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La pequeña Caperucita Roja
Comedia musical pornohumorística

sábado 18 de junio de 2016
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Caperucita Roja y el Lobo, por Gustave Doré
Caperucita Roja y el Lobo, por Gustave Doré

Teatro escrito para leer, / o para ser representado, / en caso de ser actuado / y a grito herido cantado, / de hallarse un compositor / que por él sea inspirado, / y un maestro director / por la obra motivado; / así como un productor / en la empresa interesado. / La idea parte del cuento / absolutamente homónimo / difundido por el viento / de su fama como un halo / del gran escritor francés, / o sea, de un autor galo: / Perrault llamado, así es.

A manera de introducción

Los cuentos genéricamente llamados “de hadas”, o con más propiedad, “infantiles”, tienen al menos dos lecturas; la más obvia es, en efecto, para niños; la transtextual se destina a los adultos; tal característica se pone de manifiesto en la moraleja del cuento que aquí nos ocupa, puesta en forma de versos al final del relato por el escritor que lo recogió de la fuente folklórica y le dio forma literaria, Charles Perrault; sea dicho de paso, tales reveladores versos suelen omitirse en la mayoría de las incontables ediciones realizadas de Caperucita Roja, y dicen así:1

Aquí vemos cómo las jóvenes…
guapas, de buen talle y amables,
hacen mal prestando oídos
a cualquier clase de gente.
Y no tiene nada de raro,
si a tantas el lobo se come.
Digo lobo, porque no todos los lobos
son de la misma especie:
los hay de humor paciente,
sin escándalo, sin hiel y sin cólera,
que amaestrados, complacientes y dulces,
siguen a las señoritas
hasta en las casas y por las callejas.
Pero, ¡ay!, ¿quién no sabe
que estos lobos dulzones
son los más peligrosos de todos los lobos?

De modo que Caperucita es, en realidad, un símbolo de todas las jovencitas insensatas que existieron, existen y existirán mientras haya un vestigio de humanidad, y el Lobo… es todos los lobos: los varones salaces que inevitablemente, y con buenas razones, rondan en torno a esas niñas.

Nuestra versión pornohumorística de este añejo cuento es, pues, una lectura transtextual del mismo, puesta en forma teatral.

Concebimos nuestra versión como teatro “para leer”, y con ello pretendemos rescatar y rendirle tributo a un género literario que floreció en Venezuela durante la primera mitad del siglo veinte, gracias al talento de insignes humoristas como Leoncio Martínez, Leo; Miguel Otero Silva, Andrés Eloy Blanco, Aquiles Nazoa… por citar solo algunos que tenemos en la memoria. Siendo teatro “para leer”, sigue la norma del género de estar escrita en versos, pero —tal como ocurre con la generalidad de las obras análogas— nada impide su representación escénica.

ESCENA I

Al levantarse el telón
puede verse una cabaña
cubierta de musgo y yedra
en cuyo jardín se baña
una niña primorosa:
blanco cuerpo, rubio pelo,
pezones de satín rosa.
En ella el Monte de Venus
escasamente se esboza
velando bruna oquedad:
lo que sugiere que apenas
despierta a la pubertad.

Coro:
¡Ingenua visión bucólica
la de esta niña antiparabólica,
que sin la menor malicia
se exhibe sin impudicia!

Corifeo:
Pero resulta tan excitante,
tan sugestiva, tan enervante.
¡que se me para, que se me para,
y se me pone como una vara!

Entra por un lateral
la madre de esa criatura.
Trae una tela de paño
y le dice con premura:

Madre:
¡Vamos, termina, mi niña!,
acaba tus abluciones
bien sabes que la Abuelita
espera tus atenciones.
A la dulce viejecita
debes llevar la comida;
como es largo ese camino
no retrases la salida.
He preparado una cesta
con delicias a granel:
nuevos frutos de la huerta
y un delicioso pastel

Con la toalla cubre a la niña:
cuida que el paño su cuerpo ciña.
La muchacha con un gesto asiente
—simula ser de lo más obediente—.
Entra, pues, de prisa a la casa
y entre tanto, algún tiempo pasa.

Coro:
Termina así esta visión
que excita el fuego de mi pasión.
¡Pero no la he visto en vano!,
pues resuelvo con la mano
los inefables calores
y estos ardientes furores
de la indoblegable vara
¡que se me para, que se me para!

