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Utilidad de las desgracias, de Fernando Aramburu

domingo 24 de enero de 2021
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“Utilidad de las desgracias”, de Fernando Aramburu
Utilidad de las desgracias, de Fernando Aramburu (Tusquets, 2020). Disponible en Amazon

Utilidad de las desgracias
Fernando Aramburu
Artículos
Tusquets
Barcelona (España), 2020
ISBN: 978-8490668696
352 páginas

Escribió alguna vez Umbral que el escritor, cuando publica artículos en revistas, en cierto modo se diversifica, se desangra y pierde concentración para obras más serias. O algo así. Su pluma era un estilete ramonserniano de raudos caracoleos, pero fresco y descarado, que tuteaba al lector y le esclarecía las cosas entre tules de cuchufletas. Tuvo su floruit entre transición y socialismo y arreó mandobles y estocadas con desenvoltura de homonovus en una democracia joven: criticó mucho a la derecha, pero no menos a la casta rozagante y tornasolada del felipismo. También es cierto que desconocía la corrección política, como le ocurría a Cela y hasta al mismo Fernán Gómez, claramente de izquierdas.

Quizá por eso, tras mucho bregar en la prensa, Umbral vino a perder el predicamento popular y a sucumbir en 1993 en un plató de televisión de la cadena Antena 3, cuando amenazó a la periodista Mercedes Milà con abandonarlo si no se hablaba de su último libro (como habían pactado antes), mientras el programa avanzaba envuelto en una dinámica de varietés, saltando de las conexiones con la calle a las entrevistas a otros invitados y a las opiniones del público. Su reacción airada (“He venido a hablar de mi libro”) ha quedado en la conciencia del pueblo llano como una boutade de insufrible arrogancia y no sólo la imagen de Umbral sino la literatura desinhibida que practicaba (en cada columna “digo lo que pienso y me juego la vida y el porvenir”), ágil pero docta, legible pero nudosa, se fue por el desagüe de los equilibrios de buen tono (una versión neoburguesa más del antiguo cant inglés que tanto molestaba a Nietzsche) ante las fauces de unas clases medias cada vez menos respetuosas de la cultura y, sin embargo, moralistas.

Hoy en día el género del artículo suele ser (con pocas excepciones que por cant me callo) una manufactura pulida y alambicada, no sin errores ortográficos y gramaticales, acobardada por las redes políticas, sociales y en consecuencia también comerciales. Una antología, pues, de los artículos que hoy día se publican, despierta una intensa sensación de insipidez, parecida a la que produce un vaso de agua bebido sin sed a media noche. Al menos, deberían ir también editados los comentarios en cola que tanto parecen haber participado, por anticipación, en la factura de aquéllos.

Los artículos que Aramburu publicó durante unos cuantos meses en la prensa digital española adolecen un pelín de ese vicio al ser aunados en un volumen. Tienen, en compensación, la virtud de un tenor reposado, reflexivo y equilibrado no por fuerza provocado por las mencionadas conveniencias, aunque no dejan de pagar algunos peajes. El afamado autor de Patria luce la maestría del artículo inconsútilmente introducido por un prólogo circunspecto, algo filosofal, al estilo de los de la prensa de antaño, como aquellos que escribía Larra. Y el lector siente el remanso de una conversación tranquila con el escritor.

El oficio de escritor de Aramburu ocupa un espacio destacado en Utilidad de las desgracias.

El libro de Aramburu está dividido en seis partes. La primera recoge ocho artículos sobre la propia vida: ya desde el principio el autor defiende con nostalgia pero sin acritud la bondad de una época arcaica, dura y menos sensiblera para los niños en el colegio y en otros espacios de la infancia, opinión que redundará en otra sección dedicada a la pedagogía.

Como es esperable en el autor de una novela superventas que pinta el dolor del terrorismo, la segunda sección aborda algunos aspectos del mismo. Si bien es implacable con el nacionalismo violento, resulta emotivo e instructivo su recuerdo del homenaje tributado en 2018 a Antonio Cedillo Toscano (asesinado por ETA en 1982), en que participó también el alcalde de Rentería, de EH Bildu. El lector, no necesariamente ignaro de la actualidad política, se sorprenderá de un detalle que la rivalidad mediática entre facciones políticas ha eclipsado y borrado de la memoria general. Asimismo emociona el recuerdo dedicado a la librería Lagun de San Sebastián, zarandeada hasta su cierre por tirios y troyanos.

