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Su rico melao

sábado 13 de agosto de 2016

Por ahí… más o menos a eso de la una de la tarde, bajo un inclemente sol que caía pleno sobre los destartalados y oxidados techos de zinc; en las putrefactas basuras de la calle y en los desperdigados desperdicios que fulguran y multiplican su inevitable presencia, que seca y resquebraja el barro y pulveriza la arenilla de la calle, la gorda Mercedes Celestina, vestida de brillante satín y zapatos tenis blancos, el largo cabello recogido en un alto moño, procura desesperadamente salir, abrirse a la calle para escapar del abrasador interior de la “casabar”, y en su obstinado empeño, sin darse cuenta de que tapona con la inmensidad de su cuerpo la puerta de entrada, insiste en querer salir dejando medio cuerpo afuera y el otro medio, adentro.

Desde ahí, más que angustiada, sofocada, busca y se aferra con los deditos de sus manitas de terciopelo al marco para apoyarse y lograr dejar escurrir, pasar su majestuosidad corporal por el estrecho espacio que ofrece la puerta. En ese angustiado vaivén cierra, una y otra vez, lentamente, sus párpados, para evitar que el fuerte resplandor que rebota en las escarchadas paredes de mil colores del “Barrio” llegue hasta ella.

Maliciosa, con su manito puesta de visera, escudriña de un solo vistazo las móviles sombras en los salientes, en los pretiles y paredes de las inacabadas casas, y por esa rutina diaria de tener que terminar viendo, al final de la destapada calle, a cualquier hora del día, el mismo paisaje reverberante, la sombría y permanente neblina que se levanta evaporada en fétidos vahos cangrejeros que van a cubrir oscuros charcos, decide entonces alzar la vista y mirar hacia otros fugaces trazos verticales que se asoman por encima de los techos y bodegas del puerto: altos mástiles, variadas banderas y las curvadas escotillas de viejos y herrumbrosos barcos mercantes y bananeros que arriban al muelle marino de Santamarta.

Quienes, a esa hora, bajo el sofoco interior de sus cuartos atisban por otras ventanas, otras rendijas ajenas a ella, incrédulas, observan cómo la gorda Mercedes Celestina se va recomponiendo.

En ese amodorrado y soñoliento observar se va extraviando en la continua levedad de sus pensamientos, deslizándose por la evanescente línea de los recuerdos y los engaños, y se vuelve a ver como se ha visto siempre siendo niña en la misma casa, andar por los mismos cuartos, coquetear infantilmente frente al alto espejo media luna de su nana abuela (antes de voltear sobresaltada y confusa por el murmullo interior del bar) donde más bien lo que le parecía era mirar, mirarse perseguida, perseguirse cada vez que retozando cruzaba los tantos cuartos y las mismas puertas coincidentes y que al final del pasillo circular se unían unas y otras, y aún, en esos indeseados instantes, se lanzara atribulada sobre la alta y mullida cama y las almohadas para terminar ovillada, halándose los largos cabellos, porque al frisar el mayor y amplio cuarto circular debía presentarse, como si ello fuera un mandato, un inevitable acuerdo, o una morbosa seducción, al tener que mostrarse desnuda, en cueros, ante el espejo, de cuerpo entero (para observar la reflejada imagen infantil desnuda, de su cuerpecito rechoncho en un espacio curvo invertido, al revés), para que blanqueara con olorosos polvos de arroz chino su desnudez y se pintoreteara los labios con mantecosos “rouge”. ¿Pero por qué todo siempre era igual allí? ¿Por qué todo debía terminar en un arbitrario y descomunal desorden de pestañina negra alrededor de los ojos, como una cadavérica máscara de carnaval… ¿Ah?, se pregunta una y otra vez más, como se lo ha venido preguntando año tras año, y hoy nuevamente, una vez más, después de haber pasado tanto tiempo, y, al escuchar con estupor el cercano, el sorpresivo y seco impacto hiriente sobre la madera de una de las mesas, seguido al instante de un murmullo de voces que vuelan asustadas y escapan alteradas, se torna impaciente, como si anticipara, presintiera los difíciles acontecimientos por suceder, y de inmediato, arisca, vuelve su mirada hacia el rincón de donde presume provino el seco golpe metálico y al hombre (ubicado a propósito en una de las esquinas del amplio salón, cerca de la fuerte luz exterior que ingresa por las tres ventanas que dan para la calle, desde donde cree mantener un permanente acecho de las aceras) que con movimientos decisivos, y tal vez cargados de rabia y sevicia, incrustaba seguidamente una y otra vez, una y otra vez más, la filuda punta de una puñaleta entre los dedos de su mano, puesta, colocada allí adrede, en un sádico juego, sobre la mesa.