 

Aria de las Inquietudes Maternales

Madre
(A la Caperucita, que está en el interior,
vistiéndose, para salir al exterior)
:

Nada importa si más tarde
arribas a tu destino,
pero no cruces el bosque…
¡sería un gran desatino!
Afilando sus pezuñas
horribles seres malvados
asechan en la espesura
en las frondas solapados.
Toma la vía más larga
que bordea la floresta,
al fin, no es grande la carga
que llevas en esa cesta.
¡Y cuídese del extraño
que le dé conversación!
¡Puede hacerle mucho daño
si usted le presta atención!

Madre y Coro:
¡Y cuídese del extraño
que le dé conversación!
¡Puede hacerle mucho daño
si usted le presta atención!

 

ESCENA II

Aparece la niña de blanco vestida
con la caperuza roja consabida.
Un casto beso a su madre pide;
la madre amante, presto, se lo da,
y con un tierno abrazo la despide.
Viene a ser evidente que ahora se va.

Coro:
¡Ay, qué vieja tan pendeja
la que a esta niña aconseja!
¿Cuándo le ha hecho algún daño
a una mujer un buen maño?,
que es el nombre de la vara
¡cuando se para, cuando se para!

 

Aria de la Joven Prudente

Caperucita:
Madre, ¡por Dios!, sosegaos,
¿pensáis que soy inocente,
creéis acaso que ignoro
lo que esperar de la gente?
Sigo los sabios consejos
que nos dicta la experiencia
de aquellos que son más viejos
rebosantes de sapiencia.
¡Tampoco, soy, señora, una niñita!
Ya tengo edad: ¡soy una adolescente!
Y sabiéndome graciosa y bien bonita
tengo razones para ser prudente,
y evitar del varón abominable
su asediante y pervertido acoso:
pues el hombre, ¡es detestable!,
compulsivo, lúbrico y vicioso.

Madre:
¡Dios del cielo, cuánta sabiduría
de tu juvenil boca fluye y mana!
Al verte, fresca flor, nadie diría
que pudieras pensar como una anciana.
Tus palabras, tan llenas de decoro,
dejan en paz mi atribulada alma.
Vete, pues: sigue esa regla de oro:
Tu sensatez deja a tu madre en calma.

Coro:
¡Qué fastidio, Señor, qué ladilla!
¡Pero si el hombre es una maravilla,
y a la mujer tan sólo él depara
un goce que con nada se compara!
¡Porque tiene el varón una vara
que se le para, que se le para!

 

ESCENA III

El decorado presenta un camino,
en día prístino, fresco, radiante,
donde aparece la Caperucita
Roja, grácil, bella y exultante.
De improviso, en sentido opuesto,
avanza el Lobo: un galán apuesto.
¡Pero es bien rara su compañía!,
pues ver a un lobo, con simpatía,
danzar rodeado de unos conejos,
blancos, chiquitos, de ojos bermejos,
andando así, hombro con hombro
es cosa extraña que causa asombro.

 

Balada Didáctica del Lobo Feroz

Lobo y Coro:
¡Vamos, conejitos,
vamos a bailar,
que un lindo pasito
debéis practicar!
¡Vamos, conejitos,
vamos a cantar,
que una melodía
debéis tararear!
¡Vamos, conejitos,
vamos a estudiar,
que voy a enseñaros
a multiplicar!
¡Vamos, conejitos,
vamos a pasear!…

Lobo (solo):
¡Que en este palito
os vais a ensartar!
¡Que en este palito
os vais a ensartar!

Al ver a Caperucita
—seductora señorita—
deja el Lobo de cantar
e interrumpe su danzar,
y con un gesto muy fino
apártase del camino
para dejarla pasar.
¡Es tan educado
su comportamiento
que la niña olvida
su aleccionamiento,
y con poca discreción
entabla conversación!

Caperucita:
¡Gracias, señor Lobo,
por sus gentilezas!
Estoy halagada
por tantas finezas

Lobo:
Si mil caminos tuviera,
mil caminos os cediera;
y si tuviera una estrella
os quedaríais con ella…
¡Oh, joven, cuya hermosura
me turba hasta la locura!

Corifeo:
La Caperucita Roja,
toda ella se sonroja.
Ante esa galantería
surge la coquetería
que es propia de la mujer,
¡cosa inherente a su ser!,
y sigue conversación
con ese animal artero
¡que siente la incitación
de su instinto traicionero!

