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Báratro, de Roberto Núñez Pérez
(selección)

miércoles 7 de febrero de 2024
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“Báratro”, de Roberto Núñez Pérez
Báratro, de Roberto Núñez Pérez (Universidad Industrial de Santander, 2020), ganó en 2019 el XI Concurso Nacional de Libro de Poesía de la UIS. Disponible en la web de la editorial

Báratro
Roberto Núñez Pérez
Poesía
Ediciones de la Universidad Industrial de Santander
Bucaramanga (Colombia), 2020
ISBN: 9789588956626
58 páginas

Nada tan bello

Odio a Báratro
pero compro sus revistas pornográficas,
repito a diario lo que dicen sus periódicos,
sus noticieros
y aprovecho las ofertas del supermercado y la catedral.
Soledad de sí mismo,
abandono de sí mismo,
sin banderas en la piel,
sin horizonte en los ojos.
No tengo siquiera un chinarro para lanzarlo al vacío.
(¿Y si lo lanzo
a qué sueños llegará?).
Ojalá mi cuerpo fuera junco,
mis manos puñados de arena para los sauces,
los mangos y abetos;
ojalá mis ojos supieran de las lunas
escondidas bajo las losas del pavimento.
Odio a Báratro y escucho su música,
sus discursos y sermones;
repito sus oraciones en el café matutino,
en el té vespertino.
Si mis oídos supieran de la poesía de las hojas que se rozan,
de los días que duermen en los almanaques sin imprimir,
del amor que en el metro me arroja una frente.
Todo es cuchillo y acero en Báratro
y sin embargo cae.
La ciudad tiene mil soles para cada sombra
y sin embargo cae;
mil disparos para sus miedos
y sin embargo cae.
(¿Y si tras el derrumbe de Báratro
no queda siquiera la esperanza?).
También los puentes tienen un día para morir.
La fábrica ha entrado en agonía.
También los rascacielos se inclinan
y se dan de bruces contra la avenida.
Nada hay en ti tan alto que no pueda caer,
nada tan bello que no se pueda humillar.

 

Si fuera el amor un animal salvaje

Si fuera el amor un animal salvaje
habría devorado cientos de ciudades,
se habría metido en el centro comercial
donde venden postales y tarjetas a su nombre
y habría activado la alarma contra incendios
para provocar la llama.
No quedaría ya oficina sobre oficina
y en el piso estarían
las palabras y besos de los enamorados.
Si fuera el amor un río
sereno y tumultuoso
no dejaría desierto para los muertos
que cruzan a pie o en sus autos las avenidas,
derrumbaría los barrios,
la plaza y las aceras de los pregoneros,
no permitiría que le tomaran fotos
ni publicaran sus entrevistas en papel
o Internet.
Si fuera el amor un árbol,
un cedro por ejemplo,
abrazaría los pájaros libertarios,
recogería el aire de quienes sueñan,
los huracanes de quienes desean,
el agua de quienes ansían
y los devolvería de nuevo al viento
para que fundaran nuevos bosques,
nuevas ciudades de ternura y acero.
Pero no. Pero no.
El amor no es más que un sueño angustiado
que intenta salir del corazón.

 

Báratro

Aquí justo donde pisas
queda Báratro y su incendio
y sus miles y millones vistiéndose de angustia,
recorriendo por los andenes el desespero.
Báratro es la selva de luz y de sombras que nadie soñó,
el reino del papel y las tarjetas,
de las canciones que se desprenden con las hojas del almanaque
para que por la tarde las recoja el camión de la basura.
No obstante en Báratro
se encuentran rastros humanos
una que otra mañana.
Una falda azul recorre con el tranvía la ciudad
y sugiere el amor
como un caracol lento que no muere,
como un largo invierno que vislumbra el sol.
“La canción que es valiente
es canción para siempre”
se atreve a decir alguien en medio de la calle
y de los muros llenos de orín y tristeza
brotan palabras clavadas en las pupilas.
La mujer sabe que un cuchillo amenaza
con atascar la máquina y destrozarla para siempre.
También de los escombros surge el amor.
Una joven murmura una canción que no se olvidará,
pese a que pocos hasta ahora
la han escuchado.
Todo es herrumbre y
no obstante
el anciano cultiva un jardín,
levanta su brazo y grita que las cenizas de Báratro
le servirán de abono.
Todos se burlan de él;
aun así
huelen bien estas flores.
En silencio canta:
“Y no me digas pobre
Por ir viajando así
No ves que estoy contento
No ves que voy feliz”.
“Levante la mano el que no venga de África”,
vocifera un internauta,
“sólo ése no tendrá esperanza,
sólo ése verá para siempre
secarse sus ojos,
el sol
y el río de su corazón si alguna vez lo tuvo”.
Báratro, Báratro,
imperio de neón y oscuridad,
de acero y asfalto,
de papel moneda y disparos,
¿no te das cuenta de que entre tus despojos
nace el amor que para siempre
te destruirá?

 

Resplandor y espanto

Aflicción y esperanza ciegan.
Tal vez los huesos en el polvo.
De todas formas
no hay más destino que caminar
sobre el desierto y sus trenes,
sobre el mar y sus potros
a punto de derribar el tiempo que llega.
¡Levante la mano quien no venga de África!
¿Acaso las estrellas no buscan su cielo?
Saben ellas que todo firmamento es suyo.
¿Por qué ponen trancas en el firmamento de la Vía Láctea?
También caminan firmes los que van al infierno.
¿Sabrá el fugitivo que el espanto
no es sólo la tierra que deja
sino también el sendero,
el río que lo bebe, la playa en la que arde?
¿Sabrá que las sombras nacen
en el resplandor que busca?

 

Como el fuego de una estrella que ya no existe

Como el fuego de una estrella que ya no existe
vuelve a mi corazón lo perdido.
Todo se ha transformado en acero,
cemento y nostalgia.
Todo cambia en Báratro:
las salas del Instituto donde fue el amor
dan paso a oficinas bancarias.
Aquí donde canté una canción
aquella noche de junio
ha brotado un semáforo con sus contundentes luces.
Ahora que ilumina el verde
toca seguir al otro lado de la soledad.
En este centro comercial había un bosque
de almendros y matarratones,
de buganvillas y torcazas;
hoy crecen en él los muertos y la locura.
Ojalá algún martes se derrumbe
y vuelva la maleza.
He perdido los libros que leí,
la casa en la que hojeé sus páginas
y me embarqué en las botellas
que navegaron día y noche
por los profundos azules de la luna.
Nada dura lo que dura el recuerdo.
Apenas nos descuidamos todo se va,
todo nos es arrebatado
y no podemos regresar
porque han incinerado los mapas,
destrozado las brújulas,
la rosa de los vientos.
Por estas calles de soles y autos fugaces
caminé buscando el amor
y escribí el amor en sus hojas caídas.
Sólo nos queda seguir adelante
y volver a los mapas que los ojos y la piel
han reconfigurado.
Todo lo ha transformado Báratro
que todo lo quita para ofrecerlo todo,
que todo lo arranca para vender la siembra,
que todo lo seca para ofrecer el cántaro.
Báratro,
tú que secas las cascadas
y el polvo de la memoria,
el sudor de los amantes,
la humedad del deseo,
no olvides que aunque me venzas
brota en mí
un universo
que no podrás conquistar.

Roberto Núñez Pérez
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