La gorda Mercedes Celestina, impresionada por el escalofriante y peligroso juego de aquel hombre con la puñaleta, adelanta, sin dejar de quitarle por un instante los ojos de encima, con la cautela y pasividad de un perezoso mueve una de sus portentosas piernas, a la vez va bajando, deja caer el mítico brazo, con todo su peso sobre el pecho, removiendo sus descomunales tetas. Se recompone azarosa, y desplaza lenta la otra pierna, para asomar más tarde, entonces, su cabeza, a la caldeada y solitaria calle.

Al fin siente que sale, que respira a tientas en la oscuridad de su temor el sofocante y viciado aire de la calle, y desliza sus manitos de muñeca por la cálida pared mientras se va alejando, distanciando de la puerta hasta llegar al duro cono de sombra que proyecta el amplio alero del techo sobre la currugosa pared y demarca el ancho sardinel. Quienes, a esa hora, bajo el sofoco interior de sus cuartos atisban por otras ventanas, otras rendijas ajenas a ella, incrédulas, observan cómo la gorda Mercedes Celestina se va recomponiendo, adecuando la inmensa masa informe de su cuerpo hasta pegarla, adherirla como lapa a la pared y sostenerse con su impresionante espalda, manto de caracol, a ella. “No sé por qué; pero ese tipo me da a mí muy mala espina…”, piensa mientras pasa por su frente la toallita que carga, enjugándose el sudor. “Una de las dos: o ese hombre busca joderse sádicamente los dedos con esa puñaleta o la impaciencia del asesino lo consume por estar esperando a alguien que no llega ni pasa para darle viaje…”, termina por decirse la gorda Mercedes Celestina, en su sobresaltado y agitado descanso.

El sol continúa inalterable y al volver a colocar la mano como visera para evitar la molestia que le produce el fuerte brillo del mediodía, ve venir rápida, acezante, con la lengua afuera, bordeando la acera opuesta, a la “Negra Lola”, la perra de la cuadra, que anda en busca de la mínima sombra para evitar no sé qué, tal vez a la jauría jadeante que la sigue como custodios. Temerosa, y antes que lleguen a ella, que se le acerquen, busca espantarlos con un repertorio de gestos, gritos y manoteos, como quien intenta alejar lo que le asusta, algo a lo que se le tiene temor y pavor:

“¡Fuera… fuera… vayan, perros! ¡Fuera de aquí perros… no… jo…da! ¡Fuera!”.

Los perros al escuchar los terribles gritos que lanza Mercedes Celestina se asustan y de inmediato se dispersan, pero al rato, en la distancia, como si todo fuera un juego de rechazo y atracción, de paralelas que se unen en el infinito, vuelven a reunirse y continúan su incesante seguimiento, su camino y custodia detrás de la “Negra Lola”.

Exaltada, molesta, los ve dispersarse, y más allá, distante, reunirse nuevamente; entonces, con un gesto de rechazo y desagrado tuerce sus labios, la boca, optando insatisfecha por mirar para otro lado.

Visiblemente preocupada levanta con esfuerzo un brazo y poco a poco lo va extendiendo hasta hacer llegar su diminuta mano a los torneados barrotes de la ventana, afianzando fuertemente sus deditos (pequeños garfios de enredaderas parásitas) a uno de ellos. “Presiento que lo que va a ocurrir ya lo hubiese visto, lo hubiese vivido, ya me hubiese ocurrido; y no sé por qué infortunio de la vida deba seguir siendo yo esclava de mi pasado y de mi futuro”, se dijo al tener la ocasión de asomarse, espiar de soslayo por el borde de la ventana y notar al hombre de la mesa del rincón que con esa terquedad y precisión sádica seguía clavando —más bien con desbocado y silencioso desespero— en un vertiginoso y violento juego, de subir y bajar premeditadamente hasta incrustar entre sus expuestos dedos la filuda y resplandeciente puñaleta.

