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El atracón

jueves 27 de mayo de 2021
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El atracón, por Rolando Morelli
Pensar que estoy frente a un sueño hecho realidad, y no consigo bajar un solo bocado pensando en mi mujer y en mis hijos. Si pudiera llevarles algo de esto… Banquete interrumpido (1901), de Juan José Gárate Clavero

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

Para Jill y Armando González-Pérez

Inesperadamente ayer, Enrique me ha dado a leer un relato suyo que trata de esos primeros días de los que tanto hemos hablado a lo largo de los años, y con los que últimamente parece más obsesionado que nunca. Siempre le atribuí dotes de buen escritor, pero me había convencido, o dejado convencer por él, de haber abandonado hacía ya tiempo todo intento de escribir. Recuerdo muy bien la vez que vino y me dijo, categórico; con una determinación que parecía a prueba:

—¡He colgado los guantes, viejito, y no me los vuelvo a poner! Fue después de la reunión fatídica en la Biblioteca Nacional. No vale la pena hacerse romper la cara para que otros se luzcan a tu costa. Si quieren, que vengan a rompérmela. Aquí estoy yo, pero no voy a tirar un golpe más. Perderé por nocaut técnico, pero no les daré lugar a lucirse. Eso ocurrió en el sesenta y uno. Sí, en el mil novecientos sesenta y uno, muy al comienzo de esto que ya pasa de viejo. Entonces, aún albergábamos esperanzas. De que las cosas cambiaran, de que mejoraran algo, o de que todo acabara, según nos parecía que tenía que ocurrir por fuerza, en un giro de ciento ochenta grados. Nos parecía inconcebible que, luego de haber luchado por un cambio, éste viniera a dar en lo que ya se veía venir.

Pese a nuestra amistad y mutua confianza —Enrique es mi primo pero, sobre todo, mi mejor amigo—, no ha sido sino hasta ayer que se ha confesado de este modo, con una revelación por escrito, lo mismo que alguien que va a morir, y lo sabe con tiempo entre las manos para reunir arrepentimientos que nombrar, y de los que deshacerse antes. Lo cierto es que, a pesar de que no acaban de diagnosticarle el cáncer que con toda seguridad padece, y ya le va ocasionando trastornos de salud de toda clase, el aspecto demacrado en general, y la pátina amarillenta que lo recubre, son evidencias insoslayables. Destaca, en medio de la decadencia común, su menoscabo físico, y es imposible soslayarlo.

Hace ya tiempo me he quedado sin alma, y soy un robot más, como casi todo el mundo, o me he vuelto un desalmado, o ambas cosas…

—Léelo —me dijo, ya para marcharse, después de poner en mis manos el montón de cuartillas sueltas.

Ahora pienso que no se trataba de buscar aprobación, o comentarios de mi parte acerca de las cualidades de su manuscrito. Esto lo he llegado a pensar después. Había estado a verme para pedirme que le consiguiera algunas de las medicinas que requiere con urgencia, y sólo se venden a los extranjeros, en farmacias especiales, como esa en la que sigo trabajando en razón de todas las ventajas que ello representa en un país como este, pese a los mil inconvenientes y las trampas de los envidiosos y los hijos de puta, que aquí hacen ola.

—¡Le he puesto el alma…! —añadió. Se refería al manuscrito, naturalmente—. Lo que quiere decir que hace ya tiempo me he quedado sin alma, y soy un robot más, como casi todo el mundo, o me he vuelto un desalmado, o ambas cosas… —se rio con una carcajada, a mi parecer algo forzada, que terminó en un acceso de tos involuntario.

—Toma un poco de agua, viejo —dije, mientras iba por ella al refrigerador—. No tengo otra cosa que ofrecerte.

—Coño, Paco, digas lo que digas a ti no se te aplica el cuento, mi primo —comentó con su habitual sarcasmo, después de haber apurado el agua, y aún jadeante a causa del acceso de tos. Liberada de la cuerda que ordinariamente la sujetaba en su sitio, la puerta del refrigerador había quedado momentáneamente abierta, y podía verse el interior vacío, a no ser por una jarra con agua y algunos frascos con medicamentos de los que a veces conseguía agenciarme valiéndome de mil y una estratagemas.

