
Novela coral en la que lo cotidiano es atravesado constantemente por lo mítico, la obra Guadaña, del escritor Juan J. A. Ochoa, construye un universo con la huida, la persecución y el refugio como experiencias centrales. Lejos de ofrecerle al lector una épica convencional, el texto sobre el cual conversaremos hoy con el autor español se despliega como una reflexión sostenida sobre el poder, la infancia, la memoria y los límites éticos del conocimiento.
En las setecientas páginas de Guadaña avanzan en paralelo varias historias que terminan revelándose como partes de un mismo conflicto. En distintos tiempos y espacios, varios personajes descubren que están siendo observados y perseguidos por fuerzas que no responden a un poder concreto ni a una ideología única, sino a una lógica de control absoluto. Esa persecución adopta formas diversas: políticas, históricas, burocráticas y metafísicas, y los obliga a huir, ocultarse y aceptar responsabilidades que quizás los rebasan. El lector se enfrenta así a un relato que exige atención y complicidad, construido desde la fragmentación, la repetición y el eco.
Hoy hablaremos con el autor sobre las motivaciones de este libro, las decisiones formales que moldearon su estructura y los temas que atraviesan la obra de principio a fin, pero también de su concepción de la escritura como crónica, de la construcción de personajes y símbolos, y del modo en que su experiencia vital y profesional se filtra en una narrativa que rehúye las respuestas cerradas. Visitaremos el reverso, por decirlo de alguna manera, de una obra apasionante en la que se cruzan la imaginación, la ética y una mirada profundamente humana sobre el mundo.
Guadaña, la novela que nació de un cuento
Vivimos un presente en el que la literatura fantástica parece haber sido alcanzada por la realidad: a diario nos asalta la noción de la vigilancia, miedos difusos y una suerte de sensación de que casi todo puede ser medido o controlado. ¿Puedes comentarnos en qué punto personal y creativo nace la necesidad de escribir Guadaña y cuáles son las ideas germinales de esta historia?
Bueno, esa es una pregunta complicada. Me resulta muy difícil encontrar una idea germinal o un punto personal desde el que haya surgido la necesidad de escribir Guadaña.
En otras ocasiones he contado que, en mi caso, las historias brotan de una suerte de humus oscuro del interior del cráneo en el que, con lentitud, van fermentando capas y capas de experiencias personales, vivencias, lecturas, películas, encuentros casuales, mezcladas por puro azar, bien removidas.
Esa cocción lenta, ese proceso inconsciente de crecimiento, va generando señales, avisos, el silbido de la presión creciente, que indican que la historia ya está lista. Ahora debe ser escrita.
En el caso de Guadaña, la primera señal fue un sueño muy vívido que tuve hace ya muchos años. El sueño, tan claro y hermoso que aún lo recuerdo perfectamente, generó la necesidad de escribir unas notas para no olvidar sus detalles; notas que se convirtieron en el comienzo de un cuento que, después, pasó mucho tiempo oculto en los ficheros de mi ordenador. No soy un escritor constante. Las historias se forman poco a poco en la cabeza hasta que la necesidad de escribirlas es tan grande que, en bruscos estallidos de muchas horas de duración, dejo de lado cualquier otra actividad y me pongo a escribir. Ahí nace Guadaña, en una serie de erupciones que supusieron un enorme reto ya que es, con mucho, la historia más larga que he publicado.
En cualquier caso, llevo muchos años —si me preguntaras, te diría que, al menos, desde el 11 de septiembre de 2001, según veo al repasar mi blog, mis cuentos, mis redes sociales— sintiendo la necesidad de avisar a quien quiera escuchar, del advenimiento de una época indecente y oscura, poblada por personajes que han decidido sin pudor alguno hacerse con todo. Y para mi desgracia, llevamos años aplaudiéndoles. Guadaña nace también de la necesidad de decir, de gritar de la única forma que sé, que aún hay mucha gente buena que NO aplaude esa oscuridad triste y mediocre.

Entiendo que el proceso de escritura de esta novela no se desarrolló en aislamiento, sino que involucró un diálogo con lectores que fueron siguiendo los episodios mientras avanzabas en la obra. ¿Cómo influyó esa experiencia de escritura acompañada, casi serial y comunitaria, en tus decisiones narrativas y en tu manera de entender cuándo una historia está realmente terminada?
