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El crimen perfecto

viernes 20 de noviembre de 2015
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Antes de que termine el día irás a su casa y le dirás que todo fue un error, un atisbo de inconciencia, un asalto de esa naturaleza bestial de la carne, la piel y las hormonas. Porque eres un hombre de familia, acostumbrado a la cotidianidad sin exabruptos, levantarte temprano, higienizarte en el cuarto de baño, buscar el periódico, beber la taza de café espeso y fumar en silencio mientras los demás duermen.

Romper la rutina no está entre tus propósitos fundamentales; puedes, eso sí, porque eres humano, detenerte en un liquore store, en uno de esos bares que abundan en la zona colonial cuando sales del trabajo, y hacer una parada técnica para beberte dos o tres cervezas sin perder la cabeza, o escaparte a la playa con dos o tres amigos, porque nadie dijo que no es positivo disfrutar de las chicas, con sus bikinis que ahora son hilos dentales, cordoncillos delgados que cubren parte del pubis y se meten entre los glúteos, provocando las erecciones más detalladas y precisas en los hombres que se esparcen por esas tierras de Dios.

Cuando le dices lo que has ido a decirle, lo escuchas toser. Una tos compulsiva.

Pero son escapaditas, simples paréntesis huidizos y esporádicos para vulnerar un poquito la rutina, que a veces se torna pesada. En tu caso, la rutina es verdaderamente rutinaria: una esposa, todavía joven como tú, dos bebés preciosos y una suegra que te obliga constantemente a comer habichuelas con dulce, buñuelos y dulce de coco (que han contribuido de manera especial a flamear ese vientre que exhibes y que algún día te atreviste a pensar se trata de una estrategia de tu mujer para deformarte y hacerte expulsar, con las sutilezas del apetito, los atractivos hacia las mujeres).

Tienes una familia joven que te hace sentir bien; tu esposa, por ejemplo, adora los perfumes y los discos de moda, es moderna, con conocimientos de computación y adiestramiento en el comercio de las nuevas laptops ligeras; una mujer moderna, que también te pone a vibrar con la perfección de orfebrería de su piel, su boca y su cuerpo. Quiere decir que para ti no existe la posibilidad de envidiar a la mujer de un amigo, porque, con esas nalgas macizas, la cintura apretada y la estatura de esa señora que un día quiso casarse contigo, no hay para dónde coger.

Un buen empleo, la vida casi resuelta, y una perfecta biblioteca, se diría incluso que tú más que nadie eres un hombre exitoso; adoras la rutina de quedarte en cama los días de lluvia o despertar temprano, sentarte en uno de los sofás de las sala y escuchar todas las sandeces de los comentaristas de radio y televisión, que opinan hasta del calor que hace en el Vaticano. No obstante, la gente tiene que entender que la carne es débil, muy débil a la hora de la verdad. Ahora sólo una palabra: dilema. Un dilema es lo que se coloca frente a la rutina, amenazante.

Porque la noche que bebías en el café Saint Michelle y fumabas como un chiquillo la cabeza se te nubló; ella apareció de repente, envuelta en esa luminosidad erótica que imponía el vestido rojo de una tela transparente y sus senos fluían casi disparados, con los pezones insinuados sobre su pecho; también enloqueciste cuando se sentó doblando las piernas, cruzando las piernas, cruzando las piernas y mostrando adrede ese sexo natural y depilado, una verdadera diosa: combinación de whisky, cerveza y cigarrillos más esa imagen de seducción fatal en la mujer, fueron ingredientes suficientes para ocasionar un colapso.

Sin saber de qué manera, porque estabas ebrio, la tomaste de las manos y saliste del café. Pisaste el acelerador del Mitsubishi Lancer hasta el fondo, recalando finalmente en una de las cabañas ejecutivas, de las tantas que afloran a lo largo y ancho de la autopista de San Isidro. Allí la poseíste, se poseyeron hasta el amanecer.

¿Cómo diablos ibas a saber que se trataba de Laurita, la hija de dieciséis años de Laura, tu vecina y mejor amiga de Elena, tu mujer? Lo descubriste un montón de horas después, sobrio, cuando pasmado te fijaste en la sangre y en su rostro que te miraba triunfal. Te había seguido. Siempre hizo cerebro contigo y tú ni cuenta te dabas; ahora era tu amante y después, tres o cuatro semanas después, la sorpresa más estremecedora de tu vida: estoy embarazada. Mami no lo sabe y en el colegio sospechan algo porque he vomitado y aumentado de peso. Después de aquella hazaña, insólita en tu caso, debías vencer varios obstáculos y lo peor de todo: seguir viviendo para contarlo. Los problemas: Laura, la madre y Elena, tu mujer, y nada que decir de Orlando, el padre, un verdadero volcán de amor hacia la niña.

