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Hotel abandonado

martes 8 de marzo de 2016
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“…pues polvo eres y en polvo te convertirás”
Génesis 3,19

Diviso la obscura fachada del hotel desde el otro lado de la avenida. Ésta se levanta imponente al centro de la cuadra, como una torre entre las cortinas oxidadas y los establecimientos carentes de vida. Con paso ligero me aventuro a cruzar el camino. No volteo, pues a estas horas ello no hace falta. Me acerco al anticuado umbral, apenas sellado por una cadena y unos tablones, y un suspiro escapa a mis labios; de pie frente a aquellas siete plantas me siento insignificante. Apretujándome entre los maderos que bloquean el paso me aventuro al interior, cuidando de no astillarme las manos.

Cuatro sombras caminan sigilosas entre el mobiliario. En la penumbra apenas puedo distinguirlas, mas al rodear las tablas y asientos cruzan por debajo de un ventanal y la luz plateada me revela que se trata de cuatro muchachas.

Una vez dentro me encuentro en un silente vestíbulo. Los marcos vacíos de un par de pinturas decoran los agrietados muros. Telas de araña hacen las veces de cortinas en los sucios ventanales, y las columnas distribuidas más allá de las escalinatas recuerdan árboles marchitos. El azulado resplandor de la Luna que se filtra por los boquetes de la loza confiere al lugar un aire espectral. Echando a volar la imaginación veo los fantasmas de joviales hombres y mujeres desfilando por la roída alfombra, charlando en el lobby o registrándose en la recepción. Casi puedo escuchar el tintineo de la campanilla sobre el mostrador, llamado al mozo de las petacas. El pensar en estos remanentes me llena de una inexplicable nostalgia, pero aquellas figuras pronto se desvanecen, sumiéndolo todo de vuelta en un letargo intermedio entre la vida y la muerte. Agachando la cabeza, me adentro por el amplio corredor, levantando el polvo con mis pisadas.

Cual veterano felino me abro paso por la obscuridad. Cruzo por los sillones del lobby; cual tripas, los resortes asoman por entre el espumoso relleno y la piel. Al centro de la estancia se levanta una enmohecida fuente; el fango de décadas reposa en el pozo que la alimentara. Unas apolilladas mesitas de té la rodean. Seguramente en su tiempo aquello fue un espacio acogedor, pero ahora ni siquiera las ratas comerían allí.

Me introduzco entonces en el salón de banquetes. Una veintena de mesas distribuidas sobre la alfombra me reciben. Sobre los manteles, grises por el polvo, descansan platos y utensilios cubiertos de pelusa, como si hubiesen dejado el lugar listo para alguna celebración que nunca se llevó a cabo. Al encontrar aquello tan desolador me dispongo a regresar al vestíbulo, pero una súbita visión me obliga a permanecer allí: cuatro sombras caminan sigilosas entre el mobiliario. En la penumbra apenas puedo distinguirlas, mas al rodear las tablas y asientos cruzan por debajo de un ventanal y la luz plateada me revela que se trata de cuatro muchachas. Tres de ellas son morenas y esgrimen en sus labios afiladas sonrisas, como si la naturaleza les hubiese provisto navajas en lugar de dientes. La otra es pálida y lleva los negros cabellos echados para atrás, lacios como el agua que cae por una catarata. La línea de sus carnosos labios describe una indecible tristeza.