Coro:
¡Ninguna mujer resiste
una pedida elegante
de un caballero atractivo
bien educado y galante.
Toda mujer es sensible
a dar la sopa en cuchara,
pero algunas, es posible,
que se salven de la vara,
¡por ser mal enamoradas!:
por tal razón no terminan
debidamente ensartadas
en la susodicha vara
¡cuando se para, cuando se para!

Caperucita:
¡De veras os agradezco
elogios que no merezco!
Pero aclaradme unas dudas:
De esas criaturas peludas
que observo al lado vuestro,
¿sois acaso, el maestro?
Y a esta hora tan temprana,
¿a dónde vais?
Y en este bosque sombrío,
¿qué buscáis?

Lobo:
¡Perspicaz! ¡Habéis adivinado!
Soy, en efecto, el docente adecuado
tanto de estos tiernos conejitos,
como de otros lindos animalitos.
Y como estamos en hora de recreo
al bosque los llevo de paseo.
Y ahora,
satisfaced vos mi curiosidad:
¿os dirigís al campo, o a la ciudad?

Caperucita:
Voy a la casa de mi abuelita:
está, la pobre, muy enfermita.
Vive ella en una linda cabaña
que de este bosque es aledaña:
pero allá, lejos, del otro lado:
donde está del río el vado.

Lobo:
(En reflexión íntima)
(¡Oh, qué bien, qué interesante:
he aquí un dato asaz relevante!)

(A Caperucita)
Si atravesáis el bosque
por ese mismo sendero,
llegaréis sin fatiga
y mucho más ligero.

Caperucita:
¡Oh, no, señor!
Prefiero del camino la largura
que atravesar esa floresta oscura.
¡Ese bosque es horrible,
está lleno de bestias terribles!

Lobo:
Tenéis razón y os cabe derecho:
mejor tomad vuestro común camino.
Yo todavía debo andar un trecho;
seguiré, pues, por donde usted vino.

 

Dúo de los Adioses Efusivos

Caperucita:
¡Adiós, adiós, correcto caballero,
verlo de nuevo alguna vez espero!

Lobo:
¡Adiós, adiós, doncella quinceañera,
de nuevo verla alguna vez quisiera!

Caperucita y Lobo:
Platicar con usted es un grato placer,
¡ojalá este encuentro volviera a suceder!
Entablar relaciones ha sido interesante,
más aun, diría yo, ¡ha sido fascinante!
Fue un encuentro fortuito y momentáneo
mas resultó exquisito y espontáneo.
Es usted una persona del todo seductora,
¡esta bella experiencia ha sido encantadora!
¡Adiós, adiós, volveremos a vernos!
¡Es lo mejor que podría sucedernos!
¡Adiós, adiós, quiero volverte a ver!
¡Es algo inevitable, así tiene que ser!

Brincando cual ágil cervatilla,
sigue camino la insensata chiquilla;
y estando ya distante, en lejanía,
seguro el Lobo de que ella no lo oía,
hace la mala bestia esta reflexión
que deja ver su perversa intención:

Lobo:
¡Yo mando estos conejos
pa’ el mismísimo carajo,
y en vez de seguir camino
me voy por los atajos!

Corifeo
(Con respaldo del Coro que post la fiera,
hace efecto vocal de una veloz carrera)
:

¡Corre, mi Lobo, sin hacer ruido!
¡Corre más rápido que el sonido!
¡Corre, mi Lobo, como una flecha!
¡Púyalo, Lobo, mete la mecha,
con ese empuje que da la vara
cuando se para, cuando se para!

Rápidamente aquí cae el telón:
Veremos en seguida una nueva acción.

 

ESCENA IV

En escena, la aludida cabaña
que del bosque es aledaña.
Como fue por un atajo,
corriendo como un vergajo,
el Lobo, animal ligero,
¡claro que llega primero!
Además, Perrault dispone
—a lo cual nadie se opone—
que el Lobo aquí se adelante
y ante la puerta se plante.
No pienso cambiar el cuento
porque dirían que miento,
y quedaría esta historia
sin gracia, pena ni gloria.
La bestia llega primero
y con propósito artero
vemos que el Lobo Feroz
intenta falsear la voz.

Coro:
¡Tun, tun!

Abuelita:
¿Quién es?

