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Las errancias de Lázaro Álvarez

viernes 21 de abril de 2023
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“Errancias”, de Lázaro Álvarez
Errancias, de Lázaro Álvarez (El Taller Blanco, 2023). Disponible para su descarga gratuita en la web de la editorial

Errancias
Muestra poética 1972-2020

Lázaro Álvarez
Poesía
El Taller Blanco Ediciones
Colección “Voz aislada”
Cali (Colombia), 2023
98 páginas

Errar es no acertar algo, pero también puede ser, entre otras acepciones, andar vagando de una parte a otra. Quizás en nuestra vida haya mucho de ese errar en ambos sentidos. Pero cuando se trata de errancia es otro el sentido y están mezclados varios, digo yo, por la genética de nuestra lengua. Porque ir vagando de un sitio a otro, en el pensamiento, la imaginación o la atención (al pie de la letra del Diccionario de la lengua española) puede ser igual que divagar que, a su vez, es: “Dicho de una cosa: andar libre y suelta, o sin la disposición y el orden que regularmente debe tener”. ¿Sólo de una cosa o puede ser de un alguien?

En cualquier caso el que erra o yerra no está conforme con lo que le ha sido dado, con lo que se supone que es su camino o su destino: ajustado al parecer y proceder común, sobre todo “en tiempos de tanta prisa, de tanta inmediatez, de tanta voracidad y aturdimiento narcisista, resulta gratificante encontrar freno en una escritura cuya gravedad obliga a la pausa, a la lectura detenida y reposada, al trato con un lenguaje sereno, desentendido de vociferaciones tremendistas y gestos grandilocuentes”, como lo deja saber Arturo Gutiérrez Plaza en el prólogo de Errancias, de Lázaro Álvarez.

De eso se trata en el ser y parecer de Lázaro Álvarez en un libro que reúne casi cincuenta años de un ver, sentir y escribir, sin alardes y como quien espera con calma un autobús, un avión o un tren demorado. Mejor paciencia y actitud es casi imposible en estos días de “aturdimiento narcisista”, que es lo que sobra con tanta palabra desalmada y pretenciosa en el desaforado salón de las redes sociales.

De todos esos años, entre algunos libros inéditos y otros que ahora nos ofrece en edición digital El Taller Blanco, nos advierte Lázaro Álvarez en una nota al final del libro que son: “Residuos sobrevenidos de casi cinco décadas de atención discontinua, nacen de la tensión ante el vacío y el abismo de lo que no es verbal ni comprensible. Lo que se salva en la precaria memoria, momentáneo brillo del pez que salta en la densa corriente de la vida que pasa”. Y no es otro el destino y acendrada vocación de quien no ha preferido el seductor espejismo de la apurada nombradía y de un epíteto jactancioso a como dé lugar.

Asidua luz, que data de 1981, ya nos hace sospechar por dónde Lázaro comienza a andar o a errar:

Extraño es todo esto: vivir
levantarse en otro sueño.

O:

Extraño estar aquí.

Y dejarlo.

No puedo menos que recordar lo que Eckhart comenta cuando se refiere a la luz que cegó a Pablo en el camino a Damasco, es “en esa luz donde las potencias del alma se elevan”. Lejos de mí pretender y menos aseverar que Asidua luz es de por sí el resultado de una experiencia mística de un seglar o un pagano solitario; siento al leer esos escuetos versos que alguien nos dice que sólo vemos lo que queremos ver porque ya no sabemos ni queremos ver cuanto nos ampara y nos protege de eso que somos y el velo de nuestras vanidades y ambiciones nos impide ver.

En Vigilias Lázaro nos advierte con un epígrafe que “bueno es soñar: despertar es mejor” (Emily Dickinson) y el primer poema de ese libro se titula “La luz”, pero no es en ese poema donde la luz deslumbra o resplandece, es en “Libertad” cuando dice:

Ante los ojos nuevos
se crea el mundo a cada instante
como la llama viva.

Sin ánimo de las manidas y odiosas comparaciones es como la llama de amor viva de san Juan de la Cruz:

que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro.

