este siempre se quedará corto por mucho que alcance la hacienda del beneficiario de su trabajo; pero a nosotros, a la reducidísima cofradía de la que formamos parte los milagreros, nadie nunca podría pagarnos justamente ni aun dándonos su vida a cambio de nuestras magias.

Íñigo Lope de Cardonara supervisó de nuevo los nudos que había hecho el aprendiz. Tenía las manos tan frías y minerales como una espada, un bisturí o cualquier otro instrumento tan propio tanto de un botiquín como de la panoplia de un brigadier. Porque desde que Matías Salazar divisó por vez primera el rostro afilado de Íñigo Lope de Cardonara, aunque no quiso hacer caso de su instinto pasando por alto sus recados, advirtió la polaridad de la existencia de aquel excomulgado en el contencioso insoluble inscrito en los dos hemisferios de su cara: un ojo reñido con el otro elaborando una mirada indescriptible por su excentricidad; el plano derecho de sus labios regorduelo y aplastado (casi inapreciable en su insignificancia estilizada); el izquierdo discontinuo y frágil, el cabello del lado izquierdo de la barbilla y solvente hasta llegar a basto el vello del lado opuesto. Por su hábito de jesuita era dueño de cierta pose religiosa, pero su grado de alférez de la Armada le confería una prestancia de militar infalible, como si se tratara del nieto salido de tiesto de un antiguo caballero cruzado: un tercio monje (destilaba latines en sus rezos que le servían para complementar sus dos facetas restantes dotándolas de altas expectativas de éxito), un tercio guerrero y el último tercio dedicado al curanderismo y la milagrería. Por un lado llegaba a autoerigirse en la categoría de milagrero y, ciertamente, que los resultados de sus obras, al menos hasta lo que llevaba observado y oído sobre las mismas el capitán Salazar, acompañaban sus afirmaciones sustentándolas desde la contundencia empírica.

Curaba con la liturgia y ademanes de un santo, pero a cambio de acaparar todos los bienes del beneficiado quien, a cambio de seguir viviendo, se convertía en benefactor o mecenas de aquel prodigio que superaba con sus magias y artes todo lo habido y por haber en el campo de la ciencia médica y sanitaria. En definitiva, Íñigo Lope de Cardonara era, sin duda, capaz de hacer el bien, pero, por su aspecto e ilimitada ambición, parecía destinado a todo lo contrario.

—Después de la huerta de San José solo me queda una cadena de oro con perlas valorada en unos cuatrocientos reales, una colgadura de brocaletes nuevos y un estrado bordado en cáñamo que no sé en lo que podrá tasarse. Son recuerdos de familia —dijo el capitán Matías Salazar añadiendo sus últimas pertenencias al documento en el que declaraba y daba fe sobre el traspaso de las propiedades que había de entregar al jesuita por haberlo rescatado in extremis de una muerte segura.

Matías se había informado bien, recabando datos entre los marineros y soldados que nutrían la nómina de camaradas convalecientes en aquel hospital de sangre en el que los enfermos habían reemplazado a los cañones. Estaban todos maravillados ante la pericia del monje cirujano. Ninguno de sus pacientes murió, ni empeoró; solo alguno perdió una pierna, un brazo (o los dos), alguna oreja y otras instancias menos a la vista; pero todos, absolutamente todos, pudieron vivir para contarlo..., y, sobre todo, para amortizar durante el resto de sus días la más colosal deuda que ser humano alguno pudiera contraer ante otro ser que, aunque lo pareciera, no llegaba a poseer del todo la entidad del Divino.

—Es increíble lo que hace el cura renegade —dijo un marinero al enterarse que los heridos que daban por muertos, sanaban al día siguiente.

—Es un demonio, sus sanaciones no responden a naturaleza, tiene que haberse liado con Belcebú —afirmó uno de los heridos con el rostro desdibujado y el alma en vilo, aunque algo menos desalentado porque por fin la mar se había dulcificado hasta apenas dejar notar su presencia en el leve balanceo de su hamaca. Hacía menos de veinticuatro horas que una bala de cañón le había arrancado las dos piernas de cuajo y no tenía la menor molestia.

Los heridos se preguntaban entre sí y no salían de su asombro al experimentar mejorías inimaginables, y aunque no les gustaba hablar de lo que les había costado salvar la vida, alguna vez preocupados por la deuda que se les venía encima o la miseria en que habían quedado para el resto de sus días, confesaban lo que le habían entregado o prometido al monje cirujano Íñigo Lope de Cardonara a cambio de conservar el pellejo. De forma que ya era cosa pública, tanto la eficacia sanadora del monje cirujano como la ambición que lo impelía a dedicarse a tales menesteres.

El capitán Matías Salazar había embarcado en Cádiz en el Pisuerga, uno de los más de trescientos navíos que componían la flota cuyo misterioso destino no era otro que la invasión de Inglaterra. Tras la tempestad y el batir infatigable de la artillería enemiga el desastre, que solo los más pesimistas o presuntos cobardes presagiaban, se hizo tan evidente que algunos clamaban por no haber sucumbido con sus compañeros antes que contemplar tan humillante derrota: de los más de veinte mil hombres que perdieron la vida o desaparecieron para siempre de la faz de la tierra nunca más se supo.

En su hacienda tampoco volvieron a tener noticias de él: el capitán Salazar tenía demasiado orgullo para volver derrotado y arruinado. “Esa huerta, con sus casas y su ermita era todo lo que nos quedaba de mi padre. Espero que mi madre y mi hermana hayan podido salir adelante. No puedo volver. Mejor que me den por muerto”, pensó el primer día que tuvo permiso del cirujano mayor para levantarse. Cuando llegaron al puerto católico de Santander —el Pisuerga fue una de las contadas embarcaciones que resistieron el temporal y los proyectiles de los cañones enemigos— el capitán, abatido y arruinado, sin familia ni moral para seguir formando parte de la maltrecha Armada española, abdicó de su grado militar para convertirse en el ayudante de Íñigo Lope de Cardonara.

José Siles
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