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Cuatro relatos de Fernando Blasco

domingo 29 de octubre de 2017
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El mundo era en su cabeza un infinito hostil, sin un lugar al que volver, apenas un mapa y una cinta azulceleste y blanca en una habitación alquilada.

Ámsterdam

La última defensa que puso en marcha fue el cuello del sobretodo, vuelto hacia arriba. El invierno en Ámsterdam es paradigma de la inclemencia. Cruzó un puente breve sobre un canal oscuro, y caminó por una calle que brillaba por el agua caída. A las cuatro de la tarde suele haber más luz en la ciudad, pero la misma nube que había llegado tres días atrás oscurecía el cielo y dejaba una llovizna horizontal y perpetua. En los coffee-shop no encontraría el paraíso, pero sí la pipa de la paz y buena calefacción. Y café espeso, y un partido del Ajax, que pasaban en pantalla gigante. No lo distrajo. La sensación de soledad más descarnada venció al hash y al fútbol, incluso a la televisión. El mundo era en su cabeza un infinito hostil, sin un lugar al que volver, apenas un mapa y una cinta azulceleste y blanca en una habitación alquilada. Y la lluvia horizontal. Salió a la calle sin pagar, el murmullo de los grupos le aumentaba el agobio. La carga le hizo lento el paso. Se palpó los bolsillos y encontró una moneda de medio guilder, olvidada de 2001. Tampoco la zona roja lo salvaría esa tarde. Otra mano salió del bolsillo con la carta, tinta negra. Los ojos saltaron la lectura de corrido, buscaron las cuatro palabras que se le habían grabado en el interior de los párpados: no vuelvas, por favor. Dudaba si sería capaz de cumplir con lo que le pedía. Miró con fuerza, se alegró al ver que comenzaban a disolverse las palabras. La lluvia horizontal.

 

Diapasón

Quiso prescindir de la vista y levantó la mirada de las cuerdas para comprobar sin estorbo el grado de afinación. Giró en horizontal la cabeza y al otro lado de la sala estaba la mirada adolescente de Cecilia casi adulta, respondiendo matices a los ensayos de semitonos del afinador. No se descubrían aún, no se miraban las miradas sino los sonidos que, ajustados, formarían parte de todas las melodías por venir. Los habían encontrado en un punto de silencio común, porque ni una, inmóvil, de pie y maravillada, ni otro, inclinado sobre el piano y con los brazos ciegos en su interior, dejaban de mirarse. Ella respondía a los ensayos de él con gestos de la boca, a sus errores con medias sonrisas, hasta que sus ojos cerrados un instante develaban el tono exacto, el triunfo de las manos. Él recorría a conciencia cada cuerda, probaba los demasiado graves y agudos, y no la abandonaba hasta que su experiencia no le aseguraba haber alcanzado la perfección.

Fue en los aledaños de Sol que se encontraron. Él dejó de buscar cada nota en el vacío para afinar en los ojos de Cecilia, que ya miraban la música posible. Los dedos por las cuerdas ya no se movían inocentemente, ni reaccionaban al resultado de la tensión, ni dialogaban con el oído, sino con los ojos. Ella ya no estaba al otro lado de la sala sino de la mirada, ya parte de él, ya futuro próximo, ya preludio.

 

