“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Los escafandristas, de Fedosy Santaella

sábado 5 de febrero de 2022
Fedosy Santaella
En Los escafandristas de Fedosy Santaella el carácter de los personajes se dibuja a través de los sueños y no sólo en los personajes sino que también la atmósfera adquiere una imagen de alegorías en el transcurso de los acontecimientos. Fotografía: Tania Villalón
“Los escafandristas”, de Fedosy Santaella
Los escafandristas, de Fedosy Santaella (bid & co., 2014).

Los escafandristas
Fedosy Santaella
Novela
bid & co. Editor
Caracas (Venezuela), 2014
ISBN: 9804030853
116 páginas

El alfabeto
Tentación del alfabeto: adoptar la consecución de las letras
para enlazar fragmentos es ponerse en manos de lo que
hace la gloria del lenguaje

Roland Barthes

Todo acontece como una imagen. En el mar no existen fisuras. Lo oscuro está en otro espacio. No hay ni piso, ni sangre, ni obstáculos. El sobresalto está afuera, mientras que en las profundidades se transparenta la duda como indicio de lo que vendrá. En Los escafandristas de Fedosy Santaella el carácter de los personajes se dibuja a través de los sueños y no sólo en los personajes sino que también la atmósfera adquiere una imagen de alegorías en el transcurso de los acontecimientos. Es decir, que personajes y acontecimientos van en una dirección más allá de lo que puedan pensar y sentir. Se van haciendo desde el atrevimiento de los misterios y adversidades de la oscuridad aquella que está en la exhalación, en el sobresalto y en la respiración. El afuera es pesado y confuso, el adentro, en cambio, es líquido con un espacio ilimitado. La sustancia de la historia gira en torno a la inmensidad del agua: irreal-acuático. Lo imposible y la dualidad están en el hombre que obedece a otra naturaleza. Sobrevivir implica verse en el espejo de los sueños, entonces es como contemplarse desde la propia condición delirante sin discreciones. La rebeldía de los personajes va hacia lo íntimo de su emancipación personal. Lo escaso está en la insaciable necesidad de estar en la desmesura de los encantos del agua. Esa es la vida con la significación de quien se siente pleno ante una efervescencia por lo desconocido para muchos: agua y profundidad como prolongación de la vida en otro estado, el de la inmensidad acuática.

Si avanzamos, vemos el sentido lúdico y poético con la presencia de la máscara, lo femenino y lo mítico-religioso en sólo cuatro líneas. Se demuestra en el siguiente fragmento que da un comienzo a la historia titulada “El doble sahir” (pp. 33-36), aunque igual pudiera ser un pasaje de un poema en prosa, leamos: “‘Dentro de ti hay un espacio vacío para mí’, dice la voz de una mujer en la oscuridad. Ve una silueta femenina, pareciera que le faltara la mitad (…). La silueta pasa, y él encuentra una máscara sobre el piso. Es la máscara de oro de Preste”. La condensación de una imagen potente en poco espacio, cuatro líneas, repito, no es circunstancial, es el ejemplo de cómo registrar una historia que encanta. Es celebrar con la palabra una invención desde lo insólito de las imágenes. Todo fluye en tan poco espacio de la grafía. Otra cosa es la imagen que sugiere el estallido del devaneo en el secreto del mundo con las historias entre el silencio y la palabra. Las formas discursivas se unen en Los escafandristas. Se contienen al menos tres opciones, lo percibimos así, les comento: la primera opción es la historia completa como una novela con la estructuración por capítulos. Una segunda posibilidad gira en torno a la conformación de relatos (¿microrrelatos?) con historias contundentes y directas como cuando se recibe un golpe certero que te saca todo el aire. Y la tercera lectura aparece con un componente de comienzo a fin como un largo poema-balada con figuras de ensueños deseando otra vida en otros espacios jamás imaginados que se proyectan en nuestro inconsciente. Todos unidos por un personaje (¿Marcelino?) que transita una perspectiva sin escisiones. Imágenes que capturan sensaciones en las veintiséis historias, historias minuciosas que “se hablan” y “se oyen”, se entrecruzan y vuelven al lenguaje de la infinitud. Cada una con sus rasgos definidos en ambientación, personajes e historia —como lo afirmamos antes. La tentación del lector está en descubrirse entre los sueños. Descubrirse en los silencios. Todos somos una posibilidad ante el damero del abecedario. Lo cotidiano es la consternación del agua, lo asombroso está en el silencio: “…cuando comprendan que ni una sola de sus palabras ha servido para explicar el mundo, entonces callarán, serán nuestros, y el silencio se hará, ese silencio primigenio” (p. 47). Historias para recrearse, historias para reconstruirlas desde el silencio que nos empuja y nos lleva a la contención de lo energético. Entendido éste como el furor del sentimiento.