 

No pensé en nada de esto, tan evidente, sin embargo; pensé que se refería al otro “cuento”, el que había escrito y puesto en mis manos, pero no, con aquello quería decir el chiste.

—Sí, chico —se vio obligado a explicarse—, el cuento ese que pregunta ¿en qué se parece un coco a un refrigerador de aquí?… ¡Pues en que lo único que tiene por dentro es agua, mi viejo! —reí con él, pero enseguida añadió con seriedad—: ¡oye, ten mucho cuidado con “esa agua”! Uno nunca sabe…

Sus palabras me hicieron recordar las de mi ex mujer, quien ya me había aleccionado de manera semejante durante una de sus frecuentes visitas:

—Por Dios, Francisco, tú sigues tan ingenuo y confiado como siempre. ¡Hombre de Dios, pon esas cosas a buen resguardo, que el día menos pensado, mi corazón, cualquiera da un chivatazo por carambola, y te agarran con la mano en la masa! Tú deberías ya saber que aquí “nunca falta un roto para un descosido”.

—Es que esas cosas no hay otra manera de guardarlas que en “el frío”, primo —dije ahora, y pensé que eso mismo le había respondido a Nancy en su momento. Yo, naturalmente, quería decir “el refrigerador”, pero él tomó por otro lado las cosas:

—Sí. Ya sabemos que “el frío” conserva la mar de bien. No hay más que ver a los que vienen de afuera, sobre todo del Norte “revuelto y brutal”, del que tanto nos han hablado, y al parecer no se cansarán nunca de maldecir —nuevamente rio con desparpajo, pero sin que esta vez la risa le provocara un acceso de tos. Tuve la impresión de que se desquitara de no haberlo hecho en mucho tiempo. Fue sólo eso, una impresión.

Nos despedimos finalmente con un abrazo. Lo acompañé hasta la puerta misma, y permanecí allí hasta verlo perderse por la acera, entre el gentío de zombis que iba y venía por ella.

 

Después que se marchó, me quedé intrigado con el relato; deseoso de leérmelo en un dos por tres, pero no dispuse, de inmediato, del tiempo necesario para emplearlo en esto que deseaba. O el tiempo disponible, tuve que empeñarlo en “resolver” o “tratar de resolver” un montón de cosas en mi día libre. De nuevo pensé en Nancy, mi ex, y en su lucidez a prueba. (Cuando me dijo la primera vez que se quería divorciar, pensé que se trataba de otro hombre, pero no, se trataba precisamente de mí. Yo era ese hombre por el que se quería divorciar. No había otro). Luego, hemos seguido siendo amigos. Nos llevamos bien. Y hasta nos hemos vuelto más próximos, como hermanos que fuéramos. Cuando menos se lo piensa uno, sale ella con una de sus cosas, como su reflexión a propósito de la palabra “resolver”.

Enrique, al contrario de mí, ha sido siempre hábil para todo género de cosas, y después que se le murió su mujer, se las vio solo con dos hijos.

—¡Dime tú! Ese debe ser el verbo que más empleamos aquí seguramente. Un verbo como ese para indicar todo lo contrario: que nos pasamos la vida intentando llegar a alguna parte, en un trámite constante por esto o por lo otro; para no conseguir nada al cabo, o muy poco en todo caso… ¡Y nada menos que a eso le llamamos “resolver”! Sin intención alguna de ser irónicos. La ironía corre a cuenta de todos nosotros, naturalmente.

