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Dos novelas de la indignación
A propósito de Cicatriz y de Cuatro por cuatro de Sara Mesa

sábado 12 de marzo de 2016

“Cicatriz” y “Cuatro por cuatro”, de Sara Mesa

Cicatriz
Sara Mesa
Novela
Anagrama
Barcelona (España), 2015
194 páginas

Cuatro por cuatro
Sara Mesa
Novela
Anagrama
Barcelona (España), 2012
270 páginas

 

Cicatriz nos llega después de Cuatro por cuatro, la ingeniosa novela con la que Sara Mesa consiguió ser finalista del prestigioso premio Herralde de Novela. Cicatriz no ha recibido menciones especiales, pero tampoco las necesita en una pluma ya consagrada de esta madrileña, afincada en Sevilla, con una narrativa cada vez más segura. En ambos casos el estilo es cortante, yendo en cada caso a lo esencial, aunque no lo parezca, contribuyendo a crear una atmósfera de suspense. Capítulos cortos, a saltos, sin dar tampoco muchas explicaciones, con una narrativa a ráfagas, sustituyendo la descripción de los lugares comunes por un epíteto familiar o un simple mote, que incrementan aun más la atmósfera de suspense. El tema de fondo en ambos casos no puede ser más clásico, el dar y el agradecer, el regalo y su contrapartida. Se trata en definitiva de las relaciones personales recíprocas más directas, que no necesitan ser enseñadas, pero que con frecuencia pueden generar situaciones envenenadas. Además, en ambos casos hay un factor sobreañadido que singulariza estas relaciones. En un caso por efectuarse a través de Internet, cuando entre los personajes median más de setecientos kilómetros de distancia. En el otro por tener lugar en un internado de familias bien que a su vez acoge alumnos becarios especiales, con niños y niñas, a pesar de practicar una educación segregada. De todos modos en ambos casos el objetivo es el mismo: analizar los distintos sistemas de coerción social utilizados, ya sea para satisfacer la pretensión del varón de dominar la relación de pareja, o por parte del director del colegio para garantizar las relaciones de superioridad y de dependencia. Se trata así de comprobar el funcionamiento de determinados mecanismos miméticos de empatía recíproca que en estos casos se espera, llegando a reforzarse con el paso del tiempo y la adquisición de las correspondientes destrezas en las respectivas relaciones entre iguales o desiguales. De todos modos el ambiente pronto se vuelve sórdido, aunque se disfrace de una normalidad políticamente correcta. Especialmente cuando el interés deja de centrarse en el nivel de las relaciones más personales, y adopta un punto de vista más colectivo, analizando el sistema de control recíproco que los propios protagonistas ponen en marcha. Se incrementa aun más la sospecha frente al interés ajeno, aunque se trate de una simple relación de compañerismo o de simple pareja. Las acciones se vuelven cada vez más violentas cuando interviene la autoridad, o los simples extraños. O bien se generan reacciones de aversión y vergüenza por sentirse maltratados, humillados, o simplemente excluidos. Se describe así en ambos casos la lucha por la supervivencia del individuo en un mundo hostil, donde irremediablemente cada uno se acaba integrando en una maquinaria mimética literalmente infernal. Además, en ambos casos el argumento se interrumpe con la irrupción de un personaje nuevo, ya sea por el establecimiento de una nueva relación de pareja, en este caso en la vida real; o por la llegada de un sustituto de un profesor, sin que tampoco sirva para cambiar mucho las cosas. De nada sirven los excesos del idealismo, ni la eximente de la enfermedad. Todo en el mundo entorno se vuelve corrupto, sin que haya posibilidad de modificarlo. Cada personaje pretende justificar su postura adoptando incluso un tono moralizante y desafiante frente al consumismo imperante, cuando se comprueba que el único que sale beneficiado es el propio capitalismo. O cuando se resuelven los misteriosos suicidios nunca explicados, pero cuyas razones últimas acabamos conociendo en esta segunda entrega. En ambos casos los personajes acaban rotos, sin tampoco poder recomponer su maltrecha personalidad. De ahí la metáfora de la Cicatriz, para indicar las marcas imborrables que deja la vida en pareja, aunque sea a través de Internet, y se olviden con el paso del tiempo. O la metáfora del Cuatro por cuatro, para indicar el mundo pequeño tan asfixiante, de un colegio controlado por un director sin principios. De todos modos los robos en cadena en los grandes almacenes, o las aventuras en el Wybrany Colege —el cólich—, resultan al final un juego de niños, si los comparamos con la cleptomanía compulsiva de un Bárcenas arramplando con todo lo que se encuentra a su paso en la sede de Ferraz; o con las apoteósicas bajadas de pantalón de un Clinton ante la becaria de turno en el majestuoso palacio oval. Difícil se le ha puesto a la novela de denuncia para tratar de sorprender con un argumento aun más escandaloso que trate de remover la conciencia de sus lectores. En este sentido toda denuncia indignada contra la corrupción pronto queda superada por la realidad, también en este caso. En cambio la mirada comprensiva quijotesca frente al indigente siempre queda, aunque ya no se estile.

Carlos Ortiz de Landázuri