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El vuelo de Charly

jueves 19 de enero de 2017
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El concierto había estado intenso, grandioso, genial. Era hora de un merecido descanso, de acostarse cerca del cielo, mirar las estrellas y sentir la brisa que, en aquella noche, sólo aparecía por breves instantes en las alturas. Como cosa curiosa, nadie se preguntó acerca de por qué Charly había solicitado la suite del noveno, la del balcón amplio y abierto.

—Cosas de las estrellas de rock, no hay que prestar atención a eso, sólo hagan lo que dice, él es quien paga —dijo el encargado con voz grave y arrogante.

Me sentía inquieto. “Y, ¿si decide saltar al vacío?”, me pregunté varias veces casi en silencio. No sé, lo presentía, pero también sabía que si expresaba mi preocupación al encargado lo haría molestar, y quizá hasta podía perder mi empleo; así que, por momentos, olvidé el asunto.

—Si algo llegara a pasarle, lo lamentaré, pero al menos ese pibe dejará su música grabada.

Bailaba y cantaba. A veces se detenía y miraba hacia el cielo. Con uno de sus dedos parecía dibujar algo en una pizarra ficticia.  

Le comenté a Claudia, la secretaria del encargado, sobre lo que pensaba:

—Vos sabés que ese che me cae de lo mejor, pero está trastornado. Fijate que el año pasado, mientras nos visitó, tuvimos serios problemas. En pleno concierto, y ya casi al final, el muy boludo se desnudó. Más tarde la policía vino hasta aquí a buscarlo. Uno de los oficiales subió y le tocó la puerta:

—¡Abra! Soy policía.

Y Charly, ya pasado de tragos, dijo:

—¿Y yo qué culpa tengo de que vos no hayás estudiado?

Tanto se molestó ese hombre que echó la puerta abajo. Luego tuve que repararla; es mi trabajo, lo sé, pero eran las tres de la mañana…

—¿Por qué no lo piensan mejor antes de darle la suite del noveno? —pregunté.

—Descuida, Diego, tomaremos en cuenta tu sugerencia —murmuró Claudia sin mostrar el más mínimo interés por lo que acababa de contarle.

Esa noche, luego de finalizado el concierto, Charly arribó al hotel sin ninguna novedad. Me quedé revisando los jardines y la pileta. Ese trabajo lo había pospuesto desde hacía una semana, ahora sería bueno retomarlo; así, al menos, tendría la vista en el balcón de la suite del nueve. Estuve durante un par de horas haciendo el recorrido, revisando el funcionamiento del alumbrado y ordenando las sillas a un costado de la pileta. Cansado de caminar de aquí para allá y de allá para acá, tomé una de las playeras y me senté. Respiré afanosamente el cálido aire de la noche mientras tomaba una cocacola que había traído una de las mucamas. El clima estaba húmedo. En los jardines los pequeños arbustos y la fila de árboles parecían muertos: sus hojas permanecían inmóviles. Definitivamente hacía un calor infernal aquella noche.

Mientras continuaba disfrutando de la bebida, de forma intermitente continuaba clavando la mirada en el nueve hasta un instante en que observé a Charly acercarse al balcón.

—Allí vamos… —me dije.                                                                                                  

Tenía algo en sus manos; sin embargo, desde esa distancia era imposible saber de qué se trataba. Bailaba y cantaba. A veces se detenía y miraba hacia el cielo. Con uno de sus dedos parecía dibujar algo en una pizarra ficticia. Entonces paró, detuvo el movimiento de su dedo, su bailar, su canto… Fue cuando comenzó a mirar hacia abajo de forma insidiosa. A pesar del calor que sometía, sentí que mi cuerpo de pronto comenzó a sudar frío.

—Lo va a hacer… ¡Dios! —me dije.

Entonces sin medir y sin pensar grité desesperadamente:

—¡Charly!, che no lo hagás, no te lancés…

En aquel momento Charly dejó caer el aparato que tenía en sus manos. El objeto describió una proverbial trayectoria parabólica. No supe de qué se trataba hasta que lo vi en el suelo, destrozado en muchos pedazos. Había caído justo a un metro del borde de la pileta. Me acerqué hasta allí y lo primero que noté fue una pequeña lámina que tenía el emblema de Sony. Segundos después, mientras recogía los restos del walkman, se escuchó un fuerte ruido y, seguidamente, una impresionante estela de agua me bañó por completo.

