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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Ojo de escorpión

martes 18 de octubre de 2016

Petra atraviesa la avenida sorteando las cadenas de vehículos que bajan desde la autopista. Hay una cola de varios kilómetros típica de los viernes en la noche. Petra se contonea entre los autos con el paso del gato sobre los tacones altos, como ve hacerlo a las modelos en los desfiles de modas que pasan por TV. Apura el paso cuando siente la garúa. Si logra pasar la avenida llegará a tiempo para su cita con Lucía. La faldita roja de tergal cubre dos palmos por debajo de su cintura. La blusa de encaje de nailon negro le cubre hasta las muñecas. Es su ropa dominguera. No es domingo, pero hoy está de humor dominguero. Su abundante y rebelde cabellera la lleva recogida en moño con una banda elástica que sólo la ciñe para enseguida desparramar los tirabuzones en todas direcciones como los radios de rueda de bicicleta.

Las luces de los autos rielan sobre el asfalto mojado por la llovizna. Ella alcanza el otro lado de la avenida y baja por la escalera que conduce al centro comercial.

Esa mañana había llamado a Lucía por el celular:

—Hola, Luci, ¿cómo estás?

—¿Cómo quieres que esté, comadre, con ocho meses de embarazo? Si pudiera le pagaría a alguien para que me sostenga la barriga. Parece que tuviera cuatro chamos adentro; sólo es uno, pero muy grande.

—Lucy, te invito a comé el helado que tú quieras, del tamaño que pidas.

—Petra, si no me provoca ni salí después del trabajo.

—Anda, alégrate la vida, hoy recibiré mi pago y quiero que vayamos a la heladería de lujo del centro comercial y nos demos un gran gusto. Nada de helados del restaurante chino, allí sólo hay de vainilla, chocolate y fresa y parecen hechos de leche descremada. En la heladería de lujo hay más de treinta sabores y puedes pedí hasta tres o más bolas de helado en la combinación que quieras. Y son helados de pura crema, garantizado.

—Está bien, iré, pero luego me acompañas a casa porque voy a comé helado por mí y por el chamo y casi no podré caminá. Después del trabajo estaré, más que cansada, muerta.

—Nos encontramos en el centro comercial a las siete. Chao.

—Chao.

Lucía la espera sentada en un banco en uno de los pasillos del centro comercial cerca de la heladería. Petra ayuda a Lucía a incorporarse tirando de su brazo izquierdo.

—Mujer, estás enorme, ¿te sientes bien?

—Claro que estoy bien, sólo que parezco una ballena.

Caminaron hasta la heladería. Lucía muere por el chocolate y pide un cuenco hecho de barquillo dulce con cinco bolas de helado: chocolate con chispitas de chocolate, pistacho, nutela, praliné y bizcocho de chocolate. Petra ordena un cono con pistacho y flor de leche. Buscan una mesa desocupada y se dedican con deleite a “danos bomba”, como dice Petra. Entre relamido y relamido, Petra le cuenta a Lucía:

No me importa que me llamen lo uno ni lo otro ni lo de más allá; yo soy yo y sé quién soy, aunque prefiero que me llamen por mi nombre: Petra, simplemente Petra.

—Esta mañana Julia me formó un zafarrancho…

—¿Un qué?

—Un zafarrancho, un peo.

—Y ¿por qué tienes que decí esa palabra? Un peo lo entiende cualquiera, aquí o en la China.

—Ya sabes, es que Julia siempre me anda corrigiendo. Desde que Carlitos estaba bebé, me corrige, no quería que le enseñara al chamo las palabras del barrio. ¡Y que del barrio!, yo hablo las palabras de la calle. Si supiera. Cuando ella no está, Carlitos habla como todo el mundo, hasta me puede enseñá nuevas palabras. Si Julia lo oyera se estrellaría contra el piso.

—Eso de corregite es para hacese la fina.

—Me formó un peo porque le estaba poniendo las medias a Carlitos. No veo nada de malo en eso. Es para que el niño esté listo a tiempo para la escuela. Pero hay que vé cómo se enredan la vida estas patronas. Me hablaba a borbotones y se le hinchaban las venas del cuello como las del gallo que tenía mi vieja en el patio del conuco. Dijo cosas raras sobre la servidumbre. Según ella esa palabra ha sido borrá del mapa desde hace mucho tiempo. No entiendo qué quiere decí con eso. Para mí, es lo mismo sé servicio de dentro, sirvienta, cachifa, criada —a propósito, no entiendo por qué la llaman a uno criada: a mí me crio mi vieja. No importa cómo lo mientan a uno. No me importa que me llamen lo uno ni lo otro ni lo de más allá; yo soy yo y sé quién soy, aunque prefiero que me llamen por mi nombre: Petra, simplemente Petra.

