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Caminos del Waraira

jueves 17 de marzo de 2016
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Ojos enormes

En la montaña, a veces, los animales abandonan la seguridad de la espesura virgen para salir a los lugares de tránsito. Por alguna suerte de magia, tal vez en esos momentos todo es espesura, todo es montaña adentro: la circulación humana no ha abierto trecho alguno; más bien hemos sido asimilados al interior.

Las rocas, la arena blanquísima de la Fila Maestra en la madrugada, un paisaje lunar y helado donde nos recostamos a masticar galletas.

Íbamos por la oscuridad, ayudándonos con las linternas, aun cuando, en algunos tramos, los relieves de las rocas eran engañosos. Estaba ahí, a un lado del camino, con sus ojos enormes. Me dijiste que me alejara, pero yo quise saber qué era y alumbré directamente al bulto mirón. Un búho. Un pequeño búho. Daba la impresión de ser una cría. No volví a perturbar con la luz la comodidad de su penumbra, pero nos quedamos un rato —no muy largo. No se movió, lo miré y nos miraba, y tuve una certeza conmovedora de la inocencia.

 

Pequeña durmiente

Otra vez, subíamos al caer la tarde. Tú pasaste primero, no la pisaste por poco. Era una cinta negra, enrollada sobre sí misma. Posiblemente había salido al descampado del camino a tomar el calor del sol. Esa tarde toda la montaña dormía. La dejamos en su descanso plácido, y seguimos.

 

Salgan

Caminábamos de noche y de bajada. Los días de semana nadie pasa por aquí, salvo los lugareños que van, con botas y machetes, a cosechar de algún huerto interno entre la vegetación. Pero de noche, nadie.

Una voz inaudible, amable pero firme, nos guiaba hacia afuera. No debíamos saber de esa intimidad vedada. El follaje se cerraba sobre nosotros. Caminen rápido, ya no deben estar aquí.

Yo iba detrás de ti, sentía que nos observaban; algo sin figura ni rostro iba al final de la caravana, siguiéndome a cierta distancia y como empujándonos suavemente. Salgan. Hay una vida despierta a estas horas que no les concierne.

Entre las matas, paralelamente a nuestro paso, algo nos acompañaba. Iba a nuestro ritmo. Ese algo sí tenía patas, las hojas secas crujían a medida que avanzaba. Se negaba a quedarse atrás o a adelantarse. La rata silvestre nos salió al paso, finalmente; decidió atravesar el camino frente a nosotros y cambiar de rumbo, dejándome con el corazón en la garganta.

 

Pájaros veloces

Hay pájaros que gustan de correr y saltar a una velocidad silenciosa. Trazan zigzags por todo el terreno de hojarasca, alrededor de nosotros, mientras caminamos, y parecen divertirse burlonamente. Los pájaros negros de patas rapiditas nos ignoran y guardan un secreto.

 

Auroras boreales

Nunca había visto una aurora boreal en vivo. Sólo tuve que cerrar los ojos mientras me hablabas por lo bajo y un pájaro cantaba la nota del amanecer en el verdor del trópico.

 

Meteorito

Estar allí para mirar el cielo y esa ráfaga de fuego verde que cruzó, una bola encendida y chispeante, una bola de cal y de fósforo, un regalo, para decirnos que había un festejo en el espacio inalcanzable de la oscuridad, que aún existen cosas brillantes, para hablarnos del fuego verde que de pronto se enciende y cruza el cielo atiborrado de estrellas, para decirnos que hay fiesta. Las rocas, la arena blanquísima de la Fila Maestra en la madrugada, un paisaje lunar y helado donde nos recostamos a masticar galletas. Las luces del cielo y las estrellas de la ciudad tintineando sordamente, encendiéndose en lugares que habían estado oscuros demasiado tiempo. Encendiéndose.

 

Sopa de maíz y vino

Fue una noche cerca de la Fila Maestra. Allí pusimos la carpa nueva. Por primera vez llevamos suficiente abrigo, suficiente comida, una cocina y una botella de vino. Calentamos una crema de maíz de sobre en la ollita pequeña. No teníamos tapa, sólo un plato que fungía como tal, sujetándolo unos centímetros arriba del calor: la sopa no llegó a calentarse demasiado. Nuestro empeño no sirvió de mucho ante la baja temperatura. Igualmente, nos tomamos la sopa con gusto, aunque fría y demasiado salada. Abrimos la botella de vino, la fuimos terminando mientras conversábamos. Me gustaría recordar mejor de qué hablamos, sé que eran cosas importantes, lejos del valor de uso, del valor de cambio, del valor de tiempo y de esfuerzo que tampoco existía a esta hora allá abajo, en la ciudad que se acompasaba al ritmo cardíaco amarillo de los vatios; su propio palpitar, menos frenético pero más profundo, a una hora en que casi nadie trabaja, a una hora en que muchas cosas dejan de existir para dar paso a cierta apertura del alma.

Hay un exceso de vida en el universo, y ese día ardía, bullía en pequeños seres, almas que nos envolvían por doquier, crepitando.

Estábamos cientos de metros más arriba del frenesí de pensamientos y su circuito de autopistas. Estábamos afuera de ese animal salvaje y manso de la ciudad, que a veces se enfurece y otras veces nos lame los tobillos, se va quedando dormido con la barriga expandida, dulce y caliente. Comenzamos a notar la ternura de esa visión, de ese animal con las tetas expuestas, de las cuales mamamos la leche apaciguadora de la rutina.

Estar allá arriba es también mirarnos desde arriba. Preguntarnos sobre los fines, observar al personaje que interpretamos cada día. Saber que está bien cambiar de danza y de personaje, sólo por ganas.

Dejamos entre las rocas la botella de vino y entramos a la carpa. El aliento de nuestras palabras tomó una vida elemental y mineral.

Así como la nutrimos de presencia, la montaña se eleva, silenciosa, en nosotros.

 

Las mariposas y el fuego

Parecía que la montaña iba a arder, como efectivamente lo hizo un par de horas después. Aunque no tenemos verano, entre abril y mayo comienza esta estación abrasadora en que todo se pone amarillo, luego marrón. Los troncos caen en un pajonal y cualquier ramita, con un poco de viento, hace fuego. Todo vuela. Se respira el aire caliente y seco. El fuego es nuestra manera de resucitar. Esa tarde toda la montaña estaba minada de pequeñas aves fénix. Partículas vivas describían en el espacio tejidos azarosos; se levantaban desde el suelo, haciendo una cortina con sus leves y minúsculos vuelos. Aire y fuego, una misma sustancia. Ingravidez.

Eran miles de alas transparentes bordadas con encaje negro. Detalles verdes. La tierra, cubierta de materia en proceso de transformación, se levantaba y volaba. Una gran mariposa azul circulaba entre el claro de árboles, siguiendo el mismo recorrido de ida y vuelta y pasando sobre nosotros, tumbados en la piedra, cerca del pozo y la caída de agua, que cantaba su risa interminable. Revoloteó cerca de mi cara.

Hay un exceso de vida en el universo, y ese día ardía, bullía en pequeños seres, almas que nos envolvían por doquier, crepitando.

El olor a leña quemada nos hizo salir. Vimos a lo lejos las lenguas de las llamas.

 

Mariquita amarilla

Fue un lindo regalo. Abriste mi mano y pusiste en ella un San Antonio amarillo con pintas negras. Sentí alegría. Un sol mínimo que me calentaba suavemente.

Cristina Gálvez Martos
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