Nadie te prohibió nunca echar esa canita al aire que los hombres ocasionalmente echan, para recordarse a sí mismos que están vivos.

En tu caso las cosas se extremaron; tú que jurabas y rejurabas que no cometerías el error de andar con chicas más jóvenes, convencido de los problemas, las frustraciones y los traumas que eso entrañaba. Tú que reías cuando la saliva salía por las bocas de tus amigos en esos momentos en que iban en grupo a la playa y Elena exhibía esos muslos carnosos y limpios, ese vientre sin estrías y esa piel dorada por el sol, ahora te sentías, cómo lo digo sin que te ofendas, ¿jodido?, escupido y con un problema del tamaño del mundo. ¿Cómo le haces cuando llegas del trabajo y tu esposa comenta con Laura que Laurita ya es una mujercita, si hasta las caderas le han sobresalido y su pecho ha crecido?

Y no quieres escuchar nada más porque la chica, la muy putilla, al parecer ha dicho algo a las amiguitas que desde su jardín te miran y ríen.

Te encierras a pensar en tu vida, en lo que has hecho, en la montaña de éxitos que has cosechado fruto del trabajo y de los estudios, todo un hombre ejemplar, de su casa. Recuerdas los años de la universidad, cuando ibas a la avenida del Puerto con tu séquito de la carrera de Derecho, y allí, frente al hoy contaminado río Ozama, enamorabas a tu mujer. Y le decías, sobre el puente Matías Ramón Mella, o de la Bicicleta, que algún día la llevarías a Venecia y luego de graduarse, para recordarle aquella época de romanticismo decadente, obtuviste facilidades con unos amigos del servicio diplomático; una estadía con todo incluido en un hotel cinco estrellas de Venezuela. Al menos, te dijo ella, mientras bebías un daiquirí y ella una piña colada, cumpliste en parte la promesa de llevarme a Venecia. Después caíste en la cuenta de ver la ironía: Venezuela es un diminutivo de Venecia por razones que no caben explicar en este cuento.

Días felices aquellos. Eran otros tiempos, otros años, lejos estaban ya las ideologías y cerca, muy cerca, la guerra de las marcas: Versace, D’ior, D’arra y los cines, Fellini, Buñuel, Mel Gibson, Clint Eastwood, Almodóvar y las películas multimillonarias que cubrieron las pantallas con obras maestras y porquerías absurdas. Entonces te preguntas qué harás y resuelves por decisión unánime no contarle nada a Elena, ¿cómo entendería? Le dirías: amor, he flaqueado, me he cogido a Laurita, la hija de Laura y de Orlando, y está embarazada. O mejor, irías a la casa de Laura y te pondrías la mejor cara de arrepentimiento para decirle: perdóname, Laura. Cometí un error con Laurita y está embarazada. Asumiré las consecuencias, los gastos de maternidad. Encárgate de hablar con tu marido, que lo asuma con serenidad. O, en el mejor de los casos, llamarías a la puerta de Juan Campos, el español, tu colega y asesor y se lo lanzarías en la mejor de las jergas: lo hice con una niña, bueno, le rompí algo a una niña, una mocosa de 16 años, y ahora está embarazada.

 

Resultados exploratorios: un problema de magnitud sísmica con 6 grados en la escala de Richter

Orlando: Es un hombre joven, relativamente joven, con una falla cardíaca detectada a los catorce años. Su esposa, Laura, y su hijita Laura, tratan de que lleve una vida sin sobresaltos: quieren que tenga la oportunidad de ver a su pequeña realizada, con una carrera universitaria, una maestría y un buen prospecto para contraer nupcias.

Nada tan grave. En cualquier otro caso sería hasta pasable: a veces los hombres tienen sus deslices y esparcen muchachos por doquier, pero se trata de una niña que todavía no ha digerido Basic Instinct ni ha podido leer la versión escolar del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha. ¿Cuáles alternativas te quedan por explorar? Lo más sano sería hablar con Elena, Laura y Orlando.

Lo más sano, no sabes si racional, sería reunirlos a los tres y plantarles la situación de sopetón: mami, el vecino me embarazó, pues luego de dos o tres, ¿fueron cuatro? O cinco bofetadas, me sujetó por los brazos, si te fijas bien todavía tengo los moretones, me desgarró el vestido y abrió mis piernas a la fuerza. (Operación chantaje según te amenazó la niña).

No pude hacer nada, el alcohol me nubló los sentidos y ella apareció de refilón, repentinamente, se aprovechó de mi embriaguez, se aprovechó de mi inocencia, una niña sin fuerzas, escuálida, que no tenía la garra para impedirlo.

¿Conoces esos impulsos malignos? ¿Cómo puede declararlo, doctor?

Porque, aun por el hecho de haber cometido un despropósito de tal magnitud, escenarios posibles, de haber traicionado una relación conyugal diáfana, su vida me interesa, errar es de humanos y si tenemos el antecedente claro de su estado de embriaguez, es muy lógico que se concluya que mi marido no estaba en sus cabales: demencia temporal, esa clase de locura pasajera que nos impide ver racionalmente las cosas y nos sepulta en el olvido. No hubo discernimiento, señor juez, no hubo estupro como tal, no hubo un crimen. Mi cliente no actuó con premeditación y alevosía. Ella se le tiró encima, señoría, honorable magistrado, no es posible para un hombre en esos momentos, sofocado por la ebriedad, discernir entre el bien y el mal.

 

Orlando: infarto al miocardio fulminante

Tanta tensión, tanta emotividad volcada en sus arterias, tanta emoción reciclada, almizclada, enlodada, le provocaron un colapso. Laura, la pobre Laura está destrozada. Pero Elena, comprender a tu marido es la forma más útil de no hacerlo colapsar también a él. Necesita tu apoyo, escenarios posibles, te necesita y sobre todo tienes que recordar que se trata de una niña que husmeaba sobre tus cosas, nunca lo notabas, pero pensándolo bien, siempre te miraba. Sólo esperaba que salieras al balcón a regar las flores del jardín o sentarte a leer una novela: Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato; Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago; Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez, o La mosca soldado, de Marcio Veloz Maggiolo, para que ella, con sus shorts de licra ceñidos a esas caderas que ya se formaban y marcaban ese triángulo definitorio de la condición divina de la mujer, lanzara insinuaciones, adoptara posiciones y permaneciera echando agua sobre su cuerpo con la manguera de piel de culebra de su padre, disparando esos senos desnudos sobre su pecho y bajo la franela blanca que conscientemente nunca notabas, aunque un calorón intempestivo subía a tu rostro.

Lo cierto es que ya no eres el mismo y tu vida se ha transformado.

El temor, ¿la incertidumbre?, y otras sensaciones admonitorias incrementan con el paso de los días: pronto lo verás, todos la verán con la preñez a flor de piel, con el embarazo a flor de piel, que no es un animal; con el vientre hinchado y masticando comestibles innecesarios, porque es una costumbre que asumen las mujeres embarazadas la de comer de todo y a cualquier hora.

—Estoy embarazada.

—¿Estás qué?

—Preñada.

—No lo creo.

—¿Por qué no?

—Porque me parece raro.

—¿Qué te parece raro?

—Que quedaras embarazada de un primer encuentro, con 16 años; hay factores que inciden: desarrollo, niveles hormonales… ¿desde cuándo no menstrúas?

—¿Lo pones en duda?

—Quiero dos cosas: primero que te hagas una prueba con un buen ginecólogo, de prestigio y en una clínica insobornable.

—Eso es fácil de hacer, ¿y segundo?

—Que una vez nazca la criatura apliquemos una prueba de ADN.

Te levantaste temprano. Rasuraste tu rostro y te vistes con tranquilidad. Es un buen momento para hablar con Orlando, antes de que se entere por otra vía y descargue su ira pegándote cinco balazos. Además, piensas, en el fondo es un hombre y antes de adoptar una actitud homicida sabrá ponderar con ecuanimidad cada circunstancia.

La noche anterior adquiriste una nueva raqueta de tenis, sabes que él es un enfermo de ese deporte, y si tomaba en cuenta que hoy cumple un año más de vida, pueden ocurrir dos cosas: que comprenda la coyuntura en la que lo has colocado frente a la gente, con una hija jodida que aún no supera el segundo curso de bachillerato o que reflexione en el simple hecho de que le has fastidiado el día y decida matarte.

En el peor de los casos la gran perdedora resultaría Elena. Esa mujer que ha estado contigo a lo largo de tanto tiempo, bebiendo tus alegrías y tristezas, compartiendo triunfos y fracasos.

—No puedes tener al bebé…

—¿Te has vuelto loco?

—No quiero que lo tengas. Llevarás el deshonor a tu familia y causarás un gran daño a personas que no lo merecen.

—¿Causaré un gran daño a personas que no lo merecen? Y yo, ¿puedo sufrir ese daño?

—No se trata de eso…

—¿Y de qué entonces?

—Te me metiste por los ojos y aprovechaste mi embriaguez para joderme la vida. Es más, ni siquiera hablas como una adolescente.

Orlando te mira. Es un tipo de rasgos bien concebidos, con algunas libras al mayoreo, pero se puede justificar por la buena vida que se gasta, y es de dominio público que tiene dos o tres queridas. Se le nota contento. Alegre. Me recibe con un vaso de whisky. Me invita a pasar. Contrario a Elena y Laura, ellos nunca han sido amigos y, ahora que lo piensas, es un punto a tu favor. Le hiciste el sexo a la hija de un señor que ni siquiera saluda cuando calienta el asfalto con los neumáticos reforzados de su jeep Ford Navigator. Cuando le dices lo que has ido a decirle, lo escuchas toser. Una tos compulsiva. Un infarto. Laura corre cuando la llamas, Laurita no corre porque está en el colegio; Laura llama una ambulancia:

—No se pudo hacer nada —dice el médico cardiólogo con el rostro como una tromba—. Llegó muerto.

El dilema de tu vida se hace abismal, un problema mayor multiplicado por cinco:

Embarazo de Laurita más muerte del padre es igual a sentimiento de culpa desolador.

Laura se acerca a ti, te sonríe de medio lado y llora: ¿qué le dijiste? ¿De qué hablaron? ¿Por qué hoy? ¿Qué le contaste?

No sabes qué responderle, cierto atisbo de discreción te impide contarle la verdad de la situación y ella corre, Elena la abraza y ambas lloran, te responsabilizan de la muerte de Orlando. Es tu mujer quien te lo dice:

—Supiste que Laura lo engañaba y como todo un macho se lo contaste. Eres un bárbaro, ¿por qué meterse uno en vidas ajenas? ¿Cómo reaccionarías si algún hijo de la gran puta te dice de sopetón que te pego los cuernos?

Reaccionas sorprendido, como un maldito idiota.

—¿Crees que le hablé sobre eso? —se aventura y pregunta.

—No sólo lo creo, lo presiento.

Sales apresurado de aquella clínica en la que no puedes permanecer un minuto más, porque descubres que otros han engañado, se han desdoblado hasta crear un caos natural, absurdo e irreprimible. Quizás Elena te ha engañado también y ahora sí hay razones para romper esa rutina de imbecilidades.

Vas al colegio donde estudia Laurita; los maestros y la directora te conocen porque una que otra vez has ido con Elena a buscarla. Laurita se sorprende con sus trenzas rubias y su rostro sonrojado; la sacas del plantel casi lastimando su brazo izquierdo, la subes al Mitsubishi Lancer y le pides una explicación pormenorizada. Sin decirle que ha muerto la amenazas con ir a contarle la historia a su padre, ella le dice que de enterarse la mata a correazos; por supuesto, es una niña, una maléfica, pero niña al fin y al cabo y para algo estudiaste psicología alguna vez y para algo eras tan inteligente.

—No me hiciste nada, ni siquiera me penetraste, me besaste y comenzaste a roncar…

—¿No estás embarazada?

—No…

—¿Dices que no te hice nada?

—No me hiciste nada.

—¿Y las manchas de sangre en las sábanas?

—Era lápiz labial derretido con alcohol, restos de salsa de tomate y tinte de pelo…

La muerte de Orlando fue injusta. Me acerqué al funeral, pero no te sentías moralmente validado para compartir el dolor de Laura y Laurita. Esperaste a Elena luego de que sepultaran el cadáver y partiste con ella hacia la casa.

Las semanas transcurrieron, porque la única verdad irrebatible es que el mundo no detiene su rumbo aunque se nos joda la vida.

—¿Dónde están? Hace días que no veo a Laura en su casa, ¿qué ha sucedido?

—No lo creerías si te lo cuento.

—Suelta a ver.

—No sé cómo pude ser su amiga durante tanto tiempo y no conocerla profundamente…

—¿A qué te refieres?

Elena se vira, antes de dormir con esa mascarilla blanca sobre su rostro, se coloca frente a ti que lees a Sigmund Freud y lo que te dice casi te asfixia, te congela la respiración:

—Supe que se compuso con la hija para inventar un embarazo, y que te mandaron sin que lo supieras, a matar a Orlando del corazón. Ahora las dos son felices, sabe Dios con quién.

Néstor Medrano
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