—No te quejes tanto, Petra, Julia te ha salido buena como patrona. Ya tienes doce años trabajando con ella.

—Tienes razón, estoy cuidando a Carlitos desde que era un bebé de leche. Yo tenía doce años cuando entré en esa casa. Julia dice que somos una simbiosis. No sé qué quiere decí con eso, pero entiendo que es algo como sé socia.

—No sueñes, Petra de mi alma, una nunca llega a sé socia de la patrona. Ya me ves a mí.

—De verdad no sé cuál es el problema de Julia. Yo pienso que servidumbre es hacé lo que no le gusta hacé a las patronas y que ellas le paguen a uno por eso. Yo hago lo que a ella no le gusta hacé, aunque ella diga que es para dedicase a escribí, que es su oficio. Y tiene razón porque ella se atornilla en su silla frente al computador y escribe una chorrera de palabras, eso le da para pagame el salario mínimo y hacé los gastos de la casa. El otro día miré lo que escribe cuando salió por un rato y no lo entendí bien, pero ella gana su rial por pasase todo el día y a veces la noche escribe que escribe. Se queja de que no le pagan lo suficiente para viví decentemente. ¡Qué va a sabé ella de no viví decentemente! Que yo sepa, ella no ha pasado hambre. Y si no ha pasado hambre, no sabe de lo que está hablando. Yo hago todo lo que a ella no le gusta hacé. De plano no le gusta limpiá, lavá ni planchá. Lo que le gusta es cociná. Ella goza con eso. Sobre todo cuando Carlitos y Antonio, su marido, repiten y repiten y no me dejan ni arroz. Pero hay que vé. Los domingo o entre semana, cuando está inspirada y hace una receta especial, deja la cocina patas arriba y entonces yo tengo más trabajo. Ojalá que no lo hiciera. Que me dejara eso a mí, porque, al fin y al cabo, ella sabrá decorá la comida con receta, pero no me gana preparando unas caraotas o una carne guisada.

—Pero bueno, volviendo a Julia, allá ella y sus manías. Es una manía la que ella tiene al no dejá que vista al niño. Esta mañana me gritó como tenía mucho tiempo que no lo hacía. Antes, cuando trabajaba en periódicos y salía temprano y regresaba muy tarde, y no le pagaban bien y no le alcanzaban los riales para nada, muchas veces se descargaba conmigo. Ella podría sé mi mamá, pero yo tengo más vida vivía. Así que no le paraba mucho a sus gritos. Yo sabía que me estaba gritando a mí porque no le podía gritá a sus jefes. Pero esta mañana sí me gritó a mí. Total, ella sola se enrolla. No veo por qué, si Carlitos se acaba de bañá, se acuesta en la cama y me estira una pierna y después la otra, yo no le pueda poné las medias y los zapatos. Parece que se olvida, le he estado poniendo medias a ese chamo desde que llevaba pañales. Julia se desgañitó por nada. Que si ese niño está muy grande para que le pongan las medias. Que eso de vestí al amo o al hijo del amo quedó en siglos pasados. Que ya Carlitos tiene doce años entrando a trece. Que hasta cuándo lo voy a consentí. Que de allí no puede salí nada bueno. ¡Qué sé yo! Mejor dicho, qué cosas no me dijo. Para mí que ella se pone celosa, porque Carlitos siempre me busca a mí cuando necesita algo y yo estoy siempre allí. A mí no me molesta. Pero Julia, cuando tiene un trabajo que entregá, se pone como perro con rabia que, si le hablan, muerde. Cuando entrega su trabajo vuelve a está normal. Yo le digo a Carlitos que no se afane cuando ella no lo atienda, que es por el trabajo. A la final, es ella quien saca la cara en esa casa, porque su marido siempre se mete en negocios que fracasan.

—Petra, estás sin resuello, coge aire que te vas a desmayá. Entiendo que tengas mucha gana de descargate. Respira hondo, dale, que para eso estamos las amigas.

