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Los falsificadores de Auburn (I)

martes 3 de octubre de 2017
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Lector a destajo hasta los treinta y tres, el silente, magro Estanzuela, ya en una edad que duplica o quizá más la del término, por hartazgo, de su adicción a las infinitudes de la literatura, se inclina sobre los tiestos resquebrados del barandal de la terraza. Otea la impaciencia de la silueta que apuntala, encubierta por las turbiedades marinas de las cuatro de la mañana, la puerta de cedro.

—¿Qué se le ofrece?

—Su esposa, Danilo. Ande y despiértela —el tono del que suspende los aldabonazos es de una limpidez que la penumbra o el vacío de la calle, acentuándola, tornan amenaza o súplica. Estanzuela no discierne los matices, de anormal mansedumbre, que modulan el acento del visitante.

Pues aquí, libros no hay, como en todo el mundo. ¿Es que supone que todavía existen?

—¿Mi esposa? Y usted, ¿quién es?

—Soy uno de los que buscan.

—¿De los que buscan… qué?

—Libros, Danilo. Soy uno de los tantos brigadistas que los reescriben. Se habrá enterado de nuestras operaciones.

—¿Operaciones?

—Tiene que abrirme. No tema. Nada les haremos, ni yo ni los demás, cuando acudan.

—Pues aquí, libros no hay, como en todo el mundo. ¿Es que supone que todavía existen? Y ella, ¿qué tiene que ver, por cierto, con esta impertinencia? —Estanzuela carraspea, ofendido; le incomoda el deseo de involucrarse, de participar en lo que sea que tengan de inesperadas las noticias del que lo importuna.

—Conserve la calma. Nadie ignora que desaparecieron, lo que no impide que respaldos alternativos… —el contorno que murmura es de a poco perceptible; ondula entre la luz insuficiente que las palpitaciones de la madrugada estremecen; hace por observar a Estanzuela, éste lo intuye, con intensidad, y lo espabila el desvarío de precisiones que, aún adormecido, no descifra— …y es por eso que, al restaurarlos, el formato de imprenta que…

—No sé de qué me habla. Ni me interesa. Márchese.

—Permite que nos explique, Da. Conversamos él y yo. Antes. Confía. Creo reconocerlo por como se dirige a ti —Estanzuela, los puños aminorando el temblor, responde a la firme tibieza con que lo serena la caricia de Lagos, quien emerge de la pesantez del dormitorio y asoma junto a su marido por encima del reborde del barandal para interpelar a esa sombra de altura y atributos imprecisables, tea de oscuro nerviosismo que se obstina, reiterando los llamados.

—Eh, ya no toque. Pronto lo atendemos.

 

Coincidieron un crepúsculo de lluvia desencadenada, en septiembre, dentro de un autobús que remolcaba su lenta estridencia por el fango hacia la cabecera municipal de Momax.

El entonces cadete de la Escuela Militar, sita en las inmediaciones de Aurora, musitó con altivez un “con permiso” al encender el reflector minúsculo, tentando los mandos en el apoyabrazos. “Claro, sí, pierda cuidado”, le concedieron, con parquedad hospitalaria, los ademanes de la pasajera menuda con quien compartiría la ruta, el insomnio, el par de reclinables ásperos y el cono de polvo azul iluminándoles el agotamiento. No poco la embelesaron, apenas los hojeara el muchacho casi con afecto, los folios de un volumen que fue motivo de preámbulo para ciertas presunciones:

—He leído cada uno de los noventa títulos de su autora.

—¿Disculpe?

—Tres veces.

Al arrellanarse y asentir con insolencia, retirando el separador, quiso el cadete que sus maneras implicaran el desdén y la sordera. Inútilmente:

El apocado arañar, en la baldosa, de las pantuflas de los dos ancianos que van prolongando el espiral de la escalera y que descienden, cautelosos, a recibirlo, disipa su recreación de aquella plática remota y febril.

—Cuando la crisis del imperio, en el estudio de mi abuelo no sobrevivieron a la torpeza de la requisición más que los tomos completos de Auburn, atesorados bajo el disfraz de tapas púrpura que por mandato debieron recubrir por décadas las obras de los escritores oficialistas. Nos acuartelaron la penuria y el desafío de ceñirnos a un repaso inevitable, que creíamos eterno pese a su relativa brevedad, por las mismas ficciones, comenzando en orden cronológico por la primera. El desenlace de la última indicaba, cíclicos, el retorno y el cada vez menos asombroso reencuentro con la melancolía del “Nunca oí trenes en la isla” con que inicia la novela de la que disfruta y está por concluir (a propósito, lo felicito) siempre que no lo interrumpa, ¿verdad? Se lo prometo y me disculpo por distraerlo. Lagos, para servirle.