El autor propone una larga balada para que el lector se zambulla como el “peje Nicolás” para buscar en las profundidades de la lectura ese otro tesoro.

Sin ánimos de armar una suerte de directorio para leer a Fedosy Santaella con sus historias, continuamos con nuestras consideraciones. En “El buzo de Schiller” (pp. 43-54) la historia va con las sensaciones en tanto piel, carne y al puro hueso como los sueños porque, valga la pregunta, qué sueño tiene un tiempo definido. El encuentro va acompañado con Schiller (1759-1805), es decir, lo poético alude y reconoce al mundo no regulado por los cánones, en tanto es aquello que está fuera de los sistemas (lo real) establecidos que sólo el alfabeto como metáfora aflora en la escritura de Santaella. El autor propone una larga balada para que el lector se zambulla como el “peje Nicolás” para buscar en las profundidades de la lectura ese otro tesoro que no es la “copa de oro” sino el premio de las historias que se discurren en el no tiempo tiempo de las sensaciones o aquello que no está determinado por un mero diálogo, insisto en esto: la historia como sensaciones porque son atemporales. La historia como una película con un constante flashback; entonces se unen Schiller, Goethe y Santaella, no importa el orden, no interesa en este caso. Lo que importa es lo que queda en la escritura de las sensaciones porque salta a la crónica, lo histórico y lo psicológico. Cabe decir con esto que se “nombra a la naturaleza humana” de otra manera.

Continuemos en esto de las historias en Los escafandristas: en “No hay puertas, no hay ventanas” (pp. 91-101) surge un diálogo entre lo real-mitológico (Preste Juan), lo lúdico (la mujer bestia), con Marcelino entre ellos dos:

(…)

—Soy real, existo, y he sido enviado desde la eternidad para impedirte.

—¿Dónde está Menilek? —brama la mujer bestia. Atrás, el buzo calla.

—Ya lo he dicho: en alguna parte de esta casa Menilek fallece a perpetuidad.

—Haré lo que tenga que hacer para recuperarlo.

(…)

Vaya diálogo… Acá apreciamos una suerte de varios tiempos en uno, quizás cuatro. Me hago entender, un tiempo representado por el Preste Juan —santo y guerrero— que es lo real-mitológico del siglo XVII, acaece otro tiempo, otro contexto, el irreal representado por la mujer bestia, lo lúdico. Luego, el otro tiempo, el de Marcelino que supuestamente es el real/tangible pero que se funden en esta balada del autor que roza con la libertad entre lo real y la ficción para concebir criaturas inverosímiles.

Visualizamos una puja entre el “sosiego/violencia” o “quietud/movimiento”. Todo acontece en presencia del mar, pero en otro tiempo, pero en silencio en su comienzo, insistimos en esto. Es como el preámbulo de una película. Es un hecho visual como para que se nos quede en el recuerdo. Es como para repasarlo tantas veces sea necesario en nuestra memoria. ¿Cinematográfico? Pues sí, tal cual. Puede ser frente al mar o en las profundidades del mismo pero imagen en definitiva que se convierte en un largo ensueño. Éste no implica quietud, no, en todo caso vamos por otro sendero, el del éxtasis ante la imposibilidad de atrapar en un instante lo vivido. Los tiempos se agolpan en un abrir y cerrar de ojos como en el caso de Marcelino, esos tiempos —años, siglos o segundos— son uno. Dicho todo esto, es como que si el espacio y el tiempo se agolpan en lo interno de cada uno de los personajes. La intensidad está contenida en la imaginación. La claridad de la imagen es sugerida. Cada historia explica, de ser posible, lo remoto y lo vibrante en el espíritu de los personajes. El pálpito se traduce en experiencia sensorial convertido en estremecimientos. Puede que nos equivoquemos; sin embargo, nada mejor que las conmociones ante lo imprevisto y lo inexplicable. El mar lo sugiere así. El mar como una presencia ineludible para edificar la(s) historia(s). Esa presencia del mar implica fuerza, entonces el mar y su silencio —en apariencia porque el silencio también habla— evocan otro estado en los personajes. Es lo que hemos osado llamar experiencia sensorial. El mar es una parte de una naturaleza pero, visto en estas historias, se convierte en una suerte de diálogo con los personajes; quiero expresar con esto que el mar no acompaña, el mar es otro actante en el entramado argumental. Surge un intercambio de ceremonias que convoca ese ambiente acuático.

