“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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El monstruo

sábado 18 de febrero de 2017

Ella era atormentada por ese ser, esa sombra siniestra que estaba en su vida constantemente. Desde muy niña el monstruo estuvo presente a sus espaldas, atemorizándola hasta las lágrimas.

Aquél era realmente espeluznante, pero su forma tangible no aterraba tanto, sino lo que podía hacer con sus temibles y musculosos brazos atestados de espesa pelambre.

El monstruo cayó, pero ella no pudo evitar arrodillarse al instante, adolorida. Se levantó como pudo, y se dirigió al espejo. Cuando miró su cuerpo notó que se estaba desangrando.

Cuando empezó a crecer, la ira hacia este ente aumentaba más y más, hasta convertirse en un enorme rencor.

La joven quería huir de las garras del monstruo, deseaba escapar de su yugo perverso, pero al parecer el destino no estaba a su favor.

Los ojos de zafiro de la joven se abrían, desorbitados por el odio, de una manera tal que cuando se miraba al espejo, se llegaba a confundir con las mismísimas tinieblas de la aversión.

El monstruo sacaba su lado oscuro, ese lado atroz que poseen todos los seres humanos muy dentro de su corazón, aquel donde se hallan todos los males de la caja de Pandora, que al ser liberados podrían provocar con su danza la mayor de las locuras, aunque quizá la funesta ceguera ya se estaba apoderando de ella…

La joven quería acabar con la bestia, destruirla o al menos hacerla correr de su recinto, de sus pesadillas, de sus días, para no volver a verla jamás.

Pero el monstruo no se iría nunca, y la muchacha lo sabía.

Harta de él, decidió enfrentarlo. Gritó lo más fuerte que pudo, y la criatura la miró penetrantemente con sus ojos hechos del más negro de los abismos. Iba a atacarla.

La muchacha tomó unas tijeras de punta afilada e hirió a su martirio. ¡Ya era libre! La sangre brotaba copiosamente; el rubí de sus entrañas comenzó a surgir como un río sereno.

El monstruo cayó, pero ella no pudo evitar arrodillarse al instante, adolorida. Se levantó como pudo, y se dirigió al espejo. Cuando miró su cuerpo notó que se estaba desangrando.

Las lágrimas de cristal brotaron de sus ojos al ver al monstruo nuevamente detrás de ella, sonriendo aviesamente con su sierra de dientes.

Supo que la bestia había ganado de nuevo.

Volteó la cabeza, y no vio absolutamente nada. Fue al lugar donde se deshizo de ella y tampoco. Entonces advirtió que la sombra de la animadversión la había convertido en su condena.

Sintiendo el dolor en su estómago, y la frustración de haberse transformado en su propio enemigo, sus labios temblaron para después dejar escapar de su garganta un horrible grito.

 

La hallaron muerta esa misma noche.

Ivanna Zambrano Ayala
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