“Cada cual construye con esfuerzo su destino”, terminó por pensar. “Pero también lo puede destruir en un puto abrir y cerrar de ojos…”. Pero el hombre alto, de rostro oscuro y cenizo, maltratado profundamente por un viejo y purulento acné que le ha tenido que producir rechazos en la vida, parecía en medio de la colorida y débil penumbra del interior del bar, no alterarse, ni inmutarse cuando el guarachero y caribeño fondo musical cambiaba; sino que se autosatisfacía cada vez que veía al templado acero bajar y penetraba ágil, fulgurante, como una muestra de decisión, capacidad y dominio, entre los dedos de su mano, sin tocarlos. Sólo al volver a levantar, después de cada lance de su mano y la puñaleta, el estilete incrustado en la perforada superficie de la mesa, era cuando ubicaba su áspero mirar acechante para atisbar la solitaria y luminosa calle, mirada que imprimía por instantes, al mostrar el blanco de sus ojos, una fugaz luz en ese rostro oscuro, y feroz.

A la mesera que llegó a tomar su primer pedido le fue indiferente su actitud, recordando que muchos clientes llegan así al bar y con los primeros tragos se van volviendo dicharacheros o quedan embebidos en sus problemas, mansos; lo que sí llamó su atención fue la exigencia del pedido que el hombre le hiciera al momento: “un vaso con tres medidas dobles de ron, uno con hielo y otro con sólo agua fría”. Al regresar con el servicio fue cuando al pasar muy cerca a la puerta de salida del bar se percató de la forma en que se encontraba apoyada y apretujada contra el marco, taponando la salida, la gorda Mercedes Celestina, y el insistente voltear del hombre para escudriñar la calle. Al ir a colocar los vasos sobre la mesa —por más que lo intentó evitar— no pudo contener el asordinado chillido en que terminó el grito que estuvo a punto de pegar frente a él, y en un movimiento reflejo, instintivo, se retiró unos pasos hacia atrás al percibir el inalterable y rápido celaje de la mano que iba a incrustar entre los dedos de la mano expuesta sobre la mesa la ya sangrante puñaleta. Con los nervios en punta colocó al lado de la vibrante hoja de acero el pedido y rápidamente se alejó del lugar. En cambio él, con un firme y ágil movimiento, cargado de experiencias, digamos profesional, logró percatarse de las varias cosas que se fueron dando sucesivamente mientras se iban dando otras, una tras otra, antes de levantar una vez más con desesperada ansiedad la vista para la calle y dejar caer a ciegas la puñaleta entre sus dedos; o ese mismo ritual lo motivara a mirar rápidamente hacia la inhóspita y caldeada calle: el inesperado y agudo chillido rapaz de la mesera, y el cauteloso y lento desplazarse —por el tiempo en que lo había venido haciendo— de la mujer que al momento de él entrar, y fuera a sentarse a la mesa del rincón, había recostado su voluminoso cuerpo al marco de la puerta de salida, taponándola. Tal vez fue cuando, en busca de un acto de reconocimiento, o de respeto, inició la seguidilla de puñaletazos (sin tiempo ni medida) entre los dedos de su mano, puesta adrede y en juego, sobre la mesa.

Quienes vivieron la acción y sus murmullos terminaron débiles, opacados, sintieron que sus cuerpos se contraían cada vez más ante la sevicia del hombre; y ella, la gorda Mercedes Celestina, sintió en algún lugar de sus carnes ser un blanco cercano. Por eso, en lo inmediato, hizo un gran esfuerzo para salir como fuera, lo más rápido posible, del atrancón en que se encontraba. Las otras mujeres, en el drama del escalofriante acto retuvieron su escape y el cantinero notó en el oscuro y atravesado mirar del visitante el consecutivo enclaustramiento, la represión oscura de la venganza. Eso los retuvo, convirtiéndolos en unos espectadores más.

En contraste al silencio sobreimpuesto en la penumbrosa y colorida escenografía interior del bar, a las paredes profusamente decoradas con luchas cuerpo a cuerpo y enfrentamientos de galeones y piratas en un picado mar Caribe; a los destellos lumínicos, turnereanos, en lo flamígero de la batalla; a las más hermosas mujeres desnudas en paraísos tropicales; emergían, a su vez, de la pirotecnia de colores de un viejo traganíquel Wurlitzer los medidos, suaves y vibrantes acordes del piano rítmico del Bebo Valdés, en “Lágrimas Negras”, acompañado por su cuarteto: “Frónesis Cubano”.

