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Paulina Flores o la indignación crispada en el Chile pospinochetista posmoderno

sábado 19 de noviembre de 2016
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Paulina Flores
Paulina Flores ha irrumpido con gran fuerza en la escena literaria contemporánea con su primera novela, Qué vergüenza.

Qué vergüenza
Paulina Flores
Novela
Seix Barral
Barcelona, España, 2016
293 páginas

Qué vergüenza pretende ser un retrato de la clase media chilena, analizada desde un prisma femenino, donde los recuerdos de niñez y juventud son sus protagonistas principales. O mejor dicho, donde se muestra cómo las vidas rotas de las generaciones adultas acaban haciendo añicos los restos de inocencia que aún quedan en los más jóvenes. Premio de Literatura del Círculo de Críticos a la mejor escritora novel, Paulina Flores ha irrumpido con gran fuerza en la escena literaria contemporánea con esta su primera novela. Su prosa es muy directa, haciendo gala de una gran sensibilidad femenina, huyendo de los estereotipos masculinos. La narración se sitúa en el Chile pospinochetista contemporáneo de hace unos diez o quince años, con numerosos localismos discursivos, desde una actitud de indignación crispada. No se describe tanto la confrontación de mentalidades, sino los problemas vitales verdaderamente límites con que hoy día se enfrenta el hombre de la calle. Se pretende describir una sociedad posmoderna que ya ha dejado atrás definitivamente el reparto de roles familiares que fueron propios de épocas aún muy recientes. En su lugar se pone de manifiesto la desestructuración generalizada en la que se fundamentan hoy día las relaciones humanas. Las situaciones descritas pueden ser muy distintas; el transcurrir en las calles de los barrios periféricos, el ambiente de las ciudades portuarias, la vida masificada en los bloques de viviendas, la entrada bobalicona en una biblioteca pública, la convivencia cultural desigual con un emigrante europeo, las paradojas de una vida familiar estructuralmente rota, la ausencia de unos ideales educativos verdaderamente compartidos, la normalidad con que se aceptan las relaciones rutinarias sexuales de la vida en pareja. Sin embargo, al final, sólo queda una sensación de vergüenza y soledad ante la inevitable ruptura de unas relaciones de amistad cultivada con muy poca convicción de correspondencia por ambas partes. Pero, aun así, y a pesar de todo, siempre se deja abierta la puerta a la necesidad de un nuevo comienzo, aunque ya no quede ninguna esperanza de poder iniciar un futuro proyecto verdaderamente compartido. Los personajes se pueden intercambiar sus papeles entre sí, pero al final siempre queda la misma pregunta, con la que se cierra el relato: “¿Acaso es ella la única que espera a alguien?” (p. 291). A este respecto, Qué vergüenza pretende ser un remedo posmoderno de las Grandes esperanzas dickensianas, con sus mismas virtualidades y sus mismas contradicciones, aunque no lo parezca.

Carlos Ortiz de Landázuri

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