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Los anteojos

miércoles 14 de octubre de 2015
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A mi hermana Lupita, con todo mi cariño

En aquellos tiempos vivía con mi tía Enedina y con mi prima Alicia. La tía Enedina era muy buena conmigo. Habíamos llegado de Quitupan, Jalisco, en un día lluvioso, como siempre he recordado los días de verano de la Ciudad de México. Yo había hecho los estudios comerciales y me dedicaba, a mis dieciocho años, a buscar trabajo, afanosamente, como secretaria.

Así llegué a la Vinícola de Saltillo, con mi falda larga, el pelo muy corto, ciertamente masculino, unas gafas redondas con aro de metal como las de Francisco de Quevedo —según las vi en el libro de la secundaria o más tarde diríamos al estilo de John Lennon— y un bolso negro que todavía seguía usando hasta hace unos diez años.

Durante más de 30 años Don Benito usó los mismos anteojos bifocales con los que resolvía crucigramas, leía el periódico y preparaba las órdenes del día, remisiones, requisiciones, facturas, firma de papeles, inventario, todo.

Mi tez morena y cierto acento provinciano agradaron a Don Benito, mi futuro jefe, quien me miró con ternura. Años más tarde me dijo que cuando me vio por primera vez le parecí tímida, callada y discreta, cualidades que él ha admirado en una mujer.

Hasta la fecha nunca he podido comprobar si ser “tímida, callada y discreta” hayan sido realmente cualidades o fueron obstáculos para que yo buscara retos.

El sueldo era muy bajo pero mi experiencia era más baja aún, así que acepté y me convertí en la parte de un todo. Un todo un tanto sórdido, el almacén de la fábrica, el cual siempre estaba oscuro y con olor a la humedad impregnada en sus viejos muros. Cuando era época de la molienda, en la parte de atrás, la humedad de las uvas se transminaba por las viejas paredes y las barricas quedaban, más tarde, acomodadas en esa misma pared; por lo tanto, yo me fui convirtiendo en la imagen siniestra de la mujer de tez oscura y pelo corto, con gafas redondas y falda larga que me denotaban como parte del almacén.

Don Benito era amable conmigo, era callado, reservado, hablaba poco de su familia. Al paso de los años me enteré de que tenía una esposa muy bella, un hijo y tres hijas. En las vacaciones escolares de verano algunas veces venía una de las niñas a ayudarle a su papá: contaba corchos, pegaba pequeñas calcomanías que se habían cambiado por las obligaciones gubernamentales; es decir, con los años una “A” de alimento se debió cambiar por una “B” de bebida. El vino otrora era considerado alimento y en la era moderna: solamente una bebida. Las pequeñas “A” y “B” parecían juguetes dorados en las manitas de la niña quien de manera prolija sustituía una por otra en los millares de botellas que aguardaban el cambio.

En mis vacaciones me quedaba con la tía Enedina, cada vez más enferma y la prima cada vez más locuaz y escurridiza. Solía salir por las tardes y regresar ya entrada la noche. Yo le decía que no podía dejar tanto tiempo sola a su madre, pero ella replicaba arguyendo que yo era de su edad y no tenía derechos sobre ella. Como recibía una pensión de su padre, no estudiaba ni trabajaba y me obligaba a pagar casi todo mi sueldo. Sólo me quedaba para los pasajes y medio comer. La vida de una humilde secretaria es difícil. No hay tiempo para estudiar por la noche, llegaba cansada y fastidiada. El televisor estaba inservible desde hacía mucho tiempo.

Yo llegaba a la oficina temprano, pero siempre Don Benito ya estaba ahí, sentado en el escritorio grande, leyendo el periódico, haciendo crucigramas y preparando la orden del día. Todo esto antes de las ocho de la mañana. Siempre llegaba Don Benito antes que todos. Jamás faltó al trabajo. Era de una puntualidad aberrante.

Tenía una lamparita que iluminaba escasamente lo que leía. Yo lo veía de reojo y me ponía a teclear. A veces me dictaba algunas cartas en taquigrafía y se asombraba de mi rapidez. Tuve deseos de cambiar de trabajo pero no, nunca lo hice. No soy mujer de grandes vuelos.

Los hijos de Don Benito se fueron casando uno a uno. Se hizo abuelo en varias ocasiones y me traía las fotos de sus nietos. Nunca me preguntó si yo al menos tenía novio. A veces en el trolebús de regreso a casa, pensaba si lo invitaría a mi boda en caso de que algún día me casara y en caso de llegar a tener un prometido, todo eso en caso de conocer a alguien, claro. Caso que nunca ocurrió.

Debía caminar cinco calles para tomar el trolebús y un día me detuve en una óptica. El espejo que miré me devolvió una imagen retorcida de mi ya precaria persona. No me gustó. Así que entré y me probé unos anteojos con aro dorado, ya no redondos sino un poco cuadraditos. Me gustaron y decidí ahorrar aún más de mi sueldo para comprarlos.

Finalmente llegó el día y por supuesto no hubo cambio en mí ni en la tía cada vez más enferma ni la prima cada vez más escurridiza. Al día siguiente me vestí para ir a trabajar y tan sólo saber que tenía unos anteojos nuevos me hizo sentir bien. Cuando llegué, como de costumbre, Don Benito estaba sentado con sus lentes bifocales leyendo, preparando, resolviendo y, de pronto, me miró y me dijo: “Pero, Carmen, qué bien se ve usted con esos anteojos”. Creo que me sonrojé y solamente sonreí. Lo vi comer su lunch, el que diario le preparaba su bella esposa mientras yo salí al comedor de empleados. Pero nadie más advirtió mi cambio.

Durante más de 30 años Don Benito usó los mismos anteojos bifocales con los que resolvía crucigramas, leía el periódico y preparaba las órdenes del día, remisiones, requisiciones, facturas, firma de papeles, inventario, todo. Yo, en cambio, tuve tres juegos de anteojos durante esos 30 años.

Creo que no cambió nada más en mi persona. Las faldas continuaron largas hasta que un día decidí acortarlas un poco para estar, quizá, cerca de la moda imperante. Nadie ni Don Benito notó mi cambio pues los demacrados colores, como mi tez morena, no atraían a nadie.

Un día Don Benito no se presentó a trabajar. Raymundo, el segundo de abordo, hombre complicado y parlanchín, me fue a decir que “el jefe” estaba enfermo. En ese momento tuve un mal presagio. La tía Enedina había muerto unos años antes, la prima Alicia, tras varios abortos, decidió regresar a Quitupan y yo me quedé sola en la vivienda. Con mi escaso sueldo, a pesar de los mínimos aumentos, lograba pagar la renta pero nada más.

También la bella esposa de Don Benito había muerto y él, desde entonces, tras considerar su parquedad habitual se volvió aún más callado. No hablábamos durante el día. Sólo el teléfono se escuchaba de cuando en cuando. La Vinícola también se venía abajo. Era como si nos estuviese devorando a todos.

No quise ir al hospital aunque llamé dos veces.

Fui al sepelio y con voz llorosa la hija mayor de Don Benito me preguntó si quería algo de su papá. Yo, con lágrimas en los ojos, contesté: “Sí, sus anteojos”.

Susana Arroyo-Furphy
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