La historia de Guadaña nace dentro de un particular universo, el del An Chruit Corcaigh, el cual, a su vez, surge de la costumbre que tengo de regalar, por Navidad, a modo de tarjetas navideñas, cuentos a mis amigos, a mis conocidos y a muchos otros incautos. Son fruto de mi pasión por el cuento como género, y de mi costumbre de, a través de mi blog El Manifiesto Gris, proponer relatos que hagan, cuanto menos, sonreír a quienes los lean. Lo maravilloso de un cuento es que, en pocos minutos, es posible que esté generando en el lector una carcajada, una sonrisa, un pequeño momento de felicidad. No se me ocurre mejor manera de felicitar, repartiendo alegría en píldoras concentradas a través de las palabras. Funciona.
Guadaña nace como un cuento de Navidad que queda inconcluso, pendiente de una continuación que me obligó a encontrar tiempo cada mes o cada dos meses para poder ofrecer a los lectores del blog el siguiente episodio.
La idea de una serie, como una serie de televisión, en la que las diferentes historias se superponen, secuencia tras secuencia, me resultó divertida. La asumí porque me ayudó a encontrar la constancia precisa para añadir un nuevo episodio, y otro más, una nueva Navidad y otro cuento inconcluso y nuevos episodios hasta un total de doce en los que la historia se hizo enorme, llegando así hasta su final.
Como se ve, la idea de una serie me sirvió para obligarme a seguir contando la historia paso tras paso. No soy constante. Imaginar a mis lectores pendientes del próximo estreno me dio la fuerza necesaria para abandonar otras obligaciones y sentarme a escribir en sesiones maratonianas de muchas horas.
Esta forma de escribir no implica decisiones sobre la historia, al menos conscientes. He contado alguna vez que disfruto mucho siendo el narrador de las cosas que les suceden a mis personajes, pero que nunca tengo la sensación de dirigirles. Para mí están vivos. Hacen y deshacen al margen de mis intenciones. Yo me limito a sorprenderme tanto como ellos, a reírme cuando les suceden cosas divertidas, mientras voy contando lo que veo. Soy un mero cronista de sus andanzas. Y si deciden no hacer nada, pues no me queda más remedio que poner la historia en un cajón y esperar a ver qué es lo que van a hacer después.
En el universo de Guadaña hay mitología, entidades arquetípicas, mundos alternos y una cosmología propia, pero no estamos ante un sistema cerrado de reglas mágicas ni un “manual” del funcionamiento del mundo; las leyes no se explicitan, sino que se intuyen y quedan subordinadas a la experiencia humana y moral de los personajes. En una obra de esta envergadura y complejidad —estamos hablando de setecientas páginas—, ¿cómo trabajaste la coherencia interna del relato para no perderte en tu propia ficción y mantener una brújula narrativa a lo largo de todo el proceso de escritura?
Como he comentado, creo que mi ficción es muy real. Todo sucede en un universo que está muy presente dentro de mi cabeza, en escenarios que conozco desde hace años y que se han convertido, para mí y para muchos de mis lectores, en algo con bastante entidad propia. Terminada ya Guadaña, en el cuento de Navidad que escribí para las navidades de 2024 (podéis leerlo en mi blog, si tenéis curiosidad, aunque recomiendo que primero os aventuréis por la novela), algunos personajes se burlan del narrador por su manifiesta incapacidad para inventarse nada, para mentir. Otros están molestos porque ha contado su historia, pero no ha mencionado sus nombres, acusándole de fraude porque no se molesta ni en novelar. Ni en inventarse las aventuras.
Voy contando lo que veo, y nada más, por lo que no me puedo perder. Lo que sí podría haber sucedido es que se hubiese interrumpido el proceso de escritura y que la historia nunca hubiese visto la luz. Pero, gracias a la obligación autoimpuesta de presentar nuevos episodios para mis lectores, eso no sucedió.
