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Dos cuentos borgeanos de Jack Farfán Cedrón

sábado 3 de octubre de 2015

Una detestada biblioteca

Al Memorioso, desde lo alto estelar refulgiendo una quimera

No compro libros. No del todo descreo suficiente el entusiasmo volátil, la ilusoria creencia de que leemos toda la historia universal del cosmos, en cada hombre que El Inmortal cifraba como uno.

Si la cimitarra ludes, rodarás la música mendicante que diviniza al solitario, al apocado por una seria y serena luz llamada Lagrampara.

El hecho vívido, temblón, compacto, maleable, de que igualmente se conjuguen lo cerebral con el entusiasmo que teje la experiencia lectora, encierra el albur de un día no remoto poder seguir a pie juntillas la superposición de los contrarios, la concatenación de las variabilidades interminablemente intercambiables, por erigida imagen de frases superpuestas, de sólidos hiatos compuestos a la hora inasible de lo dictado, cerebralmente en su proceso narrador.

Ese hecho también oblitera un pecado, un peinar estrambótico del trueno; algo que comprendido desde la ilusa manera de que la concatenación inasible del autómata es capaz (y también falaz) de alisar sobre las caras ocultas del tiempo amonedado, caros y bifrontes Janos de crepúsculo a crepúsculo, concibiendo la gélida duración judaica y cíclica del día cerrado: que desde la noche hacia la noche maquina inmedible distancia aguada por la luna. Algo pérfido, interfecto, poco probable si trashumamos a cada acoso de la idea, la irredimible consumación de los actos cinerarios de que se compone el rellano hexagonal de la Inmensa Biblioteca de Babel.

Al llegar a este cíclico punto, no sería caótico enumerar lo circular del Gran Tomo, ya memorizado —al menos de cuclillas, en una pavorosa intentona por la trivialidad asesorada en la celulosa estercolera de lo almacenado para decurso del olvido que tejen las quimeras— por los discos compactos encasillados en un cubículo contenido en remotas y arbitrarias letrinas que uno de los pasantes de la gran Biblioteca de Babel intentaba, a remedo del viento (que todo lo cita), visionar el caos internauta que ahora nos ordena, indecible, y de un caos espeluznantemente soportable.

Argüimos a la marea cognoscitiva, el alejamiento primordial —por un tiempo— del hecho fáctico, del viaje arbitrario, del repaso falaz de las líneas de mano.

Hasta que la cartomancia no fue detentada, un maquinador saltimbanqui de argucias sumergía su invento como quien cae en el laberinto que, regodeado, chasquea en la cajita silente, de fragua plástica fundido.

Las diluciones fantasmas que acaballábamos con núbil esperanza abarrotaron casas de reposo, nosocomios en ruinas y psiquiátricos que podrían o no señalar desde el estatismo de la escultura ideada por su dibujante, al único cuerdo que se mereció a sí mismo en encierro voluntario, el desposo psicopatológico.

Tal comprensión enumeraba un piar precediendo álbica garra, pica agujas friolentas al errado transcurso. Tal ladrido enunciará la duplicación aullada, la picuda quimérica gorjeando distendida a lo ardido del valle apocado por la niebla ascendente… mente en la distancia.

A guisa mofa, insomne, acaba ya de enumerar a los canes sucesivos del destierro que dilapidar por trecho de escritura. A lo largo ramificado del pueblo fantasma, la extensión de las calles argüía sobrada disensión arrellanada por lo sólido en pendiente, por lo desgarrado hasta el vano de arena.

Su fama se deba, quizá, al estruendo de las huestes, que, gélidas, emiten su líquido fluir por el cauce que lo cabe. Al no propalar el chorro del imaginario acueducto, la creencia de que evisceran a las 2:30 am frisa asaz empalagosa, distendidamente hasta el insomnio que nadie evita.

Y la de que trotan pelotones de fustigamiento a las 6:07 am, es sonada por ducha campanita de druidas milicianos. Los rugidos apegan la tropa. Las vías asestan un doble; los carros de fuego aligeran la innoble despedida del gorrión prolapsado a trasnoche, que a veces adelanta al gallo de las horas.

¿Lloviznas? —escasas—, hoy que ya debiera hacer primavera y que sólo pica arena arreglada en formato cuerda en los ojos.

Mi renuencia por la duplicación silente, por el descanso gráfico de las letras tediosas, se vio acrecentado por una desmesurada práctica reflexiva, que si bien es cierto continuaba esas historias dejadas caer en tomos inconclusos sucedidos al sueño —inmerecidamente al sueño, acaso—, podrían merecer la reseña de epifánico argumento, a crítica rama de escalera apeldañada, escalada de espaldas; ahí donde no hay más que flores de la lira, esa inacción por lo intrepado exageradamente, por lo que vuelve inasible lo escalado sobre poste, encreosotado, cebado y decrementado por sarracenos sodomitas de agresividad mordicante, de succión tragadera ampliamente por elemental especulación de víctima sexual aterrada a las más vilipendiadas aberraciones de orden zoofílico.