Pues nada, que me pasé el día resolviendo cosas. ¡Resolviendo! Impaciente por disponer, al fin, de ese tiempo que le robo al sueño para leer. (Cada vez duermo menos, y parezco necesitar menos horas de sueño. Recuerdo ahora una frase de mi padre que acabó por volverse algo así como su mantra: “Ya dormiré cuando me muera”). Y por fin, esta noche… ¡Al fin! He podido comenzar a leer el relato de Enrique. Me metí temprano a la cama, después de comer alguna cosa que me trajera Nancy, quien se preocupa por eso. Reconoce que yo sigo siendo un desastre, y como no puede cambiarme, se acuerda de vez en cuando de hacer por mí cuanto puede, con tal de aliviarme la vida. Yo también hago por ella lo que puedo. Por mi ex, quiero decir, no por la vida, pero claro que se trata de otras cosas. Al principio, pensaba ella, seguramente, que con dejarme a mi albedrío yo cambiaría, pero soy un caso perdido. Lo digo hasta con un poco de vergüenza. La verdad es que me habría gustado ser diferente. Sin ir más lejos, Enrique, al contrario de mí, ha sido siempre hábil para todo género de cosas, y después que se le murió su mujer, se las vio solo con dos hijos, que entonces eran muy pequeños, y con ellos al paso salió adelante. ¡Ahí andan ahora! Son ellos quienes se ocupan de él, aunque la verdad es que él no necesita que nadie se ocupe, al menos de momento. Pues bien…

 

Lo he leído de un tirón una primera vez, y de inmediato, otro par de veces más. Enrique ha titulado su cuento “El atracón”, y en la parte superior derecha ha escrito una suerte de dedicatoria, antes de ponerlo en mis manos: “Breve y amargo, para que no te atraques”. No caben dudas de que una frase como esta, tan cargada de significados inmediatos, no es una simple advertencia, sino como una señal que dijera: “Campo minado”. La única garantía posible es el sobresalto: ¡Ojo! ¡Bum!… Me había asegurado que se trataba de una fábula, o más bien de una sátira política, al estilo de La granja, de Orwell, o tal vez en la línea del Cándido de Voltaire. Por eso, al principio, imaginé que se trataba de otra cosa. Anoto que se trata en todo caso de una fábula muy realista, que nos tiene a todos, a la vez, como protagonistas y comparsa. Por lo que he visto o, mejor dicho, leído, y lo que voy viendo a medida que vuelvo a leerlo, también el título posee más de un significado. Se refiere, naturalmente, a un “hartazgo”; sí, de eso se trata: de “un atracón” sin medidas que, y no es casualidad, precede a la hambruna a la que nos obligaron después. Pero también de un “atraco” mayúsculo se trata (en aumentativo), de manera que resulte una burla grotesca, en la medida en que nos damos cuenta de que nos prestamos gustosamente a ser las herramientas de ese atraco contra nosotros mismos. “Breve y amargo, para que no te atraques”.

“¿Has pensado —le dice en determinado momento uno de los personajes a otro, mientras permanecen sentados a una mesa magra hasta de manteles— que ninguno de nosotros tiene perdón por lo que hicimos, o por lo que dejamos de hacer? Nuestro único legado como generación, a las siguientes, se resume en dos palabras, o tres, para el caso: ‘despojo, opresión y miseria’. ¡No tenemos perdón! Y todavía agitamos banderitas y nos hacemos llamar: ¡la generación del centenario!… ¡Qué clase de descaro!”.

En otro pasaje, a la ceremonia del sentarse juntos a la mesa familiar, o en compañía de buenos amigos, o invitados, se llama “el atraque”, lo mismo que si se tratara de barcos que anclaran para reunirse en torno a un puente común, poniendo atrás, o al margen, temporalmente, la brega cotidiana. No pierdo de vista, sin embargo, que en la jerga en que hemos venido a expresarnos, unos más, otros menos, “atracarse” puede asumir el sentido de una indigestión o “empacho”, con sus connotaciones políticas:

“Ese era un empachado. Un comecandela de siete suelas. No había más que ver el modo de ‘atracarse’ con tanta propaganda, y devolverla intacta. Regurgitaba letras y palabras a sus estudiantes, y éstos se alimentaban de ellas, con la gratitud y la inocencia característica de los incautos” —se lee en otro segmento.

