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Sólo fue un polvo de Raymond Carver

domingo 12 de marzo de 2017

“Haz lo que tú quieras
Yo seré tu esclava o tu compañera
Como tú decidas, como tú prefieras
Sin una caricia o una vida entera
Haz lo que tú quieras
Que yo me conformo con una quimera
Con una migaja de lo que me quieras
Con un beso tuyo que me prometieras…”.

María Antonieta

Eres un cerdo, jugar así con mis sentimientos. Parece que no significó nada para ti aquella noche, ¿verdad? Nos encontramos en la calle y recordaste cómo te miraba en la fiesta, porque no era a la ballena esa que te acompañaba, era a ti, cabroncito, y tú supiste traducir el mensaje de mis ojos. Te acercaste y me diste una copa, prendiste mi cigarrillo y dijiste algo chistoso que no recuerdo. En ese instante supimos que entre nosotros podía pasar cualquier cosa menos una amistad. Pero bueno, te llamaron para que hablaras de ese libro que te llevó no sé cuántos meses. Y no te volví a ver sino en la calle, bajo el torrencial. Tratabas de abrir un paraguas inservible y yo me acerqué con el mío, sonriendo, aunque ya no me interesaba mojarme y a ti tampoco. Fue cuando guardaste mi paraguas y corrimos sin importar nuestra ropa. Sabía que tenías esposa, se te salió en la conversación, pero tampoco me importó. Terminamos bajo la ducha de mi departamento. Y te dije con una voz etérea que sólo tú escuchabas, que podías hacer lo que quisieras. Todo lo que tu imaginación podía concebir. A cada tanto caíamos sudorosos sobre la cama a fumar para iniciar de nuevo. Así pasamos todo ese fin sin importar el tiempo, o la jodida vida que transcurría afuera. Pero el lunes, cuando desperté, te habías ido. Te llamé por teléfono y me dijiste que te esperara. Pasé toda la noche sola y me aparecí en tu trabajo temprano. Agrandaste los ojos como diciendo que qué hacía allí. Te dije que no iba a permitir que simplemente me echaras a un lado. Que si eras hombrecito para echar un polvo, también para enfrentar tus responsabilidades. Soy un hombre casado, vociferaste, y yo te maldije y te dije toda la porquería que merecías. Salí con ese escándalo de tu oficina para que todos se dieran cuenta de lo que tenías conmigo y llegara a oídos de tu mujercita.

Ahora ya nada vale para mí, Raymond Carver. La vida ya no tiene sentido. Todos los tipos que llegaron nunca fueron míos. Menos tú.  

Dime la verdad, Raymond, ¿por qué coño te metiste en mi cama?, ¿fue porque ella se fue con su madre ese fin? Eres un desgraciado, se te hacía largo, ¿verdad?… y más cuando me viste… Porque te gusto, aunque ahora me evadas. Recuerdo que tus ojos me escrutaban por todos lados y una mujer se da cuenta de esas vainas.

Eres un ocioso. Sólo quieres satisfacer tus necesidades sin importar joderle la vida a una. No te importa a quién hagas sufrir. No me explico cómo escribes sobre la vida de la gente, si no te importan un carajo. He leído algunos de tus mugrosos cuentos, y me sorprende cómo te metes en la mente de las mujeres… Pero te aseguro que no podrás conmigo, cabroncito. Y no, no estoy molesta. Nada puede molestarme ahora. Ni siquiera si salgo en uno de tus putos relatos. Porque ahora ya nada vale para mí, Raymond Carver. La vida ya no tiene sentido. Todos los tipos que llegaron nunca fueron míos. Menos tú. Y aunque te sorprenda, siempre soñé con una casa, hijos, y un esposo a quién hacerle omelettes antes de irse al trabajo. Porque todas las mujeres, incluso las más duras, tienen en el fondo ese sentimiento de hogar. Yo me conformé con un pedacito del pastel. Te acepté así, casado y con todo lo que implica. Esa noche de lluvia y ese fin de semana que estuvimos, pensé que ya no estaría sola. Que vendrían otros días lluviosos y otros fines de semana y quizás, después de todo, mi pedazo de pastel no sería tan pequeño con el tiempo. Qué estúpida fui. Las lágrimas se me salen solas y ya he chupado dos cajas de cigarrillos. Mis manos tiemblan escribiéndote estas malditas líneas…

