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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Ocho días

sábado 7 de octubre de 2017

La primera vez que vi al personaje fue cuando en medio de una caminata diurna me detuve frente a cierta vidriera. Detrás de ella se exhibían modernos equipos electrónicos. La gente pasaba a raudales por la acera y sus reflejos en el cristal surgían y desaparecían de izquierda a derecha y viceversa. Lo mismo ocurría con los vehículos que transitaban la calle de dos vías. Una de las figuras, la cual no sé de qué dirección provino, atrapó mi atención al verle justo cuando su reflejo parecía no tener interés en los artículos, sino en mí. Le observé con disimulo y cada minuto transcurrido me convencía de que mi apreciación era correcta. Entonces me volteé con el objetivo de averiguar lo que se traía entre manos, puesto que estaba seguro de que no le conocía. Al instante, el individuo abandonó su posición y echó a andar aceleradamente contorneando, y a veces chocando con los transeúntes. Sin lugar a dudas el individuo no deseaba encararme. No realicé ningún esfuerzo por darle alcance porque supuse que seguramente me había confundido con algún conocido suyo. Yo al menos estaba convencido de no haberlo visto con anterioridad. Fuera de ese incidente, mi día transcurrió como otro cualquiera.

A la siguiente mañana, en el camino al trabajo, me lo encontré por segunda ocasión. Esperando en una esquina a que el semáforo mostrara la luz verde, miré hacia un lado y allí, con sus ojos clavados en mi persona, se hallaba el tipo. Pensé, y era natural hacerlo, que aquel segundo encuentro tenía su causa en la más pura de las casualidades, debido a que nuevamente pude asegurarme de que jamás le había visto. Sin embargo noté que él parecía no opinar igual que yo. Cruzamos la calle casi juntos y al llegar a la acera opuesta me propuse interpelarlo a fin de esclarecer el asunto, pero, cuál no sería mi sorpresa al descubrir que no se hallaba ya junto a mí. Le busqué entre las demás personas sin éxito hasta que redescubrí su figura retirándose rápidamente y mirando hacia atrás.

Al abandonar el edificio de oficinas, estuve a punto de tropezar con alguien. No necesito decir de quién se trataba.

Esta fuga precipitada me molestó de veras, pues me dejó en una abismal incertidumbre en lo referente a su proceder, e intensificó mi malestar al no conseguir poner en claro las cosas.

Evité, en cambio, ir en su búsqueda. Pero, al igual que en la fecha anterior, pronto me olvidé del suceso.

En la siguiente mañana se repitió la historia. Era sábado y trabajé hasta el mediodía. Al abandonar el edificio de oficinas, estuve a punto de tropezar con alguien. No necesito decir de quién se trataba. Llevaba puesto su habitual traje raído y oscuro y fingía hallarse entretenido. Sin embargo, claramente noté que había estado aguardándome oculto al lado de la salida. En ese momento no me hallaba como para comenzar peleas. Eso la evitó. Aunque más tarde me arrepentí de no haberle caído encima y agarrarle por el pescuezo. Al menos, de esa forma, él se habría dado cuenta de que su juego quedaba al descubierto. Ocurrió que el hombre me volteó la cara con descaro y siguió caminando como si no me conociera. Evadí la solución a este evento pero el domingo de nuevo me las vi con él.

Iba yo en una guagua llena de gente. En la parada, unos se apearon y otros subían al interior. Al dirigir la mirada hacia la fila de los que entraban, me estremecí al identificarle. No sabía yo cómo reaccionar cuando se me aproximase entre tantos pasajeros. Pero alzó su mirada ya dentro del ómnibus y la fijó vagamente en mí. No pude prevenir el desenlace, aunque en realidad debía. En un santiamén, lo advertí cuando tumultuosamente abandonaba el transporte por la misma puerta de entrada. Miré a través de las ventanillas y cargado de malestar le capté cuando enseñando una tranquila sonrisa me buscaba entre la multitud que, aliviada, percibía el reinicio del itinerario que debía cumplir el vehículo. Ya era demasiado. La próxima vez no debía dejarle escapar.