Al percatarse de mi presencia las jóvenes forman un círculo y comienzan a susurrar entre ellas, cada una vertiendo secretos en la oreja de la otra. Entonces, como si hubiesen llegado a un consenso, se separan y ríen con el estruendo de cien violines desafinados. La traslúcida chica de la obscura cabellera avanza en mi dirección. Conforme se acerca me doy cuenta de que su cuerpo irradia un argento fulgor. Sus pies descalzos dejan luminosas huellas sobre la alfombra, como si llevase las plantas manchadas con alguna etérea substancia. Nuestras miradas se encuentran al plantarse frente a mí. Admiro sus pupilas, que apenas asoman bajo unos párpados parcialmente rasgados. Entonces, esbozando una tímida sonrisa, me tiende una mano. Sin saber qué más hacer tomo sus dedos entre los míos; su fantasmal piel es suave como el terciopelo y fría como el aire de la madrugada. A sus espaldas, el trío de arpías profiere una metálica carcajada. Por la mejilla de la muchacha escurre una negruzca lágrima. Quiero preguntarle qué ocurre mas no encuentro las palabras ni la voluntad para hacerlo. La gota resbala de su faz y va a impactarse contra el suelo, fragmentándose. Todo se pone obscuro a mi alrededor. El salón desaparece súbitamente, como si hubiesen corrido una cortina frente a él. A continuación el silencio devora las carcajadas de las tres mujeres y éstas también se desvanecen. Instantes después la chica pálida que sujeta mi mano se funde con las sombras, dejándome solo en medio de la infinita penumbra. Finalmente, yo también me esfumo y la nada es absoluta.

 

Los sentidos me vuelven progresivamente. Siento los dedos de las manos fríos, y un cosquilleo se ha apoderado de mis piernas. Un aroma se cuela entre mis fosas nasales; no puedo catalogarlo como dulce pero tampoco como amargo. En algún lugar no muy lejos de donde me encuentro un grillo entona su sinfonía de media noche. Lleno mis pulmones de aire y abro los ojos. La luna oculta su sonrisa tras un cúmulo de nubes, que filtran la luz cual sedosa cortina. Me encuentro en un jardín olvidado por la mano del hombre. Una docena de árboles deshojados se levantan aleatoriamente entre las parcelas llenas de flores marchitas. A mis espaldas diviso una terraza tan desolada como el resto del hotel. Las enredaderas se han apoderado de las paredes, trepando incluso entre la herrería del balcón y las ventanas. Por entre la hiedra desfila una interminable fila de hormigas. ¿Cómo he llegado a este lugar?

Aprieto los puños para cerciorarme de que tengo control sobre mis extremidades y me incorporo. Con torpes zancadas me abro paso entre la hierba hasta llegar a las baldosas de la terraza. Como buscando una respuesta a mi pregunta asomo por los obscuros ventanales, mas mi aventura se ve interrumpida por una poderosa ventisca que me obliga a ocultar los ojos tras el dorso de las manos. La corriente se torna violenta y no solamente me hace retroceder, sino que arranca mis pies del suelo y me eleva por los aires. Todo se arremolina en torno mío conforme asciendo. Un sobresalto me invade al darme cuenta de que estoy muy por encima de la ruina del hotel. Los tejados y balcones de la ciudad se extienden a mis plantas como si fueran juguetes. Cierro los ojos en un intento por combatir el vértigo, mas el temor se disipa al descubrir que puedo surcar aquellas alturas a voluntad. Cual pájaro me deslizo por los pliegues del aire, dando giros y cambiando bruscamente la trayectoria de mi vuelo. Desciendo veloz hasta la avenida y describo una pronunciada curva alrededor del desvencijado hostal, admirando sus ventanas clausuradas y los domos bañados por la luz nocturna.

Mis dispersas extremidades cruzan bajo el estrecho umbral y mi cuerpo comienza a unirse poco a poco, hasta formar una sola pieza.

Repentinamente el viento deja de soplar y mi viaje aéreo sale de control. Caigo en picada cuando la gravedad me reclama y, cual meteorito, me abalanzo a gran velocidad hacia el hotel. Cubro mi rostro con los brazos al ver la azotea más y más cerca. Profiero un grito y…

Todo da vueltas. Frente a mis ojos veo pasar las cúpulas del hospedaje, la luna, el filo de la ciudad y la autopista en el horizonte. Tengo la impresión de estarme elevando de nueva cuenta, mas no siento vértigo. Pensándolo detenidamente, no siento nada. Mis manos no están donde deberían y las piernas me han dejado de responder. Entonces caigo en cuenta de lo sucedido:

Me he despedazado.