El exceso del presente y quimérico desacato irreflexivo cabría en un punto rodado de arena que, a leguas de altura, conforma el salto sorpresivo, desértico, de la gran noche a los confines.

Desesperan sobre la amplia frente del guerrero erguido sobre el pico serreño.

El empollar es vano.

Si la cimitarra ludes, rodarás la música mendicante que diviniza al solitario, al apocado por una seria y serena luz llamada Lagrampara.

Si has de proliferar el decurso lectural, habrás llegado a la sedosa (y unifoliada) página sin peso enterrándose bipolar, díptica, bifronte, cual esos dísticos druidas aterrados por la consumición de las almas de ultratumba, hasta el centro repetitivo del Gran e Ilusorio Tomo de la Babel Rediviva, por Eda, la diosa fecal de la pereza creadora de artefactos ilegibles, a ciencia inspirada entuertos.

Una sola conmoción es el ritmo inaudible; un solo grito aterrador restaña presagios, inconmensurables al cruzado y plúmbeo cernícalo oteando una hormiga desde abajo, un elefante halado por un lagartezno, en hado histriónico, faunesco.

Serenos ante el acto apremiante de avanzar en lo que resta de presagios, eludir la invectiva sustentase innecesario.

A lo sumo, correr el riesgo de caer una vez más en los abrillantados decesos de innúmeros volúmenes que teje la dicha libresca, avejentar el transcurso, sedice (de sedición, se tiende).

Cardará el magro entusiasmo, aquella sinóptica e ideada esperanza de que la serenidad podría contenerse en el ser que no posa palabra laguna en estos labios; el ser que con únicamente el tañido silente de su impronunciable resumen léxico, todos los libros, que son Uno, en el instante flameado. Asientan con humillante unción la quema vana de anaqueles perdiéndose en lo celestial e inframundo de las hexagonales galerías. A la vez, demostrando así, la seria falacia de que el intento por guarecer en lo genuino, no está lejos del descubrimiento, que por suerte o por agua, maquina el curso de un instante.

 

Una infatuación a “La muralla y los libros”, de Jorge Luis Borges

La veneración mítica de la substancia obedece a la temporalidad en llamas de una biblioteca incinerada por el emperador Shi Huang Ti, para negar la infamia libertina de su madre; y con la construcción de la gran e insólita muralla, borrar 3.000 años de memoria y conocimiento chino, para cercar la inmortalidad de las desenfrenadas tentaciones.

Esta operación (acaso irrefrenable, abscisa a comarcas de los tabúes impuros del académico que pone los hitos, se muestra deleznable) persigue el acicate estacionario de un gran árbol de iluminaciones mentales que el ladrido lejano o el relincho administran en el instante una otredad todavía no empezada, acaso caduca hasta la demencia senil del emperrechinamiento.

Al aborrecible estruendo de dicho acontecimiento le pervive un morral de guijarros, invisibles, que extrae del río quien se apresta a esfumarlos con la fuerza verbal de una narración inundada de lo obscuro, un desértico lavativo de aguar lo ya estrellado, por manumisión de los hábitos creados en una libertaria condena de las costumbres como acervo antropológico.

En consecuencia, remota, con un toque en la esfera de albúmina de su circunscripta sustancia celular, negar el extravío, patentizar las llamas que la temporalidad lame intermitentes, alista de este craso modo el fenómeno legible como la astucia esplendente a miríadas decantada, cual la impura progresión del fenómeno que la comprensión ha tornado asertiva, llamar Hado de lo delicuescente a toda mácula que el desenfreno sistemático provee en los réprobos como en los santos.

En la misma obturación planetaria, así como conviene a las coordenadas de un espacio terrestre, persiguen los huecos por sus afloramientos cósmicos, a remecer en los ásperos llanos de la pluma inevitable, que no se toca si no es para vicio insoslayable.

El hecho antropoide puede connotar el tiempo incinerado, algo de impudor intratable; amurallar por el hado de los desenfrenos a puerta cerrada lo que estaba velado como costumbre inevitable.

Esta apostasía guarda un estado en la verdad que la aproximación de las elucubraciones taimadamente desliza por el origen de una idea en el claro ofuscado que su maraña representa.

Tal la muralla o los rastros de la memoria incinerada, comprende una especial ultramemoria extraterrena que el conocimiento no cesa.

Ergo, el espíritu asigna el valor a las cosas que perduran su inmaterialidad, más que por su oficio deleznable que tienen los fenómenos tendientes a su No-destrucción como por cambio de idea o substancia inalterable.

(del libro inédito El paso del templo)

Jack Farfán Cedrón
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