Mercedes Celestina, pensativa, cavilante, con los párpados más abiertos, sin dejar de observar lo que iba sucediendo a su alrededor, hamaquea su cuerpo contra la rugosa pared como si buscara algún lugar en su inmensa espalda para rascarse, pero en cada ir y volver, echarse de un lado a otro, lo que hacía era inspeccionar meticulosamente todas las esquinas, y de la calle: cada rincón, cada puerta, cada ventana, cada postigo que se entreabriera, cada sombra que se moviera. Así, en ese vaivén se escucha, casi sorpresivo, insurgente, el primer pitazo del tren, y sospechó el viajar cercano, el machacante sonido de la máquina con su hilera de vagones sobre la línea férrea y las traviesas. Sintió que ese primer pitazo, sonido escalofriante, detuvo por instantes el tiempo en los cuatro puntos cardinales de la ciudad. Silbido que marcó y recordó a Santamarta y a la mente de cada uno de sus habitantes la hora terminal en el engranaje del tiempo, su próximo y exacto horario de salida, y como un acoplamiento totalizador, títere de las pequeñas costumbres o de sus reacciones mentales, el hombre detuvo al instante, en plena bajada, la desafiante arma y retiró con decisión precisa, unida a la agobiante espera, su mano ya herida, ensangrentada, de la mesa. Mercedes abrió sus deditos como pétalos asustados de diez del día al asomar la calidez del sol en su hora exacta, y soltó del barrote su manito de muñeca. El terror y el silencio impuestos por la escena, sucesivamente se redibujaron en su mente. Sintió que el tiempo se detenía o pasaba inalterablemente sin mostrar su impertérrita presencia. Al rato, cuando creyó restablecer los hitos de su proceder arterial, volvió a amarrarse al barrote de la ventana.

Llegarán camufladas las mujeres, casi siempre jóvenes, niñas adolescentes, en el tren de la noche, sin saber, desconociendo cuál era su verdadero destino.

Los perros venidos regresaban como espantados de otros santos lugares y volvieron a pasar frente a ella, ahora más rápido, atraídos o llevados por infinitas redes, garfios invisibles; tirados en su totalidad hacia la otra acera, detrás de la perra “La Negra Lola”. Mercedes Celestina los mira con odio, temor y rabia, y los sigue, como para no perderlos de vista, uno a uno, hasta cuando cruzan huidizos y jadeantes la próxima y cercana esquina.

Entonces dejó su mirada en un lugar fijo, reverberante en el infinito.

De pronto reconoció su impaciencia; tanto, que el pitazo del tren la llevó, la indujo a pensar en otras cosas y en el olvido momentáneo del hombre que clavaba inmisericorde y continuo la puñaleta entre sus dedos. Pensó en los que hoy, por alguna razón, tomarían el tren de las cinco y cinco para irse de la ciudad, sin saber si se iban por tener que irse o era que escapaban de la somnolencia, la modorra producida por la resequedad del tiempo que resquebraja los labios, a los murmullos continuos de las olas y a las infinitas voces retenidas en los caracoles marinos; en los que antes que ellos se vayan, se fueron ayer, en los días anteriores a los otros y en los extraños, los desplazados que fueron llegando como hordas impacientes, ignorantes de dónde habían terminado, ni para dónde era que iban. “Hoy”, se dijo, “también llegarán otros. Como también llegaron muchos en los días anteriores. Entre esos llegarán camufladas las mujeres, casi siempre jóvenes, niñas adolescentes, en el tren de la noche, sin saber, desconociendo cuál era su verdadero destino, y cuando las traigan al bar y las hacinen en los apartados cuartuchos del traspatio con las otras que desde hace algún tiempo están ahí, es cuando se darán cuenta, tal vez, en dónde están, porque la música, la bulla, el olor a cerveza, licor y berrenchín, las sentarán en la realidad. Allí pasaran días sin comer, sin ver la luz, sólo las harán salir el día de su presentación, bajo el mismo techo, para bañarse y arreglarse antes de mostrarlas y venderlas a los que se las llevarán a otros burdeles, lugares ajenos y casas de cita. Allí continuarán la creada e interminable cadena de deudas sin fin. ¿Cuántas habrán venido, habrán pasado por aquí y se han ido? No sé. Pero he vivido aquí desde niña, corriendo los cuartos circulares, viéndome, mirando en los espejos un ojo que no es el mío, observando una mano invertida en un cuarto al revés; tirándome talcos sobre mi cuerpo desnudo, cambiándome de ropa, intentando ser igual a ellas, vistiéndome con sus harapientos trajes, con unos vestidos que no me tallan, y otros eran tan largos que parecían velos y colas de viejos trajes de novia. Había días, los festivos y domingos, que me los ponía, así, como fuera, para salir a coquetear igual que ellas. O escuchándolas en sus sentires nocturnos, golpeándose la frente como pajaritos enjaulados. En la tarde del domingo ellas eran otras, se ponían lo más sencillo, no se pintaban, en cambio a mí me arreglaban como ellas tal vez quisieron ser o fueron de niñas, y me llevaban al parque. A unas las veía encontrarse con otros hombres diferentes a los que las visitaban en el bar; a otras les era igual allí que en el bar; a todos los trataban con la misma sonrisa, los mismos engaños y odios…”.