Frente a un smörgåsbord (o lo que en cierto momento dieron aquí en llamar “mesa sueca”, situado en el emblemático hotel Habana Libre), y al alcance de unos pocos privilegiados, en lo que se han convertido, de momento, tres de los personajes como por arte de birlibirloque, en susurros se manifiesta el trío de esta suerte:

—¡Esto sí que es vida! Deja que se lo cuente a la jeba para que veas… Cuando se entere de esto, seguro que al que se va a comer vivo es a mí. ¡Sírvete más carne, compadre, no seas corto, que esto no se da nada más que una vez en la vida, si acaso!

—¡Increíble, viejo! ¡Increíble! Coño, ¿no estaré soñando y me voy a despertar de repente cuando me esté llevando la cuchara a la boca? Oye, tú, ¿y “eso” qué es?

—Coño, pensar que estoy frente a un sueño hecho realidad, y no consigo bajar un solo bocado pensando en mi mujer y en mis hijos. Si pudiera llevarles algo de esto…

La hambruna de que habla el relato, sin embargo, es un estado de conciencia que rebasa la medida ordinaria, y hasta el sentido de hambre en referencia a la comida misma.

 

Soy yo el chacal que aguarda atento a que algo le toque del reparto, ese que está dispuesto a apoderarse de un trozo cualquiera de las sobras del festín.

Hojeo con cuidado el manuscrito manoseado, de hojas amarillentas y frágiles. El manuscrito es verdaderamente eso. Pueden verse, y hasta leerse aún, las tachaduras, correcciones y vacilaciones del proceso creador, como si se tratara de yerbajos que intentaran abrirse paso entre las flores, robándoles su esplendor, y que una mano hubiese arrancado y dejado estar luego, para servir de abono al suelo generoso. Pienso nuevamente en una confesión, pues si bien alguna vez Enrique me dio a leer sus cosas, antes incluso de que se publicaran, siempre se trató de páginas en limpio, acicaladas por su mano de artífice. Esta vez, puedo atestiguar el proceso mismo de la creación, y llego a imaginar que escribiéramos a dos manos. Entre los nombres de su cuento, finalmente rechazados por él, figura “La última cena”. Y junto a ese título tachado acota: “¡Demasiado apostólico!”. Pese a esta reserva suya, pienso que abunda en el relato mucho de eso mismo: de la devoción de los apóstoles, de la entrega sin mácula, y el entusiasmo sin juicio de esos días —de aquellos tiempos—, aunque todo revista un tono festivo y paródico (como corresponde a la mirada retrospectiva y extrañada), o más bien, un aire tragicómico, cuando descubrimos que “el Mesías” no es otro que el mismo Judas Iscariote, y que los traicionados y vendidos somos todos: una multitud de apóstoles insensatos, ignorantes, bien intencionados y delirantes, aunque también, naturalmente, hubiera oportunistas de toda laya entre sus filas. De repente, a medida que leo, o releo, yo mismo me reconozco un poco en uno u otro personaje, y hasta descubro que soy yo ese a quien la palabra “paredón” se le atascó en la garganta, y se encerró o hizo encerrar en el hospital por un tiempo para escapar al miedo de no poder gritarla, o verse obligado a hacerlo, según se esperaba de él, de mí. Soy yo —me reconozco en ella— esa avestruz alicorta y domesticada que a cada paso se detiene para sepultar la cabeza en la arena, o en un seto del parque, y cuando no consigue hallar a su paso nada semejante, la esconde bajo el ala ramplona, y medio desplumada, a la espera de que pase la tormenta, que no da señas de amainar. ¡Y el chacal! Soy yo el chacal que aguarda atento a que algo le toque del reparto, ese que está dispuesto a apoderarse de un trozo cualquiera de las sobras del festín, situándose siempre como al margen, sin llamar demasiado la atención, sin decidirse a arriesgar mucho, por más que Nancy, mi ex, que debe ser quien mejor me conoce en este mundo, no lo crea así, sino que más bien soy una especie de marciano, al que mandaron aquí con una misión, y luego se olvidaron de él. Y yo, de qué se trataba.