Más tarde, cuando la idea de publicarlo en un libro, en papel, se hizo real e intensa, vinieron los procesos de revisión, de relectura, de limpieza, de eliminación de algunos errores menores (que están a la vista si uno repasa los episodios publicados en el blog y luego lee la novela), para lograr la máxima coherencia del relato y evitar que los lectores se confundiesen.
La prosa alterna sin fricción el humor, la violencia, la reflexión filosófica y una fuerte carga sensorial. Me gustaría saber cómo fue crear esa convivencia de registros sin que ninguno anule al otro, y qué desafíos asumiste conscientemente al mantener esa mezcla tonal.
A mí también me gustaría saberlo.
Es verdad que algunos de mis lectores más fieles (fieles aunque no compartamos gustos sobre el tipo de cosas que escribo o que leo) me dicen “eres tú” o “es muy tuyo”. Supongo que eso es porque, al final, hay una manera de narrar propia, personal y en cierto modo, muy íntima.
Siempre he dicho que un autor debe desnudarse, dejarse de maquillajes y de disfraces. En mi caso, entiendo, esa mezcla de humor, violencia, filosofía, a la que haces referencia, está ahí porque es parte esencial de mi forma de ver el mundo. Alguna vez he dicho que soy un bufón, y que creo que hay que saber reírse de muchas cosas sagradas y solemnes. También sostengo que el humor es lo más difícil de hacer en literatura.
Si un lector se encuentra sonriendo en mitad de un episodio de Guadaña para, a continuación, recordar de pronto, con viveza, un olor o un reflejo de su propia infancia, y si, además, me lo cuenta, entonces sentiré que la misión está cumplida.
Juan J. A. Ochoa y la verdadera función del universo
Los distintos hilos narrativos —Aengus, Danyel, Pilar— avanzan sin encontrarse de inmediato, pero dialogan de manera constante por eco y repetición. ¿Qué te ofrecía esta construcción en términos de sentido que no te habría permitido una narración lineal tradicional?
Es que no puedo decir que esa construcción fuera deliberada. No hay una narración lineal tradicional porque la historia se me ofreció así, jugando con la intriga, al despiste. Aunque suene extraño, el proceso de escritura saltó de un personaje a otro conforme sus andanzas se iban ofreciendo a los ojos del narrador. No hay un proceso de montaje que combine las diferentes historias. Todo es lineal. Un capítulo se escribió detrás de otro en el orden en el que se presentan en el libro. Supongo que es lógico que fuera así, hablando como se habla en la historia de lo elástico del tiempo o de la posibilidad de escurrirse por los huecos de la verdadera forma del universo.
El An Chruit Corcaigh, ese pub de Albacete, termina siendo en tu novela un espacio de refugio, umbral y memoria compartida. Desde el punto de vista formal y simbólico, ¿qué papel desempeña este lugar dentro de la arquitectura del libro?
El An Chruit Corcaigh resulta ser el centro, el nudo en el que convergen universos, relatos y personajes. Es, si consideramos mis novelas como literatura fantástica, el lugar por el que fluye la magia.
Es un pub del que aún estoy descubriendo cosas. Existe, tengo fotos (como suelo decir).
Por ejemplo, no hace mucho que me he dado cuenta de que el hecho de tener una entrada en Albacete no es casual. Albacete es una ciudad española en la que he tenido la suerte de vivir muchos años. Tiene muy pocos monumentos o puntos remarcables; además muy descuidados en los años del boom urbanístico que sufrió, en su día, España. Sencilla, nada elegante, alejada del esnobismo de ciudades “elegantes” como Madrid o Valencia, mucho menos amables.
Es un cruce de caminos, nacida en medio de ninguna parte, porque en ella convergían rutas que se dirigían a otros lugares de la península. Una ciudad de paso.
Por eso es una ciudad en la que lo remarcable no es el lugar, sino la gente. Gente generosa, abierta, simpática, viajera. Puedo apostar lo que quieras a que, si viajando por, qué se yo, Mongolia, te encuentras con diez españoles, por lo menos cuatro serán de Albacete. Gente bonica como la que puede haber en un pub en Dublín: dispuesta a conversar, a pasar un rato divertido, curiosa sobre tu vida, amantes de la música.