En el sentir y vivir de Lázaro hay una correspondencia con lo que escribe, como un testimonio desde la hondura y desde la luz. Tal vez por eso, con toda razón y prudencia, se decidió a publicar su Errancias sin apuro porque: “Por ti tropiezo. Por ti soy indeciso. Por ti enmudezco y me hago sombrío. Sólo por ti digo canciones en el camino de la tragedia”.

Tragedia que no se desarrolla con exacerbado sufrimiento y dolorosas peripecias de la vida, sino como un reto único y necesario para un individuo que ha sentido y vivido esa luz que lo mueve a escribir, reconociendo sus yerros y su errancia en un mundo que, como siempre y hasta siempre, se ahoga en los vapores de la ilusión propia de cada época.

Sin perder el mismo tono inicial y el mismo errar, no deja de sorprenderme que Lázaro ha derivado su decir en versos y poemas más largos y más narrativos, lo que nada desdice del sentido poético. Me atrevo a asegurar que Lázaro comprendió e hizo suya una rebelión contra ese prejuicio, en boga desde hace tiempo, según el cual una “poesía” que no cuenta, con el pretexto de ser profundo con pocas palabras, haga creer al lector que toda complicación y ocultación es el sustento de la poesía, y sólo por eso lo es.

Y en el nuevo frío de otra ciudad
mientras en la madrugada rompe de nuevo
el motor monótono de los autobuses,
sentirás todavía
el sueño de las pobres aldeas,
el diálogo roto de las despedidas
y el ruido confuso de la vida distinta
que no pudo vivirse.

(“Antes de irnos”, Paisaje reunido)

Lo anecdótico, cotidiano, no lo raro ni sobresaliente ni excéntrico ni espectacular, lo que a cualquiera le puede suceder, pero visto con otra mirada y hondo en el sentir está ahí:

Y en la imprevista luz del día siguiente,
sin despedirnos casi, el cuerpo resentido
por el rigor del vino,
vuelve cada uno hasta su esquina,
el rostro confundido entre otros
que también esperan,
y regresamos en el autobús de la ruta sabida,
entre el vaivén monótono
del deseo infinito del descanso
y la imagen intensa de la alegre ebriedad
de haber vivido,
la cabeza dando contra la ventanilla,
completamente solos.

(“Mis poetas favoritos”, Paisaje reunido)

En Los residuos del día ese propósito o intención se acentúa, como una responsabilidad asumida sin duda alguna, y en el primer poema de ese libro, “Náufrago con espectador”, lo declara. Ese espectador, alguien que se mira en el espejo y habla consigo mismo, ve a un Ulises solo en el enorme océanomientras las ciudades indiferentes se afanan en su día, para concluir que sólo es feliz aquel que todavía tiene Patria. Y esa patria no es necesariamente una nación delimitada en algún continente; es otra, como la llamó Pablo Rojas Guardia: sin ubicación precisa en el mundo, pero sí en la geografía espiritual. Difícil no asociarla, por varias y dolorosas razones, a la que los venezolanos irredentos hemos perdido por la demencia y entreguismo de unos pocos.

En los tres últimos libros Lázaro, sin perder el tono narrativo y confesional, pareciera volver al tono de los tres primeros, pero ya está marcado un rumbo en sus errancias y ya no está lejos de ese giro ya dado y “En la vía” (Los residuos del día) lo declara, como cualquier ciudadano de un país saqueado y envilecido, pero con significaciones que rebasan lo político y circunstancial, hacia un horizonte íntimo de su ser y estar en el mundo:

Pero no sabemos nada aquí en la calle
por donde ahora vamos,
no se sabe si por última vez.

Entonces errar, en cualquiera de sus sentidos, es una búsqueda o un encuentro con aquello que las palabras intentan, al menos, reflejar. Es posible que condecir sea ese verbo que se me ocurre para hablar de Errancias y porque Lázaro Álvarez sólo nos quiere decir, sin pretensión, pero con firmeza y sin afán:

Cada palabra nace
de una cicatriz.
Cada vocablo
de una memoria ácida.

Mario Amengual
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