—Hablando de Antonio, en eso de negocios fracasaos, creo que le gana al Nacho. El Nacho caía por el rancho como esas pestes que aparecen de tiempo en tiempo. Así me puso dos barrigas. Para completá, me quitaba rial porque iba a hacé un negocio que nos sacaría de abajo. Hasta que me cansé, lo miré con ojo de escorpión y le canté cuatro. Entre otras cosas le dejé claro que si seguía jodiéndome le echaría mal de ojo asegurado con una maldición de la que ni el mejor brujo le limpiaría. Él sabe que no hablo por hablá, porque todos en el barrio conocen el podé de mi ojo de escorpión y de mi lengua. Cuando quiero, yo le pongo podé a las palabras. Después le eché cerro abajo la bolsa de ropa y parece que cogió miedo porque hace tiempo que está desaparecido. Cuando uno tiene un problema así, necesita librase de él como sea. En eso yo soy más práctica que Julia. Pero bueno, como el marido que tiene es un bueno para nada, de verdad no sé qué le ve —yo me lo hubiera sacudido hace tiempo— es con ella con quien contamos y no podemos está fastidiándola porque si no, la fastidian a ella y nos jodemos todos. Estoy segura que ella está celosa. Y tiene de qué estalo, porque el Carlitos se está estirando y va a sé una belleza de hombre. Julia dice que él ya está crecido y no es un bebé para que le esté poniendo las medias. Si eso lo hago yo todos los días, pero muchas veces ella no se da cuenta porque está en el teléfono haciendo citas para entrevistas o está pegá al computador, o se va a caminá para mantenese en forma como ella dice. Así que ponele las medias a Carlitos es como servile el desayuno. A veces, si se hace tarde, hasta lo ayudo a bañase y vestise completico. Pero yo sé por dónde viene la cosa. El otro día Julia me dijo como quien no quiere decilo pero lo dice, que su amiga Clarisa te había despedido cuando descubrió que Alberto, su hijo de veinte años, se metía en tu cama por las noches. Claro, como no podía despedí al hijo, te despidió a ti, la pobre Lucía.

Lucy, los hijos de los pobres no nacen con buena estrella. Buena estrella la del padre de tu hijo. Ése no necesita ni estudiá.

—Aquí se ve el resultado —respondió Lucía acariciándose el vientre—, a los dieciséis años, preñá. No sólo me despidió, me dijo que ni se me ocurriera nombrala para que diera referencias mías cuando anduviera buscando trabajo. Y eso que no sabe que llevo adentro a su nieto, cuando me despidió no se me veía. Ahora tengo que aguantame cuidando a ese viejo enfermo. Te juro que no hay nada peor que limpiá la mierda de un viejo que es cuero y güeso.

—Un poco más de paciencia, Lucía, pronto parirás y tu vieja te ayudará a cria el chamo y podrás conseguí un trabajo mejor.

—Gracias Petra, tú siempre tan buena amiga, me animas a seguí. Por eso me gusta hablá contigo y por eso te nombré mi comadre. Espero que m’hijo nazca con buena estrella.

—Lucy, los hijos de los pobres no nacen con buena estrella. Buena estrella la del padre de tu hijo. Ése no necesita ni estudiá, ya ves que tiene tres años en la universidad y ha pasado por tres carreras diferentes. Él puede pasase la vida haciendo que estudia hasta que su padre muera y él herede el negocio. No necesita sabé nada. Sólo seguirá pagándole a otros para que le trabajen.

—Petra, no quita nada que uno espere la buena estrella para su hijo.

—Hay que vé que eres creyente. Ahí tiene el ejemplo del Niño Dios que nació pobre con la estrella de Belén, la mejor estrella del mundo, colgada encima del pesebre. ¿Y de qué le sirvió? Le sirvió para que lo persiguiera Herodes y María y José tuvieran que huir a otro país, creo que Egipto. Allá vivieron como refugiados hasta que Herodes hincó el cacho.

—Sí, yo sé esa historia, me la contó mi madre que siempre anda leyendo la Biblia.

—Pero es que ahí no terminó la cosa. ¿Cómo murió Cristo?

—Ya sé, crucificado entre dos ladrones.

—¿Viste? y eso que nació con estrella. Despierta, comadre. Los pobres no nacen con estrella y si se aparece una cuando nacen es para marcalo para mal.

—Mejor vamos caminando, es tarde y se pone más peligroso el cerro.

—Nos vamos acompañando. Ya sabes que en el barrio me respetan hasta los choros. Tú tranquila, que vas conmigo, para eso estamos las amigas que a veces son mejores que las hermanas, porque una las escoge. Volviendo a las patronas, yo lo he dicho: de verdad, verdad, que se enrollan. Creo que no se ponen a pensá que es mejor que sus hijos vengan a una y no que vayan a caé en manos de cualquier malandra desconocida y malintencionada.

Ana Irene Méndez Peña
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