Lobo:
¡La vieja Inés!

Abuelita:
Estoy enferma,
vuelva después.

Coro:
¡Tun, tun!

Abuelita:
¿Es que no quieres que duerma?
¿Acaso no me escuchaste?
¡Te dije que estoy enferma!
¡Vete de aquí, vieja emplaste!

Coro:
¡Tun, tun!

Abuelita:
¡No te voy a abrir la puerta!
¡Me duele el pecho y una rodilla!
¡Yo estoy en la cama, yerta!
¡Vieja Inés, no seas ladilla!
¡Vete de aquí, me incomodas,
me fastidias! ¡No me jodas!

Lobo:
¡Embuste, embuste, abuelita!
Te voy a decir quién es:
¡quien llegó es Caperucita,
que no es la vieja Inés!

Por obra del técnico conjuro,
aquí se hace otra vez oscuro.

 

ESCENA V

Distrae a la gente el Coro
con un gentil murmullo canoro,
mientras cambiamos la escena
que de otras cosas se llena:
aparecen la cama y el arcón;
y un candelabro con un velón.
Vuelve, de súbito, la iluminación.
cesa el Coro de cantar su canción.
En la cama, tendida la Abuelita.
Siendo un tanto miope, la pobrecita,
confunde al Lobo con Caperucita,
y en dulce reproche la viejecita
desde el lecho la impreca airada,
—siendo evidente que está enojada—
a la que ella supone es la jovencita,
vale decir, o sea, su nietecita:

 

Aria de la tierna Abuelita

Abuelita:
¡Maldita sea, no tengo mis anteojos
y apenas puedo ver con estos ojos!
¿Conque llegaste, al fin, Caperucita?
¡Cómo tardaste, mierda de carajita!

¡Qué vaina con esta niña
tremenda y vaciladora!
¡Te daré tu buena piña
pa’ que seas jodedora!

Súbitamente la abuela se levanta:
de un impulso tira a un lado la manta
y al Lobo le cae a manotazos,
mejor dicho: a soberbios coñazos.

¡Cómo llegas demorada,
chama necia y condenada!
¡Seguro te entretuviste,
por el camino anduviste
sabrá Dios con quién jugando,
por el monte retozando!
¡O quizá, haciendo sebo!
¡A tu madre se lo debo
decir inmediatamente!
¡Mereces tu buena pela,
vagabundita indecente!
¡Tú, en una sola rochela
y yo aquí, con un calambre
en la barriga del hambre!
¡No esperes besos ni abrazos
sino estos buenos coñazos!

Insistiendo en su refriega
la abuela al Lobo le pega.
¡Sin piedad, sin compasión
le da más de un bofetón!

Lobo
(En reflexión íntima):
(¡De verdad que es esta vieja
bien agresiva y arrecha:
y vine yo, de pendejo,
a encenderle la mecha!)

Coro:
Pero la anciana aguza la vista
¡y reconoce a su antagonista!
¡Del miedo queda paralizada,
helada, atónita, obnubilada!

Abuelita:
¡Virgen santa, usted no es Caperucita!
¿Quién es usted, que sin aviso me visita?
¡Virgen bendita, es el troglodita:
el propio Lobo Feroz, bestia maldita!

Al verse así, en evidencia,
el Lobo pierde su continencia,
y de un sólo pescozón
la somete a su opresión.

Lobo:
¡Cállate ahora, vieja pendeja,
saco de huesos: deja la queja!

¡A la anciana atrapa por el cuello:
le quita el aliento, le corta el resuello!

Abuelita:
¡Qué es esto, santos del cielo!
¡Pido socorro, clamo consuelo!

Lobo:
Quiero que escuches atentamente:
Podrás, si acaso, salvar tu vida
de comportante sensatamente
y de hacer todo cuanto te pida.

Coro:
¡La buena anciana luce aterrada:
tiembla de espanto, muy asustada!
Pero no deja de ver la vara
¡que se le para, que se le para!,
al Feroz Lobo bajo el calzón
y le hace un bulto en su pantalón.

Lobo:
¡Rápido, vieja, ponte desnuda,
como no quieras que te sacuda!

Mientras la abuela cumple
el mandato indecente,
cierta lúbrica idea
pertúrbale la mente…

Coro:
La anciana siente esa inquietud
que tuvo otrora, en su juventud.
Piensa que el Lobo, al desnudarla,
tiene el propósito de violentarla.
Su cuerpo vibra de la emoción;
siente en su pecho una opresión.

