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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Cinco relatos

martes 28 de marzo de 2017
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Amarillo de su mango

Lo primero fue tomar el mango que se hundía al tacto. Caían desprendidos, generosos, excesivos entre la hojarasca, la tierra, las plantas que se hallaban a la entrada de la casa amarilla. Un gato descansaba con modorra del calor, con los ojos entrecerrados.

El olor de los mangos descompuestos. La exuberancia del alimento que nadie come.

Lo segundo fue hablar con el hombre gordo de la posada, a quien sacarle una palabra era como extraer un diente de una encía. Nos dio la llave, desentendiéndose de nuestras preguntas como si fuesen moscas:

—¿Nos podría dar agua?

—En la nevera hay una jarra.

—Pero está vacía.

—No tengo agua fría.

—¿Y los vasos?

—Se pone el agua, no los vasos.

—Señor, hay una sola toalla.

—Se pone una sola toalla.

—Pero somos dos…

(Silencio, una mirada fija e incómoda). Notamos que tampoco había jabón, pero qué quedaba sino ir a comprarlo.

El olor de los mangos descompuestos. La exuberancia del alimento que nadie come. Lo que se pudre denota una demasía que da cierta vergüenza en algún lugar íntimo de nosotros. De mí.

La habitación. Los brazos en los que navego como en un río. Las palabras entredichas por quien duerme y despierta alternadamente, quita la sábana, se vuelve a arropar, busca la cercanía, se aleja, pierna abajo pierna encima, la boca que busca. Penumbra o luz. El sexo como una ventana en la madrugada, entramos o miramos desde afuera, sintiéndonos apenas.

El amarillo de los mangos. El amarillo del sol. El amarillo de tu franela de Led Zeppelin. El amarillo de la casa.

El amarillo de un punto de luz que estalla silenciosamente sobre la onda de mar.

Mirando al mismo punto. Caminar sobre las rocas como en cámara lenta, como en una película de carrete proyectada sobre una pared. De esta forma perduran algunos recuerdos, sobre todo si tienen sol, sobre todo si el sol enceguece un poco.

Se hizo de noche. Una mariposa nocturna y blanca, del tamaño de una lechuza, revoloteaba entre los congregados a la hora de la salsa y el alcohol, recordando el misterio de las traslaciones. Los ojos estaban casi vacíos, pero llenos de universo.

Entramos al río. Me dejé flotar boca arriba para observar las estrellas. El agua cubría mis orejas y mi respiración era el único sonido desde mi nacimiento, resonando fuerte. El cielo giraba. Tomé una fotografía mental y luego me abrazaste.

*

A dónde van los peces cuando se deslizan por el fondo, rozando la arena. No tienen apuro en su desplazamiento sombrío. Yo los voy siguiendo lentamente, pisando suave para no espantarlos. Hay muchos, pequeños y atigrados, pero ahora sigo a un grupo de unos cuatro bagres, que se pierden bajo uno de los botes fondeados. A dónde van los peces, por esos portales bajo los botes. A dónde dan las bocas apacibles de los peces.

En el río contraje un insomnio del que aún no salgo. A dónde me llevaron los peces. La luz se estuvo tras los párpados. Me quedaron hilachas de mango entre los dientes. A la mariposa se la comió un perro. Te observo desde otro lado de mí, por la noche, no sé si de más lejos o más cerca.

 

Algo encerrado

Caminamos las tres calles del pueblo buscando un lugar donde desayunar empanadas de cazón. La mujer gorda, increíblemente gorda, se levantó de los escalones con dificultad y puso a calentar la paila de aceite. Al morder, el aceite chorreaba por mi barbilla. El café estaba demasiado dulce, o qué sé yo, demasiado diluido. La mujer gorda se quedó dormida al fondo de la casa y tuvimos que tocar fuerte para que pusiera las otras dos empanadas. Comimos en silencio. Una mariposa blanca y verde, quizá una especie de estas costas, pasó volando frente al paredón blanco y largo de esa otra casa, quién sabe de qué siglo.

En plena esclavitud, este era un pueblo de negros libres. Nadie sabe con certeza de dónde comenzaron a salir, quizá se fugaban de las haciendas adyacentes, y aquí siguen, trescientos años después. No le porfíes al negro, que el negro sabe. Por la noche, si es sábado, hay baile; por el día, casi todos desaparecen.