—Por eso estás en Marte la mayor parte del tiempo, mi vida —eso me dice—. Y cuando no, en la luna de Valencia. ¡En alma cuando menos, si no de cuerpo presente!

 

Me parece que el cuento de Enrique bien pudo haber seguido llamándose “El festín”, título que también aparece tachado, aunque está claro que un “festín” no tiene necesariamente el carácter ni las connotaciones de un “atracón”, de lo que da cuenta este pasaje:

Hubo al principio un gran embullo entre los vecinos, y éste vino a suscitar el tan humano sentimiento de la emulación, por ver quién ponía más entusiasmo en todo lo que tuviera que ver con aquello que los hacía felices, de lo que se convocó espontáneamente la celebración de un banquete como no se recordaba otro, y se disputaron entre sí el altísimo honor de contribuir, a más y mejor, al derroche general que en poco tiempo quedaba organizado, con todos los recursos a la disposición de unos y otros. Quienes pusieron las mesas para el gran banquete, cubriéndolas con manteles de hilo inglés, y las servilletas que hacían juego con ellos; quienes colocaron tantos cubiertos de plata repulida y recién limpiada, que al resplandor del sol hacía parecer las superficies de las mesas cual cajones de orfebre. Los almacenistas proveyeron velas, platos y todo género de cosas imprescindibles, desde las que se requerían para el condumio hasta los vasos y las copas de cristal. En ningún momento faltó la música. Amenizaban a cada tramo tantos conjuntos e instrumentos que se ensordecían y anulaban unos a otros. Y tampoco los discursos. Se hablaba más que nunca, que ya era decir algo. Hasta por los codos y las rodillas y los calcañales se expresaba un frenesí o arrebato infatigable, incesante, que siempre pedía y daba más, y más. Y a este delirio al que ordinariamente algunos hubieran llamado “pachanga”, “desparpajo”, “salpa’fuera” o “pégale al tágalo con el palo” dieron en llamar “revolución del cuero”, “socialismo sandunguero”, o “a la mode”; “…con la sonrisa ‘Colgate’ y el rostro radiante” y así, según el caso, o la extravagancia del instante, que sería efímero y pasajero como no podían imaginar los celebrantes de todo género, ni los fiesteros del “contentos por andar alegres”, que se decía entonces.

Las celebraciones de esta índole que se describen sucedían a las celebraciones, hasta que al cabo se acabó por perder toda sensatez, y con ella la cuenta de lo que se gastaba o era consumido, así como el sentido mismo de aquello que era objeto de celebración. Los manjares acabaron por tirarse. Y hasta los más pobres llegaron a hacerle ascos a un exceso que, según les indicaba la luz natural, no podía durar para toda la vida, a un ritmo tal de derroche sin consecuencias.

Sentarse a la mesa del santo era el acontecimiento de la hora, que ya iba durando más de sesenta minutos.

El homenajeado principal se dejaba agasajar, como quien no quiere la cosa, al mismo tiempo que se hacía seguir por los reflectores y las cámaras, y, como quien se ve obligado a corresponder magnánimamente a los discursos, respondía con los discursos. Más largos y estridentes que los de cualquiera de sus congéneres, pero siempre sonriente, sin dejar de sonreír con una convincente humildad, de apariencia nazarena, que contrastaba con los excesos a su alrededor, y aquellos que él mismo se permitía sin llamar la atención, o despertar las suspicacias, pues lo cierto es que lo mismo cortaba de un tajo un trozo de carne que trinchaba discurseando, entre el manducar incesante. Si alguno de los que participaban del convite se indisponía, a causa del evidente exceso, y se apartaba para no vaciar su vientre a la vista de todos, otro ocupaba enseguida su lugar y nunca había falta de quienes quisieran arrimarse y despojar a otros de su lugar a la mesa. Los que volvían o intentaban hacerlo con la excusa de la indisposición de vientre momentánea, podían encontrarse con cualquiera de estos lemas como obstáculos de no poca consideración: “el que se fue a la orilla, perdió la silla”, o “somos como somos”, “pa’lante y pa’lante, y al que no digiera que tome purgante”… Parecía como si, desde el mismo comienzo, se hubiera impuesto en los reunidos la noción del “hacer y dejar hacer”, que tampoco era nueva, y con ella las del “ojo que no ve, corazón que no siente” y el “cuando en Roma, como los romanos” y el “si no te salen barbas no critiques las migas en la barba del vecino” y así hasta llegar al persuasivo “morirse es aquí lo único que no tiene arreglo”. Sentarse a la mesa del santo era el acontecimiento de la hora, que ya iba durando más de sesenta minutos, y pasar de comulgar con ruedas de molinos a comulgar con ruedas de tractores, no conseguía diezmar considerablemente el número de los fieles que pugnaba por un puesto a la última cena, por lo que fue necesario que se empleara el látigo en evocación de los mercaderes del templo.