Esa próxima vez llegó el lunes. Salí de mi casa en dirección al trabajo llevando los sentidos bien aguzados para adelantarme a los acontecimientos. Caminaba fingiendo hacerlo con la mayor cuota de normalidad, mirando de reojo a cuanto transeúnte pasaba por mis cercanías. Si uno de ellos resultaba ser el misterioso perseguidor de mi persona, estaba dispuesto a molerle a puñetazos y después a indagar por qué me sometía a semejante acoso; pero para mi decepción y relajamiento simultáneos, el personaje pareció haber decidido dejarme en paz. No lo vi en todo el trayecto. Tampoco al regreso. Ya tarde, en mi casa, luego de entretenerme delante del televisor, y decidido a acostarme, estaba a punto de cerrar la última ventana cuando en el resquicio lo descubrí intentando acercarse. La rabia que me invadía era tal que, de haberle atrapado, habrían ocurrido serias consecuencias. Graves lesiones para él y problemas con la justicia para mí. Al abrir violentamente la puerta de la calle, apoyé el pie sobre el borde del escalón y caí de bruces al suelo, recibiendo así un fuerte golpe. Cuando me levanté, mi potencial víctima había desaparecido. Lamenté profundamente aquel suceso pues me dejó no sólo con las ganas de ajustar cuentas con ella, sino con la dolorosa secuela del golpe.

El martes abandoné la casa convertido en un demonio. Miraba sin reservas hacia todos lados como si ese ímpetu facilitase por fin el deseado encontronazo. Nada ocurrió. En la oficina, me puse a trabajar sin el menor interés en hacerlo cuando, en uno de los vistazos que disparé por entre las persianas sentado en la butaca, mi vista se posó en un repulsivo semblante que desde afuera me observaba. Llevando tensos los músculos y los puños cerrados salí disparado en dirección a la calle.

Allí le busqué desde una esquina a la otra sin resultados. El sinvergüenza se había esfumado. Incluso, pregunté a varios transeúntes, importunándoles en algunos casos. Nadie reconoció haberlo visto. Para colmo, uno de ellos se atrevió a jurar que en el sitio por mí señalado no pudo haber estado nadie. Ante una aseveración como esta, emitida por alguien cuya figura sugería respetabilidad, no tuve alternativas a dudar acerca de la presencia real del “fantasma” en el área. Creí ser una víctima de la tensión nerviosa que me embargaba. Luego de recuperar el ánimo entre conversaciones sin referirle a nadie lo que me sucedía con el personaje, o con la “sombra” que me asediaba, trabajé normalmente el resto de la jornada. Al salir, lo primero que se me ocurrió hacer, no obstante, fue unirme a unos compañeros y seguir su rumbo por si nuevamente se me aparecía. Sostuvimos una amena conversación en el trayecto, pero al soltar una ojeada casual en cierta dirección, me las tuve cara a cara con mi perseguidor. Estábamos a pocos metros uno de otro y logré contener un salvaje y casi instintivo impulso de acometerle. Sólo hice una señal a mis colegas para instarles a mirar al lugar en cuestión, y para llevarme una tremenda sorpresa. Quien se hallaba allí era un trabajador del centro, ya jubilado. Este desenlace momentáneo me tranquilizó y no ocurrió más nada hasta que inevitablemente tuve que separarme del grupo. Al llegar a mi hogar e introducir la llave en la cerradura de la puerta, alguien pasó por mi lado y tosió en el instante en que más cerca se hallaba de mí. No esperé un segundo. Le caí encima, comencé a golpearle en el rostro mecánicamente y no fui capaz de detenerme por mí solo. Unos vecinos me sujetaron y me separaron de mi contrincante para con puro horror darme cuenta de la falta cometida. Había golpeado a alguien conocido. No muy próximo a mi círculo de relaciones, pero alguien que no me debía nada. Tuve que solicitar mil perdones a fin de evitarme inconvenientes e instarle al hombre a que me devolviese la golpiza sin temor ninguno. Afortunadamente el individuo comprendió cuando le expliqué sin ahondar en detalles que un sujeto muy parecido a él me importunaba y merecía la andanada de golpes que por error hubo recibido. Después que el barrio se tranquilizó, permanecí durante un rato conversando con uno de los vecinos que intervinieron en la reyerta hasta que se retiró. Pero al intentar introducir de nuevo la llave para abrir la puerta, el maldito individuo, sin dudas él mismo, me observaba con fijeza. Sentí cómo mi cuerpo se calentaba y, aunque respirando profundamente, conseguí penetrar en mi propiedad. Ya dentro, no pude evitar permanecer unos minutos de espaldas a la puerta, pensando o no, sin pensar o no.