La tercera parte nos ofrece aspectos y gustos personales que sin duda presentan a un Aramburu, afincado en Hanover, algo bon vivant dentro de los límites de lo razonable, prono a la buena gastronomía, a la que sin embargo no le falte su poco de ajo: todo un símbolo de la combinación de lo terruñero y lo selecto, en todos los aspectos.

Su oficio de escritor ocupa un espacio destacado en la recopilación que reseñamos. Por desgracia no son demasiadas las revelaciones impactantes que nos llamen la atención, sino que prevalece una sensata monotonía algo socarrona que nos muestra a un hombre común, sencillo y metódicamente trabajador. Es escéptico en cuanto al concepto de genialidad: “El escritor no nace sino que se levanta temprano por la mañana”. Nos cuenta chismes interesantes de algunos escritores y su modo de atraerse la inspiración. En su caso, navegar por Internet es el arenque que se da a sí mismo, como el domador a la foca circense. Hace un sesudo y muy notable análisis del yo literario.

La quinta parte se dedica a las lecturas del autor. Agradece el lector esta ristra de autores notables no excesivamente larga. Una inclinación hacia el suave barroquismo no le convierte en un fanático y no le priva de recomendar algunos nombres nuevos o poco conocidos, acaso distantes en cuanto a estilo. Aramburu alaba el sacrificio económico que el alemán medio hace por la cultura. Agrada, porque siempre conviene hacerle justicia, su examen laudatorio de Nada de Laforet. El autor presenta, sobre la psicología de Humbert Humbert, de la Lolita de Nabokov, una perspectiva nueva: que escoció más el ludibrio que hacía el personaje de las instituciones de Norteamérica que su propia condición morbosa. Conoce los defectos y virtudes de una cantidad envidiable de autores leídos y madurados. Rinde homenaje a Raimundo Pinilla, su antecesor en el arte de narrar el País Vasco, y al poeta Irazoki. Descubre al lector novedades como Rosa Berbel o desconocidos como Sánchez Rosillo y lo hace con noble actitud de deber cumplido.

Aramburu escribe impecablemente, con una voz personal, afable, carnosa, sin audacias insostenibles pero con ágiles contorsiones bien resueltas.

La sexta parte habla de la educación y defiende algunas certezas contra las nuevas pedagogías, pero tenuemente, desapasionado, sin entrar en honduras. No se rebaja a aceptar los argumentos inanes, los dogmas, de las nuevas vías educativas, como la fobia al aburramiento de los alumnos. Emociona el elogio al antiguo maestro que tuvo en secundaria, quien se dedicaba a leer cada mañana a sus alumnos fragmentos del mismo libro y les educaba el gusto.

La última parte toca temas más variados, algunos intrascendentes, otros vagamente políticos o filosóficos, sin demasiada implicación. Sabiamente, detecta a los totalitarios también en el empleo de la lengua, en ese artículo llamado “Estamos hechos de palabras”. Aunque no se libera él mismo de ese vicio, cuando critica a quienes desconocen cómo pronunciar los nombres de celebridades germánicas. En mi opinión, también existe el exónimo antroponímico (Julio César sería exónimo de IuliusCaesar), aunque la RAE sólo reconoce los toponímicos (“Londres es exónimo de London”); pero sí es cierto que resulta irritante que demasiados periodistas sean incapaces de pronunciar bien hasta los nombres italianos más sencillos. En el “Lamento del varón” ironiza con una derrota histórica, cuasi imaginativa, de los hombres frente a las mujeres con un tono caballeroso, hurtando el cuerpo al conflicto con el feminismo. Hay por último una buena porción de artículos de circunstancias, correspondientes al antiguo género de costumbres, casi siempre amenos.

Aramburu escribe impecablemente, con una voz personal, afable, carnosa, sin audacias insostenibles pero con ágiles contorsiones bien resueltas. No por fuerza hay que dudar de que la selección de Tusquets Editores encarna el mejor genio periodístico que el autor vasco ha sido capaz de imprimir a su columna de El Mundo, su mejor prosa rotativa, sin duda admirablemente sostenida, atractiva y profunda, pero, conociendo el percal, no sería extraño que el ojo del granjero, o del mercader, haya desechado alguna que otra salida de tono, algún desliz contra la corrección, algún enfado o algún entusiasmo que pudiera otorgar todavía algo más de personalidad a esta razonable colección de monólogos semanales.

Daniel Buzón
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