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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Los nudos en la voz

• Jueves 12 de octubre de 2017

Cuando la noche es larga y silenciosa
y cuando no te escucho llorar,
lo hago yo por ti.

Te despiertas con el preludio del canto de un gallo.

Retiras la ropa de cama que cubre tu cuerpo, te sientas en el borde de la cama, y comienza a salir de tu boca, que despidió a la dentadura, un torrente de palabras que, una a una, se van halando desde tu interior para estrellarse en las paredes de lámina del cuarto y regresan marchitas a tu oído, y son, todas ellas, una camándula con la cual construyes tu acostumbrada oración de la madrugada.

Esa oración que te has propuesto hacer como un concierto de pájaros en primavera, alegre, llena de colores, es, sin desearlo, un murmullo seco de un riachuelo que busca ansiosamente el mar.

Te preguntarás nuevamente por Ella que no viene y te lleva, y así evitar ser una carga para tu hijo Alberto, pobrecito, dirás, es el único de tus doce hijos que cuida de ti.

Todo es oscuridad aún. Juntarás las manos ásperas por el paso de los años, las rozarás lentamente y pedirás al creador por tu familia dispersa: “Dios, padre, cuida de mi hijo Jorge, de su esposa, de sus hijos, que la Lita encuentre la paz con ese esposo borracho, no te olvides de mi hija, la Mercedes, que cambie ese carácter con sus hijos, que Jorge encuentre un buen trabajo, y quítame este terrible dolor de cabeza que no me deja tranquilidad, ¡ah, y ya se me olvidaba pedirte, te das cuenta, Señor cómo estoy de esta cabeza que ni para tener pelo sirve, que le ayudes a Alberto a encontrar la vaquita parda que lleva varios días desaparecida..!”.

Y en tu oración recordarás aquellas vivencias de niña, como la primera vez que te regalaron un caracol y te parecía increíble que el mar estuviera ahí dentro, y que aún conservas desde entonces, colocado cerca de la almohada. Luego volverás asombrada a hilvanar las palabras para la oración, y pedirás perdón por tu descuido, luego de encomendar a tus vecinos y a los miembros de la iglesia, concluirás con “amén”, sentirás deseos de orinar, a oscuras te desplazarás, palpando todo hasta llegar a la puerta, la abrirás y te introducirás a la boca de la noche, y en ese momento el gallo cantará.

Regresarás a la cama, reconociendo que aún es muy temprano para comenzar la jornada del día, y te preguntarás nuevamente por Ella que no viene y te lleva, y así evitar ser una carga para tu hijo Alberto, pobrecito, dirás, es el único de tus doce hijos que cuida de ti, y una pequeña tristeza te nace en los ojos porque piensas que ya nadie te quiere y para qué tanto hijo que después no te reconocerían y que solamente fueran tres, pero no, el compañero de vida decidía por adelantado tu nuevo embarazo, y que hubieras querido dejarlo, pero el temor de un castigo de Dios te detenía y las voces de las vecinas que te mirarían como una maldita pecadora, heredera de los vicios de Jezabel, por tener la idea enferma de abandonar al hombre que la vida te asignó y quien debía serlo hasta el día que Ella te llevara y te quedaste a esperar, nada más a esperar y luego Ella decidió, hace cuatro lustros, llevárselo a él primero y te quedaste con un enfado amargo por esa elección.

Y te dormirás, y soñarás con una iglesia abandonada, descolorida; con imágenes frías en las paredes que se acompañan mutuamente; estatuas heridas por el polvo miran tu silencio y te arrodillarás ignorando por qué; luego, aparece una bebé, quizá de nueve meses, morenita, gatea, y con la vista fija en el altar, llega y bota el cirio, es el tiempo de la pascua, recordarás, el cirio prenderá las cortinas, el altar se cubre de llamas, el humo se expande por toda la nave de la iglesia, toserás, los ojos se te cubrirán de lágrimas, intentarás correr, pero las piernas no se moverán del asiento y luego recordarás a la niña, la buscarás, entonces el corazón se te llenará de pesar, no por tu muerte inminente, o por el dolor que eso te producirá, sino porque la niña se marchó, porque estás completamente sola.

Cuando tu nuera llegue a verte tú estarás dormida, tu sueño estará comenzando, y la nuera al verte dormida sentirá un dejo de lástima por tu cuerpo pequeño y maltratado por ochenta y dos años, y aunque la gente dice que tienes más, tú les insistirás que naciste al final de la l Guerra Mundial, y que todavía recuerdas los días del golpe de Estado de un tal Martínez que fue el presidente que más tiempo estuvo en el gobierno y que fue buena gente porque sacaba a los presos a trabajar a la calle para que no se aburrieran en las cárceles.

