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La ciudad salvaje

sábado 26 de mayo de 2018
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La ciudad salvaje, por Cristina Gálvez Martos
La Silla del Ávila (1961), Manuel Cabré

Exilios y otros desarraigos. 22 años de LetraliaExilios y otros desarraigos. 22 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2018 con motivo de arribar a sus 22 años.
Lee el libro completo aquí

And all you touch and all you see
Is all your life will ever be.
(“Breathe”).

Caracas tiene una piel que conozco de memoria. Es el lomo de un leopardo luminoso. La Cota Mil y el Ávila ronronean suavemente un domingo por la tarde.

Hundo los dedos en el pelaje. Mamá maneja y escuchamos Pink Floyd. No sé si cada lugar tiene su luz particular, pero esta luz es amarillo pálido, los bordes de las nubes son color yema, los rayos de sol se expanden desde un centro; es una luz que se graba en la frente, porque todos los recuerdos clímax de la vida tienen resplandor, así como un estado de calma en el cuerpo y alguna clase de murmullo que los fija, un ritmo que se inscribe, una llave de la memoria.

No es tan difícil percibir cómo algo nos abraza y nos sostiene. En Caracas casi no tenemos miedo. Aunque irremediablemente te traicionen por la espalda, la violencia y el desorden son también nuestros cómplices. Los caraqueños vibramos en la frecuencia de estas calles, en armonía con ellas (incluso hay una armonía en querer incendiar la ciudad, en odiarla profundamente).

Yo siempre quise irme de Caracas, sin saber que lo que realmente quería era escindir una parte de mí, cortarla con un bisturí.

Mamá maneja por la Cota Mil y escuchamos Pink Floyd un domingo por la tarde. Luego bajamos por las calles de San Bernardino hasta La Campiña y paramos en una panadería a tomar un café con leche; luego, vamos al abasto a comprar frutas, granos, pasta, lo que haga falta para la casa. Es el itinerario, con sus variaciones.

Los lugares familiares, esos cuya identidad se entrelaza con la nuestra, se convierten en un edén perdido cuando estamos lejos. Yo siempre quise irme de Caracas, sin saber que lo que realmente quería era escindir una parte de mí, cortarla con un bisturí. Porque así como de la planta podada nacen hojas sanas y nuevas, nosotros florecemos de las ausencias.

Morimos porque la vida se alimenta de la muerte, lo más hermoso es lo que nace de la sombra, lo más fuerte es lo que nace de la destrucción: el ave fénix es un símbolo con el que todos dialogamos íntimamente. Lo que vuelve a nacer nace más fuerte. Lo que revive está más vivo.

Caracas tiene una piel que conozco de memoria. Es como la piel del amante, o como la piel de la madre para el niño: un solo roce es una historia, una explosión de sustancias químicas, una multitud de pequeños sucesos. Sans Souci —que significa “sin preocupaciones” en francés— con sus pollitos absurdos corriendo tras la gallina en la entrada de mi edificio, sus gatos, su parque abandonado donde hace años vi por primera vez de cerca una pereza, su gente que encuentro y saludo desde que puedo recordar. La UCV con sus pasillos luminosos, sus tardes frescas en que las guacamayas se posan en las palmeras y nos bendicen a gritos.

Los lugares que me faltan se encienden en mi memoria corporal, aparecen cuando cierro los ojos. Siento una especie de síndrome de abstinencia afectiva. “Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”, dice Joaquín Sabina en una preciosa canción. Es porque nunca regresas. La memoria diseca los lugares, olvidamos que están vivos, que el encuentro será con algo distinto, con gente también cambiada. Ignoras que tu lugar, si es que no ha desaparecido, al menos se ha desdibujado; tendrás que volver a trazarlo, volver a conocerlo, volver a conocerte en él. También desapareciste por completo al llegar ahí donde nunca tuviste un lugar.

Cierro los ojos y soy la ciudad salvaje, el reflejo amarillo, la montaña.

Me han salido varias canas más. Las dos primeras habían sido fruto de un amor que me mantuvo, orgánicamente, en continuo estado de emergencia, de amenaza, viéndomelas con el instinto inexplicable de huir o de atacar. Estos quince meses que llevo lejos, también agotadores, dieron fruto a tres hilillos blancos y brillantes. Creo que me gustan. Mis muelas del juicio están completamente formadas, pero guardadas bajo las encías, empujando, buscando la forma de irrumpir. Los dientes y las muelas tienen un significado iniciático. Las muelas del juicio se relacionan con los momentos de tomar decisiones, de hacernos responsables, del apremio por darle forma a nuestra identidad. Hablan de desapegos, de un proceso de individuación.

He tenido miedo.

Hundo los dedos en el pelaje. La memoria, no obstante, también es materia viva. Tiene una realidad autónoma. La memoria también es vivencia, las sensaciones se re-crean y por lo tanto son nuevas. La memoria es lugar de génesis, luz capaz de permear el instante actual, de transformarlo o de ser transformada por él. Ante todo, somos nosotros quienes dirigimos esa orquesta que pulsa interiormente. Mis hojas nuevas van saliendo lentamente, mueren, vuelven a caer. Me alimento de una savia universal, de una memoria más amplia.

Tengo la misma piel, el mismo pelaje. Siento mi transformación, así como sé que ella se transforma. Cierro los ojos y soy la ciudad salvaje, el reflejo amarillo, la montaña. Mi madre manejando y esa canción de Pink Floyd.

Cristina Gálvez Martos
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