Esta luz tiene la cualidad de arrasar lo que encuentra. De aquí todos se van, o viven de un sitio al otro, esta gente mercurial se ha acostumbrado al camino largo. Dominan la ojeriza hermética de quienes viven en tránsito y entre visitantes.

 

De a ratos nos sentimos incómodos, por alguna razón que no podemos señalar con claridad, en este pueblo de mar donde no hay pescado sino pollo sangrante —no hubo pesca, el mar está revuelto.

Algo se esconde entre las paredes blancas de este pueblo. Los perros saben de esa cosa que no hay. Ese encierro con nombre de hombre viejo.

 

Entradas al mar

La primera entrada al mar era por una larga bajada empedrada. Antes de llegar, tres casas de pescadores; en una de ellas la gente había sacado sillas de lona al porche para mirar la noche y conversar. El mar estaba picado.

Nos sentamos en un bote aparcado en la orilla a tomar unas cervezas, entre el olor a cadáveres de cangrejos y esa impudicia de la sal corrompida, sedimentada entre los tablones de madera y alguna lata vacía. Ese rumor de insectos de mar, ese olor a sexo expuesto. Nuestras voces se hacían sordas. El mar desenfrenado asfixiaba nuestras palabras. El mar no me quiso ninguna de esas noches.

 

La casa llueve

La casa adentro llueve y es como si cantara, como si floreciera y se pusiera azul con la canción del agua dulce. Es abierta, amplia y vieja, con pasillos. Las habitaciones tienen un agujero en forma de semicírculo sobre la puerta, por donde entran los murciélagos durante la noche.

Alguien canta, te comento de la sabiduría de cantar cuando llueve, de estar cantando mientras se cae el cielo.

Las paredes blancas están manchadas de lluvia, de sol, de años. Desde adentro de la casa se puede ver el cielo. Me tiendo en una silla y por el rectángulo abierto del techo observo la paz de los pelícanos: se suspenden en pleno vuelo y hasta toman la siesta mecidos por el aire.

La casa tiene una terraza donde tienden la ropa al sol, desde allí se escucha el mar. Durante el día es una resolana y un azul que se te cuela así no quieras. Durante la noche, un lugar para conversar tranquilos, ver las luces a lo lejos y escuchar un pajarito que sólo canta a esta hora, metido entre las tejas. Aquí arriba te beso y nacen flores, de las que vienen entre la lluvia y los ríos.

*

Llueve adentro de la casa. Se inunda el patio interior, vemos el agua caer junto a la cocina. Alguien canta, te comento de la sabiduría de cantar cuando llueve, de estar cantando mientras se cae el cielo. De que haga sol y caminar con los pies descalzos, con los dedos libres, por las calles del pueblo. De comer una fruta suculenta con las manos, mirando el mar, entre el dulzor y la sal, mientras los caracoles duermen acurrucados entre las piedras y hay demasiado silencio en esta playa abierta y escondida.

*

Azules sordos surcaban el cielo, pensaba que nunca iba a amanecer y en el estruendo de la tormenta tus brazos eran una cueva.

Tú cuerpo mío en el que navegaremos por los años, por el mapa, sembrando en macetones brotes y pequeños caminos. No quiero esa luz excesiva entre nosotros; tu cuerpo y mi cuerpo son un solo animal dormido.

 

Partida

Antes del amanecer, ya había dejado de llover. Salimos dejando una línea de pasos desde la casa hasta la entrada del pueblo, donde esperamos el autobús. Ante la inminencia de la luz, borrachos, jóvenes muchachas con los ojos aburridos, viejas que se tambaleaban como zombies, se deslizaban hasta sus guaridas luego de la fiesta. Una chica te miró fijamente. La mujer de la posada se quedó observando la calle desde la ventana, como quien espera a alguien o se despide de sus hijos. Nos miró alejarnos.

En la parada, dos muchachos en una moto rondaban con malas intenciones.

Pudimos subir al transporte, que lloraba agua adentro. La muchacha golpeaba el techo y salía otro chorro. Anoche también estuvo fuerte la fiesta y la lluvia en el pueblo vecino, nos cuenta. Ella sigue conversando, es esposa del conductor y guardia nacional; me apoyo en tu hombro y dejo de escucharla, pero asiento de vez en cuando. Por la carretera, piedras, ramas, río crecido, montones de cerro desplomado. Al otro lado, la línea interminable del litoral, pasaje de sal capaz de borrar todo, luz de olvido, sal que enceguece.

Cristina Gálvez Martos
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