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Fin de temporada, de Ignacio Martínez de Pisón

viernes 27 de noviembre de 2020
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“Fin de temporada”, de Ignacio Martínez de Pisón
Fin de temporada, de Ignacio Martínez de Pisón (Seix Barral, 2020). Disponible en Amazon

Fin de temporada
Ignacio Martínez de Pisón
Novela
Seix Barral
Barcelona (España), 2020
ISBN: 9788432236990
376 páginas

Esta sutil recreación del mito de Isis y Osiris aborda el problema del aborto de un modo personal y familiar, no político. Al menos eso es lo que se trasluce de la narración, centrada exclusivamente en los conflictos sentimentales de un puñado de personajes caracterizados con articulación diáfana y varia.

Se inicia la novela cuando, en esa regenerada España todavía primordial de 1977, Rosa y Juan, una pareja cuasi adolescente de Plasencia, escapan a Portugal para que la muchacha se someta a un aborto. El accidente de tráfico que siega la vida de Juan empuja a Rosa, a la postre, a una vida de madre soltera que fragua, a través de la huida casi constante hasta que se instala en Tarragona con su hijo, una personalidad en el fondo frágil, retraída y apegada a su única posesión y vinculación con el amado muerto. Su voluntad de cancelar el pasado la obliga a cortar de raíz con el entorno familiar y con varias relaciones posteriores, hasta que parece haber encontrado su lugar regentando un cámping en la Costa Dorada, junto a su última amiga, Mabel, que parece no deber sufrir la ineludible anulación provocada por otra palingénesis más en la vida de Rosa. Es, sin embargo, un mundo en sí mismo precario, porque viven los tres en las dependencias mismas del negocio, en una rulot y en bungalós. Lo que parece ser para el lector una ambientación novelesca sin demasiada trascendencia es un rasgo de la caracterización de los personajes con un peso inesquivable.

La figura de Mabel, la de una compañera afectuosa, voluntariosa y resuelta, es un contrapunto peligrosamente facilón que Martínez de Pisón cincela con precisión y elegancia. Es acaso el personaje más simpático de la novela. Mabel intenta arrancar a Rosa de su indiferencia sexual hacia otros hombres provocada por el socavón existencial del fatal accidente, pero no lo consigue. El autor le aporta además sabiamente un pasado dramático, de sinsabores experimentados con el sexo masculino, que la iguala a su amiga en una honda decepción amorosa, sobrellevada sin embargo por Mabel con cierta madurez quebradiza, gracias a sus citas a ciegas por Internet. Toda esta trama de desgracias y entresijos del alma humana está muy bien armada y constituye el fundamento y la misma sustancia con que se amasa la historia, como es habitual en Pisón.

Esa especie de Horus que es el hijo póstumo de Juan, llamado anagráficamente Iván, se desembaraza paulatinamente de su madre, con quien lo une un lazo de sangre en principio mantenido de grado por ambas partes, pero en verdad coercitivo y trascendente a la mera relación maternofilial. Mucho de la psicología de la mujer que iba a abortar rezuma en la repulsiva frase (no del todo imposible en la vida real): “la cagadita de mamá convertida en un hombretón”, que Rosa espeta a su hijo, sinceramente cariñosa, durante el cumpleaños de éste. El escritor, como un amanuense sin derecho a juzgar, sabe perfectamente por qué la ha puesto en su boca y espera sin inquietud la plena complicidad con el lector al completarse el relato.

El estilo del escritor zaragozano asegura a la novela una voz límpida, serena y determinada, sin cabriolas sintácticas ni chispazos sustantivos o adjetivos.

En la vida de los tres personajes viene a aterrizar un ser hasta cierto punto de otra dimensión, la francesa Céline, pareja de Iván, bajo el paraguas metaliterario de Nada, la novela de Carmen Laforet, premio Nadal de 1945. Esta obra es una especie de símbolo entre ambos jóvenes y activa una serie de interesantes paralelismos. Céline, como Andrea, la protagonista de Nada, llega a un ambiente de fuerte carga emocional, una telaraña de tensiones personales provocadas por la frustración, el amor, la rivalidad, los celos, también la precariedad. En el caso de la familia formada por Iván, Rosa y Mabel, todo ese amasijo de pasiones no es una sentina evidente, que la salpica (como le ocurre a Andrea), sino la infección latente que la excluye y a la vez la enferma. Céline es también, por provenir de un ambiente hispano-francés (hija de exiliados) desahogado y liberal, una especie de Ena, la amiga rica de Andrea. Incluso entre el padre de ambas parece haber similitudes apreciables (aunque quizá no indican nada), porque ambos pretenden una distinción de clase que les viene algo grande.

Otros personajes de la novela relacionados directamente con el pasado de Rosa vienen a completar un cuadro humano sofisticado y necesario. Como Andrea, ahora es Iván quien debe tratarse con una familia que no conoce, y si bien el acogimiento es, por lo general, menos envilecedor, no por ello el joven resulta menos afectado y zarandeado por el vértigo del encuentro. El muchacho se mueve entre tres o cuatro mundos y no acaba de sostener convenientemente el peso: por una parte, el origen familiar extremeño, anclado en una España para él arcaica, la de 1977, que repudia a las madres solteras; un Portugal no mucho más avanzado en que podía realizarse un sueño indefinido, pero seguramente no ideal o acaso negativo para él, retrospectivamente, y por último la Francia que había acogido a los emigrados españoles en una sociedad más tolerante y avanzada. De algún modo Céline representa para Iván, subconscientemente, la superación de las simas históricas, morales y vitales que atraparon y destruyeron a la pareja constituida, veinte años atrás, por sus padres. La posguerra en Nada y ese duro condicionamiento de la sociedad de la Transición también vienen a darse la mano.

En definitiva, el estilo del escritor zaragozano asegura a la novela una voz límpida, serena y determinada, sin cabriolas sintácticas ni chispazos sustantivos o adjetivos. A veces se echa de menos cierta voluntad retórica pero la lengua bien torneada, adecuada y eficiente de Martínez de Pisón es herramienta idónea para que la narración avance sin altibajos, alcanzando de forma segura la trabazón necesaria. El autor es capaz de dibujar y manejar todas las figuras con significativa pericia. Y la ambientación a finales del milenio anterior, en medio de las incipientes telecomunicaciones, es bien realista. Se trata pues de una propuesta muy digna de tener en cuenta, incluido el mensaje psicológico y literario, no ideológico, alrededor del conflicto familiar y existencial del aborto.

Daniel Buzón
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