Mi cuerpo flota disperso a través del cielo nocturno como las piezas de un rompecabezas. Mi brazo derecho vuela a unos metros de mí, mientras el izquierdo cae hacia el abismo de luces y sombras. Uno de mis pies gira sin rumbo por la negrura y mi torso navega a la deriva como un trozo de madera sobre la corriente de un río. En este momento no soy más que una cabeza surcando el firmamento. ¿Cómo ha sucedido esto? No lo sé y tampoco es importante: lo que me intriga es saber cómo haré para ensamblar todos esos pedazos en un solo organismo. El pensar en la existencia que me aguarda como un ente fragmentado me causa tal angustia que el estómago se me encogería de tenerlo unido a mí.

Tengo poco tiempo para imaginar mi vida como una cabeza flotante, pues me siento atraído por una fuerza que me guía hacia uno de los balcones más altos del hotel, como si alguien allí dentro aspirara la noche. Mis dispersas extremidades cruzan bajo el estrecho umbral y mi cuerpo comienza a unirse poco a poco, hasta formar una sola pieza. Sacudo los pies y las manos para cerciorarme de que éstos están bien sujetos en su lugar. Aliviado al ver que mis dedos no salen despedidos por el aire, permito que mi recién incorporado sistema respiratorio expulse un suspiro y me adentro por aquella habitación hasta alcanzar el corredor.

A izquierda y derecha se levantan umbrales teñidos de soledad, y es mientras deambulo por el largo pasillo que llegan hasta mis oídos las carcajadas de las jóvenes del salón de banquetes. Intento ubicar la precedencia de la burla, cuando por la esquina aparece una espectral silueta. Se trata de un hombre flaco y desgarbado, cuya morena piel desprende un mortecino fulgor. Con su largo índice me pide que le siga y obedezco. A sus espaldas me adentro por una serie de angostos pasadizos que únicamente pudieron ser trazados por la imaginación de un retorcido arquitecto. Conforme avanzamos las vigas del techo se acercan peligrosamente a mi cabeza, llegando incluso a un trecho en el cual tenemos que andar de cuclillas. De los serpenteantes muros penden obscuros óleos, entre cuyas pinceladas parecieran resaltar azulados pares de ojos.

Nuestro recorrido concluye al toparnos con una puerta labrada, provista de un dorado picaporte. El hombre extrae una llave de uno de sus bolsillos y la inserta por el pomo, haciéndolo girar con un crujido. Entonces, con una caravana digna de un paje, me invita a cruzar por el umbral. Tan pronto ingreso en aquella pieza el pórtico se cierra a mis espaldas. Un susurro se escurre entre la madera seca.

El velo de la noche ha tendido su hechizo.

Estoy en un punto fijo y al mismo tiempo estoy en todas partes. Aunque ya no poseo una forma humana, mi percepción está intacta.

Las palabras no me dicen nada. Asomo, pues, a la habitación, amueblada con una cómoda, un par de burós y una cama de sucias sábanas. De una de las paredes cuelgan tres pinturas. Sus vivos colores contrastan con toda aquella miseria. Acercándome, los examino de izquierda a derecha. El primero muestra un largo sendero que serpentea por lo que parece un valle de espinos. En el horizonte, contra la luna llena, se proyecta la silueta de una torre. Una inscripción al calce del óleo reza “Pasado”. El segundo lienzo consiste en una acuarela de la carta del rey de corazones. Sin embargo, este naipe resulta harto singular, pues sus dos rostros escurren lágrimas. El de la mitad superior lleva una espada clavada en un costado de la cabeza, mientras que el del extremo opuesto sostiene un detallado revólver junto a su sien. En ambos rostros se percibe una infinita tristeza. La leyenda al margen identifica la obra como El Rey de los Corazones Rotos. Con el alma oprimida me aventuro a observar el tercer y último cuadro, sólo para descubrir que aquel marco no contiene óleo alguno, sino un espejo con la palabra “Futuro” grabada en una placa.

Desconcertado, doy la media vuelta y me dispongo a salir de la pieza pero, ¡oh, sorpresa..! La puerta ha desaparecido. Palpo el muro donde ésta debía encontrarse pero allí no hay más que yeso y tabiques. Estoy encerrado con los muebles y las misteriosas pinturas. Camino en círculos ideando una manera de escapar pero, a menos que me las arregle para derrumbar las paredes a puños, aquel es un callejón sin salida. Sujetándome la cabeza entre las manos, me dejo caer sobre la cama y cierro los ojos, hundiéndome en una abismal obscuridad. Cuando los abro de vuelta la obscuridad no cede. Tal como sucediera antes, todo ha desaparecido. Y al cabo de un rato yo desaparezco también.

