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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Word

jueves 19 de septiembre de 2019
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—No, no me voy. Debo terminar el informe del año. Estoy atrasado. No te necesito, gracias. Hoy concluyo esto o dejo de ser Daniel.

Daniel Martínez tenía por costumbre laborar con inamovible parsimonia durante las temporadas intermedias de trabajo. Sus informes y proyectos de gastos, ingresos, rentabilidad, inventarios, etc., debían esperar hasta el último segundo para verse concretados. Sostenía su línea de acción apoyándose en un excesivo burocratismo que, lejos de facilitar el proceso, inyectaba lentitud a los mecanismos adjuntos a la estructura económica de su empresa.

Por primera vez se percató de que la oficina se hallaba a oscuras. Los cristales ahumados de las ventanas eran la única fuente de luz.

—Juré que no saldría vivo de aquí sin dejar claro hoy todo este enredo, así que ciérrame bien esa puerta. Quiero aislarme del mundo exterior —advirtió a la última persona que abandonó su departamento.

En solitario, Martínez proseguía desesperadamente su lucha con la computadora, con las páginas mecanografiadas y con las horas. Éstas, pese a no contar para él, transcurrían sin dar tregua a la imperiosa necesidad de tener listo el informe cuanto antes. El aire acondicionado de la oficina no impedía que, en ocasiones, tuviera que extraer su pañuelo del bolsillo y secarse el sudor de la cara y la nuca. Desde el mamotreto que descansaba en su escritorio arremetía contra el Excel a través del teclado, para luego borrar parte de la escritura electrónica y retornar al papeleo original, o buscar algo en un archivo de columna ubicado junto a la pared.

Exhausto por fin, Daniel decidió tomarse un receso. Miró su reloj de pulsera sobresaltado, como si al cabo de un lapso de siglos hubiese redescubierto que existía el acto de mirar la hora en un reloj. El suyo pareció haberse detenido. La batería debía estar agotada. Era una batería nueva. Pero así aparentaba haber sucedido. Incluso, de pronto experimentó cual si una masa pesada le hubiera dado en el pecho. Por primera vez se percató de que la oficina se hallaba a oscuras. Los cristales ahumados de las ventanas eran la única fuente de luz que le permitía distinguir su enclaustrado entorno. La computadora ya no funcionaba, y sentía calor, mucho calor.

Se dirigió rumbo a la puerta y la abrió a costa de realizar un esfuerzo mayor que el usual. A tientas buscó las escaleras que conducían a la planta baja y descendió, pisando unos escalones tan polvorientos que, a cada paso suyo, un crujido de partículas recién fragmentadas rompía el silencio.

Abajo, el suelo tampoco dejaba de explosionar bajo sus pies. Daniel llamó al guardia de seguridad, pero le respondió sólo un escurridizo eco. La entrada del edificio no resultaba visible en ninguna dirección. Avanzó hacia donde debía estar, y se estrelló contra un portalón podrido que aún resistía el empuje de una fuerza superior a la suya. Reconoció el marco y las zonas aledañas. No cabían dudas, allí se encontraba. Volvió a llamar al guardia, primero con el nombre del cargo, posteriormente, con una retahíla de execraciones y palabras obscenas. Recordó en su desconcierto que la planta baja contenía otras oficinas y se propuso localizarlas. No sin dar trompicones, y presa de alguna que otra pérdida momentánea de la orientación, dio con el resto de las puertas. Unas permanecían cerradas, otras, entreabiertas, se sostenían a duras penas, y se balanceaban de arriba abajo al él rozarlas. Penetró en uno de los departamentos que yacía poblado de escombros. Escombros, ratas e insectos, según pudo constatar. Máquinas de escribir inservibles, sillones que al tocarlos ensuciaban, y papeles cuya función era servir de alimento a los bichos, evocaban el tiempo, la soledad y el abandono. De improviso, Daniel escuchó un atronador ruido tal como si proviniese de un bombardeo cercano. Pero no había guerra. El ruido era producto de la caída de algún trozo de pared en el departamento contiguo. No necesitó reconocer más ese lugar.

Se proyectó en caída libre sobre el suelo. Quedó aturdido por el impacto no supo cuánto tiempo.

