“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Relatos de metro

martes 22 de agosto de 2017

Qué son veintiséis estaciones, musitaba, para restarle fuerza al hecho de ir y venir (incansable) de un extremo a otro de la ciudad, hasta que se diera el tiempo para la jubilación. Con el cambio de trabajo enfrentaría a diario trece de ida que, sumadas a las de vuelta, resultarían en la cifra inicial. Qué son veintiséis estaciones, repetí. Miento, por ahora sólo me tocan trece. Al regresar me ocuparé de la otra mitad, pero en trece puede suceder cualquier cosa. Es más, en sólo una, me lo dicen la experiencia y los medios de comunicación de este país. Dios, ojalá pase el tiempo y no me dé cuenta, solté, ahora sin preocuparme de que me oyeran. Algunos rostros curiosos voltean a verme.

Sí, a veces todo pasa rápido sólo pensando en vainas, y resulta, puedes imaginarte cosas, recordar la última película que viste, el libro que estás leyendo, las posiciones que le harás a tu esposa por la noche, si tienes alma todavía, porque los días son duros. El trajín mata el deseo, y más si no se come bien, aunque ese es otro tema. Las compuertas se abren y me aplastan los traseros de unas matronas. Mujeres que una vez fueron esbeltas y bellas, pero luego de casarse se descuidan tanto, que parecen luchadoras de sumo. Sueltan una asombrosa lista de improperios y dan codazos. Me protejo, porsia, las costillas. A través del vidrio veo que la que está adelante deja de fruncir las cejas y me sonríe. Parece que le gusto. Ladea el rostro y con los labios levantados musita algo que no escucho. No sé, puede ser sobre la estrechez dentro del vagón. El deber ser o lo que no debe ser, pero que nadie cumple. El vaivén de las curvas favorece la misma estrechez y la que tengo atrás tiene algo punzante que molesta. Ojalá no sea eso que pienso, tiene como rostro de transfor.

 

Traición

Mi mente vuela. Sufro un recuerdo incómodo y una sustancia amarga sube por mi estómago. Pienso en mis hijos. Hijos de sentimiento. Hijos del alma, porque de sangre, no tuve la suerte. Es que Rebeca me lo supo hacer, la verdad. El día que nació la niña estaba que no cabía de la emoción. ¡Esa es la que me va a consentir, Rebeca, mi hija, mi niñita!, porque las niñas son especiales con los papás, ¿verdad?, así como los varones y las mamás. Fue cuando el médico entró con mis exámenes de fertilidad, tenía pensado encargar otra vez y lo soltó sin dolor. Mi esposa aún amamantaba a la niña recién parida y cada centímetro de su cuerpo se entumeció de repente. No, señor, usted es estéril de nacimiento, esos hijos no son suyos y nunca podrá tenerlos. Es mejor que no insista. Ella se tapó el rostro con las manos y se vino en llanto, fue así que se dignó a revelar que el padre de “mis hijos” siempre fue el compadre.

 

Esa mirada me conecta con ese pensamiento inexorable de los caraqueños. La idea (o sensación) de que en cualquier momento puede pasarnos algo.

La heroína

El vagón sigue atestado. La matrona de adelante se logró sentar; la de atrás no sé cómo llegó adelante. Es espantosa, ya les dije que parece un transfor, ¿verdad? La preciso en el vidrio y está como pendiente de una movida. “La necesidad es una peste, mijo”, dice una doña, buscando conversación. Le afirmo con la cabeza porque no quiero hablar. A veces por decir algo uno comete el pecado de exponerse. Otra embestida fuerte y los sujetadores de goma se rasgan por la fuerza que implica el apoyo. Los choques involuntarios forman parte de la vida del subterráneo, pero dos tipos no lo entienden así, se miran raro, se insultan, y lo toman de forma personal. La gente lo asume como la oportunidad de ver un show sin pagar, pero yo sólo pienso en lo patéticos que son. Es cuando escucho a la doña otra vez: “El amigo de lo ajeno no descansa, mijo”, y se levanta al llegar a La Hoyada y sale sin quitarme la vista. Esa mirada me conecta con ese pensamiento inexorable de los caraqueños. La idea (o sensación) de que en cualquier momento puede pasarnos algo. Y como si el cosmos estuviera esperando una respuesta, entra un buhonero con voz de malandro a comprobar que el miedo puede ser un principio de mercadeo:

—BUENOS DÍAS GENTE BUENAAA… GRACIA POR SU BUENOS DÍAS… YO NO LE VENGO A ROBÁ, GENTE BONITA, GENTE BUENA. AUNQUE LES PIDO AYUDA PA’ NO VOLVER A ESE MUNDO, ME ENTIENDEN… NO QUIERO ESTARLES TUMBANDO NADA… LO QUE LES ESTOY PONIENDO EN SUS MANOS, GENTE BONITA, SON UNAS TARJETICAS QUE ME CONSEGUÍ POR AHÍ, ME ENTIENDEN… ES MEJOR QUE NO ME DEJEN CON LA MANO EXTENDIDA GENTE BONITA, O BUENO, PAL QUE NO ENTIENDA Y QUIERA BRONCA.

Cuando sale, introduzco las manos en los pantalones y hago un inventario. Todo está intacto excepto mi bolsillo delantero (el derecho), que tiene la forma donde alguna vez reposó mi móvil. —¡ME ROBARON EL TELÉFONO! —digo en voz alta. —QUIÉN TENDRÁ MI BLU —pregunto, ya obstinado con esta horrenda película que no deja de transmitirse en las calles. Es una pregunta retórica que entiendo nadie va a responder y menos el culpable. Me pasa por la cabeza el buhonero malandro, pero recuerdo que no me pasó cerca. —ESTOY SEGURO DE QUE ALGUIEN VIO AL LADRÓN. HASTA CUÁNDO VAMOS A PERMITIR QUE NOS JODAN ASÍ. ¿ES QUE NADIE VA A SEÑALAR AL CULPABLE?

Fue allí que ocurrió el milagro. Esas vainas que no pasan nunca. Una pasajera medio dormida que entreabría los ojos a cada tanto, pudo verlo todo. Sabía cómo ocurrió y quién lo hizo. —¿Ella anda contigo? —preguntó, señalando a la que tenía cara de transfor. —No, le solté. —Pues fue ella la que te metió la mano en el bolsillo y te quitó el Blu. Aprovechó que todos estaban mirando al buhonero y se lo metió rápido en la totona, pensaste que nadie se dio cuenta ¡ah!, LA-DRO-NA. Al verse descubierta trató de escurrirse entre la gente, pero varios la sujetaron. Mi heroína le metió la mano en sus partes y con expresión de asco extrajo el teléfono. Me lo dio y yo lo único que pude fue darle las gracias. A veces te encuentras con esas personas dispuestas a hacer lo correcto, sin importar lo que pase. Son las que te hacen ver que podemos cambiar las cosas. Que con un poquito de amor al prójimo hasta podríamos darle un color nuevo al mundo. Salimos con la ladrona y la entregamos a la policía. Resultó llamarse María, aunque le decían Mariota en los bajos fondos. Era una tipa grandota y de voz ronca, que pertenecía a una banda de robateléfonos. Por un momento recordé a mi heroína y la busqué con la vista, pero había desaparecido. No me dijo su nombre, pero sabía que todos los días entre siete y ocho de la mañana tomaba el tren dirección Palo Verde, justo en el lado donde suelo ponerme yo. Quizás un día la vea y le invite un café, es lo menos que podría hacer.

 

Hasta que me olvides

Eran esos días locos en el trabajo. Estaba de visita Sabrina, la hija del jefe. A todos les gusta Sabrina, pero es diferente conmigo. Yo no busco agradarle. No me desvivo en elogios con su belleza ni trato de atacarla cuando deambula con sus glúteos atléticos por la oficina. Sé que es un imposible porque estoy casado con Rebeca. Y creo que tampoco soy del tipo de Sabrina. A ella le gustan estilo Winston Vallenilla. Músculos, voz de locutor, uñas barnizadas, cabello de comercial de champú, un metrosexual a toda regla. Yo… sólo soy como soy, me arreglo hasta donde puedo, y ya. Lo más que sobresalgo, a veces, es cuando canto algunos boleros frente al comedor, en hora de almuerzo. Como dije, a veces. Y bueno, algunas doñas se me acercan y dicen que me parezco a Felipe Pirela, a Pedro Infante o a Javier Solís. No me molesto porque sé que, en el fondo, lo hacen porque esa canción que canté en algún momento les tocó una fibra de algo.

En una de esas el tren se detuvo. Se quedó atascado en medio del túnel y teníamos qué esperar que la energía se restableciera.