Corifeo:
¡Vean qué ilusión más bella!:
La anciana cree que es para ella
del Feroz Lobo la enorme vara
¡que se le para, que se le para!

Embargada por esas
inefables sensaciones,
pero dispuesta a
entregarse a las pasiones
que a la mujer depara
un palo soberano,
después de un largo
y ardoroso verano,
la anciana,
simulando estar inquieta,
le dice al Lobo
con remilgos de coqueta:

 

Aria de la Apasionada Esperanza

Abuelita:
¡Ay, señor Lobo:
tened misericordia!
¡Soy una dama
que no quiere discordia!
Hace ya tanto tiempo
que no he cohabitado,
que el nido que anheláis
quizá esté atrofiado.
Son esas veleidades
para mí, tan extrañas
que a lo mejor, señor,
ahí tengo telarañas.

¡Pero si algún apuesto caballero,
bien dotado, simpático y sincero,
se empeña ardoroso en mis amores,
no veo por qué negarle mis favores!
Decidme, no obstante, Lobo hermoso:
siendo vos tan gallardo y airoso,
¿qué aspecto bello o sensual en mí,
ha despertado vuestro frenesí?

Lobo
(Reflexivo):
¡Carajo, no salgo de mi asombro!
Pero, ¿qué pensará este escombro?
¡Esta anciana está loca de bola,
y yo tiemblo de risa hasta la cola!

(A la Abuelita):
¿Qué rara fantasía habéis imaginado,
ráspago triste, cuero añejado?
¿Imagináis que pretendo cogerte?
¡Primero, vieja, pediría la muerte!
¡Darle yo quiero a esa muchachita,
la nena tierna, tu nietecita,
botón de rosa, niña bonita
a la que llaman Caperucita!

Corifeo:
¡Modera, carcamal,
tus tardíos calores!
¡Apaga con vergüenza
tus postreros ardores!

Coro:
No es para ti, caduca,
el ave varonil.
que prefiere, vetusta,
un nido juvenil.
No pretendas, arcaica,
del hombre su buril:
¡no sueñes más, añeja,
con el amor viril!
No es para ti, provecta,
la vara del varón
pues tu bollo está magro,
escuálido y pelón.

Y sin mediar otro argumento,
sabiendo que en un momento
puede llegar la Caperucita,
el Lobo mete a la viejecita
en el baúl que en la alcoba yace
¡y esta amenaza mortal le hace!:

Lobo:
¡Óyeme claro, rata chalada!
Quédate quieta, ¡quieta y callada!
Como te muevas, con el colmillo
¡verás cómo te hago picadillo!
Y con estas garras aceradas
¡serán tus feas tripas desgarradas!
De parecerte poco, y querer más,
con este gigantesco palitroque
metido por delante y por detrás
te voy a reventar de un sólo toque
el bazo y la vejiga natatoria
¡y hasta la función respiratoria!
En esta caja estarás un rato,
y de hacer ruido, ¡vengo y te mato!

Sin que nadie en su auxilio acuda,
muerta de frío, al estar desnuda,
la infeliz dama queda atrapada
al ser la tapa del cajón cerrada.

Coro:
¡Grande desgracia, la de la dama
cuya esperanza fue breve y vana!:
Está encerrada, no la han cogido
¡y le quitaron hasta el vestido!

El Lobo sabe que corre prisa;
raudo despójase de la camisa;
también se quita los pantalones
y deja al aire sus dos cojones.
Luego se viste con la ropita
que le ha quitado a la viejecita.
Casi nada le cubre esa batola
que deja ver su escarpandola.
Y en la cabeza se pone el gorro
que disimula su enhiesto morro.
Trepase el Lobo al mullido lecho:
sube la sábana hasta su pecho.
Como conviene la oscuridad
—cómplice eterna de la maldad—
resopla el Lobo desde la cama
y de la vela apaga la llama.
Ocurre así de súbito un oscuro
por obra del técnico conjuro.
Entre tanto, el viril Coro canta
una canción que al público encanta.

 

ESCENA VI

Al volver la iluminación
se aprecia la nueva situación.
Caperucita entra en la escena,
llega sin daño, ¡enhorabuena!
Pero algo inquieta su corazón,
le causa miedo, gran aprensión;
¡siente la niña un escalofrío,
al ver el cuarto así de sombrío!