Para el segundo pitazo del tren ya sus minutos estaban llegando y antes que se cumpliera el tiempo, el hombre se había puesto de pie, apoyándose con firmeza en la cacha de la puñaleta incrustada en la madera de la mesa. Con la mano herida y sangrante agarró el vaso con las tres medidas dobles de ron y sin dejar de atisbar por las celosías de la ventana se las tomó de un solo trago. Lanzó un rápido escupitajo de rechazo, como de desagrado, y alargó el brazo hasta la mesa, coloca allí el vaso vacío, toma el vaso con agua fría y sorbe pequeñas buchadas, como para enjuagarse. Lo regresa a la mesa y se queda indeciso observando el permanente reverberar del vapor que brota por las heridas abiertas, resquebrajadas por la resequedad, en el barro de la calle. Al rato, como si fuera una necesidad, se lleva un par de cubos de hielo a la boca y se pone a jugar con ellos. Dirige con seguridad su fría mirada a la barra, buscando a la mujer que lo ha venido atendiendo. Ella al verlo hacer todas las cosas sin pestañear, no espera a que la llame y se acerca a una distancia prudente. Con un movimiento rápido de ojos y labios el hombre le señala el vaso vacío sobre la mesa. —¡Lo mismo! —le dijo después con las palabras quebradas por los cubos de hielo que todavía mantenía jugando en su boca.

Inicialmente ella no logra ver el vaso vacío, pero le impresiona la mano y sus dedos ensangrentados. Recoge el vaso. Cuando regresa con el pedido nota que ya el hombre no se encontraba apoyado sobre la empuñadura de la puñaleta, sino que ahora había colocado al lado de la filuda arma una pequeña talla en madera de un oscuro y poderoso búfalo de ojos saltones y mirada extraviada, suplicante, como bramando bramante, y encima, enjalmado, paciente y sonriente, un viejo y alegre hombrecillo con rostro de sabio mandarín, sosteniendo en sus manos, en vez de un paraguas oriental, una gigantesca, larga y colorida pluma de guacamaya tropical. Con excesivo cuidado y temor coloca el pedido ante la pequeña y oscura figura que desconoce. El hombre la observa hacer su diligencia en silencio (pero se le notaba en el brillante fulgor de sus ojos y en su mirar la impaciencia que produce la espera o el fracaso de la venganza) y mientras la ve regresar también atisba para la calle, haciendo un rápido barrido, camaleón urbano, de bajos fondos, para todos lados. Se volteó y jaló grosero una silla como para sentarse, pero no lo hizo, sino que pensativo se mantuvo un rato de pie, después levantó una de sus piernas, la derecha, y puso su bota sobre el asiento. Detuvo en silencio, por un corto tiempo, la mirada fija en la fuerte escultura. Apresurado, como si esa pequeña y fornida figura le estuviera insinuando algo, un simple instante, un pequeño detalle en su experiencia, de su trasegar por la vida, la tomó y movió, disponiendo ahora la cabeza del búfalo con sus ojos saltones y la pluma del mandarín en dirección a una de las tres ventanas abiertas que dan para la calle. Apartó hacia un lado el vaso que mantuvo en la mano ensangrentada. Ensimismado (la ve regresar; después irse nerviosa y ligera) agregó el agua al hielo y se detuvo, como en un ritual, fijándose, conocedor, del color ámbar traslúcido de un verdadero y añejo ron caribeño. Se quedó por algún momento inmutable, perdido, como si tuviera todo el tiempo para juzgar, determinar o para revivir algún recuerdo en su atribulada memoria, dejando que su ser participara, buscara, recabara ecos en la quietud y el silencio que ahora lo rodea, o en el que su presencia había creado allí.