En ese instante una idea nueva impactó en mi cerebro. Recordando haber confundido al viejo trabajador jubilado y al vecino a quien hube agredido, con “la sombra”, me pregunté si un determinado problema surgido dentro de mi psiquis no podía ser el responsable de mi desconcierto al identificar personas. Este pensamiento se reforzaba si tenía en cuenta lo repentino del surgimiento de dicho desorden. Sin embargo, no hallé causa alguna para su aparición.

Al día siguiente, era miércoles, mi contenido de trabajo me indicaba que debía visitar otra empresa a fin de acordar un suministro esencial para el funcionamiento de la mía. Tomé el vehículo asignado para ello y desde dentro de él, antes de que arrancase el motor, descubrí al espectro casi introduciendo su cabeza para mirarme. Ordené retrasar la partida, abandoné el transporte y traté de localizarle en el entorno, pero había desaparecido. Desalentado, iba a introducirme nuevamente en el automóvil cuando le observé doblar la esquina con intención de escapárseme otra vez. Le indiqué entonces al chofer seguirle sin pérdida de tiempo. Al doblar la esquina, sólo personas extrañas circulaban. Había tiendas, pudo haberse escondido en cualquiera de ellas, pero poco deseo y escasez de tiempo yo tenía para ir en su busca.

Pregunté al público si habían visto lo que sucedió, pero nadie sabía lo que, según yo, tenían que ver.

El jueves, último día en que le vi, yo comenzaba mis vacaciones. Quizás la falta de ellas en tanto tiempo me afectaba y era responsable del fenómeno que estoy a punto de terminar de relatar. Me sentía libre y ligero cuando salí de la casa en dirección a la central de teléfonos a realizar el pago mensual. Ya estando a la entrada pregunto por la última persona de la fila.

Ésta giró y me miró a los ojos. Acto seguido salió como disparado antes de que lograse yo sujetarle. Al cruzar la calle, un auto le atropelló. Aparté la mirada para no ver el siniestro. El vehículo no detuvo su marcha y se dio a la fuga.

Mi asombro, en cambio, no tuvo límites al notar que nadie prestó atención al incidente. Alguien me dijo que era la última persona en la fila y todo quedó ahí. Pregunté al público si habían visto lo que sucedió, pero nadie sabía lo que, según yo, tenían que ver.

Lo anteriormente narrado es la pura verdad de lo que me sucedió durante aquellos, ya distantes, ocho días. No ha vuelto a repetirse. Tampoco puedo explicarme a mí mismo la causa de ello. Me siento un hombre normal, tanto física como psíquicamente. Después de todo, sabemos que nuestro cerebro es capaz de jugarnos malas pasadas y no nos da la explicación.

Hermes Armando Garcell Mosqueda

Hermes Armando Garcell Mosqueda

Escritor cubano (Santiago de Cuba, 1955). Es ingeniero de control automático. Ha publicado la novela El caso Lomonosov (Ediciones Ávila, 2012). Con su cuento “El viaje a Marte” ganó el concurso de la Universidad de Oriente (2013).
Hermes Armando Garcell Mosqueda

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