 

Recupero la consciencia bajo el púrpura y el azul del cielo. La luna aún juega al escondite entre las nubes. Me encuentro en la azotea del hotel, a un lado de una maltrecha cúpula. Las luces de la ciudad se extienden trescientos sesenta grados a la redonda. Un persistente sonido quebranta el aire nocturno.

Tic-Tac.

Miro alrededor pero no encuentro la fuente de este mecánico palpitar.

Tic-Tac.

Entonces levanto la mirada y le veo en la parte más alta del domo de concreto: un astillado reloj de péndulo contando las horas bajo el firmamento. El ángulo de sus manillas pasa de la media noche, mientras el segundero se encamina cuesta arriba entre el siete y el ocho. Tic-Tac, dice una y otra vez. Tic —un nacimiento. Tac —una muerte. Un ciclo interminable que va y viene.

Absorto en el mecanismo del tiempo, muy tarde me doy cuenta de que a mi lado se encuentra la pálida chica del salón de banquetes. Sus obscuros ojos se posan en el horizonte, como si intentase descubrir algo que yace oculto en la línea que divide la tierra de la bóveda celeste. ¿Quién es ella? ¿Dónde es ella? ¿Cuándo es ella? Quiero preguntárselo, mas las palabras se niegan a salir de la punta de mi lengua. Sin embargo la muchacha, como advirtiendo mi curiosidad, me dedica una triste mirada y de nueva cuenta me ofrece su traslúcida mano. Nuestros dedos se entrelazan y sus labios dejan escapar una breve sentencia que lentamente se diluye en el aire nocturno.

Soy el olvido.

Como si estas palabras detonasen alguna reacción en el reloj, éste emite una campanada que retumba por todo el valle. A lo lejos, pareciera que el cielo se ha resquebrajado. Un segundo estruendo extingue la luz de la Luna y un tercero hunde la ciudad en la penumbra. Entonces una lágrima negra rueda junto a la nariz de la chica y pronto se hace añicos contra el suelo. Su húmedo eco se pierde en la infinita obscuridad.

Comienza a soplar el viento. La misteriosa dama deja ir mi mano y se pierde de vista entre el vendaval, que en cuestión de segundos adquiere una fuerza sobrenatural. Intento guarecerme contra la cúpula, pero nuevamente he perdido el poder sobre mis extremidades. La poderosa corriente empieza a desmoronar mi cuerpo: mis dedos se desprenden de las manos y pronto ambos brazos son arrastrados por la inclemente ventisca. Las rodillas no me pueden sostener más y me desplomo. El hotel se sume en las tinieblas y el Tic-Tac del reloj se detiene. Finalmente, mi existencia se disipa en una nube de polvo.

 

Estoy en un punto fijo y al mismo tiempo estoy en todas partes. Aunque ya no poseo una forma humana, mi percepción está intacta. El hotel es parte de mí y yo soy parte del hotel. Mi consciencia abarca desde el umbral de la entrada hasta el más recóndito pasadizo, y desde los cimientos hasta el más alejado de los balcones. Ningún insecto se arrastra entre las grietas sin que yo lo sepa, y conozco a todos y cada uno de los fantasmas que deambulan por el vestíbulo, las escaleras y las habitaciones. Me he convertido en el eterno escucha de las historias de la luna, y la noche comparte sus secretos conmigo. Si mi lengua aún fuera la de los hombres tendría tantas cosas que contar.

Eventualmente llegará el momento de decir cuanto sé, cuando algún noctámbulo paseante siga mis huellas a través de los solitarios corredores del hotel. Esto no ocurrirá pronto, pero puedo esperar; después de todo, el tiempo ya no es un inconveniente. Por ahora no me queda más que dejarme arrastrar por las corrientes oníricas, lejos del aire cálido y los brillantes colores que se apoderan del firmamento. Amanece.

Ya despertaré en otro sueño.

E. J. Valdés
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