La luz del sol se fue desplazando lentamente hacia el occidente de la ciudad, marcando el incontrolable transcurrir del tiempo, la ida de la claridad y la llegada en el horizonte de sus sombras. El tren volvió a pitar ahora más fuerte y con mayor duración su segundo llamado para abordarlo, antes de salir.

—¡Lo que va a pasar que pase ya..! —se dijo seca y decidida Mercedes Celestina después de escuchar el estridente segundo pitazo del tren, y soltó del barrote de hierro uno a uno los deditos de su manita de muñeca como cuando las arañas van levantando pacientemente sus palpantes patas. “Ese hombre, sea como sea, por muy tenebroso que parezca, a mí no me asusta…”, se acicateó con rabia, como si en su interior se estuviera gestando un desafío. “Si quiere guerra… guerra tendrá; porque muchos la han querido fervientemente y no han podido”. Con fuerza y decisión despegó la inmensa espalda de la áspera pared y fue deslizando, llena de inseguridad, su manito por ella. Con los años, sabiendo que cada día de la vida su gordura no se iba a detener, construyó un andamio de paciencia para que nada la perturbara, porque todo tenía su tiempo y a todo le llegaba su momento: “Lo que me van a dar después de morir, para qué; yo lo quiero ver es antes. ¡Que me lo den en vida..! ¡En vida..!”, terminó por decirse. Y miró para cualquier lado.

Tanto las meseras como el cantinero vislumbran el lento y angustioso desplazamiento de la gorda Mercedes Celestina por la rugosa pared entre la ventana y la puerta de entrada al bar; pero también el inmediato, el intrépido movimiento, pasón posterior al pito, del hombre desde la mesa hasta la ventana en pocos segundos, como si buscara cerciorarse, antes que se le agotara el tiempo, tener una imagen exacta de lo que en verdad podría estar aconteciendo en la calle después del segundo llamado del tren. Al asomarse lo primero que nota es el lento y tortuoso andar de la mujer pegada a la pared buscando llegar nuevamente hasta la puerta, y de seguido, coincidencial, como muchas cosas en la vida, el aparecido y reconocido celaje, el movimiento reflejo, el desplazamiento en la distancia de quien ha venido persiguiendo de lugar en lugar y ha esperado, por mucho tiempo, enfrentar, y hoy, por palabras de gallero y ajenas, le han comentado de su posible arribo a esta desolada y triste ciudad marina, y desde muy temprano ha estado esperando, acechándolo. Se retrae al instante y se pega contra la pared, confuso, escondiendo su presencia corporal, no al temor, porque el temor es inherente a nuestra condición humana, es al valor y respeto al adversario, reconocer al contrincante, para el que viene, el que en su momento ha de pasar y enfrentar.

Mercedes Celestina, en su lento andar, todavía debajo del corte de sombra, tiene tiempo para observar y recordar. Para descubrirse encontrada entre dos fuerzas antagónicas, indescifrables: el hombre del rostro duro y maltratado, de la puñaleta, en el bar, y la figura siniestra del hombre con sombrero negro alón que ha vislumbrado y reconocido por sus ondulantes movimientos sobre la distancia, que viene solitario y diligente por el pleno centro de la calle, levantando en su arrastrar de abarcas sabaneras el seco y rojo polvillo del barro, seguro de sí mismo, de lo que crea y busca, por si las moscas, rozando el tiempo y su silueta, entre el ocultamiento y el resplandor de la tarde, antes del tercer pitazo y la marcha definitiva del tren. Ahora los pausados y pesados pasos la llenan de impaciencia, el ritmo intenta perderse, se quiebra ante la angustia. Reconoce de pronto, como si estuviera viéndose frente al espejo, que algo la empuja, la lleva presionante a estar donde no debe estar. Sus manitos convulsas se afianzan y se desplazan como pueden, no como deben, arañando el abrupto pañete rugoso de la pared. Intenta llegar a la puerta de entrada al bar en el menor tiempo posible que le pueda ofrecer el pesado cuerpo, ahora sin control. Cada vez que da un paso su amplia sombra se va proyectando y alargando sobre el sardinel y el barro, partida, quebrada y lánguida.

