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Ella se llamaba Laura

jueves 1 de diciembre de 2016
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Y caminaba llena de gracia. Yo la vi desde lejos y no pude menos que sonreír al ver tanta belleza repartida en un rostro tan pequeño.

Se convirtió en mi alegría, mi mañana, mi luz, mi fantasía.

Desde que la vi, de ella me enamoré. Presentí que no habría en el mundo niña más dulce y agraciada. Pasó su tibia mirada de reojo y me sentí flotar. Recuerdo ahora aquel poema que dice: “Luego que te vi, te amé: porque amarte y ver tu cielo, bien pudieron ser dos cosas, pero ninguna primero”.

Se convirtió en mi alegría, mi mañana, mi luz, mi fantasía.

En ese entonces yo salía muy temprano y pobremente vestido pues trabajaba en la Central de Abastos. Había que descargar una veintena de camiones antes del despertar de la ciudad. Tuve que cambiar mis horarios de estudio a la noche para realizar un trabajo simple que, aunque pesado, no me distraía en lo más mínimo. De esa forma no tenía que ir al gimnasio como lo hacían muchos jóvenes de mi edad; ejercitaba mis músculos y preparaba mi mente para las tareas de la escuela nocturna, al menos pensar eso me reconfortaba y aligeraba la tan pesada carga.

Vivía en una vieja vecindad de las calles de Luis Moya, en el centro de la Ciudad de México. Fue el hijo del amigo de mi tío Néstor quien me recibiera tras el apesadumbrado viaje a la capital desde Molango, en la sierra de Hidalgo, lugar que dejé por cambiar de vida.

 

“No es nada fácil, m’hijo”, decía el tío Néstor. “Yo estuve allá cuando joven, era como tú, estaba deseoso de hacer una vida diferente pero ya ves, tuve que venirme de nuevo y aquí estoy, pero si quieres pos ve, hay gente buena allá, nomás que debes tener mucho cuidado. Hay mucho ladrón. Y además no nos quieren a los de provincia, quesque somos muy pobres e ignorantes. Allá tú”.

El tío Néstor hizo un amigo en la Ciudad de México, el señor Montiel, jefe de turno de los vigilantes nocturnos del periódico Excélsior. Ya casi jubilado, el señor Montiel me dijo por teléfono que me daría una carta de recomendación para un trabajo en el periódico, pero al día siguiente de mi llegada a la Ciudad de México, el señor Montiel murió. Asistí al funeral más que por compromiso o por amabilidad, por no tener un lugar donde pasar la noche. Al despedirse las amistades y familiares y quedar solamente los muy allegados, el hijo del señor Montiel, Eduardo, se acercó a mí y me preguntó: “Tú quién eres. Qué haces aquí. Este es el funeral de mi papá. No me vayas a decir que eres hijo de alguna de sus…”, espetó el joven y fornido Montiel. Yo era un muchacho bastante enclenque, mal comido, sin más fuerza que mi ilusión por vivir en la capital y cambiar la aridez de la sierra por los libros de la ciudad.

“Disculpe usted, joven… señor… yo vengo de Molango, Hidalgo, y mi tío Néstor me mandó con el señor Montiel para que me recomendara en un trabajo. No sé de qué me habla”, yo temblaba. Eduardo Montiel se apiadó de mí y me invitó a la cafetería de Gayosso, la funeraria. Ahí me vio devorar un sándwich y beberme la Coca-Cola como si fuera la última gota del cactus del desierto.

“Nunca había visto alguien con tanta hambre”, dijo Eduardo. “Lo siento, es que no como desde antier”, le contesté avergonzado.

 

De regreso pasaba a comprar el periódico y la veía, a veces, caminando a paso firme, decidida, con andar de ejecutiva. La imaginaba yo una de esas señoritas que le atienden a uno en un mostrador elegante de una agencia de turismo o algo por el estilo. Su sonrisa era discreta, aunque no la descubrí sino hasta pasados varios meses del primer encuentro.

