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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Inspiración: ¿fuego o sueño?

domingo 27 de noviembre de 2016
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Sus dedos largos acariciaban la punta inferior de la primera hoja, mientras su mirada se perdía entre las letras que desnudaban los deseos de Lady Chatterley; tal vez anhelaba convertirse en su alter ego, no de forma pública; incluso la imaginaba reprimida en sus prácticas privadas; ante cualquier cuestionamiento sobre su perspicua concentración, aquella que envolvía su ser cual capullo impenetrable, la premeditada excusa revelaba evidente pasión por la lectura, sea de la naturaleza que fuera, defendía la tradición epistolar de la valoración del texto y la supremacía individual del escudriñamiento visual sobre aquellas páginas discurriendo seductora entre sus palmas. Podría declararme enamorado, hechizado por su estilo naturalmente vanidoso; después de cinco semanas en el club literario, atrapado en un ambiente contaminado de ímpetu creativo, se revelaba más entusiasmo que dedicación artística en la mayoría de asistentes; su actitud no respondía a una vestimenta, una máscara, una presentación exhibicionista de sus talentos, ni siquiera era consciente del conjuro que derramaba a su paso, era simplemente ella: obsesionada con las letras.

De habla breve, oportuna, actuar controlado, no necesitaba comunicarse de otra forma, un simple movimiento dibujaba una experiencia única mientras topaba casual con un escrito; el amor la excedía, brotaba de sí, superando la delicadeza de los pétalos de rosa o la sublime entrega de una madre amamantando por primera vez al fruto de su sagrado y trajinado vientre, incluso un aroma cálido la inundaba, perceptible para los pasivos observadores, embobados durante la hora y media en que la maestra nos permitía leer cualquier cosa, en vías de encontrar un chispazo, una idea, una historia; casi todos los presentes, confesos perdidos, revelamos estancamiento, una especie de tácito estrangulamiento diario que nos orillaba al hartazgo y consecuente letargia.

Después de casi dos años de búsqueda y producción literaria, sospecho un autoboicot: al ubicarla o conocerla, ¿desaparecerá toda esta pasión enigmática que me permite crear?

Ella obviaba la presión en el logro de un relato o el paso del tiempo que justificara la inversión económica usada, disímil a mi asfixiante realidad: la editorial que unos diez años atrás había publicado una de mis antologías requería una reimpresión junto a nuevos parlamentos, demostrando el florecimiento adquirido en mi prosa, prodigaban fe sobre algo que ni por factor temporal ni al azar ocurrió: mi madurez; un período inactivo prolongado me subyugaba después del único premio cuasifamoso que decoraba mi casa, aislada como los fragmentados textos que durante los últimos otoños se multiplicaban, atiborrando el cajón del escritorio: sosos, sin furor, nada.

Envidiaba su falta de preocupación, aquella que me azotaba cada vez que recibía un mail recordándome los plazos planteados por la editora, hace ya más de tres meses. Ella parecía disfrutar de cada minuto, fresca, sin prisa, sin pendientes; no escapaba a la fragancia seductora que la dulzura de su existencia en libertad diseminaba, su inocente dominio sometió mi razonamiento discreto, ojeaba acechante sus creaciones durante los dilatados breaks que la movilizaban fuera del aula, delineaba una prosa fresca e innovadora, matizaba la calidad de un experto literato con la ingenua versatilidad en una naciente oradora, fuera de lo que estilísticamente se espera encontrar en La casa verde o en Conversación en La Catedral, nunca había leído nada tan sutil, propio y adecuado.

Musa impredecible, el desenfreno que provocaba en mis visionarias madrugadas despertó una parte escondida de mi ser que ni tiernas y experimentadas damas de compañía compensarían. Contrariando mi característico pesimismo, empecé manuscritos donde la evocaba, privilegiando la acción fructífera y poderío sensual de una inspiración, una historia de un ser común y corriente trastocado por el celestial empuje de la creación; estaba extasiado, mandé el primer borrador de un relato corto que inmediatamente tuvo respuesta positiva en cuanto a su publicación, volvía a florecer, escribiendo y reescribiendo trozos de textos que luego de semanas se enmarcaron dentro de un rompecabezas novelístico inesperado. Debía permanecer unido a ese hilo de iluminación, que sorpresivamente desapareció un miércoles a las 7:00 pm; su inicial tardanza extrañó, su inasistencia, la primera, me desubicó, transformándose en una pesada angustia que se tornó paranoica las próximas semanas, cuando comencé a indagar por algún dato que me confirmase su permanencia. Lejos de paralizarme, mis dedos empezaron a guardar un duelo respetuoso que sería eterno, seguía escribiendo ante su ausencia, alucinando su regreso y jugando con un prosaísmo esperanzador. Mis pesquisas cayeron en un laberinto de preguntas vanas, me resultaba irreal que nadie la recordara, ni la mentora dio muestra de sorpresa ante mis cuestionamientos, respondidos con indiferencia. Nadie sabía de ella, nadie la ubicaba, la desesperación me llevó hacia el responsable administrativo de asistencia, nombró a cada uno de los participantes del último taller, presentes aquel día. ¿Era posible que su existencia se limitara a mi fantasía?, mi inspiración era auténtica, también lo debió haber sido el estímulo. La tormentosa confusión enardeció el fuego interior que procuró varios capítulos de una nueva novela: Buscando a Ela (Ella), a la actualidad marketeada como una trilogía cargada de ansiedades, persecuciones, delirios, siguiendo pistas que contratados investigadores ficticios han urdido hacia la meta final: hallar mi numen, aquella perfección creada por mí y justo para mí, aquel estro verídico que pretendo coexista, dentro o lejos de mis quimeras. Después de casi dos años de búsqueda y producción literaria, sospecho un autoboicot: al ubicarla o conocerla, ¿desaparecerá toda esta pasión enigmática que me permite crear?; si es así, ¿mi necesidad de trasmitir decidió que Ela se convirtiera en esta genial inventiva?, logrando someterme a una intriga genuina de mi yo, de mi otro yo, urgido de reconocimiento e innovación, sigo persiguiéndola, aferrándome a la idea de su subsistencia, si la negara, me anularía, esta vez para siempre.

Rosa Via Bazalar
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