El hombre en el interior aguarda pegado, sumido en la semioscuridad de la pared; piensa en los hechos y en la proximidad circunstancial de los elementos: la puñaleta incrustada en la mesa y la imponderable aparición de Lipito Caimán. Inquieto. Presuroso. Sin decidir su próxima maniobra, la actitud a tomar, dirige la vista al techo, busca inquieto, esperando encontrar allí soluciones, y mientras observa los artificios decorativos, las escenas báquicas y desmesuradas que decoran artesanalmente el bar, cuenta, mide como si fuera un oficioso relojero, mentalmente, el tiempo; mide la distancia y el espacio entre la pasada de Lipito Caimán por la puerta y él poder lograr tener en su mano la puñaleta. Se imagina su inminente muerte al entregarse, enfrentarse desarmado ante la conocida destreza y rapidez del oponente o la estúpida pérdida del tiempo si no lo logra alcanzar y enfrentar. Pensó que la desesperación nos coloca, nos revuelve el pensamiento y nos coloca ante nuestro adversario en desventaja. Volvió a perfilar en lo mínimo su mirada hacia la calle por entre las celosías y los barrotes de la ventana y se dio cuenta, por encima de los morrudos hombros de la mujer quien desesperada quiere llegar, hacerse a la puerta, y del acercamiento de la definida realidad de la figura que ha venido acechando tiempo tras tiempo. Le puso apuro y coraje a la vaina y saltó de un solo paso hasta la mesa. Desprendió en lo inmediato la esperada puñaleta y ante cualquier desenlace se empinó de un solo trago las tres medidas dobles de ron que le quedaban. Sintió el calor abrasador del fuerte ron de caña recorrer su interior y aferró más su mano a la empuñadura de la daga. Creyó que por fin el tiempo se acortaba, que las largas paralelas del encuentro, ante las circunstancias, se unían en el infinito y cerró profundamente los ojos. Lo que llegó a meditar en esos instantes sólo él lo sabía. Rápidamente le arrancó de las manos la colorida pluma de guacamaya tropical al sabio mandarín y se la atravesó, reconociendo su paso, como nariguera, tal vez invocando un antiguo ritual aprendido o encomendándose a algún antepasado tribal.

Ellos, las meseras y el cantinero lo observan en silencio.

Vio venir desde el interior del bar, ya casi frente a ella, al hombre oscuro y cenizo con la puñaleta en la mano sangrante y una pluma multicolor que traspasaba el tabique su nariz.

Un impertinente y cálido viento, afanado remolino de brisas encontradas en plena calle, se vino, llegó y levantó intempestivamente el ala del sombrero y expuso la cara del errante andariego a la inclemencia del tiempo y del brillante y abrasador sol. Lipito Caimán sintió en su rostro cetrino el rafagazo hiriente del sol y pronto lo tomó como un aviso, una premonición y, arisco, sin dar tiempo a los esquives, reconociendo que de cualquier lugar salen, brotan los enemigos, se plegó rápido a la sombra de la acera, buscando el claroscuro de la caída de la tarde, no muy distante de la mujer que llegaba agitada a la puerta del bar. Mercedes Celestina en su vigilancia reaccionó al cambio de rumbo y a la inmediata e intimidante presencia del hombre del sombrero negro en su misma acera. Acezante llegó a la puerta del bar y con la mayor rapidez que pudo pasó una pierna al interior y colocó ambas manitas en las jambas. Asida a la madera del marco, contuvo la respiración, sacó fuerzas de donde se ocultan los presagios y se escapan los suspiros, colocó sus manitas sobre el marco y se impulsó para intentar traspasar el reducido espacio de la puerta. Al obstruir con sus profusas carnes el espacio de ingreso, levantó su cabeza y vio venir desde el interior del bar, ya casi frente a ella, al hombre oscuro y cenizo con la puñaleta en la mano sangrante y una pluma multicolor que traspasaba el tabique su nariz, quien también buscaba impaciente, desesperado, un lugar por dónde salir. Le produjo miedo el tener ese rostro oscuro respirando encima de su delicado rostro. Entonces vio, sintió en ese imperceptible instante, colocar su vida invertida, al revés, de adelante para atrás, deconstruyendo el tiempo en el alto espejo del cuarto circular, y por primera vez emergió ante ella la confusa figura de aquel ojo que la miraba y de la voz que le hablaba como si fuera el espejo mismo para que se desnudara ante él y mostrara su creciente cuerpo de niña. También, reincidente, vio en su mano sostener con decisión, pero tembloroso, la acerada y brillante puñaleta que antes clavaba en la mesa y entre sus dedos.