El sol estará bastante alto para cuando llegue Alberto, él entrará con mucho cuidado y tú fingirás dormir, ¿por qué no hacerlo? Fingir ha sido la otra forma de encarar las situaciones, fingiste aquel día en que la vendedora de marquesote te contó haber visto a don Tomás, tu compañero de vida, varias veces acompañando a la rezadora Dominga, de bracete, por el río, y tú le dijiste que eso ya lo sabías, pero desde ese día algo se te oscureció por dentro, ¿el amor?, no, de eso estabas completamente segura, nunca lo amaste, ni lo llegarías a amar, era simple e inexplicablemente el miedo a estar sola, se te murió aquel día la fe de necesitarlo, y cuando le reclamaste te miró con desprecio y sin decir algo te golpeó otra vez frente a los hijos, y si volvías a meterte en sus cosas que primero no se te olvidara lo de hoy, y que mucho cuidado con quejarse o de meterse con otro hombre, que entonces te iría peor, y esa noche lloraste sin límites y cuando Mercedes, con cinco años de respirar, comenzó a llorar contigo, los demás hacía rato lloraban, y te contuviste y les hiciste de cenar; desde entonces le clamabas a Ella que viniera y se los llevara a todos para que nadie continuara sufriendo, y te preguntaste, en el pozo del silencio que brotaba de tu vida, qué sería de las niñas tuyas cuando se hicieran mujeres y se enamoraran, ojalá que nunca amen a nadie, decías, y que si encuentran a alguien, que los hombres sean diferentes de los que hay en este tiempo.

Te levantarás al marcharse Alberto al trabajo, tomarás tu baño diario, lavarás tu ropa de día y usarás el vestido de ayer, y mañana el que dejas hoy. La nuera te invitará a comer, te servirá leche de una de las vacas que no se ha perdido, una porción de queso, pan, te excusarás diciendo que es mucha comida, y apenas probarás dos bocados y tres sorbos de leche, luego te levantarás y descansarás bajo uno de los árboles de mango que sombrean la casa, y verás a la gente pasar por la calle, y se detendrá don Tino, el vendedor de hornillas, y dará inicio el diálogo:

—¡Días le dé Dios, ña Chusita!

—También para usté, ñor Tino.

—¿Qué tal de salud?

—Por aquí, siempre con el dolor de cabeza, que no se me quita, y con esto que no me da hambre.

—Hay que tener paciencia y pedirle ayuda a Diosito, es el único que con su misericordia y su mano milagrosa nos puede ayudar.

—De eso no hay duda, si no fuera por él, quien sabe…

—¿Y no han venido sus otros hijos?, la Mercedes, ¿qué le pasó..?

—A saber que le habrá pasado a esa muchachita, que ya no vino…

—Al rato viene con todos sus nietos, que ya deben estar grandes, ¿verdad?

—Sí, usted, ya se crecieron.

—Gracias a Dios, cuando menos les espere le van a caer como chaparrón de agua… Se me cuida, voy a seguir con la lucha…

Y lo despedirás con un “que le vaya bien”, y la nuera notará que ya comenzaste a hablar sola y tú murmurarás que no te importa que esté viendo y dirás cosas como tu constante deseo de salir corriendo a perderte en otro lugar, encontrarte con gente que no te conozca y no tener que preocuparte por nadie, y que los demás no sufran con tu presencia, y que todo sea un olvido eterno, no sentirte mal por las cosas que a ratos pierdes de vista en la memoria y los demás te lo hacen notar y te sientes molesta, dirás que uno se siente mal por los recuerdos que se le quedan cosidos a la memoria y por los que se tiran en cualquier parte con los estornudos y por los que se confunden de color y de sabor y los pronuncias de una forma rara que a todos les parece que estás inventando un nuevo alfabeto de la vida, o como aquellos deseos tercos que nacen, crecen y cuesta verlos morir, y que te encara la nuera con una mueca de desprecio pero que son tuyos y los has cuidado igual que si fueran tus hijos, son tu compañía y ellos te soplan la sensación de vida y una fuerte tentación de correr llega a tu sangre que navega inyectada de cólera, entonces, algo en tu cuerpo te revela de alguien que tiene artritis y apenas puede caminar y… seguirás detenida en el intento, quieta, casi dormida.

Cuando eras menos vieja todos se alegraban de verte, te saludaban y hasta se molestaban porque no les visitabas en sus casas, y hoy ya no puedes hacer mucho por los demás.