De esta forma, como Albacete, el An Chruit viene a ser un refugio en el centro de todos los caminos.
Cuando empecé a recopilar los cuentos de Papá Conejo, me di cuenta de que el pub, la idea del pub, aparece por primera vez hace casi veinte años y, en ese tiempo, lento pero seguro, ha ido ocupando un lugar cada vez más central en estas historias.
No en vano Guadaña lleva como subtítulo Crónicas del An Chruit Corcaigh, puesto que, aunque puede leerse de forma independiente, en realidad es una continuación del universo desarrollado con los Cuentos de Papá Conejo, que lucen actualmente el mismo subtítulo.
La figura de Mildred encarna la Muerte: “Es alguien a quien en su momento conoceremos todos”, escribes en una de sus apariciones. Pero esta encarnación del final no asume, como en otras obras, el papel tradicional de antagonista. ¿Cómo fue el proceso de despojar a la muerte de solemnidad y terror para convertirla en una presencia necesaria, casi ética?
Puedo decir sobre Mildred lo mismo que he comentado sobre el An Chruit o sobre otros personajes de la novela: aparecen muy pronto en mis cuentos, hace muchos años y, aunque han ido evolucionando, sus características principales han sido las mismas desde el principio.
En mis relatos, la Muerte no ha sido nunca una presencia de solemnidad y terror. Casi desde sus orígenes ha sido una figura dulce, muy bella y, a la par, solitaria hasta un punto doloroso. Incomprendida, muy, muy incomprendida. Una figura que tiene hacia la humanidad la misma curiosidad que la humanidad hacia ella; sólo que ella, de forma activa, está investigándonos, estudiándonos para comprendernos.
Tiene la forma que le hemos dado. Y, en realidad, si lo pensamos un poco, es ella quien, de verdad, da valor a las cosas. Como dato curioso, no hace mucho que, curioseando su etimología, descubrí que el nombre que recibe casi desde sus orígenes en mis historias, Mildred —que es un nombre que me resulta gracioso, simpático—, resulta que puede traducirse como “fuerza irresistible ejercida de forma amable y gentil”. Cuadra perfectamente con la imagen que tengo en mi mente. Y este hallazgo no es la única sorpresa que me han dado estas historias.
El Cartógrafo representa una forma de poder basada en la medición, la previsión y el patrón. Una figura de carácter casi mítico cuya manera de actuar viene marcada por “el algoritmo frío, mecánico, racional”, como lo describes en alguna parte. ¿Qué peligros involucra, en tu opinión, un conocimiento que aspira a eliminar lo imprevisible?
Eliminar lo imprevisible, como conseguir la inmortalidad, nos aparta de la vida de forma automática. Hace que la sorpresa, la novedad, lo insólito, desaparezcan. Impide cualquier aprendizaje, elimina la evolución y el cambio. Todo se transforma en una rutina gris en la que absolutamente nada tiene valor alguno. De una forma profunda, pienso que la verdadera forma, la verdadera función del universo, no es otra que la consciencia y la vida.
Sin ellas, la danza mecánica de la materia es una cosa gris, irrelevante y vacía.
Entiendo que hay muchas, llamémoslas entidades, que aspiran a ese tipo de conocimiento basado en la previsión, el patrón, la medida y la cuantificación. Por suerte para nosotros, está bastante claro que el universo no funciona así y que el caos siempre encontrará hueco por el que saltar con lo inesperado para que ese objetivo frío y mecánico nunca sea alcanzado.
El escritor que quiere leer a sus lectores
Has desarrollado a lo largo de los años universos narrativos extensos y persistentes, como el de Papá Conejo, personaje al que ya le dedicaste al menos dos libros y que ocupa un papel estelar en Guadaña. A riesgo de estar pidiéndote que reveles “los secretos del mago”, ¿qué otros personajes o estructuras narrativas de Guadaña se interrelacionan con otros parajes de tu obra?