Llevando la sangre agolpada en sus sienes, Daniel Martínez logró hallarse en el patio, o en lo que debió ser el patio del edificio donde radicaba su empresa. El suelo plano de cemento se había transformado sin causa aparente en un espacio resquebrajado por la fuerza de tallos y raíces, y se abultaba a cada paso, haciéndole caer con ayuda de la oscuridad. A Daniel se le ocurrió una idea al enredar sus pies en una escalera extendida horizontalmente en medio del terreno. La tomó y colocó junto a la parte más baja del techo. La escala casi la alcanzaba. Subió dejando atrás peldaño tras peldaño. El último resonó bajo la presión de su peso, pero resistió. Se presentaba un problema para Daniel, pues tendría que realizar una maniobra peligrosa. Sujetarse al saliente del techo, a la canal, y confiar en que ésta lo aguantara. Presumió que si se sostenía de ella por poco tiempo, no correría riesgos. Su cuerpo ágil le facilitaría la maniobra. Nada más tendría que aplicar un leve impulso a través de sus brazos musculosos, y se posesionaría del tejado.

Y de ahí a la libertad.

Pudo sujetarse a la canal; sin embargo, al ejercer presión verticalmente, aquélla se quebró y Daniel Martínez se proyectó en caída libre sobre el suelo. Quedó aturdido por el impacto no supo cuánto tiempo. Al recuperarse, la oscuridad aún envolvía el entorno. Se movió cauteloso, y los dolores se le hacían insoportables, pero con un tanto de alivio comprobó que podía mover todas las partes de su cuerpo. Se levantó al cabo, y lamentó no haber podido obtener ni siquiera una vista instantánea del estado de las construcciones circundantes. Caminó con ansiedad y medio entumecido en dirección al interior del edificio. Antes había barrido con la mirada la planta alta y solamente notó ventanas rotas, unas abiertas y otras cerradas. Para consternación suya, los ventanales de su oficina enseñaban cristales quebrados o cubiertos por algún tallo que, hurgón, parecía quererse introducir dentro de ellos.

De nuevo, entre la mugre de la planta baja reconoció sólo ruinas. Ante lo que debió ser la puerta de entrada gritó muchas veces y muchas cosas. Después acometió, primero con puñetazos, luego a puntapiés. Sin embargo, la indómita puerta simulaba no interesarse en tal derroche de bravatas. Daniel Martínez quedó tan agotado que se desplomó casi inconsciente.

La computadora permanecía encendida. No mostrando el Excel en pantalla, sino el Word.

Más tarde, puesto de pie y decidido a instalarse otra vez en su escritorio, subió los escalones y alcanzó el pasillo, al extremo del cual lo esperaba su oficina. Apoyándose en la pared, dejó caer su mano sobre un interruptor, o sobre el hueco que un día ocupó aquél, cuando los trabajadores lo movían de ON a OFF y viceversa, bañando de luz o cubriendo de sombras el pasillo. Sin dejar de palpar la polvorienta pared, coceó cuanta puerta hallaba en su camino; la de un baño compuesto solamente por cuatro paredes derruidas y la de los restos del despacho del director.

Plantado ante la puerta de su departamento, sostenida tan sólo por una bisagra oxidada, Daniel respiró profundo antes de entrar. En el interior se reencontró con su computadora, su escritorio, y el archivo de columna. También le aguardaba el butacón. En todo cuanto palpó, quedaron visiblemente marcadas sus huellas digitales pese al señoreo de las penumbras. Cierta señal esperanzadora lo conmocionó sin embargo. Un rayo de luna se filtraba por entre el cristal partido de la ventana. Daniel Martínez trató de encender la luz. Luego, decepcionado buscó hacer lo mismo con la computadora. ¡Último intento!

 

La puerta se abrió y entró alguien. Acto seguido ese alguien llamó a otro. En pocos minutos una muchedumbre de empleados pasó por allí. Al final, el personal de ambulancias y el de la Policía Nacional se hicieron presentes.

La oficina iluminada por tres pares de lámparas dobles de luz fluorescente, y resfriada por el aire acondicionado, lucía macabra. Un hombre estrangulado yacía con su cabeza introducida en una gaveta abierta hasta donde se ajustaba al grosor del cuello. El cuerpo, cuyo torso apuntaba hacia arriba, formaba una horrible pendiente con relación al plano del suelo.

La computadora permanecía encendida. No mostrando el Excel en pantalla, sino el Word. Allí había varias páginas escritas por Daniel Martínez. El relato estaba sin concluir.

Hermes Armando Garcell Mosqueda
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