Publica tu libro con Letralia y FBLibros Saltar al contenido

Cachencho

sábado 8 de junio de 2019
¡Comparte esto en tus redes sociales!

El único miedo que tenía Cachencho era que se le juntara el ganado. Sí señor, a nada más le tenía miedo, porque dijeran lo que dijeran las malas lenguas, él las quería a todas sus mujeres, y a todos sus gurises. Eso no se puede negar.

Me parece mentira verlo ahí en el cajón, tan acicalado, y de traje.

Al Cachencho yo lo vi de traje otra vez, una sola antes que esta, también para otro velorio, pero no el dél, claro, el de la madre era. Al del padre no fue, porque según él, el viejo fue un hijo de puta en vida y muerto era un hijo de puta muerto, nada más. Esa vez, cuando el velorio de la madre, yo lo miraba y tampoco lo podía creer, verlo así, limpio y de traje con cinto en lugar de la cámara de bicicleta que se ponía para que no se le cayeran los pantalones manchados de grasa, y de esa tierra hecha de toda clase de porquerías con la que uno se ensucia en la gomería.

Lo tenían hecho un pibe al Cachencho sus mujeres con tanto amor, amor del bueno, del deantes, como decía él.

Todo limpio y hasta peinados esos pelos de alambre, está en el cajón, si parece otro tipo. Y se ríe, mirá vos, yo no sabía que la gente se podía morir así riéndose y que de muertos, la risa les quedaba tan bien. Y sí, el Cachencho se va para el otro mundo como anduvo en este, riéndose.

El barrio entero seguro se cae más tarde, porque si había algo que era él es que era querido. Todas sus mujeres lo querían, todas. Lo tenían hecho un pibe al Cachencho sus mujeres con tanto amor, amor del bueno, del deantes, como decía él.

—A mí, mis mujeres me quieren como se quería antes, José, así me quieren. Alcanzame la maza.

—¿Y cómo se quería antes? Acá tiene, Cachencho.                      

—Con todo el cuerpo, José, y para siempre. Ayudame, José, que los años no vienen solos.

—Deme pacá, qué años ni años, que usté está hecho un toro. Lo que pasa es que se está poniendo vago.

Con los ochenta cumplidos, el Cachencho seguía atendiendo la gomería. A veces andaba medio cansado, entonces rezongaba entre dientes, “Los años no vienen solos”, y se iba y se preparaba el mate y no convidaba. Se lo tomaba solo dando vueltas por la gomería, mirando los almanaques de las paredes. Hay almanaques del año de María Castaña en las paredes de la gomería. Esos con mujeres de todos los colores y las formas. Mujeres que te muestran un hombro, el escote apretado y hasta una teta, o tienen las piernas alzadas como bailando en el aire. Mujeres que te miran a la cara y se ríen o te llaman con los ojos.

Cuando Cachencho miraba los almanaques a mí me daba una tristeza porque lo veía viejo, muy viejo, chupando el mate hasta la última gota, hasta que se escuchaba el ruido entrecortado de las últimas gotas pasando por la bombilla, y Cachencho seguía, seguía como si quisiera sacarle el corazón a la yerba de un chupón, o algo así.

               

Diez años tenía yo cuando llegué a lo gomería. Me fui apaleado esa mañana. Salí cagando aceite cuando logré zafarme. Gomería para camiones veinticuatro horas decía en la entrada. Si tenés hambre, pasá, trabajá y después comés, decía. Así que pasé. El Cachencho me miró, me dio una escoba y después un guiso. Ese día me quedé hasta que cerró. Al siguiente me quedé a dormir y no me fui más. Cachencho fue a la justicia a decir que yo me quedaba ahí como hijo y así fue. Así nomás, antes las cosas eran más claras, no como ahora que son turbias y mezquinas, eso decía el Cachencho y yo sé que tenía razón.

 

Nunca le conté, Cachencho, pero yo lloraba, cuando salía de la panadería lloraba porque la Irma me miraba así y a mí me daba algo en el pecho que se me convertía en llanto.

Una vez casi se le juntan dos de sus mujeres en la gomería. Cachencho era joven todavía y estaba con la Rosita en la fosa, yo los escuché cuando entré, meta dale y ponga ahí abajo. Cachencho, no le puedo enterrar sin confesarle que lo espié. Perdonemé pero con quince años me pudo la curiosidad. Me tiré al piso y me arrastré al borde de la fosa para los camiones y lo vi, ahí. La Rosita estaba apoyada en una goma de esas que tenemos colgando en la pared de la fosa, se había medio sentado y lo rodeaba con esas piernas gordas que siempre tuvo la Rosita que dan ganas de morderlas de lindas y blandas y usté, que si me acuerdo y me vienen las ganas, mire, usté a mí me pareció un potro ahí clavado entre esas piernas de la Rosita. Me vinieron unas ganas como no se tienen más después, mirando la teta de la Rosita que se había salido de la solera floreada y se movía con las sacudidas. Usté no es mi padre, Cachencho, Dios lo sabe, pero me parece que las ganas estas que siempre tengo las heredé de usté.

