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¡A dormir!

jueves 6 de abril de 2017
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Entre las diáfanas alas de quien puede aventurarse sobre las nubes, a expensas de los cambios del clima y desafiando el viento húmedo que súbitamente azota el resplandor del cielo, se atesoran inalcanzables muchos mensajes del inconsciente, el que lucha por quedarse ahí dentro, donde nadie pueda alcanzarlo, atraparlo y someterlo, custodiando las más febriles, desquiciadas e irracionales representaciones, las que rememoro de forma fragmentada, casi veladas por lo difuso no del contenido mas sí de las sensaciones envolventes de aquella idea central sobre lo que hoy tocó soñar.

Hoy cumplo ochenta años: una guerra mundial, catorce elecciones presidenciales, una guerra civil, un fin de milenio, una profesión a medio terminar, cinco viajes al extranjero, dos matrimonios.

Aún dormido y perdido en el tiempo, sintiéndome enérgicamente despreocupado como a los veinte años, percibo mi virilidad anticipándose a un despertar rotundo, la convicción de mi género y el gusto por el sexo opuesto me delatan, disimulado debajo de las sábanas, aquellas que ahora abrigan mis añoranzas: la prematura huida de casa, apoderarme de una suntuosa Fender, escalar más de una montaña o andar con un par de amigos en plan trotamundos gozando de lozanas virtudes con porvenir incierto y sin un centavo en el bolsillo, etapa que presiento viví muy rápido. ¿Aferrarme? No es posible, el tiempo no se deja engañar, las argucias minuciosamente calculadas no fueron suficientes, ya su inminente presencia empieza a desmoronar este momento de reconfortante alucinación.

Persisto en seguir este ensueño, el costo es darle ventaja al tiempo, coincido con mis cuarenta años, cuando un inoportuno despertador me obliga a invocar los pendientes del día, los requerimientos de más de un pequeñín y el grito alentador de mi mujer susurrándome desde hace varios minutos el arribo de nueva jornada, tan ordinaria como las anteriores albas; me he convertido en jefe de esta familia, preso de un trabajo mal pagado menos satisfactorio, casi obligado a buscar adrenalina en los juegos de mesa con los compañeros de juerga y una que otra apasionada aventura homosexual. El hombre en traje que odié desde la niñez me ha poseído, el reflejo transferido es un exhumado remedo paterno, por momentos frente al espejo me ataca el capricho de vestir un par de jeans, zapatillas y sudadera, en honor a aquella etapa en que reía de la vida. Decido acostar y besar temprano a los niños, después de una charla intensa y tres copas de vino, envolveré a la compañera de mi vida y nos sumergiremos dentro de una erótica experiencia que nos deje agotados, no más de una semana.

Los sesenta se asoman y las construcciones oníricas parecen adquirir mayor solidez, la riqueza o diversidad reproducen personajes de diferentes caretas con rasgos propios de mi alma, arrastrando mis carencias, pincelando argumentos donde me observo, examino y fiscalizo, trato de recordar las metas que alcancé y aquellas que aún concibo como proyectos, le declaro la guerra a la vejez, intento mantenerme despierto con el fin de hallar en mi realidad la potencia pujante del deseo; recién entiendo los malestares de mi mujer, respira arrítmicamente al lado y el carraspeo que emite me irrita pero también seduce, es la figura pendiente de la supervivencia, el permiso que solicitamos a la naturaleza para continuar existiendo.

Mis ojos luchan por no despertar, eludiendo que es cinco de octubre, hoy cumplo ochenta años: una guerra mundial, catorce elecciones presidenciales, una guerra civil, un fin de milenio, una profesión a medio terminar, cinco viajes al extranjero, dos matrimonios, un divorcio, tres hijos todos varones, dos nietas, dolores de espalda, calambres calcinantes y hace más de tres años una viudez que aún pesa. También están mis sueños, lo único que me pertenece, el cofre donde mi historia ficticia y real tantean convivir armónicamente, pasado y presente tratan de no enfrentarse, establecen una alianza encubierta con el fin de no prolongar más los días y me permitan, por fin, descansar, no como antes, esta vez realmente ansío dormir, huir de utopías, ya he ideado bastante, embarcarme en un viaje donde la noche sea la estrella y las nubes que inspiraban mis quimeras se conviertan en bruna neblina sucumbiendo a la opacidad eterna. Soy consciente de que no puedo elegir el instante para morir, cualquiera sea el momento ha valido la pena soñar tanto.

Rosa Via Bazalar
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