Y en esas, sin anunciarse, llegaron “los incondicionales” de un tal Carolo Repuebla, que era el primero de los de este nombre, y se cansó el Comandante de tanto como había tenido que dorar la píldora, para que otros la tomaran, y pegó un revolcón a la mesa y mandó a callar a todo el mundo, empezando por las orquestas que zarandeaban aquello, y autorizó únicamente a “los incondicionales” de Carolo para que amenizaran el sarao en lo adelante, y como éstos venían bien preparados cantaron aquello de: “Y en eso llegó el más fiel. Se acabó la diversión. Llegó el Comandante y mandó parar”.

El sarcasmo rebosa en el fragmento, y la amargura es el asiento de esta copa colmada de sí que mi primo ha debido apurar hasta las heces más de una vez. Me pregunto qué cosas concretas habrán perturbado el sueño de Enrique. ¿Desde cuándo? ¿O con qué persistencia su acoso lo habrá alzado del lecho, para lanzarlo frente a la página en blanco, con los ojos desorbitados de espanto y desaliento, en medio de la madrugada? Porque si bien todos —o cuando menos muchos más de los que estarían dispuestos a confesárselo— (¡yo mismo!) hemos acabado por perder la elasticidad del entusiasmo, rendidos como cauchos viejos, restos fósiles de engañosa impronta que no pueden dar cuenta de una época, sino a manera de equívocos, pocos somos los que podríamos (o estaríamos en disposición o en condiciones) colegir el fracaso de nuestras vidas, reuniendo en un manojo sus jalones: hitos de una sucesión de engaños y fracasos monumentales, a los que sacrificamos nuestros sueños, y la propia vida de cada cual.

 

Por la mañana, apenas me levanto, decido pasar por la casa de Enrique para verlo. Necesito hablarle, o mejor, que hablemos, que me hable. No sé muy bien de qué, sólo que es preciso que me hable, oírlo para llenar de este modo tantos vacíos que hay en mí, y de pronto se me revela un enorme vacío que no sabría sondear por mí mismo. A esa sima a la que me abisma el texto de Enrique no es posible descender sino de su mano, en la seguridad solidaria de su compañía. A la luz de su lámpara. Esta mañana duele todo como debió dolerle a Lázaro el cuerpo resurrecto, con un dolor nuevo, desacostumbrado ya, del que la muerte nos libera al imponernos su rigor mortis, su conformidad, su paz de cementerio, su blancura de sepulcro, el romo perfil de su decrepitud, la impavidez sin palabras y el silencio. El absoluto silencio con que caemos en una fosa interminable, cual hoja que se pudre antes de llegar abajo.

No le sorprende ser llamado —visitado— por mí a hora tan temprana. Son apenas las seis.

—Entra. Te esperaba de un momento a otro. Sabía que al final vendrías. ¡Más tarde o más temprano!

No sé si esto que declara obedece a un impulso de decir cualquier cosa que venga a explicar esta visita, tan temprana como aparentemente inexplicable, pero hago como si no me enterara de nada.