Fue un día de marchas. De calles abarrotadas de gente protestando por la situación del país. Yo cantaba “Hasta que me olvides” de Luis Miguel, en las afueras del comedor, y en la mesa de enfrente se sentó Sabrina con sus amigas. La niña comenzó a mirarme de la forma que miraba Rebeca hace veintipico de años. Cuando terminé de cantar y pasé cerca de su mesa (ojo, era la única ruta libre), me dio una tarjeta de presentación. Era de su padre, pero en el reverso estaba su número personal. Era todo lo que mis compañeros hubieran deseado. La posibilidad de estar con una mezcla de Marjorie de Sousa y Chiquinquirá Delgado. Para tipos como yo, que pisan los cincuenta y tantos, sería como una inyección de juventud. Pero no pastelito, no, no necesito un embrollo más. En el ascensor la piqué en pedacitos y la boté en la papelera. Sólo eso me hizo sentir como si volviera a estar a salvo, lejos de posibles problemas. Pero al marcharme me siguió hasta el Metro y la introdujo en mi paltó. —Toma mi número, Nelson, vi cuando lo botaste allá atrás. —Qué hace aquí, Sabrina, su padre la estará buscando para llevarla en el carro. —Me voy sola esta vez —dijo—, ya estoy bastante grandecita ¿no? Fue así que comenzamos a hablar y por un momento perdí la cuenta de las estaciones. En una de esas el tren se detuvo. Se quedó atascado en medio del túnel y teníamos qué esperar que la energía se restableciera. Me preguntó cuántos años tenía y le dije la verdad. No me gusta aparentar como mis compas de la oficina. —Tengo cincuenta y siete. —Gua, pensé que era menos. ¿Quieres saber cuánto tengo yo? —Supongo que veinte, o menos. —Acabo de cumplir veinticinco y ya voy por la maestría. —Bueno, eso no lo dudo, eres muy inteligente y con un papá rico, pero qué hace buscando lo que no se le ha perdido. ¿Por qué me sigue, Sabrina? La respuesta la soltó con su lengua metida en mi boca. La gente nos miraba como sorprendida. Algunas doñas murmuraron algo como: “Mira ese viejo libidinoso, abusando de la pobre niña. Qué droga le habrá dado para que esté con él”. Le sostuve las manos y la aparté. Paladeaba una saliva fresca y con un cierto toque a chocolate. —Esto no puede ser, Sabrina, voy a llevarla a su casa. Lo que dije la aceleró más. Me abrazó. Me dijo al oído que esa canción en el comedor la había dejado sin aliento. Recordó la primera vez que le dieron un beso. —Eres tan joven que creo que la primera vez que te dieron un beso fue ayer. —No, chico, fue hace un momento, cuando me besaste. —Fue usted la que me besó, y no sea mentirosa, ya habrá besado algunos de su edad. Me abrazó con fuerza. —Eres muy pelada para mí —le dije quitando sus brazos de mi cuello. No quiero líos con tu papá. Sacó uno de sus senos y me lo mostró. —¿Tú eres loca?, tápate eso, por favor. La gente te está viendo. —No me importa —dijo, y comenzó a reírse. Se burlaba de mi temor. Algunas doñas seguían viéndome como sinvergüenza. —Tú crees que soy una niña, ¿verdad? Te voy a mostrar que podría satisfacer a cualquier hombre. Se sacó el otro pezón. Deslizó el estraple lentamente hacia abajo hasta quedarse desnuda de la cintura para arriba. Tomé la tarjeta y la amenacé con llamar a su papá. Tampoco le importó. Muchos se agolpaban a su alrededor, vitoreando el espectáculo. Así que podría sentirse una celebridad, justo lo que le gustaba, desde niña. Le hicieron un gran daño haciéndole creer que las personas eran planetas y ella el único sol del universo. Se quitó el pantalón y una pantis negra delgadísima, provocó una euforia entre los tipos. Marqué el número de su papá. Si pensaba mal y me despedía, que lo hiciera, pero no quedaría en mi conciencia que a Sabrina le pasara algo entre tantos sádicos. Del otro lado escuché un resoplido como de hastío, luego soltó que la mantuviera cubierta, que la pobre sufría de un trastorno erotomaniaco mezclado con una pizca de esquizofrenia simple, que pronto entraría en fase crítica, y si no le administraba su medicamento cuanto antes, copularía con cualquier macho que estuviera a menos de un metro de distancia.

Axel Blanco Castillo
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