Te sentirás cansada de hablar entre labios y oscilarás entre la vigilia y los bostezos, y una mosca que quiere aprovechar las migas de pan de tu boca se te acercará y te hará reaccionar y volverás a la cama de tu cuarto, separado del resto de la casa, y te encerrarás a revisar la ropa guardada, por alguna polilla que se haya introducido en las bolsas, la sacudirás, y encontrarás la ropita de dormir de Mercedes, aquel camisón celeste que le compraste cuando tenía tres años, y un suspiro se desenterrará de tus pulmones, y la recordarás y le desearás que se encuentre bien con tus nietos que tienes varios meses de no ver, y a quien le ha ido muy mal, el hombre con el que se acompañó la dejó y le ha tocado andar alquilando cuartos en mesones en las afueras del pueblo, y deja a los niños encerrados para irse a trabajar a una venta de plátanos, y tú le dirás que si hubieran tenido los medios, un negocio, una herencia o una parcela de tierra, se distribuiría entre todos, y no repetir lo de tu mamá que sólo dio herencia a tus hermanos y nada para las hijas, ya que eran mujeres y a ellas los hombres les tenían que dar casa para vivir, destino y leyes; pensarás que quizás estaba equivocada, luego al volver a tu ropa no encontrarás polilla y la guardarás para verla nuevamente mañana.

La nuera te llamará a almorzar, arroz frito, pollo guisado y ensalada, y tú lamentarás que te sirva eso, porque ella bien sabe que la grasa te la prohibió el doctor, sólo comerás la ensalada, mientras que el pollo y el arroz se mirarán en tus ojos lagrimosos, rabiosos, y suspirarás por una sopa de hojas verdes, de mora, de chipilín o de “monte”; mirarás las noticias en el televisor y te preocuparás por la salud del Papa, que está muy enfermo y todos preguntan si se retirará o morirá en el cargo, y sentirás que los párpados se juntan, cansan tu iris las imágenes y te dormirás.

Despertarás a mitad de la tarde, todavía en la silla del comedor, ya el pollo y el arroz se fueron de tu vista, y aún sientes el sabor pasado de la ensalada por tu boca. Querrás tomar agua y lo harás, irás al sanitario y luego te lavarás las manos y la cara, para despejarte el amodorramiento, y te extrañarás no haber soñado algo, la nuera continúa viendo televisión.

Se te ocurrirá ir a la iglesia, irás a marcha lenta, y desearás que nadie te hable, que no te pregunten sobre nada, que hagan de cuenta que no te vieron, pero cuando nadie te habla sientes otra vez la agonía de no importarle a nadie, y te compadecerás de haber llegado a este lugar, hasta esta edad, porque cuando eras menos vieja todos se alegraban de verte, te saludaban y hasta se molestaban porque no les visitabas en sus casas, y hoy ya no puedes hacer mucho por los demás y necesitas que alguna vez te ayuden a cruzar la calle, por ese maldito miedo, que no te alcanzas a explicar cómo se te apareció, si antes no temías pasarte la calle.

Te sentarás en la última banca de la iglesia, bastante cansada, alguien se te acercará y te entregará una hoja, recordarás que no sabes leer, y la página será un montón de manchas chiquitas y grandes, ya que tu mamá prefirió enviar a la escuela a tus hermanos y no a las mujeres, para que le ayudaran con el oficio de la casa y a dejar la comida a los hombres que trabajaban en el campo, y además porque las mujeres a la escuela sólo iban a conseguir maridos; por lo menos, pensarás, no hiciste lo mismo con tus hijas aunque Tomás no estaba de acuerdo, peleaste y aguantaste palizas por tu necia vocación de no repetir el pasado, ellas fueron a la escuela, que los profesores te decían que no eran muy afortunadas para eso del estudio a ti no te importaba, por lo menos todos sacaron hasta el sexto grado, y ya no sufren con las manchas en el papel que no tienen sabor para los ojos.

Alguien te dirá que en la página que tienes está la invitación para asistir a la iglesia que está a cargo de una mujer sacerdote, te asombrarás de los cambios que se están viendo, mujeres con pantalones, mujeres que no quieren ser más que hombres, mujeres que fuman, se emborrachan, conducen los buses, reparan carros, médicas, y pensarás en tus nietas, verlas convertidas en mujeres con mejor suerte que la tuya y la de tus hijas.

La misa te sumirá en otro lapso de sueño y te despertarás con los abrazos por “mi paz os dejo, mi paz os doy”, y te acordarás de que hasta la misa ha cambiado, porque antes las decían en un idioma que no se entendía y asociabas la expresión de “pater” con la de “padre” y era lo único que dominabas.