—Pues aquí estoy —le digo. No sé por qué, pienso que han de ser estas, mis palabras, la respuesta que él espera sin dudas.

—Hace ya mucho que no duermo. No consigo dormir sino de a poquitos. Es en esos momentos que aprovecho para escribir. Te habrá sorprendido que haya vuelto a hacerlo.

—Aplastante, mi hermano. Monumental. Contundente —digo, convencido de que es exactamente eso lo que corresponde decir en este instante.

Enrique me observa desconcertado como si hablara de otra cosa. Su extrañeza acaba por confundirme.

En el fondo sigo siendo un sentimental, o lo que viene a ser lo mismo: un redomado “comemierda”.

—Siéntate, viejo. No tengo café, pero si quieres una tizana de hierba buena sin azúcar… Tampoco me queda azúcar —media una pausa, al cabo de la cual vuelve a hablar—. El otro día no quise decirte nada. Aún no estaba seguro de lo que había. Ahora sí. El médico me ha confirmado que es cosa que no tiene remedio. Me queda poco tiempo, y tengo que ver bien lo que haré con él. Tendré que hallar el modo de comunicárselo a mis hijos. Pero quería que fueras tú el primero en saberlo, como debe ser. “Sólo la verdad nos pondrá la toga viril”, decía Luz y Caballero, si mal no recuerdo, aunque haya quien le atribuya la cita al apóstol. Todo se lo cargan a Martí, por las buenas o por las malas. El pobre, con las que ha tenido que cargar… Pues eso, es cosa de sujetarse bien los pantalones.

Tuve la impresión de que hablara como si esto fuera todo lo que le quedara por hacer y ya no deseara parar hasta el último momento.

—Gracias —dijo al final de aquella retahíla—. ¡Por no andar diciendo lo obvio en estos casos…! Creo saber de qué modo te hago sentir. Ojalá estuviera en mis manos decirte algo que nos consolara a los dos. ¿Qué hubo de la tizana? ¿La tomas o no la tomas?

Le respondí que sí. No faltaba más. A falta de un café…

Mientras ponía a hervir el agua en un jarro descascarado, siguió diciendo cual si quisiera retener en sus manos el pulso de la conversación, que en realidad se había vuelto un monólogo, el suyo:

—¿Y qué te pareció el mamotreto? Digo, si es que dispusiste de algún tiempo entre las manos que dedicarle. ¡Claro que tampoco es para tanto! Se trató de un momento de debilidad. Tengo pocos como ese, pero en el fondo sigo siendo un sentimental, o lo que viene a ser lo mismo: un redomado “comemierda”.

No me dio tiempo a responderle, u oportunidad como la que yo necesitaba, para decirle todo lo que yo mismo no sabía por dónde comenzar a desenhebrar.