Me deslizaba entre las escaleras que nos separaban y nos unían. Francas, sencillas, mesuradas. Esas vecindades fueron elegantes casonas, estaban llenas de escaleras y patios por todas partes. Yo no quería ser visto por ella pues imaginaba que podía pensar mal de alguien que llegaba a su casa de regreso a esas horas. Se pueden pensar muchas cosas, aunque por otra parte yo no quería que pensara lo que sucedía en realidad y lo que podía ser mi trabajo. Era tan poco y torpe comparado con ella. La tibieza de sus mejillas ligeramente sonrosadas por ese seco invierno citadino, su andar diligente, su estatura, sus frescos y sedosos cabellos no podían ser tocados por las manos mugrientas de un cargador de legumbres. Nada menos poético y romántico que un trabajo que daba inicio a las tres de la mañana.

En ese tiempo dormía poco, unas horas por la mañana y otras por la noche al regresar de la escuela nocturna. No sé cuánto tiempo pasaba despierto o dormido. No me importaba, eso era lo de menos, si acaso serían juntas las ocho horas de las que hablan, las cuales son las reglamentarias para el ser humano. Reglamentarias. No lo sé, aunque creo que dormía tres o tres y media por la mañana y otras tantas al regresar de la escuela pues había que hacer los deberes, lecturas, tareas de matemáticas, de química pero, ¿y el laboratorio?, esa parte nos la saltábamos. De regreso a casa me preguntaba quién podría leer Los miserables a las 11 de la noche o Crimen y castigo, algunos de los títulos que dejaban en la clase de Literatura. Yo no tenía los libros y, de haberlos tenido, no podía leer todo ese tiempo hasta que diera inicio mi jornada laboral. Tenía que recuperar fuerzas.

Una vez le dije a la maestra que no podía conseguir esos libros, que la escuela nocturna no tenía biblioteca y yo no tenía dinero. Me dijo que me las arreglara, que los pidiera prestados. ¿A quién? Yo no conocía a nadie. Poca gente quiere hablar con alguien que tiene las manos agrietadas, la piel seca y que usa la misma chaqueta de mezclilla todos los días, que huele mal pues no puede asearse como debe ser sino una sola vez a la semana.

 

En Molango estudié la primaria y la secundaria. Nunca fui un alumno brillante. Tenía que ayudar en los quehaceres de la pequeña granja, si a eso se le podía llamar granja: unos cuantos animales que cuidaba mamá y algunas ovejitas que llevaba a pastar por las tardes. Tenía que quedarme ahí vigilando, de lo contrario podían desaparecer y como no los teníamos marcados fácilmente se confundirían con los demás. Por alguna razón siempre salíamos perdiendo. Mi papá era tan amable, justo y honrado, que ahora creo, estoy seguro, de que la gente le tomaba el pelo. Siempre terminábamos con las cuentas justas al final del mes. Yo tenía que ir a pedir dinero prestado a la granjita de al lado, lo cual no me gustaba pues doña Meche me gritaba y me tocaba por todas partes.

“Anda, muchacho, llévale estos centavos a tu mamá que algo le han de servir, anda”, y me sobaba el trasero.

Mis hermanos eran mayores que yo, sus esposas siempre estaban peleadas unas contra otras, fui el menor de seis hermanos y una hermana. Yo solamente observaba cómo papá y mamá se consumían entre las peleas de los hijos mayores, la pobreza y la inequidad de la vida diaria del monte, la dura vida de la sierra. A veces mamá me miraba con unos ojos llenos de ternura como diciéndome: “Y para colmo tú, hijito, tan pequeño y en medio de todo esto”.

 

Y se llamaba Laura. Lo descubrí porque un día el vendedor de periódicos le dijo: “¡Eh, niña, que te llevas el diario sin pagar!”, tomándola del brazo. “¡No me llamo ‘niña’, me llamo Laura!”, contestó así, displicente, con el aplomo de una mujer y con la travesura en los ojos de una pequeña.

Desde entonces no pude pronunciar otra palabra sino su nombre. Qué arrebatadoramente hermoso, no me cansaba de repetirlo: Laura, Laura, Laura.