Ese día se me había puesto duro, disculpe que le diga, Cachencho, con usté ahí en el cajón, pero se lo tenía que confesar antes de enterrarlo y bueno, me estaba a punto de meter la mano en el pantalón cuando escuché unos tacos que se acercaban por la vereda, enseguida supe que era la Irma, ella siempre andaba de tacos, ¿se acuerda?, si baldeaba la vereda de tacos la Irma y amasaba en la panadería de tacos también. Yo iba a buscar el pan y salía la Irma, enorme como era, de tacos, con las manos llenas de harina siempre. De chico me regalaba una torta negra. Tomá, carasucia, me decía, y me miraba así como miraba la Irma que parecía que le caía azúcar de los ojos. Nunca le conté, Cachencho, pero yo lloraba, cuando salía de la panadería lloraba porque la Irma me miraba así y a mí me daba algo en el pecho que se me convertía en llanto. Después supe que así miran las madres, bueno, algunas madres, otras no, y que ella miraba así porque nunca pudo ser madre. Que nos miraba así a todos los guachos que entrábamos a la panadería, sobre todo a mí porque yo era como hijo suyo, Cachencho, y lo que más quiso la Irma en el mundo había sido tener un hijo que fuera de ella y suyo y que de eso se murió la pobre, de no poder ser madre. Toda esa azúcar que tenía y no pudo sacarse del cuerpo la mató. Bueno, ese día en que usté con la Rosita estaban en la fosa yo la escuché a la Irma y me fui para la puerta y como estaba así duro la Irma me miró y abrió enorme los ojos. Me dijo no te da vergüenza a vos, me agarró de una oreja y me arrastró la media cuadra hasta la panadería. Yo me iba tapando para que no se me notara lo duro que no sé por qué no se me pasaba. Hasta el baño me arrastró, me metió la cabeza en la pileta y abrió la canilla, casi me ahoga la Irma, pero a mí no me importó porque usté se salvó de que lo viera con la Rosita. Aunque yo creo que la Irma sabía, no sólo de Rosita sino de las otras también, pero hubiera sido feo que lo viera, la hubiera entristecido a la Irma. ¿Y sabe qué más creo, Cachencho? Que usté sabía que ella sabía y que usté la quería más que las otras por eso. Por eso y porque fue con la única que no tuvo un hijo.

Ya le estoy diciendo que seguro se caen todas hoy, pero no se preocupe que yo me adelanté y ninguna se va a querer quedar con la viudez, no para afuera al menos, para adentro, la yevan todas, así que no va a haber ningún lío ni reclamo ni nada, sólo las lágrimas que usté se merece. Que de eso habrá muchas, seguro. Me va a tener que perdonar pero tuve que ingeniármelas para que todas quedaran contentas, que no le guardaran ningún mal pensamiento, por eso lo hice, por usté, que es como un padre. Así que a todas les dije lo mismo: que su última voluntá fue mandarme con el mensaje de que contara la verdá, que eran muchas ellas y los hijos, a los que amaba por igual, pero que aclarara cuál había sido el verdadero amor, como se dice ahora, vio, eso, el verdadero amor. A todas les dije que habían sido el verdadero amor, que usté me mandaba a decir y que también pedía, por caridá, que lo guardaran como un secreto, un secreto que los iba a juntar otra vez allá en la otra vida. Y todas lloraron, Cachencho, y me prometieron guardar el secreto, sólo para poder encontrarse con usté después, cuando Dios lo mande.

Yo creo que usté pensaba “de tal palo tal astilla”. ¿No es cierto que es eso lo que pensaba, Cachencho?

Se me está poniendo frío, Cachencho. Se le están enfriando esas manos tibias, de oso, que me raspaban como lija cuando me palmeaba la mejilla o aqueya vez cuando me quebré, ¿se acuerda?, le saqué la bicicleta y me fui de jeta y me quebré y usté qué me dijo, eso no se hace, mijo, con voz de trueno me lo dijo, pero mientras, me acariciaba la cara mugrienta por el porrazo y las lágrimas, y me acariciaba la frente también, ¿se acuerda? Me acariciaba y yo fue ahí que supe que yo era un guacho pero que tenía padre.

A la final yo también empecé a ligar en el amor. Usté se hacía el distraído cuando las gurisas venían a la gomería y me hacían la pasada. Me daba un mate y me decía “este es un lugar de trabajo” pero se reía mirando para abajo. Yo creo que usté pensaba “de tal palo tal astilla”. ¿No es cierto que es eso lo que pensaba, Cachencho? A la final le resulté el más parecido de sus gurises aunque no yevo su sangre. Pero me tocaron otros tiempos a mí. Las mujeres no son las deantes, no quieren como antes con todo el cuerpo y para siempre. Y uno hace lo que puede, así que de que me dieran gurises para querer, nada, y tampoco creo que ninguna se dispute mi viudez, Cachencho. La Teresita fue siempre muy sufrida así que se quedó conmigo, pero no de amor, de sufrida nomás, y de tanto quedarse ahí está, digo que está por venir en cualquier momento, con las otras mujeres de la legión de María. A rezarle vienen, Cachencho, para acompañar su alma al paraíso. Yo lo dejo acá porque no me va a gustar ver nada más. Me voy para la gomería a tomarme un mate a su salú, su salú, Cachencho.

Marianela Alegre
Últimas entradas de Marianela Alegre (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio