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Truco de cámara

viernes 19 de febrero de 2016
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Nadie la vio salir ese día a las dos de la tarde. Estaba vestida de mujer, con todos sus rasgos femeninos expresados en un cuerpazo descomunal, en unos ojos grandes perfectamente delineados, metida en unos jeans Levis que trepidaban con escándalo a cada paso. Ella lo sabía.

Esa sensación desconcertante, pura, de una maldita puta enamorada, serpenteó hirviente desde las plantas de mis pies hasta la coronilla de mi cabeza.

Era una mulata perfecta: piel canela, labios moldeados para cifrar la esperanza en el lanzamiento de cualquier hombre.

“Me llamo Cristina, siempre estoy disponible
después de las cuatro de la tarde”.

Su vida, de ningún modo, era fácil. Desde el mismo minuto en que se levantaba de la cama sentía la hostilidad esparcida en el aire: vivía intensamente y pocas veces se quejaba de la clase de vida que llevaba. Muchos y muchas la envidiaban porque siempre andaba en vehículos de lujo diferentes. Si no era una yipeta, era un Mercedes Benz, si no un BMW; un tipo de vida nada inútil, según creían quienes la veían cotidianamente y, por supuesto, la acusaban tras bastidores de ser putísima, pero de alcance restringido.

“Hoy iré a Cap Cana. Estaré allí
hasta el próximo lunes. Chao”.

Una mujer como ella rara vez se enamoraba de alguien. La habían visto de cuerpo entero, siempre llegando a deshoras muy entrada la madrugada, lo que estimulaba la curiosidad de las vecinas y los deseos imposibles de los vecinos, desvividos hasta la médula por echarle un polvo.

Esa mañana, sin embargo, quiso quedarse recostada, dormidita, descansando. Se sentía molida a palos y no era para menos. La noche anterior no había sido fácil. Lo recordaba todo a la perfección y así lo relató:

“Llegamos a la habitación y todo lucía perfecto”.

La habitación en penumbras era acogedora: dos lámparas con luces de neón derramaban la luminosidad suficiente sobre una cama gigantesca repleta de rosas. El ambiente de dos amantes o de dos recién casados. Él, incluso, me desvistió lentamente, despacito, después de haber cargado mi cuerpo como una pluma. Sentí la fortaleza de sus brazos al suspenderme. Su mirada refulgente me mataba.

Se trataba de un hombre
poco común
de rostro cuadrado y pelo negro intenso
que se derramaba sobre su frente.

Al desnudarse, un calorazo virginal se filtró por cada poro de mi cuerpo. A punto de hacerlo, escuchamos pasos inusitados en el pasillo. Él saltó con un movimiento felino, me levantó de la cama y me hizo una seña: “métete en el baño”. No pasaron cinco minutos: tres hombres derribaron la puerta, mientras vomitaban una interminable balacera.

No sé en qué momento se vistió, me sacudió, cargó sobre sus hombros y saltó sobre los tres hombres que antes de morir lo habían destrozado todo. Tres hombres feroces cayeron bajo su fuego. Nadie salió en el hotel. Corrimos hacia el estacionamiento, abordamos el automóvil y dejamos el humazo. El auto corrió a mil kilómetros por hora.

—No puedo dejarte en tu casa —me dijo tratando de protegerme—, allí te buscarían para matarte.

—¿Quiénes son? —pregunté— no me conocen, ¿cómo saben dónde vivo?

Él, con la mirada fascinante de un lobo agresivo, me miró, ¿con amor?, sospeché que sí. El muy tonto se enamoró de su puta de lunes.

—A esta hora saben todo sobre ti. Mañana te olvidarán, pero esta noche corres peligro.

No dijo nada más. Entramos a un apartamento, besó mi boca con fiereza y se marchó.

—Aquí estarás segura.

Cabeza dura como la apreciaba la familia, esperó a que el tipo se largara y salió hasta la soledad congelante de la calle. Marcó unos dígitos en su teléfono celular y en poco menos de diez minutos un taxi la recogió y la trasladó hasta su casa. Tomó sus previsiones: no se trataba de ninguna estúpida. Estaba adiestrada en la supervivencia y no sería aquella la última noche de su vida. Al llegar al apartamento extrajo de su cartera su minúscula pistola Colt, recién creada y recién adquirida, vadeó cada resquicio, aseguró sus puertas y cayó molida sobre la cama.

“Lo que se informó fue que al parecer los tres cadáveres pertenecían a la temible banda Los Escorpiones. Esto fue ratificado por el Departamento Antinarcóticos, que reveló a la prensa imágenes de los tatuajes de esos insectos en las espaldas de los occisos”.

De ellos ni seña. En el hotel tenían un código inviolable de no ofrecer datos ciertos de los huéspedes, sobre todo si se trataba de gente VIP. No quiso levantarse de la cama. Hojeó los periódicos de la calle y allí vio las fotografías en secuencia de los tres cadáveres a blanco y negro, en medio de un charco de sangre. Era sin lugar a dudas la noticia del día y por poco ella no vive para contarlo. Tenía por regla no intimar con sus clientes. Las relaciones íntimas, más allá de las atribuciones de su trabajo, podían ser un escollo, particularmente si se enamoraba. En varias oportunidades rechazó ofertas de matrimonio, de amancebamiento, de querida, muchas veces, tentaciones muy fuertes por poco la hacían flaquear, luego recapitulaba y volvía al sentido lógico de su oficio, por lo menos eso argumentaba entre tragos.

“A partir de ahora puede ser muy peligroso.
No te involucres”.

Tenía más de tres años ejerciendo esa disciplina de la vida, carente absoluta de satisfacciones personales y, en su caso, había sido doloroso. En una de esas relaciones ocasionales, perdió la virginidad. ¿Qué era para ella esa experiencia que siempre se guarda para la oportunidad de la vida? Ella no conoció esa experiencia con el matiz romántico deseado. Lo primero era que para ingresar al círculo una mujer debía olvidar esos caprichos de hembra, esos anhelos pautados desde el nacimiento y cumplir con exigencias a veces inhumanas que, sin embargo, permitían un distanciamiento de la marginalidad y la pobreza.

La llamó por teléfono a las tres de la tarde. Enojado. Lo imaginó con su mirada de lobo agresivo, sus cejas copiosas y la frente arrugada, reclamándole:

—Si no cumples unas determinadas reglas, en situaciones difíciles no sobrevives —dijo, más calmado. Cada vez más dócil. Ese, quizás, y no otro, era el propósito: tenerlo ahí, comiendo de sus manos. Enloquecido por el aroma de su cuerpo y la escultura de su imagen. A partir de ese momento, un sentimiento de confusión le arrebató la tranquilidad de su vida.

—Te paso a recoger a las ocho.

No podían ser tan frecuentes esos encuentros. La rutina era que entre cliente y cliente debían mediar por lo menos tres días, y si era con la misma persona, quince, para estar libre de sospecha o, en su caso, de culpas.

“Me pasó a buscar a las ocho, rayando en una puntualidad que me provocó dolor de cabeza. Siempre pensé que los hombres muy puntuales eran fríos y descarnados, porque cada gota de su tiempo obedecía a una agenda que se desprogramaba con facilidad, lo cual daba pie a inconvenientes mayores”.

Llegamos a una cabaña en las afueras de la ciudad, bajo un aguacero cerrado. Desde el primer momento se portó como un caballero. Su refinamiento me atormentaba. Demasiado joven para estar involucrado en tantas cosas. Demasiado tipo Cartier para ser tan tropical y apasionado. Al entrar a la habitación me pidió ponerme cómoda y si gustaba, servirnos a ambos un trago de Johnnie Walker etiqueta azul. Revisó algunas cosas en su laptop, con la meticulosidad del científico estabilizando algún experimento. Le serví el trago, me dio las gracias sin mirarme y cinco minutos después se quitó la chaqueta, el reloj y se sentó a mi lado en un extremo de la cama.

—Me voy del país —me dijo secamente—, no puedo permanecer mucho tiempo aquí. No sé cómo, pero me están pisando los talones, se enteran de todos mis movimientos y sé que en cualquier momento terminaré en la cárcel o muerto.

—¿Por qué me dices eso?

—Porque me gustaría llevarte conmigo, dejarías esa vida que llevas y no te faltaría nada.

Al planteármelo así, con esa convicción, me enteré de que me quería. Me dijo que deseaba viajar a Estados Unidos o a España, donde sus relaciones eran muy consistentes. Extrajo un portarretrato de uno de sus bolsos, con la imagen de sus dos niños:

¿Cuál era su vínculo real con el mundo en que vivía? Era una vida, pero una vida clara, no oculta.

—A mi esposa la abandoné. La muy hija de perra me pegaba los cuernos con una de sus amigas.

—¿No estarás adelantándote a los acontecimientos?

—No. Mi vida corre peligro. Envié a mis hijos a un lugar donde no los encontrarán. A ella le di luz verde para que haga lo que le venga en ganas.

Dejó caer su cabeza sobre mi vientre y esa sensación desconcertante, pura, de una maldita puta enamorada, serpenteó hirviente desde las plantas de mis pies hasta la coronilla de mi cabeza. ¿Qué podía responderle?

—No puedo darte una respuesta rápida —le dije—, es algo que toma su tiempo, ¿sabes?

—No tengo tiempo. Debe ser mañana.

—No tengo visa.

—Ya resolví eso.

“A las dos de la tarde, salida por el
Aeropuerto Internacional Las Américas”.

Cristina terminó de hacer el amor con él. Cuarenta y tantos minutos hasta quedar exhaustos. Había atravesado la línea. ¿Qué podía sucederle a una mujer que se creía ruda, elemental e independiente? Se fajó a llorar en el cuarto de baño, mientras él dormía arropado de pies a cabeza, como un niño en su primer día de vacaciones. ¿Es prohibido enamorarse? Para ella sí. Se lo advirtieron letra por letra y sílaba por sílaba:

“Si te involucras, si te enamoras, puedes perder
la perspectiva y fallar. Una mujer como tú,
de tu tipo, debe respetar la primera regla: no
te enamores”.

Tenía que asumir una determinación. Cristina confió siempre en su cuerpazo y en sus labios carnosos para atraer a los hombres y quizás por ello tuvo tanta suerte. Alta, enorme, con las proporciones exactas para el oficio; tuvo el éxito asegurado desde el principio. No tenía padres, ni hijos, ni dependencias reales, solo su trabajo, que fuera de lo regular la ataba a ceñirse a reglas muy específicas y particulares.

¿Está solo? ¿Te has fijado si tiene guardaespaldas?

Esos hombres no andan solos, no seas estúpida.

Ella salió hasta el balconcillo. Un paisaje paradisíaco aquel lugar. Árboles gigantescos en fila, montañas cercanas y un yerbazal verde profundo cuyo aroma se clavó en su libro de recuerdos. En lo inmediato estaban solos en aquel lugar.

“No. Hay cinco o seis vehículos estacionados
discretamente. Cualquier acción puede arriesgar
vidas de manera innecesaria”.

Soltó el teléfono móvil cuando él la buscó en el balconcillo:

—¿Con quién hablas?—preguntó intrigado, pero despreocupado.

—Con mi jefe— respondió ella— debo reportarme cada cuatro o cinco horas.

Él se acercó y no trató de ser duro. No sé por qué sentí que ese hombre estaba enamorado de mí. Que era incapaz de hacerme daño.

—¿No me traicionarías, verdad? Sería tan doloroso para mí.

Me abrazó, besuqueó mi cuello, sujetó mis nalgas.

“La historia del hotel Manatí todavía no termina. Datos reveladores indican que los tres miembros de la banda de narcos Los Escorpiones tenían instrucciones de eliminar a un importante jefe del mundo del crimen organizado. La habilidad y la capacidad de maniobra fueron elementos importantes para que el blanco pudiese escapar sin ningún inconveniente, lo que hace suponer que se trata de alguien vinculado al mundo militar”.

Cristina le respondió que sí. Se marcharía con él. Había una conexión eléctrica fundamental entre ellos. En ningún momento él le hizo promesas de las de amor eterno, de viajar al cielo a desprender una estrella para regalársela o pedirle permiso a Dios para llevarla al paraíso; pero lo presentía en él, en sus gestos, en su mirada, en su respiración agitada.

En cada instante de su mirada ella sabía que él la quería y, destrozada por él, le llegó a la última instancia de la pasión.

La decisión fue determinante: su trabajo le había proporcionado satisfacciones inmensas, a pesar de todo, en su círculo estuvo entre las mejores dotadas, entre las de mejor desempeño, y eso lo admiraban algunas, y otras, mordidas de envidia, no tenían más alternativa que hacerle una reverencia cuando les pasaba cerca.

“No saldremos hoy. Creemos que con el clima,
la lluvia y el friíto, es más recomendable
permanecer en el nido”.

Ambos estuvieron amarrados a sus cuerpos durante todo el día. Él despertó al escuchar helicópteros, salió al balconcillo; lo había soñado. En el cielo lo único que había era un fondo azul enorme, pintarrajeado de nubes blancas purísimas. Cristina se amó con él. Desde el principio, desde que se lo encomendaron para su próximo trabajo, la química surgió por arte de magia. De lo que hablaba con él en los breves espacios después de tomarse con ansias y deseos de posesos, dedujo que si bien era un tipo terrible con sus enemigos, forjado en un mundo descarnado, donde se aplicaba la ley de la selva como modus vivendi, un mundo de pólvora, persecuciones y muertes, donde la droga erigía un templo descomunal e impenetrable que se filtraba cada día en cada poro de las ciudades y los barrios, había en él esa esencia de ángel-demonio que la enloquecía. Le trastornaba los sentidos. Además, él se abría a ella sin conocerla.

—Si no flexibilizáramos un poquito —le dijo— no seríamos más que bestias. El hombre tiene que confiar en alguien; el riesgo de que lo traicionen forma parte del encanto, del instinto, ¿me entiendes?

Me habló de todo. De su trabajo, de sus operaciones, de sus conexiones en la sociedad, con la alta jerarquía del gobierno, los cuerpos armados, los bancos comerciales y el sistema financiero. De sus vínculos con instituciones honorables, fundaciones sin fines de lucro que eran verdaderos lavaderos de narcodólares. Un testimonio completo, con cifras, nombres y apellidos: me hablaba como un libro abierto. En realidad había engañado a socios superpoderosos de la banda de Los Escorpiones; todo lo malo del bajo mundo, con ramificaciones en el área del Caribe, América y Europa. Si salía del país y llegaba al “Nódulo”, que es un lugar donde se reúne la cresta de la mafia en Nueva York, podía negociar su liberación a cambio de una buena tajada, pero lograrlo conllevaba riesgos mortíferos e incesantes.

—Por eso —continuó él—, si dabas un golpe debías asegurarte de que fuera tan espectacular para cubrir esa cuota.

Yo, boquiabierta, acudía a la presencia de un general de batallas, más allá de la magnitud que había logrado. Cuando concluyó su informe pormenorizado y biográfico, alelada, estupefacta, no me quedó de otra que tragar en seco.

“No quiero ni pensar que estás involucrada
con ese tipo. Recuerda: los narcotraficantes
son inmisericordes, les patina el dolor ajeno”.

Tal y como dijo, logró, con una rapidez de robot recién construido, resolver lo de mi visado. Saldríamos del país con destino a Nueva York a través del Aeropuerto Internacional Las Américas, una tarde lluviosa. Él salió de saco y corbata, unos lentes oscuros a pesar del clima y de la nublazón. Esa misma mañana decidió ponerse un arete en la oreja derecha. Lo más fantástico fue el rubio de su pelo. Lo tiñó en la madrugada. El arete de oro, grande, descendía de su oreja como una argolla; su aspecto era el de otro hombre.

“Tienes un dilema. ¿Cómo lo afrontarás? Te decidirás por tu corazón confuso por un chico lindo o por lo que has conseguido con el sudor de tu cuerpo. No creo que vayas a echarlo todo por un caño”.

Mientras se dirigían al chequeo de los datos en la línea aérea, frente a sus ojos cruzaron, en cámara lenta y en un collage de sentimientos encontrados, sus noches correteando sobre la ciudad en conquistas diversas, en contacto directo con hombres de todas las edades y colores. La mirada de la gente al verla pasar por las calles de su barrio: el riesgo de huir con un sicópata y ser declarada prófuga por artes de complicidad.

¿Cuál era su vínculo real con el mundo en que vivía? Era una vida, pero una vida clara, no oculta. No. Era una vida oculta; una vida de sombras, una vida sin identidad a la cual se suscribía porque era la única que conocía.

“Estará a las dos de la tarde
en el Aeropuerto de Las Américas.
Irá vestido de jeans, el pelo negro y
pantalones bermudas”.

Al aproximarnos al chequeo y al penetrar al área de ingreso del avión, vi en las noticias que el tipo que estuvo en el hotel y a quien intentaron matar tres sicarios de la muy temida banda Los Escorpiones, un inglés nacionalizado español, se había volado la caja de los sesos en un baño de un cine de la ciudad y junto a él había esta nota: “Yo me quité la vida. Estaba harto de huir”.

Cristina vio el escuadrón de la policía antinarcóticos, un ejército de hombres enormes y una jauría de perros asesinos, al momento de dispersarse en cada rincón de la terminal. Detuvieron a más de cien jóvenes vestidos de jeans, pelos negros y bermudas, en lo que ella, por fin, huía de esa vida de agente, de brazos del hombre que le robó el corazón.

Néstor Medrano
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