—¡Dios! ¿Qué fue eso, che? —dije asustado.

Enseguida la pileta se atiborró de huéspedes. Posteriormente, y como por arte de magia, el hotel se llenó no sólo de mirones sino de periodistas.

—Vaya usted a saber de dónde salieron todos esos boludos… —me dije.

Mientras recogía los restos del walkman, Charly había decidido lanzarse a la pileta. Él sabía que si saltaba a una velocidad un poco mayor de la que le imprimió al walkman, caería muy cerca del centro de la piscina.

—Vaya, al menos sabe algo de física —me dije luego de observarlo salir de la pileta, tan normal y tan tranquilo, como si acabara de saltar desde la breve altura del trampolín.

Sinceramente creo que tenía conocimientos de física porque, justo un par de minutos después de su peculiar vuelo, y mientras Charly permanecía sentado en una de las playeras, el primer periodista en llegar preguntó:

—¿Cómo sabías que caerías en la pileta?

Charly comenzó contando que antes de hacerlo había dejado caer su walkman. La trayectoria seguida por el aparato le había suministrado información valiosa para posteriormente corregir la suya. El periodista, sorprendido y casi sin entender, preguntó:

—Pero eres más grande que el aparato, ¿no pudiste haber cometido un error en tus cálculos?

Charly respondió:

—Pues, ¡no!, desde hace mucho tiempo Newton había estudiado ese movimiento. También, a mitad del siglo XX, Einstein lo analizó. La información que tenía es que la trayectoria es independiente de la masa.

El periodista entusiasmado dijo:

—Vaya, che, pensé que vos sólo sabias tocar el piano y la guitarra, además, por supuesto, de pegar gritos en el escenario…

Seguidamente Susana, una bella periodista, se acercó y, observando que Charly sólo tenía puesto un minúsculo bañador, dijo:

—Charly, estás gordo, che…

—¡Vos también! —respondió mientras dejaba escapar una singular sonrisa burlona.

Luego, un grupo de periodistas le rodeó de manera asfixiante. Todos querían preguntar, obtener más detalles de la alocada situación. Me alejé despacio, tomé mis cosas y me retiré. Cuando llegué a casa aún estaba ansioso, preocupado.

Al día siguiente la prensa se hacía eco del suceso. Los noticieros en la televisión se unieron en la difusión, incluso, alguien hizo llegar un video aficionado a las estaciones donde se podía observar la trayectoria perfectamente parabólica seguida por Charly hasta el centro de la pileta.

Sin duda que El Jefe es un suertudo. ¿Será por eso que sus admiradores y seguidores siempre dicen: Charly es Charly, es un genio, es Dios?  

Esa noche había sido interminable. No pude dormir de lo impresionado que estaba.

—Vaya que existen maneras extrañas de hacerse famoso —decía mientras intentaba conciliar el sueño.

Al no poder adormecerme, me levanté y fui a la biblioteca a investigar sobre el tema. Recurrí a los libros de física de mi hermano Fred, quien es licenciado en la materia. Un instante después de tomar uno de los libros, escuché un breve rechinar en la sala. Fred regresaba a casa luego de una fiesta. Al observar lo que revisaba sorprendido preguntó:

—Pibe, ¿qué hacés revisando eso, te matricularás en la universidad para estudiar física?

Mientras Fred buscaba una bebida en la cocina, caminé hasta la mesa, tomé asiento y comencé a contarle sobre el vuelo de Charly, le mencioné sobre la respuesta técnica que dio a la pregunta formulada por el periodista. Fred expresó: “Ciertamente, Charly tenía razón, pero sin duda tuvo suerte. Sus cálculos eran correctos; sin embargo, en esa zona de Mendoza el viento sopla muy fuerte, pero esa noche, gracias a los ángeles del paraíso, esa variable no entró en juego”.

Al rato, y antes de retirarse a su habitación, Fred, casi cayéndose de sueño, finalmente comentó:

—Sin duda que El Jefe es un suertudo. ¿Será por eso que sus admiradores y seguidores siempre dicen: Charly es Charly, es un genio, es Dios?

(del libro inédito Trayectorias descendientes).

Álvaro Ríos
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