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Relatos de evasión

sábado 10 de junio de 2017

Ausencia

Levantarme de la cama implica un profundo esfuerzo. Me embarga el sopor. A lo largo de la jornada la sensación de entumecimiento va en aumento. Ya para mediodía se me dificulta pensar con claridad. A las tres de la tarde me asalta de nuevo el desconsuelo, casi siempre acompañado de un insoportable dolor de cabeza, deseos de llorar y una sensación de opresión en el pecho.

Sé muy bien la causa. Lo añoro. Despertarme y no encontrarlo en casa es un martirio. Decido tomar acciones. Salgo a la calle dispuesta a localizarlo. Pregunto por él. Lo busco por los lugares donde solía estar. En vano. A medida que pasan los días se hace más agobiante la ausencia. Estoy molesta conmigo misma por mi necia dependencia. Pero lo necesito y no estoy dispuesta a renunciar a mis derechos.

Finalmente recibo un indicio. Alguien sabe dónde está. Una amiga tiene datos exactos de su ubicación. Me apuesto frente al lugar indicado y espero por horas. No llegó esa vez, tampoco al otro día, ni al siguiente. No me amilano, en la certeza de que aparecerá en algún momento. Cuando llega me abalanzo sobre él y lo arranco del lugar. Es mío. Regreso con él a casa. Abro la puerta, camino con solemnidad hacia la cocina, pongo agua al fuego. Apenas brotan las primeras burbujas, lo tomo entre mis manos, vierto dos cucharadas del preciado café en la pequeña manga de colar, inspiro con suavidad y deleite. Mi alma se impregna de su aroma, mis labios finalmente lo tocan.

 

La espera

El sol hunde su cabeza contra el ardiente pavimento. Al cabo de cuarenta y cinco minutos vislumbra el objeto de su espera, para comprender de inmediato que no se detendrá. Calcula sus posibilidades. Se abre paso entre la multitud. Da un salto, mientras el colectivo acelera la marcha y queda colgado del lado fuera de la puerta, en compañía de otros acróbatas urbanos, ondeando cual girones de una bandera humana que hoy llegará con retraso a su destino.

 

La ciudad se estira

Se sacude la pereza y sale a recorrer el espacio imaginario. Tres de la mañana. Alguien llega primero, toma posesión del territorio, saca una hoja en blanco, escribe su nombre. Poco a poco la lista se transforma en una extensa fila de personas. Se sientan, beben café. Alguno que otro habla. El tiempo transcurre. Llegan dos autobuses, bajan cien más. Se ubican de primeros en la fila sin dar explicaciones. Aún no aparecen los oficiales de la guardia. Mañana será la misma historia.

 

La línea

El político escribió la palabra PAZ en su cuenta de twitter. Apareció en el noticiero. La mujer tomó una imagen a la pantalla, la imprimió, escribió, o no se sabe si más bien dibujó un microrrelato visual, lo digitalizó, lo publicó en el facebook, otra escritora lo subió a su blog, un crítico de arte la puso en su instagram, de allí la recogió una editorial española para incluirla en una biografía del parlamentario que nadie leyó.

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