“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Leviatán

martes 1 de agosto de 2017

Son las dos con cincuenta y siete minutos de la madrugada, justamente tres minutos antes de la hora en que, dicen, los demonios deambulan por este mundo de arriba abajo mientras todos aparentemente duermen y se encuentran indefensos. Podría ser así, podría estar indefenso ante el Leviatán de mis pasiones que se encuentra a punto de explotar sus mayores perversiones. Y cómo no concentrar todo tipo de atención en la figura que lentamente se deja ver ante la tenue luz que alumbra la habitación 704 de Il Fiorentino, dejando atrás el tocador después de haber bajado el interruptor de la luz con un suave movimiento.

Exactamente lo primero que alcanzo a dilucidar son un par de bellas piernas largas revestidas con tela que simplemente quisiera arrancar.

Cómo no pensar que esa concentración demoníaca es dueña de todos mis sentidos, cuando lo primero que alcanzo a percibir es un juego de lencería: negro, cuatro piezas de encaje que apenas cubren un cuerpo al parecer delineado con el pincel de Velázquez y terminado de esculpir por Miguel Ángel. Para mí, todo deseo pasional se encuentra en la persona que aparece enfrente, esa que representa la sensualidad en cualquier sentido que se le encuentre.

Exactamente lo primero que alcanzo a dilucidar son un par de bellas piernas largas revestidas con tela que simplemente quisiera arrancar, y así, admirar tan suave piel. Subiendo la vista, reconozco un liguero y por un momento pienso en el momento que supe cómo se llamaban esas ligas que sostienen a las medias, pero es un pensamiento fugaz pues la mirada de este indefenso narrador continúa su ascenso y antes que cualquier otra idea se cruce en esta mente tan divagadora, me encuentro con un vientre desnudo, que deja también al descubierto, una cintura que quisiera ya tener entre mis manos, quizá se vuelvan una eternidad los segundos que pasarán antes de sentirla, y más aun si todavía no termino de subir completamente la vista.

El Leviatán oprime mis entrañas, parece deseoso de salir, enloquece a medida que recorro cada centímetro de la belleza que está postrada en el marco de la puerta; aparece ante mis ojos la última de las cuatro piezas: un sostén que forra dos montezuelos cuasi perfectos, simulando que esa prenda ayuda a la imagen que percibo, mas no es así, ¡rayos, como si de verdad la necesitara!, ahora es ahí donde fijo mi atención, y entonces poco pienso en las medias que antes quería arrancar para dirigir a mis demonios al nuevo objetivo y juntos pensamos en las voluptuosidades que podríamos cometer con ellas.

Pero no ha terminado de comprimir todos mis adentros; la luz aún no alumbra su rostro, aquel que vi por primera vez de toda esta anatomía. Su largo cabello entrequebrado sigue ocultando los grandes ojos, nariz única y labios delineados que en algún momento provocaron que todo pensamiento girara en torno a ella. Me doy cuenta de que no lleva maquillaje, solamente una delgada línea alrededor de sus ojos; siempre ha sido mejor verla al natural. Toda mujer es mejor al natural —pienso sin desviar la mirada.

Siguen pasando los perpetuos segundos y aunque ella está cada vez más cerca yo la siento alejarse.

Por fin avanza, con pasos que me parecen intencionadamente lentos, como si a cada segundo se liberara uno solo de mis demonios y ella buscara expulsarlos a todos hasta llegar al gran Leviatán. Una luz tenue que apenas se logra percibir a través de la cortina entreabierta ilumina poco a poco su piel, raza de bronce que me recuerda toda la sensualidad existente de mi casta, misma que ahora se concentra en ella, en las prendas que van cayendo sobre las huellas, huellas que se plasman en la alfombra roja de nylon.

Un espacio oscuro es lo único que me separa de ella, ahora la sutil iluminación alcanza casi a cubrirla por completo mientras la última pieza de lencería cae al suelo, es sólo un paso, ese pequeño vacío entre su cuerpo y el regazo de la cama, sombrío lugar que, sin embargo, está por incendiarse, las llamas están por recorrer toda la habitación sin excepción, casi todos los demonios se han liberado y comienzan a adueñarse del ambiente; estoy completamente indefenso y conspiran en mi contra para no poder reaccionar ante tal derroche de erotismo; no aguanto más, pero me encuentro inmóvil.

Siguen pasando los perpetuos segundos y aunque ella está cada vez más cerca yo la siento alejarse, son apenas las dos cincuenta y nueve pero ella me provoca perder la noción del tiempo, para mí el reloj da vueltas pero al verla se vuelve a detener; siento que han pasado días enteros, instantes que no son sólo instantes. Sus manos rozan las tersas sábanas de algodón blancas, sus manos tan suaves como las recordaba comienzan a deslizarse por mis desnudas piernas; ahora mis demonios me empujan hacia ella, me abalanzan contra su incomparable fisonomía, los labios que tanto deseo están por tocar los míos, ¡larga espera al fin termina!, puedo sentir su respiración en mi rostro, sus exhalaciones chocan en la parte superior de mis labios haciendo simetría con las mías. Suena el reloj, las tres de la mañana, hora de los demonios y ahora quiero que me pierdan en ella, que el Leviatán explote…

Suena el reloj, las tres de la mañana y yo estoy en la habitación 704 de Il Fiorentino, salgo de un trance, despierto con una computadora en mis piernas, solo, y con unas cuantas palabras escritas.

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