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El espejo

sábado 1 de julio de 2017
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La carta vino de La Habana, llego a su casa por error. Tal vez haya sido la conserje, quien en un desliz la metió por debajo de su puerta. Se acostumbraba por entonces llevar la correspondencia a cada domicilio, e incluso en ocasiones entregarla personalmente. Lo cierto es que no era para ella.

Preguntó a los vecinos más próximos, sin dar con el destinatario. De nuevo verificó con la conserje, quien sorprendida alegó no tener nada que ver. La dirección no tenía relación con la suya, la calle era inexistente. Se podía inferir, por la cantidad de sellos, que había sido devuelta varias veces. Nunca supo cómo había llegado a parar a su edificio y mucho menos a su apartamento.

La caligrafía de tipo inglesa era legible pero algo temblorosa, como si se tratase de alguien mayor.

La olvido por un tiempo sobre el chifonier. Y de tanto en tanto en tanto, cuando pasaba, miraba el sobre cerrado. Tal vez en algún momento alguien tocaría la puerta para reclamar la carta.

—Mi papá tiene familia en Cuba —dijo un día el marido—. Quién sabe si alguno de ellos nos habrá escrito.

Él no sabía nada de esos parientes cubanos. Su padre, que había venido de las Canarias a Caracas unos treinta años atrás, contaba que su abuelo había sido muy aventurero y dejó hijos en la isla en su periplo sin retorno hacia Argentina. No parecía muy probable la teoría. Pero, la verdad sea dicha, a estas alturas ya la epístola parecía pertenecerles. No hubo un motivo en particular para hacerlo. Parecía inevitable, así que un día simplemente la abrieron.

La caligrafía de tipo inglesa era legible pero algo temblorosa, como si se tratase de alguien mayor, o quizás de una persona que, como no solía hacerlo con frecuencia, se le dificultaba la escritura. Acompañaban la misiva seis hojas completamente llenas de añejas estampillas postales, cuidadosamente ordenadas y pegadas en filas.

Querido hermano:

Perdona que no haya escrito antes. Mauricio ya está un poco mejor. Te molesto como siempre para ver si me puedes enviar algunas cosas: unos jaboncillos de olor que estamos faltos de ellos. Papel de carta, café y azúcar. Mi mamá pide también que le mandes unos lentes para leer de cerca. De lo demás, lo que tú puedas. Agradecí mucho el último paquete que nos remitiste. No sabes cuánto. He estado guardando estos sellos para que los vendas. Si consigues que te den algunos dólares por ello, envíamelos por remesa, tú ya sabes adónde. Espero volver a verte. Te recuerda, tu hermana.

Tres décadas han transcurrido desde aquello. Cansada se mira en el espejo. Hace un recuento de su día. Largas colas para comprar apenas lo indispensable. En el televisor, la voz de un periodista anuncia la reunión de los dos hombres más poderosos del planeta decidiendo la suerte del hemisferio entero. La imagen hace ruido en su mente. El recuerdo de aquellas estampillas oprime su pecho.

Se sienta de nuevo frente al computador e intenta vencer el bloqueo. Evoca tiempos alegres, tal vez un reencuentro, una esperanza, una buena noticia. Se anima un poco. Las palabras comienzan a fluir; de improviso, se encuentra escribiendo: La carta vino de La Habana...

María Alejandra Gámez
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