Caperucita:
¡Hay algo raro en este recinto!
¡Mejor me largo, de aquí me pinto!

En ese instante, una voz ronquita,
que podría ser la de su abuelita,
débil y tenue, como lejana,
por ella clama desde la cama.

Lobo:
¡Pasa, querida, mi nietecita,
la tierna y bella Caperucita!

Caperucita:
¡Ay, abuelita! ¡Qué desespero!
Tan sólo ahora me recupero.
Dime, abuelita, por caridad:
¿a qué se debe esta oscuridad?
¿Y por qué estaba la puerta
en vez de cerrada, abierta?

Lobo:
Lo de la puerta, es un descuido,
¡qué tontería!, un simple olvido.
Y si está oscuro, es por mi siesta:
cuando una duerme la luz molesta.

Caperucita:
¡Claro, abuelita, tienes razón!
Se tranquiliza mi corazón.

Lobo:
¡Ven a mi lado, niña querida!;
deja la cesta de la comida:
ahora no tengo mucho apetito;
no me provoca ni un bocadito.
Lo que me siento es… ¡helada!,
casi del frío estoy congelada!
¡Ven a la cama, dame calor,
haz que retorne el ido vigor!

Caperucita:
¡Ay, abuelita! ¡Cuánto lo siento!
¡En un instante te daré aliento!
Pero primero, déjame desnudarme;
de este vestido quiero despojarme,
porque estoy en exceso acalorada
y esta ropa está íntegra sudada.

De súbito, como haciendo “¡tris!”,
la bella joven hace un estriptis.
No obstante, con el fin de evitar
de la gente el corazón acelerar,
que alguien de pronto se desmaye,
o que un varón apasionado estalle,
conserva puestas sus pantaletas
y así veladas sus partes secretas.

Lobo:
Exhala el Lobo un lobuno aullido
prolongado en torturado gemido…

Corifeo
(Respaldado por el Coro,
que con acento gótico
lanza gemidos de sabor erótico)
:

¡No puede el Lobo creer en su suerte!
¡Del asombro, se ha quedado inerte!
¡Luce imposible tener tan buen hado!
¡Sin pedírselo, ella se ha desnudado!
¡Casi en cueros la joven ha quedado,
y así se exhibe ante el Lobo arrobado!
Con temblorosa voz, el Lobo la llama
y la Caperucita se aproxima a su cama…
Pero al sentarse al borde del lecho
mira del Lobo el peludo pecho
y otra cosa sumamente extraña
que el disfraz de Abuelita no apaña.

Caperucita:
Abuelita, ¡estás cambiada!
Te noto hinchada y desmejorada.

Lobo:
Es por este resfriado
que tan largo me ha postrado.

Caperucita:
Qué voz fuerte y cavernosa…
¡Cuán notoria es tu ronquera!

Lobo:
Es que estoy… ¡tuberculosa!
Tengo flema y carraspera.
¡Pero con ella, mi amor,
puedo llamarte mejor!

Caperucita:
¡Y tus ojos, abuelita!
¡Rojos y escalofriantes!

Lobo:
Son las fiebres, queridita,
¡esas fiebres delirantes!
¡Pero con ellos, mi amor,
yo puedo verte mejor!

Caperucita:
¿Y por qué tienes, abuela,
el pecho como el de un león?

Lobo:
¡Oh, pequeña! ¡Son pelusas
que se salen del colchón!
¡Pero con ellas, mi amor,
puedo arroparte mejor!

Caperucita ve la prominencia
que exhibe su magnificencia…

 

Aria de la Jovencita Inocente

Caperucita:
¿Y ese exagerado bulto,
bajo la cobija oculto?
¿Esa pirámide inmensa
que pone la tela tensa?

Paréceme un mástil de goleta,
¡la torre donde ponen la veleta!
¿Acaso, abuela, debajo de la tela
guardas alguna gigantesca vela?
Es como una tienda de campaña,
como la punta de una espadaña.
Me recuerda el cono de un volcán
que una vez vi en un libro alemán.
¿Sería el Everest o el Kilimanjaro,
el Aconcagua o el Mitsu-kamaro?
¡No sé si era europeo o filipino,
pero, eso sí, era un pico divino!

¿O es, acaso, abuela —¡dime la verdad!—,
una horrible y fatal enfermedad?