Regresarás cuando la noche ha comenzado a llegar a tu cuarto, Alberto ya habrá llegado y preguntará por ti, la nuera le responderá que andas por la iglesia. Él te esperará a comer, te invitará a sentarte para que pruebes la cena, frijoles fritos, un huevo duro, queso y café, tú les recuerdas que si tomas café no podrás conciliar el sueño, y que no te comerás los frijoles fritos por la grasa que prohibió el doctor, y que te los den salcochados y que te den agua y que te comerás el queso y el huevo, y él te interrogará de “cómo estuvo el día” y le contestarás “que muy bien”, una mentira, y te avergonzarás de que Dios te lleve la cuenta y quisieras agregar algo, pero cuando lo haces no sabes qué palabra seguía para matar el silencio.

Desearás irte a descansar y les dirás que te disculpen, que “tengan buenas noches y hasta mañana”, y recordarás que no vino Mercedes o los otros hijos, ni tus nietos, ni tus sobrinos, ni ñor Tino. Irás al sanitario, confiando más en tu olfato que en tus ojos, o en la idea que se pudo haber grabado en algún rincón de tu memoria. Te enjuagarás la boca, lavarás las manos y caminarás en dirección de tu habitación. Iniciarás tus plegarias de la noche, solicitando una ayuda para tu familia, los vecinos y para ti contra ese dolor de cabeza.

Desearás que Ella, la muerte, venga a llevarte, y mientras la esperas, cogerás el viejo caracol y lo pondrás en tu oído, y éste ya no sonará.

Alberto llegará a tu cuarto para verte dormida, y tú fingirás, otra vez para no engañar, dormir, de la misma manera que finges vivir, traicionada por los recuerdos y los deseos, y te tocará la cara con su mano deslizándose entre tus arrugas suavecitas y dolorosas y te dejará con un beso que te arropará todo el cuerpo, y sonreirás poseída de lástima.

La noche se estirará sobre tu cama y sus bostezos te provocarán terribles calambres y te quejarás, y desearás que Ella, la muerte, venga a llevarte, y mientras la esperas, cogerás el viejo caracol y lo pondrás en tu oído, y éste ya no sonará, pero te ha quedado a ti la sensación de ese rumor de piedras que caen por la ladera como niñas locas corriendo tras una cometa, y ese rumor de voces te arrullará y te dormirás, y soñarás que mojas tus pies en un riachuelo cubierto de frondosos amates y laureles, juegas con tus hermanas y crees que eres feliz, luego despertarás entre los ladridos de perros lejanos y te estremecerás al pensar que exista la posibilidad de que haya en otra parte de este mundo una viejecita con tu misma edad, con los mismos parientes, que viva en resumidas cuentas como tú, y te sentarás al borde de la cama a rezar por ella, te compadecerás y la encomendarás a que tenga paciencia, y que Dios no la olvide en sus tribulaciones y que tú sí sabes lo que son los dolores de cabeza a esa edad, y que pobre viejita de cómo hará para lidiar con la grasa, con el olvido, con las nueras, con el silencio y con la gente que no está a gusto de verla.

Y notarás que la noche es muy larga todavía, y sientes que la vejiga te pide una salida, te levantarás, e irás a tientas por en medio de la noche para salir de tu malestar, luego regresarás a la cama y murmurarás algo y sonreirás porque tu mamá te dijo una noche “que te amaba” y te sentirás la niña más feliz del mundo, como una princesita vestida a traje floreado y de revuelo de encaje con una hermosa muñeca rubia entre las manos y con una inocencia pegada a tus ojos mientras te columpias en un atardecer limpio de otoño; sonreirás como en ninguna parte lo has hecho y ya no te acordarás de nada, ni de una viejecita que se lamentaba de su soledad, llamando constantemente a la muerte y que creía que nadie la quería y entonces, estarás quietecita, callada, mientras los demás te miran como si durmieras, como si fingieras, como si estuvieras viva, pero Ella, por fin, ha llegado, llevándose tu sonido de caracol, tus dolores, tus recuerdos de alfiler y la soledad que te golpeaba en el rostro, no te molestara más.

Luis Alfredo Castellanos

Luis Alfredo Castellanos

Escritor salvadoreño (El Rosario, 1971). Es cuentista y dramaturgo. Ha obtenido varios premios nacionales en poesía, cuento y teatro. Ha publicado como coautor y antologado en textos de poesía y narrativa. En dramaturgia tiene las publicaciones Crucigrama de sonidos (2009), Éxodo de la voz (2013) y El tiempo en que no estás (en Antología de los Juegos Florales El Salvador 2014). Estudió Filosofía y Letras.
Luis Alfredo Castellanos

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