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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

El pájaro profeta
(Aquel cuento que quemara César Rey)

martes 8 de septiembre de 2015
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Me acuerdo como si lo estuviera leyendo ahora. Jamás voy a olvidarme de ese cuento, le dijo Marcos Rosemberg a César Rey aquel mediodía. ¿Qué lo hiciste?

Lo quemé, le contestó Rey.

Me acuerdo como si ahora lo leyera, era una mañana como esta, igual a esta, vacía y luminosa, por eso me acuerdo.

 

El músico se sentó al piano llevando dentro la melodía que lo obsesionaba y la primera botella de vino. La noche se extendía por delante, insegura y llana, clareada por la luna desmesurada de mayo.

A cinco cuadras de allí, él frotaba meticulosamente sus dientes sin mirarse al espejo. Había cenado, había llevado los platos al fregadero, había escuchado las quejas de su mujer, había besado y arropado a sus hijos.

Si él hubiese sabido de la farsa que además de las botellas de vino y la melodía llevaba dentro el músico; si hubiera advertido que a pesar del sosiego aplastado en que había cimentado su existencia, su matrimonio y su consecuente paternidad, un sosiego adquirido a fuerza de aceptar sin dudar, de no buscar respuestas y, posteriormente, de no detenerse a hacerse preguntas; si hubiera sospechado que el otoño despinta no sólo las hojas de los árboles sino la luz y que la luz puede engañar la mente tanto como la fe, las madres o incluso la ciencia; si en lugar de cultivar la mansedumbre de la perdiz se hubiese adiestrado en la agudeza del águila; si tan sólo hubiese sospechado, a pesar de la ropa idéntica, las seis cuadras idénticas hasta el trabajo, las ocho horas idénticas en la tienda, la noche idéntica cada noche entre las sábanas, que en cualquier momento un olor o un color, el ladrido de un perro, un árbol vacío o el presagio oculto en el vuelo de un pájaro habrían podido despertarlo de repente y para siempre; si hubiese advertido que aquella aparente llanura interminable de minutos y horas y días y meses, esa llanura que se desplegaba fuera de él ocupando las calles, la ciudad entera, la costa, el río inmortal, podía sin aviso previo agrietarse, y si hubiese sabido que el conveniente automatismo con que ordenaba las prendas en la tienda, le sonreía a los clientes, le hacía el amor a su mujer y empujaba la hamaca cada domingo en la plaza, podía sin advertencia colapsar, entonces: él no hubiese una mañana cualquiera escuchado la melodía que salía por la ventana abierta de la casa del músico; no hubiese enlentecido dos días después su paso regular para escuchar un poco más; no se hubiese detenido junto a la ventana aquel amanecer, con la luna inmensa esfumada tras las nubes y el sol asomándose justo enfrente, sobre el río salobre; no hubiese, él, que nunca había llegado tarde al trabajo por exceso de cuidado o idiotez, aquel día, golpeado a la puerta de la casa y pedido permiso al músico para escuchar la pieza entera, viéndolo tocar.

 

—Por temor o estupidez —lo corrigió Rey.

—¿Qué?

—Hasta que el empleado de la tienda, que nunca se había detenido en su trayecto al trabajo, por temor o estupidez.

—Sí, sí. Estaba bien escrito. Quiero decir era bueno.

—No podía ser bueno si no estaba bien escrito.

—Sí, lógicamente. ¿Cómo era que se llamaba el personaje?

—Manuel —dijo Rey—. No. No. Miguel.

—Era la atmósfera —dos arrugas de meditación cruzaron la frente de Rosemberg.

—A esta altura la literatura me resulta un tema de conversación muy poco familiar.

 

Amanecía, serían las siete, unos minutos antes de las siete, tal vez. La luna era el sol al oeste y el sol, una línea ancha, roja y difusa, amalgamada con el azul todavía negro del cielo del Este. La luz blanca del día venía desde abajo, como empujando.

 

Miguel caminaba las cinco cuadras que lo separaban de la casa del músico, ya no las percibía como parte de un suceso de mil pasos uniformes y firmes que lo llevaban a la tienda sino como un acontecimiento inexorable, una red tejida por la miríada de hilos húmedos que componen la luz fría de mayo.

La primera vez que advirtió la melodía —no podría decirse que la oyó, ya que más bien la percibió, la sintió vibrar—, no reparó en la ventana de la que surgía abismal y vagarosa, ni en las persianas desplegadas sobre la vereda; se limitó a apartarse de la línea de baldosas y dibujar una curva para evitarlas.

La primera mañana que decidió detenerse para escuchar un poco más, advirtió que el músico ejecutaba siempre la misma composición, conjeturó que se trataría de un ensayo, tal vez para un concierto, tal vez en algún lugar antiguo muy apartado de este otro, que él andaba cada mañana, atrapado en el círculo interminable de las seis cuadras en línea hasta la tienda.

La primera vez que golpeó a la puerta de la casa del músico, de cuya ventana emergía el misterio nocturno de la melodía, se preguntó si sería posible recordar una canción nunca escuchada.

—¿De veras le gusta lo que toco?

—Me gusta mucho mucho muchísimo, pero claro, yo no sé nada de música.

—¿Quiere café? En realidad no es café, es cereal tostado.

—No, no, gracias.

Así que eso se dijeron, le preguntó Rey a Rosemberg, no sé cómo te acordás. Aquella mañana yo estaba metido hasta el cuello en la atmósfera de la literatura. A nuestra edad ya no es posible. El músico era un maldito, le contestó Rosemberg.