Lobo:
¡Oh, pequeña! ¡Cuánta ingenuidad!:
No, no es ninguna fatal enfermedad,
ni de la vasta Tierra, una montaña;
tampoco es torre ni punta de espadaña
la cosa que llama tu atención,
y tanto excita tu imaginación.
¡No es mástil ni mucho menos vela
lo que tengo debajo de la tela!
¡Se trata, queridita, de un pipí,
que tiene la Abuelita para ti!

Coro:
¡Ohhhhhhhhhhhhhhhh!…

 

Dúo de los Perversos Personajes

Corifeo y Lobo:
¡Se trata, queridita, de un pipí,
que guarda el Lobo fiero para ti!
Y si este soberbio abultamiento
que te produce tal encantamiento
fuera rara y mortal enfermedad,
¡muchos de los aquí presentes,
y más de uno de los ahora ausentes
bien quisieran estar de gravedad!

Coro:
¡Bien quisieran estar en gravedad!
¡Bien quisieran estar en gravedad!

¡Caperucita, finalmente advertida,
quiere emprender de súbito la huida;
pero el Lobo de la sábana despójase
y de un salto de la cama arrójase!
¡Y exhibe ante la niña anonadada
su vara enhiesta, gruesa y engrifada!

Caperucita:
¡Qué cosa más espantosa,
tan enorme y horrorosa!
¡Tú no eres mi abuelita!

Lobo:
¡Al fin caíste, bobita!
¡Claro que no soy la vieja!
¡Caperucita pendeja!

Caperucita:
¡Oh, madre! ¡Tenías razón
en tu consejo sensato!
¡Pero no presté atención
y procedí sin recato!

Coro:
¡Mírate en este espejo, mujer casquivana!:
si eres descocada, brincona y liviana,
vendrá un Lobo un día, con su mala maña
y tal como este, que a la niña engaña,
a esa mujer pizpireta, ligera y coqueta,
¡le bajará implacable la pantaleta!
Y le zampará la vara, ¡esa gran vara!
¡Que se le para, que se le para!

¡Caperucita intenta escapar,
pero el Lobo la logra atrapar!
De un certero manotazo
la retiene por un brazo,
y hacia la cama la empuja
mientras la besa y la estruja.

Caperucita
(Ya en la cama,
desolada clama)
:

¡Siendo este el cruel destino
que me ha marcado mi sino,
me entrego sin resistencia
a vuestra horrible violencia!
Pero os pido un favor
antes de os ceder mi honor:
¡Meted sólo la puntita,
la puntita nada más!…
¡Recordad que soy doncella!

Lobo
(Desde la cama, que por su peso cruje,
el feroz animal a voz en cuello ruge)
:

¡La meteré toda ella!
Toda ella,
¡y las bolas además!

 

Fuga Coral de la Puntita

Caperucita y Lobo:
¡La puntita, la puntita,
la puntita nada más!
¡Recordad que soy doncella!
¡Toda ella, toda ella,
y las bolas además!

Y sin que nadie lo invitara al hecho
el Corifeo se monta en el lecho.

Caperucita, Lobo y Corifeo:
¡La puntita, la puntita,
la puntita nada más!
¡Recordad que soy doncella!
¡Toda ella, toda ella,
y las bolas además!

Corifeo solo:
¡Oh, qué inocente esperanza!
¡Cuán inútil su añoranza!
¡Que le metan la puntita
porque diz que es doncella!
No sabe Caperucita
que se mete toda ella…

Los miembros del Coro
el lecho rodean:
¡Impiden que el acto
las personas vean!
Es un gesto de digna urbanidad,
¡por cuanto ocurre una inmoralidad!

Todos:
¡Porque, cómo detenerla,
porque, cómo contenerla!
¡A la gran vara, a la gran vara!
¡Cuando se para, cuando se para!
(Bis)

Caperucita:
¡Ay!

Coro:
¡Aleluya, aleluya,
aleluya, aleluya,
a-le-lu-ya!

Corifeo
(A boca cerrada el Coro
murmura con gran decoro)
:

Consumado el sacrificio,
ejecutado el oficio,
la ex doncella —es natural,
siempre ocurre, es lo normal—
suspira así: “¡Ah!”, y se desmaya
en el lecho donde se halla.
¡Pero inefable sonrisa
su bello rostro matiza!

