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Verte que te quiero verte

miércoles 30 de marzo de 2016
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La narradora no puede mirarlo a los ojos. Recuerda la indemne mirada de párpados caídos en las vísperas de una tarde de noviembre, en una historia de gritos, frazadas de sangre, y desgarro ante la implicada torcedura llamada por el primer aire exterior. En los ojos verdes del hombre, ya alineado con el viento de todas las estaciones, ella, diminuta, como gota de rocío en la aurora lagrimal, no le cabía. Eran tan verdaderos los primeros rastros de su pluma nueva que necesitó de las vértebras, de la piel, de las yemas, de la boca del estómago para mirarla completa, para nombrarla y armarla contorneándola como discurso en braille, como idioma de neologismos que se inventaba cuando comprendía que el diccionario no podía decirla.

Su inventor la había construido para quedársela para siempre, para retenerla en una novela de ochenta años de capítulos.

Lo miró después, amarrada a su pecho, en la sala de espera de otro señor que controlaría sus tres kilos ochocientos cincuenta, el efectivo color de sus ojos, sus medidas exactas a pesar de esas piernas robustas, plegadas, pataleantes, y de ese pelo que ya se avizoraba frondoso. La narradora ya supo esa tarde —en la que los pañales delataban al buen hombre que en la sala de espera charlaba con las mujeres y les hacía morisquetas a los corpulentos cachetes de otros narradores— que ese príncipe era azul. Que era la única sensación azul que, aunque se incitara después, no se transcribiría en otras historias, más maduras, adultas, despojadas de su creación.

Su inventor la había construido para quedársela para siempre, para retenerla en una novela de ochenta años de capítulos, pero ella, pataleante, algún día iba a querer salirse de la fábula, iba a querer ser dueña de una narración siempre pendiente.

La narradora pudo mostrarle sus ojos marrones, sus facciones parecidas, su cinésica andariega imitante del armador de su amparo. Pudo verlo a los ojos durante aquel cuento del mundial ‘78 y todavía recuerda los brincos, el sombrero de lana, la puerta de la casa del jugador que había hecho los mejores goles, incluso con la mano sin que se notara ocho años después. Pudo espiar esa alegría en el verde pasto, verde musgo, verde pardo, verde sosmivida, y desde entonces adivinó las aventuras que le iba a proponer su autor hasta que creciera, hasta que no hubiera ya espacio ni tiempo psicológico para detenerla, para detener a sosmivida, para detener siquiera el dolor con que ella iba a ocultarle que, como fuera, donde fuera, cuando fuera, él sería para siempre suvidatambién.

Lo vio llorar cuando, aún con sus ojos verdes lozanos, lo maldiagnosticaron y malcreyó en sus últimos días. Lo vio ser cruel cuando se equivocó, cuando manuscribió mal, cuando tipeó mal, cuando se equivocó; cuando en los ojos del errante se tejían las telarañas en que se metamorfoseaban los actos y las palabras proferidas, el arrepentimiento, la impotencia de no poder volver a comenzar el lenguaje, de retomar a la inventada y aprehenderla aquel noviembre con una frazada de sangre, consecutiva de una espuma de vientre, con los ojos entrecerrados, espiándolo por primera vez.

Pudo ver cómo la miraba, orgulloso cuando llenaba cajas de colores con poemas y narraciones que les parecían las mejores del mundo hasta no entender ya, algún día, más tarde, de qué se trataba eso que “se le había ido de las manos”, eso que la narradora escribía sin cumplir con los designios de su creador.

Le miró tanto los ojos, tanto la mirada curva; la mirada extraviada; la mirada que censuraba, por ella, una pena fecunda encallada un día cuando se le escapó de la lapicera, del cuento, a pesar de las hadas que él le había ofrendado como custodia, y salió corriendo, corriendo de la hoja, de la resma, tirando y retirándose de las palabras, desperezándose y estirándose para llegar al margen blanco y caer, aunque no pudiera ya nunca más extinguir la virtud impulsiva del deletreo, la videncia de lo que su creador sentía según cómo se le opacaran los ojos; según cómo se le lustraran al verla; según cómo todavía, a pesar de la huida necesaria, él seguía viviendoporella, él seguía diciendo, más duramente, desde una ligera mirada cristalina, que ella era su princesa, que ella era su creación. Tantas veces escrita y reescrita, tan inculcada con sus prejuicios, tan aristotélica en la mímesis de los actos del buen hombre que la inventó, que se diluyó, como el borrador de un discurso mal escrito, a pesar del amor del escribiente, y a pesar del amor de la escrita para desafiar la carnalidad, fugándose de aquella ficción, que ahora duele, todo duele, y ya no puede mirarlo a los ojos.

Si aquel otro noviembre, cuarenta años después de ese noviembre, sus ojos no le hubieran dicho que tenían miedo de la muerte; si sus ojos no fueran ahora de un verde resignado, de un verde sosmivida pero tal vez deje de verte pronto, ella podría, ella dejaría que él volviera sobre ella para internalizarlo en su corazón del ‘77, y decirle que el mundo de él se sucede alrededor de su vida de pastos y manzanas; de nísperos y gatas grises; de poesías y cuentos; novelas y dilemas; amores y fracasos; dolores y salpicaduras de salsa de alegría solo porque él la ha creado un día, en marzo de 1977, cuando todavía amaba, como se ama al principio de los tiempos, a la mujer en cuyo seno la narradora presintió que se albergaría, ya sin solución de discontinuidad, entre las páginas de libros escritos por otros, y entre las páginas de un libro, batidor de sentidos, escrito por ella.

Hoy no puede mirarlo a los ojos: cuando se sabe que alguien a quien se ama tiene miedo de morir no se puede mirar a los ojos. No se puede ser humano y tan valiente como para querer conocer, aunque la definitiva concreción fuera remota, las primeras instancias de la muerte que se notan en los ojos, que se anotan en los ojos en la misma mirada que todavía, y por mucho tiempo tal vez, vive albergando en el fondo, en el verde más arrugado, a una niña narradora, mujer ahora alejada de quien no sabe que ya no puede mirarlo a los ojos, que ya no puede decirle —por la construcción cultural de la adultez— que durante este tiempo él también estuvo en los de ella que ya no puede. Que ya no puede, que ya no quiere sino unas líneas presurosas, un intervalo de desamor y de ceguera.

Gisela Vanesa Mancuso
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