A veces, por las tardes, al bajar del autobús coincidíamos. Pero creo que ella ni siquiera imaginaba, al menos, que yo existía. En ocasiones la seguía, caminaba tras ella, sigiloso, respirando su perfume o lo que iba quedando de su aliento. Imitaba su andar y como yo para ella era menos que nadie, no corría el peligro de ser descubierto. Eso sucedía algunas veces al llegar por la tarde del trabajo.

Esos ojos que siempre eran quietos contenían la mar calmada, la del norte, mar de tranquilidad y de esperanza, tibio remanso de olas cadenciosas.

La entrada a la oficina era a las 10, lo cual me caía de maravilla. Al llegar de la Central me refrescaba en la llave de agua comunal y aunque torpemente me aseaba un poco, no quería que la gente me tuviese asco. Trabajaba como mensajero en el edificio de Pemex. Subía y bajaba por los ascensores más de 50 veces al día. En ocasiones, cuando había tiempo suficiente, usaba las escaleras, aunque para ir del piso 12 al 40 debía respirar hondo. Entregaba documentos importantes con firmas y sellos. A veces me percataba de las relaciones secretas entre jefe y secretaria, pero yo me hacía el tonto, no quería problemas con la gente y no quería perder el trabajo que, aun cuando era muy mal pagado, al menos me tenían en la seguridad social. Con el dinero semanal mandaba a casa un giro y me quedaba sólo con lo necesario para los pasajes.

Desde el autobús de las calles de Marina Nacional la empezaba a buscar con la mirada. Laura casi siempre se subía en la misma esquina, la de Sullivan, y siempre iba con esa amiga suya tan rara, digo, torpe, descuidada, tan distinta a ella; caminaba junto a Laura pero en una cierta forma desordenada, como lo hacen los coreanos, un poco manoteando y sin espacio para los otros. No miraba a Laura, sólo parloteaba, yo no lo podía creer. Las veía desde mi escondite, la esquina derecha del autobús, desde donde a la distancia las observaba, a Laura la contemplaba, cuando se acomodaba un zapato o cuando se le había corrido una media. ¿Había en el mundo alguien que estuviese junto a Laura y pudiese mirar a otra parte? Ya en los asientos, Laura casi no hablaba mas su nariz apuntaba siempre al frente, tenaz.

La amiga bajaba. Laura se quedaba con los ojos fijos en la nada. Yo llegué a pensar que quizá estaba triste, aunque no se veía triste, tal vez la gigantesca belleza de sus ojos no podía reflejar la tristeza y soledad que ella pudiera tener. Esos ojos que siempre eran quietos contenían la mar calmada, la del norte, mar de tranquilidad y de esperanza, tibio remanso de olas cadenciosas. Yo me escondía tras el periódico; sin embargo, muchas veces llegué a pensar que no tenía caso esconderme, ella jamás me habría visto.

 

Los meses que transcurrieron en la sierra antes de mi ida/huida a la capital fueron largos e infernales. La sequía de la zona amenazaba la peor época para la siembra y la pastura. Los pocos animales de la granja estaban tan desnutridos como sus amos. El verdadero amo era el gobierno, claro, por las altas cuotas y los bajos precios a los que nos compraba la Conasupo lo poco que podíamos vender. Yo casi no entendía pero me daba cuenta de los problemas de los hermanos. Papá y mamá casi no opinaban, las esposas gritaban, los niños peleaban o lloraban. Aquello era un infierno. Y por la noche, los hermanos en la cantina gastaban lo poco que tenían.

“Y tú, chaval…”, me extendió con su tufo alcohólico Vicente, el hermano mayor, cuando yo pasaba sirviendo agua a todos. “Qué es eso de que te quieres ir a la capital”, más que una pregunta era un impedimento, una más de sus afrentas. “¿Vas a dejar a los viejos solos?”. Su mirada estaba medio perdida, tomaba pulque y olía a rancio. Aquel hombre ya entrado en años me había dado las palizas que recuerdo inmerecidas. Tenía dos mujeres y una docena de niños mal comidos y mal vestidos. Pero ese día decidí que debía enfrentarlo. Me dije: “Es ahora o nunca”, así que contesté con aplomo y con una ronca voz que no sé de dónde me salió: “No, señor, no los voy a abandonar, les mandaré dinero cada semana”, yo temblaba. “Yo no voy a ser irresponsable como usted, no voy a tener dos familias, nunca voy a descuidar a papá y a mamá. Si me voy es para ayudar”. Lo dije con tal firmeza que los ojos de todos los ahí presentes se clavaron en mi pobre y frágil cuerpo. Sin embargo, nadie contestó ni dijo nada. Vicente tomó del brazo a su mujer y le ordenó con la mirada que llamara a los pequeños. Nunca más lo volví a ver. No fue a despedirme a la terminal de autobuses a la que mi única hermana me llevó los 20 pesos que tenía guardados para una emergencia, y un paste, esa especie de empanada de mi pueblo, que comí con gran deleite y que nunca más he vuelto a probar. Mamá lloraba y mi padre la sostenía con una fuerza más débil que sus ancianas manos.

