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Alguien que te espera

sábado 28 de septiembre de 2024
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Alguien en el vacío de la estación estaría intentando adivinar mi rostro, diciendo a gritos mi nombre o recorriendo a saltos las miradas de los pasajeros. Alguien estaría parado frente al tablero de felpa confrontando con desconsuelo los itinerarios ferroviarios. Ese alguien, a quien nunca habría de ver, estaría ahora angustiado por no haberme hallado en el momento en que el minutero del reloj de la estación estaría marcando con uno de sus espasmos las nueve en punto de la mañana de este sábado de diciembre, sin imaginar que de nuevo se me habían escapado los sonidos y que apenas percibía en la piel pulsiones vibrátiles iguales a las que en otros momentos me revelaran la recurrencia de mis sorderas.

Horas antes, al entrar a la estación de Santa María aún podía escuchar el deslizar de los vagones rozando la plataforma del corredor, el escándalo de la multitud y la bocina ululando con más fuerza bajo el alero de la enorme edificación, pero al reiniciar el viaje, el tableteo sobre los raíles se fue apagando hasta que en mi conciencia quedó apenas ese dejo de soledad acústica de quien en la angustia de su ahogo gesticula callada y desesperadamente hasta el fondo del mar.

La primera vez que perdí por completo el contacto sonoro pensé, con vago fatalismo, que estaba perdido, dejas repentinamente de escuchar todo eso que antes representaba todo y te sumerges en un aislamiento infame en donde ves cómo se apaga la sinfonía de lo que has llamado vida. Fue en el festival de jazz de Monterrey, después de que me permitieran tocar en un bar desconocido. Inicié con aquella canción A Night in Tunisia, de Gillespie, que había memorizado desde mis primeros años y esa vez, mientras buscaba su entrada aguda y enérgica presionando el pistón de mi trompeta con el índice, sentí el cruce de un silencio áspero que se quedó levitando sobre el murmullo de la multitud. El batería se sacudía rítmicamente y el piano hacía saltar sus dedos sobre el teclado sonando para mis adentros nítido y vertiginoso, mientras mis labios percibían el curso de las notas memorizadas y me percataba de que nadie imaginaba que en mi mansa semblanza se ocultaba la angustia de quien no había podido evitar una calamidad. Por eso no dejé de tocar hasta que cerré en las últimas notas como si hubiese estado escuchándome a mí mismo emitiendo los sonidos transparentes de un sueño, al igual que los que intuía que debían emitir quienes pasaban frente a la banca de la estación en donde me había sentado para reorganizar mi rumbo en aquel escenario cansado y mugriento.

Creo que pasó más de una hora antes de que en mi imaginación me viera con un formal atuendo de traje de paño a la medida y mis zapatos de lustre líquido adentrándome por la calle amarilla y árida que veía desde la estación y que, de seguro, me llevaría a la plaza principal, en donde encontraría a lo mejor pocas personas, con su andar apesadumbrado y un hablar acallado a falta del sonido que no percibían mis oídos. Era en momentos como esos en los que se me ocurría pensar en quienes nunca habían escuchado un sonido. ¿Sabrían qué era un grito?, ¿Qué era eso de la música? ¿O sabrían, acaso, de la elocuencia de un portazo o de la carga temeraria que podría poseer un disparo?

En las rejas de algún ventanal encontraría un aviso ofreciendo una habitación de alquiler y, echando al olvido mi opresiva carga de culpa ante la imposibilidad de mi viaje, la habría de tomar, no sin antes haber salvado el interrogatorio de un casero hosco y desconfiado a causa de su tozuda incapacidad para hacerse entender de un sordo. Revisaría mi equipaje y esculcaría con recelo el estuche de mi trompeta como si se tratara de un arma, al tiempo que lo hechizaría su fulgor y me miraría de soslayo con su rostro destemplado reteniendo en su boca mil preguntas y, en sus manos, el cheque que yo había recibido el día anterior junto con una nota con la dirección en una ciudad a la que habría de visitar por primera vez. Me entregaría las llaves sin dejar de mirarme a la cara y me acompañaría por un pasillo en sombras hasta una habitación estrecha y gris que tendría un lecho tenso y blanco y un tocador vacío que sostendría una luna en la que se reflejaría mi figura escurrida y hasta desconocida para mí en el instante en que me acercara para descubrirme, para reconocerme llamándome inútilmente a mí mismo una y otra vez, en voz alta, viendo cómo en la articulación de mis labios se dibujaría mi nombre así como imaginaba que habría de verse horas después, dibujado con un trazo presuroso, en una hoja de papel y exhibido en alto entre los brazos de alguien en una estación de tren.

Sería mi primera noche en un pueblo extraño y en una habitación partida en dos por la imprudencia de una luz de luna, que me postraría en un largo insomnio al tiempo que percibiría en los muros y en el piso ahogadas vibraciones de huéspedes inquietos o, tal vez, de amantes azarosos.