—Me llamo… me dicen Fusaro.

 

El apocado arañar, en la baldosa, de las pantuflas de los dos ancianos que van prolongando el espiral de la escalera y que descienden, cautelosos, a recibirlo, disipa su recreación de aquella plática remota y febril con la persona gracias a la que tal vez cumpla, hoy, con la desmesura que a mal tuvieron encomendarle los bibliófilos dementes del Calli: que transcriba las proezas y las francas inmundicias que compuso la impredecible Auburn, y apelando sólo a las versiones de la mujer asmática y endeble que le demostrara sabérselas intactas, cuando exaltada por los relámpagos y los vaivenes de la terracería diluvial profirió al hilo sinuosos, desconocidos fragmentos que lo enmudecieron, persuadiéndolo después a discutirlos durante kilómetros de borrasca.

 

(Otros diletantes albergan la misma esperanza que Fusaro, en latitudes e idiomas disímiles. La nostalgia de quienes tentativamente conservan en la memoria las escrituras perdidas es el pobre indicio que alienta el método de reconstrucción adoptado una vez que los libros fueran depuestos a la sacralidad burda de las maravillas extintas. Almidonados recitadores de versos, maestros de ceremonias de juegos florales, rancios columnistas de suplemento dominical, parientes o amigos, limosneros de propina por estrofa en fotocopia y cronistas ladinos de provincia, en otra época detestables por su talento de citación exacta e inútil, son ahora la especie de códices vivos o eslabones de oralidad en que, según las ambiciones del manifiesto del Calli, reside menos corrupta la Palabra.)

 

Estanzuela y Lagos, balanceando lámparas de petróleo, desmontan la tranca y admiten al forastero, quien se adentra, tembloroso, en el zaguán como en la orilla de un río en que hiela.

—Buenas —tocándose, inclinado, el andrajo verde olivo de una gorra militar—, vine a su pueblo a que me narre, sea tan amable, otra vez, todos los relatos de mi autora.

Se despidieron a gritos, con la brusca efusión o el hastío a que obligan la prisa y las atroces intemperies del semidesierto.

—¿Su autora?

—Los noventa títulos de Auburn, ¿recuerda? Usted, ya huérfana, y su abuelo, presa de las tropas del usurpador…

Lagos ensancha, censurándolo con una mueca de curiosidad voraz, un par de pupilas de rata que bruñen, reflejándola, la flama del candil que sostiene.

—Da, perdóname… No… éste no es. ¿O sí? No. Debió de ser otro al que le di a guardar ese secreto.

 

En la escala inhóspita de Momax le rogó ayudarla con la maleta inmensa, cediéndosela en el andén encharcado, mientras los presentaban, a Estanzuela, sombrero ala corta y cazadora, quien maldijo el retraso en el arribo de su esposa, si bien imperturbable a pesar del vendaval empapándolo, por cuántas horas ya, con eléctrica furia. Se despidieron a gritos, con la brusca efusión o el hastío a que obligan la prisa y las atroces intemperies del semidesierto. Sacudiéndose las mangas, las perneras del atuendo caqui de los fines de semana, el cadete abordó de nuevo, con entusiasmo y aun con felicidad, el autobús de paso que no lo acercaría tras incalculables jornadas a los portones del interinato en Aurora… De las conmociones por el choque frontal con un obstáculo varado que la noche o la pendiente le ocultaron al conductor, sobre la curva por la que aquella ruidosa maquinaria derrapó hasta despeñarse, Fusaro, al quinto despertar en el quirófano, lo que preservaba era la sequedad, agria en el pulso de la tráquea, del mareo que le ocasionara no el descenso súbito entre las rocas del sumidero, sino la línea inconclusa de la última historia que leería, y que lo iba colmando de una dicha paradisíaca en el instante previo a los coletazos de vidrio, en la nuca, que lo hundieron en el entorpecimiento de la inconsciencia por semanas: página en blanco de la cual resucitara irremisiblemente loco.

 

—Lagos, mujer… Obsérvalo bien. Sí, es el de la estación. Es que pensábamos, oiga, que se había muerto en aquel espanto de accidente.

—Las que se mueren, Danilo, son las voces. Pero si nosotros, y si los demás…

—¿Los demás, pues quiénes?

—Mis… colegas. Es necesario que comencemos con el duplicado, si no, cuando se presenten y descubran que…

—¿No se refiere, Da, este joven a esos que se nos acercan, harto despacio, desde los arcos de la plaza? —la media sonrisa de Lagos, pacífica y senil, es de pronto la de una niña solitaria que se arrulla por las tardes deletreando cuentos de fantasmas.

Manuel R. Montes
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