Lipito Caimán, en su hazañoso embeleco, presuntuoso, seguro de su vasta experiencia, de los muchos desafíos triunfales, decide ostentoso pasar por el pleno frente de la puerta y observa sonriente, burlonamente, el grueso cuerpo de la Mercedes Celestina atascado, embutido como una esponja, a la fuerza, en un espacio donde no puede entrar, donde no hay cabida para ella. Sonríe en sus adentros. Arrogante, al pasar, intenta chismosear por una de las tres ventanas abiertas, hacía el interior del bar. En su inmediata y exaltada sorpresa reconoce en la penumbra, sobre la manchada mesa, la figura del búfalo —puesta la cabeza del animal hacia las ventanas, hacia los hechos exteriores— y la montura sonriente del sabio mandarín ya sin la pluma. De inmediato reacciona y se llevó y apretó su mano contra el cinto y sacó por impulso su defensa, y ágil dio media vuelta en un salto, se aparta y se hace intrépido hacia un lado, y hacia otro, buscando la seguridad del espacio abierto, evitando así el ataque sorpresa. “La fortaleza del animal y la apacible sabiduría milenaria del viejo mandarín”. ¿Y la levedad de la vida dónde está, en dónde se encuentra..?, se pregunta rápidamente, ante la apremiante circunstancia. Conocía por oscuras experiencias anteriores su primitivo ritual iniciático. Alterado percibió en lo sucesivo, en el ambiente, el olor dulzón de la tragedia, de la violencia de los actos, del sudor en los encuentros corporales, de las armas que resplandecen y se entrecruzan, y de la sangre que al final brota cálida, viva. Miró sin miedo para todas partes, pero lo infundió como respuesta: sacó con alevosía para defenderse ante lo conocido y deslumbró con su arma zigzagueando, jugueteando con los últimos rayos del sol. En su retirada se fue andando, caminando para atrás y para los laterales sucesivamente. Por un momento se detuvo impaciente y verificó en el andar, con el rastrillar de su macoco por el borde del andén, antes de cruzar la próxima esquina.

El hombre de rostro cenizo, con variados gestos áridos y violentos no supo qué hacer al encontrar taponada la puerta y no poder salir. Profundamente frustrado, compulsivo mira a Mercedes Celestina.

—¿Me buscas a mí..? —alcanza a decirle Mercedes Celestina, con una sonrisa nerviosa y coqueta en sus labios, al verlo indeciso, armado de la filuda puñaleta frente a ella.

El hombre desesperado y angustiado, sin comprender nada de lo que le dice Mercedes Celestina, pero sintiendo que por la otra orilla discurre el peligro, y la venganza se pierde, se desplaza rápido entre las mesas y las sillas hacia la ventana. Ahora parece que la escenográfica y fantasiosa decoración del bar reviviera ante los acelerados y desordenados murmullos, acompañados por los sonidos bestiales de Richy Ray que brotan del luminoso Wurlitzer. En su precaución el hombre de la pluma se coloca a media cara, de perfil a la pared, para la calle, y no establece inicialmente la ubicación corpórea de Lipito Caimán; pero ve acercarse, nota la presencia, orillándose, recostándose inclinado y jadeante, escoriado a la pared de enfrente, de uno de los perros que seguían como custodios a la perra “Lola” y que va arrastrando sus vísceras sangrantes por el largo sardinel.

Ella, al ver que el hombre se aleja apresurado, cree que él huye ante su presencia. Entonces alarga y asoma lo más que puede, hacia el interior del bar, su cuello y cabeza, para cerciorarse hacia dónde va el hombre de la pluma atravesada en su nariz. En un esfuerzo más ve reptar al hombre sobre la pared hacia la ventana, su punto de acecho.

—¡Para que tú lo sepas… todavía soy señorita! —le grita atrancada, retenida, muy alto, sobre todos los sonidos, la gorda Mercedes Celestina.

—¡Nada en esta vida concluye! —se dijo el hombre para sí, mientras miraba en oración para los fuertes entrecruces de las vigas de madera en el techo.

Gustavo R. Cogollo Bernal
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