—El futuro de mis hijos es lo único que ahora me importa. Quiero que sepas que Juliancito anda en arreglos para casarse con una alemana. No sé si está o no enamorado de ella. No voy a preguntarle nada de nada. Es su garantía de salir de aquí, a alguna parte. Cecilia es muy estudiosa, pero eso ¿de qué puede servirle aquí? Aquello que antes se decía “saber no ocupa lugar, pero lo hace” ha dejado casi de tener sentido. Este debe ser el único país, o uno de los pocos países, suponiendo que haya otros, donde saber no sirve prácticamente sino de estorbo. Se tropieza uno con los pergaminos: si eres médico, por ejemplo, lo más probable es que el título se te convierta en una impedimenta para salir, a menos que te envíen a trabajar en condiciones de esclavitud, a un país del que no podrás escapar, a menos que estés determinado a no volver a ver a tu familia. Pues por eso mismo ha determinado ella que no acabará la carrera. A escondidas ha participado en la lotería de visas de la “Oficina de Intereses” americana, y confía en que la suerte la favorezca. De todos modos, es mujer, es joven, y se quedará sola cuando yo me muera. Soy padre, y lo que más me atormenta es dejarla abandonada. No tengo que pedirte lo que bien sabes que quiero que hagas por ella, en mi ausencia. Es decir, todo y cualquier cosa que sea para que no tenga que jinetear por un plato de comida, o cualquier cosa que necesite. ¡Hazlo por mí! Dinero le dejaré todo el que tengo, pero quiero que seas tú quien administre la mayor parte del que le dejo. Como no gasto casi en nada… Después de la muerte de Teresa, me volví un asceta por voluntad propia, o a causa de la falta de voluntad que desde entonces se hizo una fuerza absoluta. Por mi mujer me quedé en Cuba —si ya has leído el mamotreto que puse en tus manos lo sabrás— después de darme cuenta del rumbo que tomaba todo. Íbamos hacia el abismo a toda marcha, con cantos milicianos y retumbar de fusilería, y miedo y tentetieso, y hambre y escasez sobre todas las cosas de vergüenza, mientras se hablaba de dignidad y se gastaba en palabras y despropósitos… Amaba a mi mujer, y no me arrepiento de haberla amado hasta la ceguera. Lo lamento por mis hijos. Aunque hubiera podido pasar como con mis sobrinos —sí, los hijos de Armando—, que se hicieron “revolucionarios” y “adeptos a la causa del socialismo” en Miami, en las escuelas de allá, y te acordarás que vinieron aquí —los pobrecitos— ilusionados y llena la cabeza de musarañas y pamplinas, para darse el batacazo con la realidad, a pesar de que, por ser mis sobrinos, hice cuanto estuvo a mi alcance para amortiguarles el golpe de una caída tan estrepitosa como se llevaron. Menos mal que más adelante ambos sentaron la cabeza, pero conozco otros ante los cuales la realidad más empecinada se dio por vencida. Respecto a mis hijos, este habrá sido un sistema atroz de aprendizaje, pero como me tenían cerca, algo he podido hacer a mi vez para mitigar los efectos catastróficos, y para que ellos no acabaran perdidos y sin dirección alguna, como sucede con la mayoría de los jóvenes de este país. La desesperación no es norte, mi primo, sino a lo sumo espuela sobre los ijares del miedo.

Cuando el agua borbotaba ya en el jarro, Enrique la vertió en un vaso de cristal dentro del cual aguardaban las espigas de hierba buena.

 

A veces, todavía me pregunto si debiera hacer algo con él. Después de todo, no es sólo que me parezca una buena novela.

Aunque no se trate de la última, es esta la imagen de él que mejor conservo en mi retina —acaso la única imagen nítida—, como si en el instante mismo de ocurrir la hubiera fijado allí una suerte de voluntad ubicua, consciente, adelantándose a su muerte.

Ésta, sin embargo, no sucedió tan de inmediato, según le aseguraron los médicos que ocurriría, sino que estuvo precedida de una larga agonía. A su lado —cuidándolo— estuvo su hija Cecilia y, durante uno de los períodos de engañosa mejoría de que disfrutó, vio casarse a su hijo Julián con la novia alemana, de la que parecía verdaderamente enamorado. Durante el tiempo que duró la agonía de mi primo Enrique no se me ocurrió nunca preguntarle por el manuscrito que había puesto en mis manos una tarde cualquiera. No llegué a preguntarle, tal y como habría querido hacer, si debía ponerlo en las manos de sus hijos, o encargarme de que viera la luz afuera, por alguna vía impensada, acaso en Alemania, o en España, o en Miami. Y a veces, todavía me pregunto si debiera hacer algo con él. Después de todo, no es sólo que me parezca una buena novela; una historia conmovedora y convincente —y verdadera—, sino que cada vez más me convenzo de que se trató de un testamento —político, personal, único—: un retrato en sepia y en color de nuestra época y circunstancias, que acaso ninguno otro ha debido, o podría pintar con su sagacidad y calado; de una naturaleza muerta cuyo esbozo comienza en el momento en que los objetos que la conforman rezumaban vida, y continúa dibujándose sin interrupción ni ahorrar detalles, hasta el instante en que dejan ya de tenerla para convertirse en una pieza museable del horror, y del hartazgo.

Rolando Morelli
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