La historia se nombra como una aventura desde las sensaciones en donde cada personaje se anuncia desnudo ante el lector.

En el transcurso de las narraciones-baladas florece el elemento sensual; por ejemplo, vemos cómo en Ling —otro personaje— no existe frontera en la composición de múltiples historias. Lo sensual tiene que ver con lo olfativo, auditivo, táctil y visual, como ya lo hemos mencionado. La voluptuosidad puesta en el “aliento sensible” de los personajes para que luego se produzca la conmoción en la piel y en la evocación de los espejos que se alternan en ellos mismos con las conexiones en la exaltación por lo vivido. Lo de Ling es sólo una mención, puesto que las historias abrazan la distancia y la respiración de los personajes en sus carencias y sus afectos. Las historias adquieren su acento en la medida de su desarrollo. La autonomía de los personajes va figurándose en su propia cadencia y modulación de cada acontecimiento no como realmente sucede en la cotidianidad sino como el narrador lo cuenta. Allí radica lo intencional y ficcional, esa es la textura de la existencia.

Roland Barthes afirma en torno al Alfabeto que éste debe ser eufórico y da cuenta de la ansiedad, además de no ser arbitrario. En Los escafandristas se aplica. En cada relato se configura el lenguaje que se torna natural y potenciado en su origen. Podríamos considerar que la historia se nombra como una aventura desde las sensaciones en donde cada personaje se anuncia desnudo ante el lector. La sintaxis se renueva en otro sentido y por consiguiente en su efecto. El argumento o el poema-balada en su ensueño se encumbran hacia la emoción. Ese Alfabeto se acomoda con el sentido de la historia. Como lectores nos percatamos de un giro sutil en el deseo de presentar una estructura que se ajusta a un conjunto de invitaciones desde una poética de la narración que cobra cuerpo a partir del silencio y la contemplación. Ejemplo de ello es la búsqueda o presencia de una constante del otro quien se configura a lo largo de toda la narración. Entonces, leemos: “En ti vive otro ser, tu verdadero ser. Ese otro que pronto serás es grande, poderoso y libre de toda moral humana. Ese otro está más allá de los paradigmas humanos” (p. 52); por eso hablamos de la desnudez de los personajes, se muestran tal como son. “¿Quién eres, Marcelino? ¿Qué ocultas, qué desconoces de ti mismo?”. Amorosos y violentos por momentos. Esquivos y directos en algunos pasajes de una historia que se erige en las interioridades del mar, en los silencios, las sombras y los personajes, creemos que, en definitiva, son uno: mar y personajes. Uno no puede existir sin el otro. El afuera y el adentro se marcan en la mirada, se acentúan en el silencio y se trasgrede el tiempo cuando es menester. El espejo los multiplica y la profundidad del mar los cristaliza en lo onírico. Así son y así serán estos personajes en una constante mutación. Volvemos a Roland Barthes, se hace presente la tentación del alfabeto. Es una provocación de imágenes donde se unen historia, culturas, personajes, tiempos y emociones. Todo un poema, pues.

Este último comentario nos permite aludir a lo mitológico, la belleza de lo oculto y el poder: “Mi raza de hombres proscritos ha sabido leer, escuchar y asociar. Todo lo que había que unir lo hemos unido. Pero siempre nos ha faltado entrar a la casa, y no hay manera de entrar en ella sin el Rebis…”. Tres componentes que propician la escritura de una historia. Historias que se muestran con la tentación entre lo poético y la representación armónica por la escritura. Por eso, nada con más sentido poético que: “El mar vuelve a tomar el lugar de los silencios… Hay silencio en los ojos… Hay más silencio dentro del silencio”, el silencio como constante para llegar a un suspenso y sentido de lo ficcionado. Porque siempre habrá oportunidad para decir: “Escucha el mar”.

José Ygnacio Ochoa
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