
Los hechos y las formas
Aunque desolador, pareciera que en Colombia es más fácil la violencia que hacer literatura sobre la violencia. Narrar ésta no se limita al simple relato de los hechos, sino a expresar en la escritura cómo deja huellas en el corazón de los hombres, mujeres y niños que la sufrieron, cómo cambia la geografía de los pueblos, la forma de sentir las cosas, la memoria de los sitios y personas. Al mismo tiempo, la literatura puede contar la resistencia de los que no renuncian a su dignidad, de quienes en medio del dolor y el abandono no se transan con la injusticia, con la humillación.
En la literatura no bastan los hechos; importa, y mucho, la forma en que se cuentan, en que se expresan. Y la forma no es algo ornamental, porque las formas en el arte se convierten en esencia de las cosas, de los hechos. No se pueden comprender éstos desconociendo la manera en que se construyó el relato, en la que se expresó la emoción.
Uno de los relatos más hermosos en torno a la violencia en Colombia lo constituye la narración de Gabriel García Márquez de la masacre de las bananeras en Cien años de soledad. Todo aquel que haya leído el relato siente en carne propia la tensión en el ambiente, el filo de la navaja, la inminencia del desastre en cada palabra, en cada sonido. Podemos mencionar otro ejemplo, José Eustasio Rivera, autor de La vorágine, novela que llega a sus cien años y en la que se sienten la injusticia, el dolor, la humillación y explotación. Los escritores no son historiadores, pero testimonian su época de manera profunda y compleja, por lo cual las generaciones venideras podrán comprender el espíritu de las tragedias y victorias de los tiempos relatados.
Los textos inútiles: de la estética a la solidaridad

Los textos inútiles
Adolfo Ariza Navarro
Cuentos
Editorial de la Universidad del Magdalena
Santa Marta (Colombia), 2018
ISBN: 978-958-746-112-1
178 páginas
Adolfo Ariza Navarro nació en La Avianca, un corregimiento del municipio de Pivijay, Magdalena, que, al igual que todos los pueblos de la región, sufrió en los últimos años del siglo XX y comienzos del XXI la más brutal violencia paramilitar. Asesinatos, amenazas, desapariciones y desplazamientos. Algunos, incluso, afirman que “fue tan violenta la arremetida paramilitar que hasta San Martín de Loba huyó del pueblo”.
Ha publicado ya diversos libros, tanto de poesía como de relatos; asimismo, ha ganado premios nacionales e internacionales; entre ellos se destacan la X Bienal de Novela José Eustasio Rivera, el Premio Ciudad de Santa Marta (poesía), el Premio de Novela Ciudad de Barranquilla y el Premio Internacional Juan Rulfo de Novela Corta.
En Los textos inútiles (2018), libro de cuentos publicado por la Universidad del Magdalena, Ariza relata la violencia desde diferentes miradas. Como decíamos arriba, no se limita a contar hechos, asesinatos o masacres. Lo central en cada historia es la conmoción o conmociones que la violencia genera en sus víctimas (o posibles víctimas, que a la larga también lo son). ¿Qué siente alguien que se entera de que su nombre aparece en una lista de amenazados? ¿Cómo cambia esto su vida, su percepción de las cosas? Hay un pueblo, por ejemplo, en que los muertos terminan confundiéndose con los vivos y, aunque “se aparecen”, ya no espantan a nadie. Lo aterrador no es el desfile de fantasmas que se pueda encontrar en los caminos desolados del pueblo, sino la injusticia o incomprensibilidad de sus muertes, la impotencia frente al poder brutal de los victimarios, o el destino (“A Joaco no le dan permiso para salir como a los otros muertos”).
Sin embargo, en medio de las amenazas, el terror y la injusticia, hay hombres y mujeres que resisten. En el cuento “El búho es una vaca y yo soy un chico de plástico”, el Flaco y sus paisanos se enfrentan al Búho, jefe paramilitar, y sus hombres, en un partido de futbol. No se trata de un partido amistoso o de reconciliación. Cada gol de las víctimas se convierte en una venganza, en un acto de justicia frente a tanta atrocidad, en una forma de desafío y muestra de que nadie está por encima de nadie y que, al fin y al cabo, no hay ninguna valentía en quienes pretenden ganar el respeto y la sumisión de los demás con la violencia.
Hay varios ejemplos en torno a la resistencia. En “Animador de velorios” el protagonista llega a una escuela a enseñar sin ser docente. Avergonzado lo confiesa a sus compañeros, quienes tampoco tienen título. Comienza su tarea de enseñar y, sin proponérselo, auspicia una revolución en la que la risa es posible y en la que se puede hablar sin pedirle permiso a nadie (tal y como debe ser toda revolución).
Con humor, de manera sencilla y profunda, Adolfo Ariza Navarro nos conmueve con cada relato. No necesita llenarlos de ráfagas de metrallas o restos de sangre. Lo más duro de la violencia, toda ella devastadora y triste, se evidencia en la conmoción que genera en el corazón de cada hombre, de cada mujer, de cada pueblo. La literatura nos permite comprenderlo, comprensión que nos llama a solidarizarnos con las víctimas.
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