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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Yōkai

• Jueves 26 de octubre de 2017

Cuando era pequeño, mi madre me inscribió a clases de natación en un club deportivo. Entre mis compañeros había una niña llamada Paloma. Era rubia, tenía los ojos azules como el cielo de primavera y su rostro parecía hecho de porcelana. Este aspecto angelical, sin embargo, era una fachada: dentro suyo vivía el mismo demonio. Ella gustaba de hostigar a los niños que le parecían feos (en aquel entonces aún no importábamos la palabra “bullying”), y puesto que yo nunca he sido un ramillete de nardos me contaba entre sus víctimas. Se lo pasaba llamándome Erasmo cara de asno y se burlaba hasta el cansancio de mi nariz, gruesa y desviada. Para esta situación no había escapatoria: acusarla atraía la burla de los demás y la incredulidad de los instructores. ¿Cómo iba a ser capaz de tales cosas esa niña tan delicada y bonita? Si abría la boca pasaba de víctima a villano. Los otros niños que padecían su acoso preferían no alzar la voz. Ante este escenario, dije a mi madre que no deseaba ir ya al club, que prefería quedarme en casa por las tardes, pero ella insistió con que necesitaba distraerme en algo, hacer amigos y cosas así. Continué, pues, en las clases de natación y, por ende, a merced de Paloma.

Una buena tarde, cuando ya habían concluido las actividades, iba camino a las duchas y ella, aún en el agua, estiró la mano, cogió mi bañador y me lo bajó hasta los tobillos. Todos vieron mis miserias y soltaron una carcajada. Devastado, corrí a encerrarme en uno de los sanitarios y me puse a llorar. A nadie le importó. Sin embargo, cuando me tranquilicé y salí, dispuesto a bañarme antes de que mi madre llegara por mí, me encontré con un niño al que nunca había visto por allí. Era un poco menos alto que yo, barrigón, y tenía muy poco cabello en la cabeza. Sus rasgos eran casi simiescos, con unos labios gruesos y la nariz incluso más ancha que la boca, además de que el color de su piel era tan pálido que parecía verde. No vestía otra cosa que un calzón y parecía recién salido de la alberca.

Unos días después, cuando asistí a la clase, no vi a Paloma por ninguna parte. De hecho, en adelante no se presentó al club.

—¿Estás bien? —me preguntó.

Negué con la cabeza.

—Fue Paloma, ¿verdad?

Asentí.

—Ya veo… No te preocupes; ella ya no te molestará.

—Sí. Claro —dije incrédulo y fui a las regaderas.

Cuando mi madre llegó, me dio vergüenza contarle lo ocurrido.

Unos días después, cuando asistí a la clase, no vi a Paloma por ninguna parte. De hecho, en adelante no se presentó al club. Esto tenía muy preocupados a los instructores, y es que nadie sabía su paradero desde aquella tarde en la que me bajó el traje de baño. Un momento pataleaba, feliz, en la orilla de la alberca, y al siguiente había desaparecido. No negaré que esto al principio me dio gusto, mas la alegría dio paso al desconcierto cuando recordé al niño que me topé en los sanitarios y lo que dijo.

Fiel a mi cobardía, mantuve la boca cerrada.

Se fueron un par de semanas. Una tarde, tan inesperado como la primera vez, se me presentó aquel niño en el vestidor. De nuevo escurría agua por todo el cuerpo, como si acabase de abandonar la piscina.

—¿Lo ves? Te dije que ella ya no iba a molestarte —comentó como si cualquier cosa.

—¿Qué hiciste? —quise saber—. ¿Dónde está Paloma?

—¿Para qué quieres saberlo? Eso ya no importa. Tú y los otros niños ya estarán tranquilos.

Insistí con mis preguntas, muy asustado.

—Vaya. ¿De verdad quieres saberlo? Bien, te digo, pero tendrás que pagarme con algo.

En mi mochila encontré una pelotita de goma y una barra de chocolate, objetos que él recibió gustoso. Entonces me reveló dónde se encontraba Paloma, y aunque me pareció increíble lo dijo con tal convicción y detalle que me quedó poco espacio para la duda. Adivinó mi intención de enterar a los adultos y me advirtió que era mejor no hacerlo, pues eso me traería problemas; en su lugar, él se encargaría de que lo supieran, sin embargo, yo debía guardar su secreto cuando menos cinco días para que él tuviese tiempo suficiente de marcharse.

—Si no cumples con lo último, ten por seguro que regresaré por ti.

Corrieron rumores de que allí habían encontrado otros tantos objetos, como envolturas de golosinas y pequeños juguetes.

Yo no quería eso, así que no hice más preguntas y obedecí. Fue con un gran esfuerzo que conseguí entrar al agua el resto de la semana, y cada que me sumergía me embargaban unas náuseas terribles. Entonces una tarde, al terminar la clase, los instructores nos dijeron que el club permanecería cerrado hasta nuevo aviso. Yo ya sospechaba el motivo.

No pienso entrar en detalles sobre cómo me enteré de lo siguiente, tiempo después, así que sólo diré que, luego de que le devolvieron a mi madre el dinero de la inscripción, ella me llevó a clases de natación y tenis en otro lugar (un lugar mucho más cordial, por cierto), mientras que en el club vaciaron la alberca, perforaron el fondo y, en un registro del sistema de recirculación del agua, encontraron el cuerpo de Paloma, hecho pedazos y con marcas de dientes. Corrieron rumores de que allí habían encontrado otros tantos objetos, como envolturas de golosinas y pequeños juguetes.

Entre ellos, por supuesto, una pequeña bola de goma.

A Careli
E. J. Valdés

E. J. Valdés

Escritor de ficción (Pachuca, Hidalgo, 1988). Corrector de estilo, traductor y profesor. Autor de libros de cuentos. Es editor de la revista literaria Letras Raras, locutor en Radio Plaza Juárez y colaborador frecuente de las revistas en línea Cinco Centros y Pillaje Cibernético. Alterna su residencia entre las ciudades de Pachuca y Puebla, en México.
E. J. Valdés

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