 

Yo llegaba al mercado vecinal, los sábados, antes que ella. Laura solía comprar flores, las del mercado eran más baratas. Le gustaba regatear, escoger, ahora huele unas, luego otras, las mira, las toca. Yo contemplaba sus manos e imaginaba una suavidad excelsa, fuera de este mundo. Fingía que iba a comprar flores, pero ¿para qué querría yo flores teniéndola a ella tan cerca? Y entonces la miraba, extasiado. Trataba, en lo posible, de contener su mirada, la cual no me dirigía pero la podía percibir. Era como cuando uno trata de retener el agua entre las manos y tiene la sensación de que se escurre entre los dedos sin poder hacer nada, nada. Y al irse quedaba en mí solo el vacío como las manos sin el agua, secas. Laura, repetía su nombre en mi cabeza y en la soledad de la habitación, Laura.

Intentaba verla en las flores, en los periódicos, pero entonces descubrí con tristeza que ya no estaba cerca y que ya no la vería más.

El trabajo en Pemex, la escuela nocturna y las descargas de la Central acabaron con mi débil y mal nutrido cuerpo dejándome en muy mal estado tras una larga enfermedad. Por fortuna, una vecina se apiadó de mí, me preguntó si tenía seguro social y llamó a una ambulancia. Me atendieron a tiempo y poco a poco me sentí de nuevo con ánimo y energía para trabajar y estudiar. Dejé la Central y me concentré en los estudios y el trabajo. Obtuve un ligero ascenso, ahora como encargado de las fotocopias, pues se recibió en ese tiempo una máquina Xerox, la cual reducía el trabajo de las secretarias. Las mecanógrafas fueron desapareciendo poco a poco.

Yo dejé de ver a Laura por largo tiempo. Tenía miedo de enfermar de nuevo, temía que la tristeza me embargara y redujera mi capacidad física. Decidí concentrarme y obtener un mejor trabajo. Me compré algo de ropa y me aseaba en los baños públicos. Observaba el trato de los jefes en Pemex y practicaba en mi cuarto algunas maneras que me gustaban de ellos. Así fue como decidí ver empleos en todos los periódicos que me dejaba Pancho, el vendedor, quien era mi amigo. Seguía mandando dinero a casa, la cual visité un par de veces, la primera por la muerte de papá y la última por la muerte de mamá.

La imagen de Laura me rondaba, era mi obsesión. Intentaba verla en las flores, en los periódicos, pero entonces descubrí con tristeza que ya no estaba cerca y que ya no la vería más. Por más de tres días me dediqué a caminar por todas las calles buscándola con obsesión. Recorrí los puentes para mirar desde lo alto, caminé varias veces las calles de Marina Nacional alrededor de la parada de autobús a la hora que normalmente la veía. Me sentí enfermo de nuevo. Hasta que un día desperté sin su aroma en mis entrañas.

Tras esa dura etapa de mi vida, tras mi trabajo intenso e intensa soledad, decidí construirme un futuro. Me dediqué a estudiar con ahínco y me gradué no sin consagrarme las más de las horas libres a trabajar mucho, con fiereza.

Ahora, después de todos estos años de vivir en la capital, de tener una casa, una familia a la que adoro, un buen trabajo y muchos sueños, no puedo olvidar a la joven que me robó el corazón. Y se llamaba Laura…

Susana Arroyo-Furphy
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