Pero ya me había formado buenamente en esta lid sin dejarme arrastrar por el pánico y, paciente e inadvertido, noté que se ponía en mi rostro esa risita socarrona tras la que ocultaba mi flanco escéptico y mordaz, agravada ahora por la perturbación de saberme perdido y sordo y, además, aturdido por la agudeza de los zumbidos que rompían la secuencia de mis melodías más entrañables.

Siempre me ocurría: bastaba que me extraviara en el silencio de mis sorderas y, vencido, apoyara en las manos mis descolgados mofletes, que sólo al insuflar el aire a la trompeta tomaban la firme redondez de una naranja, para que anidara en el pabellón de mis oídos A Night in Tunisia, como un recuerdo absuelto de nostalgia.

Pero nunca me había angustiado, ni siquiera en aquellos años en que iniciando una desatada madurez alimenté la ilusión de asistir a una de las presentaciones de Dizzy Gillespie junto a Charly Parker con su quinteto en el Carnegie Hall de Nueva York, y me tocó desistir porque me sobrevino el silencio: hipoacusia prelocutiva, le escuché decir al médico. Me quedé solo, acariciando aquella hueca sensación que ya se me había hecho tan apreciable como mi ostensible desgarbo: era delgado como una línea y con un caminar que me inclinaba hacia atrás como si de una cuerda invisible me jalaran de los testículos. Era un gozo íntimo andar a solas por una calle: las puertas clausuradas, las ventanas herméticas y sólo un pedazo de papel o una envoltura tirada al suelo, un kleenex con los rayones de un color, el desgaste de un pasamanos, la mancha de mugre en algún muro, la colilla aplastada y acaso una imagen sugerida y vital en ese vacío recientemente usado que me regalaba el placer de escuchar, ensayar o arriesgar una nota lanzada al aire, al oído de algún desconocido o de alguna presencia inexistente o fugaz.

Fue más adelante, en un momento del viaje cuando advertí que el tren disminuía nuevamente su velocidad y un ayudante presuroso gritaba y gesticulaba a lo largo del corredor. Anunciaba, como lo imaginé, el nombre de otra estación, mientras una sombra oscurecía a medias el interior del vagón, que fue deteniendo su marcha hasta resoplar exhausto en su reposo. Los pasajeros se enfilaron en el corredor. Yo, después de rescatar mi valija del maletero y apretar el asa del estuche de mi trompeta, me dispuse también a desembarcar cruzando todavía los trances del aturdimiento y en medio del aislamiento al que me condenaba mi reciente sordera.

Era inimaginable aquel escenario: una estación silenciosa en mi percepción en la que podía ver el movimiento y la gesticulación de las personas pero no escuchaba nada, ni veía a nadie esperándome, ni siquiera en el momento en el que la locomotora de nuevo reanudó su marcha y quedó a mi vista la marquesina de la estación con el nombre reluciente de una ciudad distinta a la de mi destino: Villa de los Santos.

En la taquilla, una empleada, ofuscada al notar que no le escuchaba, me hizo entender que había desembarcado en la ciudad equivocada. Orjuela es la ciudad siguiente, se empeñaba en indicarme. Que, además, estaba a cuatro horas, le leía en los labios y en la indicación de sus dedos, y que el próximo tren hacia allá pasaría dentro de dos días. Quedé paralizado frente a ella mientras me miraba por entre los barrotes de la taquilla con ojos de animal asustado y tuve la sensación de que retrocedía de pavor:

—¿Dos días? —interrogué con firmeza, y ella asintió lentamente como presintiendo con minucioso escrúpulo que estallaría de exasperación. Pero no fue así, porque de inmediato me devastó la desazón, di media vuelta y me retiré sumido en la congoja.

Dentro de aquel enorme recinto caminé lentamente con la mirada tocada por ese grave estrabismo que padecemos los sordos, buscando, como solía hacer en esos casos, ese mezquino deleite de escuchar el silencio aun sabiéndome perdido en un pueblo de calles desiertas y árboles marchitos, pero vagamente exaltado por la ilusión de un recibimiento digno después de horas de viaje, de una presentación con gabardina negra y clavel en la solapa, con mi trompeta izada contra las luces de un escenario haciendo destellar su campana hasta ese momento en que la vida ya no se escuchara, sino que apenas pasara convertida en notas inaudibles, como si, de súbito y deliberadamente, me volviera sordo para siempre. Sentir que esa sensación subrayaba mi soledad le incorporaba un ingrediente nuevo que la hacía más apreciable.

Con algo de desconsuelo advertí que no sólo había perdido la audición como otras veces, sino también la cordura y buena parte de mi aplomo. Me hallaba parado en medio de una estación amplia, desolada y opaca, en un pueblo desconocido, sin saber a dónde ir y mortificado porque sobrevolaba mis pensamientos la certidumbre de que en otro lugar, en otra estación, alguien a quien no había visto antes debía estar esperándome impaciente con una hoja de papel en alto aferrado a la esperanza de que yo leyera mi nombre escrito con su letra sobresaltada, dispuesto a recibirme para mi presentación de esa noche.

Hernando Bolaño Escobar
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