Me asalta el deseo de suplicarte que me perdones por portarme como una loca. ¿Es que no quieres verme? ¿Por qué sigues evadiéndome? No atiendes mis llamadas y siempre es ella quien agarra el maldito teléfono… Me habló, ¿lo sabías? Me dijo que no te llamara más, y que pondría la denuncia en la jefatura por acoso. Pero eso me tiene sin cuidado, Raymond Carver, voy a luchar por lo nuestro…

Creo que sé por qué estás emborrachándote más, como le dijiste todo, ahora ella te puso en disciplina, eso es seguro. No quiere ni que te le acerques, bien por ella, eso era lo que necesitabas. Hombres como tú precisan de un escarmiento. No puedes andar por ahí jodiéndoles el corazón a las mujeres. Fíjate que ahora siento algo de afinidad por tu esposa… Aunque sigo odiándola por estar en medio de nosotros. Estamos destinados, cabroncito. Pero voy a resolver las cosas, ya verás…

 

Él saca su cabeza para ver si sus hijos están bien, y a Maryann, todavía con la pistola entre sus manos.  

La mujer mete la carta en un sobre y se levanta de la mesa. Introduce un cuchillo de cocina en su bolso y sale a la calle. Raymond escribe una sucia historia de venganzas e infidelidades, y fuma como un condenado mientras le da a las teclas. Su esposa se enjabona bajo la ducha en el segundo piso. Los niños juegan en sus cuartos. Todo aparenta normalidad pero hay un ingrediente distinto en el aire. Quizás la sutil fragancia de una mujer que no quiere recordar. Se levanta de la silla y nota que el viento recio embiste la casa a través de las ventanas abiertas. Camina hacia ellas y las cierra. Sorprendido, también cierra la puerta principal que estaba abierta, bueno, entreabierta, aunque técnicamente es lo mismo. Entonces su mujer grita desde el segundo piso. En pocas zancadas llega al baño pero no puede abrirlo. Aterrado cree escuchar la voz de Susan. Patea la puerta y ve que ella busca enterrarle un cuchillo a Maryann. La hoja de acero le ha hecho varios cortes. Le quita el cuchillo y comienzan a forcejear. Le dice maldito. Que lo va a matar ahora por defender a Maryann. Caen al piso, golpean sus cuerpos en distintas partes, por un momento Raymond cree tenerla, pero resbala dentro de la bañera llena de agua. Ella aprovecha y agarra el cuchillo, y es justo allí cuando hace el movimiento de gracia. Raymond esquiva la hoja y trata de impulsarse hacia fuera. Maryann grita auxilio aunque sabe que nadie puede escucharla. Tampoco los vecinos se meten en asuntos que puedan interpretarse como maritales. Los niños se dan cuenta de todo y comienzan a llorar frente a la escena. Susan ya lo tiene. Es seguro que el maldito no va a poder contarlo en sus historias. Ahora impulsa el cuchillo desde arriba y lo baja con toda su fuerza; mientras eso pasa, siente un golpe muy pequeño en su pecho, tan pequeño como una bala. Es suficiente para que su impulso inicial sea frenado y el metal se le resbale de los dedos. El frío se esparce rápido con las ramificaciones de los nervios y su cuerpo ya no puede sostenerse por sí solo. Se desploma sobre Raymond, que todavía no ha podido salir de la bañera. Él saca su cabeza para ver si sus hijos están bien, y a Maryann, todavía con la pistola entre sus manos. Lo mira ahora con una sonrisa sardónica y mueve el dedo en el disparador hasta que sale el último cartucho.

Axel Blanco Castillo
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