Todas en realidad. Me he dado cuenta de que, desde los primeros cuentos hasta Guadaña, he encontrado un tapiz, un telón de fondo, enorme, mucho más grande que cualquiera de las historias individuales. Creo además que, aunque sencillo, es bastante coherente y que, de alguna forma, más allá de chistes o de exageraciones, está “ahí” de verdad; tiene una existencia propia al margen de mis intentos de ser el cronista de las vivencias de sus personajes o el explorador de sus paisajes. Siento, creo, que cualquier lector que se aventure, poco a poco, por todo el entramado, descubrirá que no estoy exagerando: el mundo del An Chruit Corcaigh es real, puede visitarse, puede encontrarse con sólo dar la vuelta a cualquier esquina. El truco está en saber cómo dar la vuelta a la esquina.
Tras cerrar Guadaña, y sin pensar en futuros lectores ni en lecturas posibles, ¿sientes que ha cambiado algo en tu manera de entender la escritura y tu relación con los mundos que creas cuando te sientas a escribir?
Yo me atrevería a insistir en lo que ya he comentado: contar Guadaña me ha permitido darme cuenta de que todas estas historias forman parte de un todo mucho más grande que una novela. Un todo que contiene lugares, cuentos que apenas he entrevisto, personajes que estaban al fondo y que, quizá, mañana se pongan a pedir que narre su vida. Contiene también —los lectores de la novela encontrarán un obsequio especial al principio del libro— imágenes, ilustraciones, fotos y dibujos, algunos de los cuales ya han sido plasmados y otros muchos que igual no lo serán nunca. Contiene música y canciones, penosamente transcritas con más entusiasmo que oficio y grabadas para quien quiera escucharlas —repito: hay un obsequio al principio del libro para todos los lectores que tengan curiosidad.
No soy músico, aunque me gustaría serlo, pero, poco a poco, se han ido añadiendo nuevas melodías a ese obsequio del que hablo. También sé que muchas otras no podrán ser escuchadas porque no habrá nadie que las transcriba. Igual que sé que, pronto, otras personas —sin duda mejores músicos que yo— leerán Guadaña y escribirán las melodías que surjan en sus mentes al recorrerla.
Hace unos años conversamos sobre tu libro Cuentos masticables de todos los sabores, en el que se pueden apreciar muchas de las claves literarias que se presentan en esta novela. Hablemos entonces de evolución: entre ese libro y Guadaña, ¿cómo ha evolucionado tu trabajo? ¿Qué viene ahora?
Quizá lo único que puedo sentir que ha evolucionado es esa voz propia a la que hacía referencia. Una forma de narrar personal que quienes me han leído, conociéndome, reconocen como mía. Seguramente que en ella se escuchan ecos de gente a la que admiro y que me inspira. Referencias literarias, cinematográficas, del cómic, que me han modelado como soy en la actualidad, pero —creo— mi voz, al fin y al cabo. Mi forma de contar cuentos.
Con respecto a lo que venga a continuación, tengo entre manos dos historias que empecé hace mucho tiempo, que habían languidecido durante años en un cajón, pero que las setecientas páginas de Guadaña me animan a continuar. Si he podido culminar esta novelaca, seguramente podré llevar a buen puerto esas otras historias.
Uno de los cuentos —el que estoy continuando ahora mismo— ha enlazado de forma súbita con el universo del An Chruit Corcaigh, sin yo comerlo ni beberlo, por lo que ampliará aún más el tapiz del que he venido hablando a lo largo de esta entrevista. Y, por lo que estoy viendo conforme me interno en sus espesuras, va a ser largo también.
El otro cuento es una historia fantástica, una ucronía, que nace de la curiosidad que siempre me han inspirado los ecos del pasado lejano, lejanísimo, que pueden sentirse cuando caminas por cualquier rincón de esta parte del mundo, de esta España, en la que, por pura casualidad y sin mérito alguno por mi parte, vine a nacer y a vivir. Considero que soy muy afortunado por ello, y este relato es de alguna manera mi forma de expresar agradecimiento.
A partir de ahora estoy seguro de que voy a poder dedicar más tiempo a escribir. Con más libertad. Y, a lo mejor, también con un poco más de constancia y método. Me gusta mucho, me hace feliz.
Por cierto, me alegraría una barbaridad si los lectores de este artículo me fueran haciendo llegar sus impresiones sobre mis relatos. Prometo contestar.
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