 

La vez anterior a la última que Miguel llamó a la puerta del músico, los acordes del piano le llegaron desde lejos: tené cuidado, permanecé alerta, le advirtieron, graves y presurosos, y sin saber por qué, recordó, nítido y funesto, el sueño que lo despertó, ardiendo, aquella mañana.

La vez anterior a la última que llamó a la puerta del músico, a Miguel ya lo habían despedido de la tienda, y cuando bebió de la taza humeante, con precaución para no quemarse, la malta le supo, sorprendentemente, a café.

La vez anterior a la última que Miguel llamó a la puerta, la noche se iniciaba y el músico descorchaba una botella de vino mientras le sonreía con la botella en una mano y el sacacorchos en la otra.

—¿Abriste la puerta con los dientes?

—Con el codo.

—Traje salame y queso.

 

Miguel pasó la noche en casa del músico; había recibido el telegrama de despido; había discutido con su mujer; se había masturbado rabiosamente bajo la ducha; se había vestido escuchando los reclamos de ella sin poder distinguir una palabra de otra; se había agachado hasta apoyar la rodilla en el suelo para besar a sus hijos; había cerrado la puerta de la casa sin azotarla y había sonreído cuando pisó la vereda y dio el primer paso, respirando el frío primerizo de mayo.

 

—Yo hubiera dado años de mi vida por escribir un cuento así. El músico era un maldito desorbitado, sin embargo estaba lleno de simpatía humana —Rosemberg metió las manos en los bolsillos y se miró los zapatos, les falta lustre, pensó.

—No pescamos nada esa mañana.

—Todo lo que quieras —dijo Rosemberg—. Pero es una de las mejores mañanas que he pasado en mi vida.

—Vos y tus recuerdos.

—Una mañana así vale una vida.

—Todos los hombres las viven y no hacen tanta cáscara por eso.

 

Si al recibir de lleno en la cara recién afeitada el frío prematuro de mayo, Miguel no hubiese percibido, junto con el frío, los acordes de la melodía que parecían arrastrarlo hasta la casa del músico; si en lugar de provocarle una sonrisa los acordes lo hubiesen inducido al vacío en el que cualquier otro habría caído al escucharlos; si el músico, la suciedad arraigada en la camisa y los pantalones del músico, le hubiesen producido el claro rechazo que en todos producía; si la amplia sonrisa amarilla y la barba de tres días y el olor a vino y las palabras pastosas hubiesen desatado la alarma que en cualquier otro habrían desatado; si la naturalidad con que lo recibía cada noche, la misma naturalidad con la que comía, bebía, ejecutaba la melodía y relataba anécdotas inverosímiles, lo hubiesen hecho reflexionar durante un segundo, sólo un segundo, reflexionar como lo había hecho hasta el día que la música lo había atado, con esa seguridad esa certeza esa precariedad llamada verdad, entonces Miguel no habría pasado la noche en el sofá, bebiendo; no habría pensado que el músico era su amigo; no habría sospechado que todos los demás, los que hasta ese día consideraba sus amigos, no lo eran en realidad; no habría tenido la revelación de creer, firmemente, que hasta ese instante había vivido equivocado; no se habría lamentado como un chico arrepentido, acusado, culpado, y finalmente, conducido por el músico ¿o la música?, finalmente perdonado, para después, sólo después de aquel beso oscuro y pringoso, cargado de alcohol y todo lo que ocurrió sobre el sillón, abrir la billetera para entregarle al músico hasta el último centavo de la indemnización que sin saber por qué cargaba en el bolsillo, pero, sobre todo, no habría llorado cuando al día siguiente, el último día que golpeó a la puerta, la puerta no se abrió.

 

—¿Y por qué lo quemaste?

—Qué cosa.

—Al cuento ¿Por qué?

—¡Ah!, sí. Era una porquería.

—Lo decís porque yo estoy diciendo que era bueno.

—Lo digo porque vos lo estás recordando, no leyendo, recordando. Dame un cigarrillo.

—Era una mañana como esta, pero vos no —Rosemberg se detuvo, miró a Rey. Tuvo que levantar la cabeza y un rayo de sol lo obligó entrecerrar los ojos claros.

­—¿Yo no? —una bocanada de humo azulado se escapaba de la boca entreabierta de Rey.

—Nada, dejálo ahí, César —Rosemberg retomó la marcha.

—Te lo iba a decir, Marcos, antes de irnos te lo iba a decir.

—Decímelo ahora entonces.

—Si ya lo sabés, no jodás, Marcos, si no era yo iba a ser cualquier otro.

—Pero sos vos.

—Te parecés a Miguel, por eso te gusta el cuento. La mujer perfecta, el trabajo perfecto, el hijo perfecto, el chalecito perfecto frente a la costanera. Y un día te parás y escuchás la música.

—Te faltó el amigo perfecto.

­—El amigo perfecto hijo de puta. Vos me la serviste en bandeja a Clara, Marcos.

—Era una mañana como esta.

—No me acuerdo. ¿Tenés otro cigarrillo?

—Te di el último. Era como esta la mañana. Clara nunca me miró como te miró aquella mañana.

—La música, Marcos. ¿Tenés otro cigarrillo?

—Ya te dije que te di el último. A vos te mira, no sé, si hasta cuando te nombra pone esa mirada.

—La música, Marcos, la mirada de Clara, para vos, viene a ser como la música para Miguel. Necesito un cigarrillo y ginebra.

—¿Se van a ir, me dijiste que se iban a ir?

—Mañana.

—Decile que la perdono.

—Decíselo vos.

—Decile que venga de vez en cuando a ver al nene.

—Decíselo vos.

—Decile que cuando se arrepienta, o te mates o te maten, porque vos te vas a matar o alguien te va a matar, la voy a estar esperando

—Se lo voy a decir.

Marianela Alegre
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