Creo que me llamo Hannah, aun cuando ahora no tengo nombre ni edad, y recuerdo que hace veinte años, al registrar mi entrada, donde decía nacionalidad pusieron demente. La presencia de mis lecturas me recuerda que Malcolm Lowry ponía alcohólico. Casi no hubo diferencias entre el antes y el ahora, y ambas reclusiones sirvieron para endurecer mi espíritu ante estas embestidas de la nostalgia, aunque sigo sintiendo que todavía lo que me da fuerzas es mi propensión a la libertad y llorar, ese gesto sobrecogedor que en ocasiones me cercó el entendimiento, fue un asunto procedimental, pienso ahora, cuando me he convencido de que las veces que desbordé lágrimas fue para que adornaran los acontecimientos que trazaban raya en el pizarrón de mis recuerdos.
Uno de ellos lo conservo aún. Debía ser una niña de dieces con alegría en el rostro y una cabellera líquida cuando unos ácaros me araron el cráneo y bajo mi cabellera se regaron pústulas verdosas. Yo había cuidado de su crecimiento hasta verla convertida en esa turbulencia menuda que rodaba hasta mis hombros, pero cuando el médico apartó las hebras para observar cómo se revolcaban los bichos microscópicos y concluyó sin miramientos que debían cortarme el pelo al ras, lloré.
Sentada y acuñada con almohadones para dar la altura, se inició un procedimiento semejante a una práctica quirúrgica. Sentí en mi nuca el contacto glacial de las tijeras, sus chasquidos metálicos y, entre pausas, el sonido ahogado de las vedejas cayendo al piso.
Que si quería guardarlas me preguntaron, y me pareció un acto avieso. Como si me diera a la labor de ir guardando sistemáticamente partes de mi cadáver. Dije que no con rabia. Que no, humillada y disuelta, mientras mis lágrimas tendían un velo de agua en mis ojos. Fueron lágrimas de vanidad. Años más tarde, luego de días de viaje hasta aquel destino incierto de mi primera reclusión en donde me volvieron a esquilar como oveja, habrían de ser de indignación las que desleirían mis ojos.
Todo había comenzado en la estación fronteriza de Portbou. Me hicieron a un lado de la fila y luego de dejarme por una hora a solas entró un oficial de rostro y pronunciación difíciles y me dio la confirmación de mi arresto en razón de alguna de esas cláusulas infames de los pactos de guerra, militante de izquierda, le entendí, y se marchó.
Padecí interrogatorios durante semanas, torturas y violaciones hasta la inconsciencia. Luego me confinaron en una celda de aislamiento, hasta que en un juicio al que nunca asistí me condenaron a quince años de trabajo forzado. Un día cualquiera, en el amanecer pleno de un invierno, me hallé viajando en el vagón de un tren estrepitoso y triste. Fueron doce días de aquella travesía siniestra que recogía a su paso prisioneras con un destino similar al mío, mujeres con un resto de esperanza que palpitaba en cada estación cuando el tren se detenía y, por los resquicios del entablado de los vagones, se leía en una marquesina el nombre de alguna población desconocida, y se percibía la proximidad de los viajantes en los andenes. Algunas, aferradas a un hilo de ilusión, les gritábamos nuestros nombres o les lanzábamos algún papel con una nota, con un nombre, esperanzadas en que alguien pudiese atestiguar habernos visto de paso en nuestro itinerario al infierno viajando en acomodación de miseria.
A mi llegada, después de algunos días de viaje en que la náusea y los estragos de la basca me arrinconaran, supe las únicas cosas que habrían de reventarme el alma por aquellos años: que estaba en Ravensbrück y, además, embarazada.
Víctor me había hablado de Ravensbrück. Solo para mujeres, me dijo alguna vez mientras fumaba bocarriba mirando el techo de nuestro cuarto de hotel y yo me paseaba intranquila sobre el piso de madera que cedía bajo mis pasos, igual que en mi niñez, en casa de mi abuela, en donde también el crujir de un piso de madera crispaba nuestro entusiasmo y nos hacía felices aquel ruido acompasado que convidaba al juego y al canto de melodías que repetíamos en coro, enlazadas las manos, para un juego de ronda:
Mambrú se fue a la guerra,
¡Qué dolor, qué dolor, qué pena!
Ese estribillo era ahora un sarcasmo de las casualidades, con ganas de cantarlo de nuevo en el momento más impensable de la guerra y de mi permanencia ilícita como mi amor. Pero la fuerza de la realidad imponía su presencia y me encaminaba hacia la certeza de que ahora era mejor que no sonara, porque nadie debía oírme ni saber que allí era en donde me ocultaba para mis encuentros de amores.
El hotel quedaba en esa misma estación fronteriza en donde me detuvieron, en donde nos registrábamos con un asomo de clandestinidad y recato, ocultando nuestra militancia y nuestro deseo, sin darnos cuenta de que nuestro torpe despojo de pudor nos delataba porque seguíamos siendo las dos cosas al tiempo, porque nada más vernos y ya se nos iba la mirada con tan fugaz emoción, que resultaba una tortura no apresurarnos en las caricias.
Nuestro encuentro se sobreponía a todo: al frío, a la guardia y hasta al hecho envilecedor que ante los demás tuviese que decir el nombre de su mujer y me hiriese su pronunciación tan familiar al pronunciar esas diminutivas expresiones que suelen inventarse los maridos.
Pero yo lo amaba, y su vida real, como yo le pensaba, era tan inexistente como su pasado sin mí. —Es un lugar en donde la nieve quema más que el sol —me decía Víctor, pero nunca me habló de la soledad y el silencio. Aquella fue mi primera y larga reclusión después de haber pasado por lúgubres estaciones durante el invierno infame de 1943.
Hoy, en esta reclusión de ancianos, todos me recuerdan como aquella mujer de pelo blanco y echarpe negro que caminaba en solitaria por las callejuelas empedradas al atardecer, con ese paso desequilibrado de los dementes hasta llegar a un escaño de la estación como a la espera de alguien o de algo, llevando en su regazo con un disimulo de vergüenza un hatillo al que le susurraba nanas, al que hamacaba en el cuenco de uno de mis brazos aún tatuado con el número que me identificaba en prisión, como quien le canta a un crío, al niño inventado, a ese que decían que me habían arrebatado durante los años de mi primer cautiverio cuando aún era joven.
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