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Siete poemas de Felman Ruiz

lunes 23 de enero de 2017
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Dead horse

Ciudades descomunales se levantan ante tus ojos
Y cientos de avenidas que transitan por el mundo como hipódromos
Ves caballos de carrera reventando el músculo para no quedarse rezagados
Galopar indomables hostigando imposibles
Para que al caer, al menos su vida no haya sido silencio
(ya lo había leído antes, o eres parte del ruido o eres parte del silencio)

La intermitencia de una luz compacta te devuelve a la broma cruel
del frío cuarto de baño donde estás exactamente ahora.

Asomas tu rostro al espejo sólo para que éste te escupa.

El caballo domado
El hombre que pasta.

 

Soledad ladera

¿Por qué transitas esta calle de noche angosta y empinada si no lleva a ningún lado?
Y encima cargas con la tristeza como si cargaras a un muerto
La envuelves en sábanas y la arrastras con un amarre alrededor de tus hombros con tal cuidado
que pareciera que se tratara de tu propio cuerpo.
Y el empedrado duele
y también duele la cuesta que no asoma final alguno
Y aun así caminas sin soltar muerto
Parece que supieras que al final de la noche hay un sitio para enterrar esa tristeza, para ese peso de plomo en el que te has convertido
Pero la noche se hace más angosta que ya no caben ambos
Debes soltar amarras o habitar el otro cuerpo que yace tendido
Pero no puedes caminar solo
No puedes liberarte de los nudos que has entrelazado
Y minutos antes que la calle amanezca
Un barrendero te pisa los talones como si fuera el mismísimo frío ejecutando su oficio

Ahora son dos
Los muertos que necesitaban sábana

 

La vena creativa

Noche punitiva Habitación 4×4 Maderas crujientes Pieles percudidas
Partículas de vicio Recargado aire
Fernet apolillado Tapices sucios Colillas amargas Sábanas astilladas.

Y los oyes afuera merodeando.
Depredadores Hoyanco de Calaña
Miradas pérdidas Ojos que se evaden. El reflejo no carece de culpa.

Te perciben Te conjeturan Te roen Te deambulan
El bulbo raquídeo El aura El espectro La voluntad El armatoste

Quieren Inhalarte Dejarte vacía
Beberte hasta traspasar tu vaso Erosionarte Clausurar tu vida
Pero no los dejas
Te escondes tras aldabas Candados
Tablas tapiadas Clavos Remaches Metal abisagrado
Fisuras las luces Te envuelves en púas Atrincheras tu alma en cristales rotos
Te abandonas en la cruz para que no te hagan daño No esperas resurrecciones
La respiración se contrae El esófago La sangre de las manos El esfínter
Ves a la esperanza muerta retorciéndose en el sol.
Afuera rugen Emanan en bestias Muestran los maxilares Arremeten contra tu refugio
El revestimiento crepita Tus paredes te lloran El olor a carnicería se centuplica
La puerta cae Los canes entran El miedo les excita Tu miedo los enerva
Febos los amamanta
Calderos o quebrantahuesos Se te quedan mirando. Te me quedo mirando.
Y en ese infinito entre hallar tus ojos y deshacerte —Te pido me perdones
Porque en realidad tú no existes Porque eres una invención aldabada desde mi vena fálica.
Porque todo este aire viciado que es la ficción que está por acontecerte
Sólo yace en mi cabeza Oscuro recoveco de Mariposa pérfida.

Suelto los canes a finiquitarte Y me muerdo los labios.

 

Petricor

A Claudia

No sé exactamente lo que necesito

Quizás un grito de la vida con la boca llena de sangre
Quizás drenar este corazón que está cansado de transformar todo en acericos
Y llenarlo de la espuma rabiosa nacida de una marejada
Quizás dejar de parir precipicios
Dejar de bautizarlos y de guarecerlos, de verlos crecer pero nunca irse de esta casa
Quizás incendiar esta casa y verla arder a pocos metros con todos los precipicios dentro
Girar y partir, esperar luego la lluvia.

No sé exactamente lo que necesito Pero lo busco
Para también así hallarte,
Hallarnos
(El mismo amor, la misma lluvia, Campanella)
Y reencontrarte como en aquellas primeras veces
En que la medida de mi tiempo
Eras tú y el petricor.
El olor del amor hecho por primera vez.

 

Anomalía

Joder que ella era un maldito milagro.

Era una mañana de tregua en un país nacido en guerra
El olor del amor impregnado en la almohada
O como esa imagen de círculos concéntricos que se forman tras la precipitación leve sobre los adoquines.

Ella era una singularidad
Casi como esa mirada que al verte sabes te pertenece sin haberlo pedido.

 

Muñón

¿Antelabas que el primer apego (al que llamaste paliativamente amor) habría de culminar como un muñón en tu existencia?
Como si al espíritu le escindieses una extremidad gangrenada sin una sola venda
Y la cicatriz quedase como certeza de ello y sólo para recordártelo.

(Y nunca será sólo un primer muñón, serán varios. Habrá tiempo para ello).

Observo al árbol talado y al muñón que deja como evidencia de lo que alguna vez fue su arboleda
De graznidos de aves y de frutos húmedos
Ese verde que no prosperará nunca más pero cuya imagen se sostiene.

Es taxativo: Cada amputación te transforma.

 

País de silencios

Hoy
de madrugada
Vi a mi país atropellado bajo las ruedas de un tráiler
Y no sé qué me disloco más
Si no ver a nadie voltear para constatar su cuerpo
O el olor a indiferencia que despedía tanta tristeza sobre el asfalto.

Como sea, vi a mi país en la lona
Lo vi tirado en un cajero automático evitando morir de frío
Lo vi sentado sobre un adobe en una escuela miserable sin poder oír nada más que los perros en su estómago

Y entre un estruendoso silencio
Vi a mi país callar con las manos llenas de puntadas
Como si una máquina de coser le cosiera la boca de una sola dentellada

y hasta el futuro.

Felman Ruiz
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