Laepidemia

Se esforzaron hasta el límite se su humanidad, que es largo límite. Dedicaron días y días con sus horas y horas a investigar el origen del mal, de hecho los que no han sido todavía afectados siguen haciéndolo, sin turnos, sin horarios. Lo que los mueve a esta altura de la desgracia es más la desesperanza no resignada que la desesperación. Pocos son en realidad los que guardan un brote mínimo de fe. Tal vez lo peor del caso sea que no hay un cabeza de turco, con todo respeto al admirable pueblo turco, que no estoy en conocimiento de por qué carga con este lugar común, quiero decir que no hay alguien a quien echarle la culpa. Hay, eso sí, quien habla del tantas veces anunciado fin del mundo, en razón de una serie de pecados cometidos. Las noticias acerca del origen son confusas, imprecisas y variadas. La versión más difundida (y por eso la más aceptada, aunque no la más verosímil, y mucho menos la verdadera) afirma que el primer caso de lo que hoy, tan extendida la enfermedad, todos denominamos la sopa, se dio en las afueras de la ciudad, hace ahora tres meses. Un varón, de 57 años, ochenta y cinco kilos, un metro setenta, con antecedentes familiares de patologías hepáticas, desarrolló, sin motivo aparente en principio, una disfunción, que en un principio se creyó ocular, pero que hoy es unánimemente considerada neurológica. Tal disfunción consistía (y consiste, porque a cada día que pasa se extiende más y más, por los suburbios primero, y ahora por la ciudad) en la parcialización de la capacidad visual del afectado, seguida de la incapacidad de percibir los objetos tal y como están dispuestos ante nuestros ojos. El primero de los enfermos tuvo el primer síntoma justo antes de reclamar la mala factura del talón con el que cobraría un trabajo de electricidad realizado en un departamento de una señora jubilada. Aseguraba que su clienta se había descuidado de escribir la palabra mil en la cantidad, y de nada sirvió que la mujer le jurara y prejurara que lo había dejado preparado su hijo, que ella no entendía de cheques ni talones, pero el hombre argumentaba que las personas mayores, con todo el respeto que le merecían (que, tal y como se verá, no debía de ser mucho), se equivocaban siempre a su favor, y que no era la primera vez que le pasaba. Peor fue cuando, antes de entrar en el banco, quiso volver a comprobar la cifra, y no encontró delante sino letras sin orden ni concierto, zetas donde debía haber eles, eñes donde debía haber y griegas, y ceros en lugar de erres. El caos letrado se multiplicó sin número cuando levantó la mirada hacia los carteles de la calle. A partir de ese momento, los casos se sucedieron, aparentemente sin estar relacionados, en personas de diversas características y en puntos de la ciudad diferentes, algunos alejados entre sí. Los síntomas son los mismos, y nadie ha logrado develar la incógnita de las causas de la enfermedad. No se han establecido, como en anteriores ocasiones, grupos de riesgo. Todos estamos expuestos. Según han informado en las noticias de las cinco, los casos conocidos alcanzan al cincuenta y tres porciento de la población de la ciudad. Y cada vez es más veloz la propagación. Las autoridades sanitarias ya han cambiado el término epidemia por el de catá trofe. Si esto sigue este rumbo, si nadie es capaz de encontrar una explicación primero, y una solución después a este desastre, terminará por con ertirse en algo irreversible. La gente que no está afec ada ha optedo por huir, las autop stas están colapsadas, pero naides sabe hacia dónfe tiene que yr. Los transportes públicos no cemplen suf ioraois ni fus recolidos. Pero eb medio de la trajedia tau ina rspedanca. Las botivias de las feiz esaguren que huy iha sojufión. Wue bo bergamos la palme. Jo únito que fay qut fasel er aofiru syr iretngt seinforps t sidjrmps p ow Erbs. Q weo oityoclg.

 

¿Sabés?, soñé que era muy viejita, muy viejita, y que no estabas más conmigo, no sé por qué razón, no me lo preguntes porque todo era tan confuso.

Tenemos todo el tiempo

Abrimos los ojos. La lámpara del techo no la reconocimos, aunque el color de las paredes nos resulta familiar. No, definitivamente no estamos en casa; ni los muebles, ni el vaso de agua, ni el frasquito ocre, ni esa bata… ¡qué cursi, la bata! ¿Dónde me trajiste, Vicente? ¡Mirá que sos loco, eh! ¿Por dónde andás? Habrás ido al baño, seguro, y ya te veo que vas a venir listo para… ¡si siempre estás listo para eso! ¡Sos uno..! Pero te quiero tanto… Es lindo estar así, ¿verdad? Juntos, con ganas de salir a la calle y disfrutar del sol. Buenos Aires se pone lindo en octubre si puedo ir de tu brazo, Vicente. ¿Sabés?, soñé que era muy viejita, muy viejita, y que no estabas más conmigo, no sé por qué razón, no me lo preguntes porque todo era tan confuso…, no como esta claridad de esperar que vengas hasta la cama a darme los buenos días. Pero para qué contarte, era un sueño triste. Ahora estoy bien, porque oigo tus pasos, Vicente, mi amor. No me retes, por favor no seas malo, mejor decí mi nombre, sí, sí, ya voy. ¿Vos también con bata? No me apurés, si tenemos todo el tiempo. Ya va, ya voy a desayunar, no te preocupes, mi amor. Y dejá de llamarme doña Mercedes, por favor Vicente, que me hacés vieja.

Fernando Blasco
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