¡De pronto se escucha un ruido,
un crujido, un resoplo, un alarido
(Potenciados por efectos de sonido.)
Caperucita se niega a creer
lo que sus ojos la obligan a ver:
¡Pone su razón en duda
cuando la vieja desnuda…
(mejor: en paños menores
para evitar más horrores)
sale del baúl cual rayo,
aleteando como un gallo!

 

Aria de la Pasión Senil desenfrenada

Abuelita:
¡Me vas a perdonar, Caperucita!
Sé que es impropio de una abuelita,
pero estando encerrada,
en ese baúl, ahí,
toda la historia pasada
por un agujero vi.
¡Sin contarte, queridita,
las indecencias que oí!

¡Y siento que ardo
en fuego divino!
¡Estos son los calores
venusinos!
¡Esta pasión insana
me consume!
¡Ay, llama ardiente,
que me abrasa!
(Al Lobo):
¡Ven acá, bombero mío:
no dejes quemar mi casa!

Lobo:
¡Vamos, anciana, sed razonable!
Lo que queréis es inalcanzable.
Después de este caramelo,
que es como estar en el cielo…

 

Balada del Goce más Placentero

Caperucita:
¡No abogar por mi abuelita
sería grande injusticia,
luego de haber disfrutado
de esta suprema delicia!
Yo tenía la cabeza
llena de mil musarañas
y el espíritu enredado
en muy turbias telarañas.
En efecto, había creído
que el macho es un animal
lúbrico y enfurecido
empeñado en hacer mal.
Sin embargo, es realidad,
lo más cierto y verdadero,
que a la mujer le depara
el goce más placentero.

Coro:
¡Con esa vara, con esa vara!
¡Cuando se para, cuando se para!
(Bis)

Caperucita:
De modo que, señor Lobo,
¡cumpla usted con su deber!,
pues debo hacerle entender
que si no hace los honores
que reclama mi abuelita
¡no tendrá más los favores
de su amor, Caperucita!
¡Resuélvame a la viejita,
o más nunca gozará
de esta tierna manzanita!

Cabizbajo, con cara de arrecho,
Lobo Feroz retorna al mullido lecho
dispuesto, sin ganas, a meter el pecho.

Corifeo
(Como saliendo de una tenue bruma
el individuo suelta aquí una pluma)
:

¿Y acaso para mí no hay nada
en esta deliciosa huevonada?

Lobo:
¡Qué idea tan descabellada!
¡Ni sueñe esa pendejada!
¡No, para usted, no hay nada!
Usted es, amigo Corifeo,
un pargoleto pobretón y feo.
Y el Lobo sólo coge marico
si es bonito, educado y rico.

Coro:
Corifeo ha caído en depresión,
¡el desprecio le ha roto el corazón!
¡No encuentra sosiego ni calma:
el desaire le ha llegado al alma!

El Lobo a la provecta llama
con gesto agrio, desde la cama.
No vacila ella en obedecer,
saboreando su inminente placer
¡ahora que al fin la van a coger!
Y al mediar la próxima canción,
recibida la vieja su buena ejecución
los del Coro se incorporan a la acción.

Todos cantan entonces la canción oportuna:
La Gran Salsa Coral salvaje y montuna:

Que a todas las midan con la misma vara

Caperucita:
Porque ahora que he gozado
los deleites de Afrodita
creo que toda mujer
sea anciana o jovencita…

Coro y Caperucita:
¡Se merece su querer,
se merece su querer!

Corifeo:
Cuando ellas lo pidan,
que a todas las midan…

Coro y Caperucita:
¡Con la misma vara,
con la misma vara!

Caperucita:
Creo que toda mujer
sea grande o chiquitica…

Todos:
¡Se merece su querer,
se merece su querer!

Corifeo:
Y cuando lo pidan,
que también las midan…

Todos:
¡Con la misma vara,
que pa’ eso se para,
que pa’ eso se para!

Caperucita:
Esté gorda o sea flaquita,
sea fea o bien bonita…

Todos:
¡Se merece su querer,
se merece su querer!

Corifeo:
Y cuando lo pidan,
que también las midan…

Todos:
¡Con la misma vara,
que pa’ eso se para,
que pa’ eso se para!

 

TELÓN

Rubén Monasterios
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Notas

  1. En una traducción al castellano de Carmen Martín Gaite.
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