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Cuatro relatos breves de Fernando Blasco

sábado 10 de febrero de 2018
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Distancia

Bebieron. Uno con la discreción de quien inaugura el alcohol; el otro, con ibérica costumbre, dejó la espuma por debajo de la mitad de la copa. En miradas fugaces se recorrieron las caras, las manos, la diferencia de las vanguardias, la actitud ante el mundo. Se acusaron mutuamente y en silencio de la culpa que cada uno cargaba, si es que hay culpables en estos casos. El más joven, como mínimo una década, terminó primero la cerveza y se apuró a pedir otra. El otro tampoco quiso competir en eso. El primer encuentro de las miradas duró lo que el valor del que, promediando la segunda copa, se creyó obligado a compensar con palabras su derrotado silencio, y dijo una obviedad que se diluyó en los ruidos del bar. Qué habrá visto Silvia en este mierdecilla pensó uno, pedante, pensó el otro; ninguno de los dos tenía la capacidad de entender. El mayor dobló la esquina de la barra mientras se acomodaba los pantalones a la altura de la cintura, apartó un taburete y se sentó al lado del otro con su copa a medio terminar, y pidió otra para el muchacho.

—Salgamos.

 

Fin y principio

Un pie y después el otro. Pasos de cadencia sin avanzar, que hacen subir entre los dedos el jugo dulce de la uva al peso acompasado que cambia de pie. El peso son 54 kilos de promesa, juventud y temblor, y ojos del color de las almendras que no me miran desde hace algunos años, y que ignoran que me acerco de nuevo. Bailan limpios y con la sonrisa y el sol brillando en las pupilas. Llego al borde del tonel y miro pies jugosos y piernas blancas, y rodillas que van atrás y adelante, y originan el baile de su cuerpo y mi imaginación. El camino de regreso termina unos segundos después, cuando ella siente que alguien la mira desde abajo y se encuentra con mi mirada que llega a sus ojos, el exacto punto del regreso. La sonrisa brillante corre a la velocidad de la conciencia perseguida por la sorpresa, la incredulidad, el miedo, el rencor, el perdón. Una nueva sonrisa en contrapicado me recibe, levanta un pie y me lo ofrece:

—Bienvenido, te esperaba.

El mosto que besé los dioses lo querrían.

 

Oniro 2

Él venía con su tranco corto y su aire de mago del futuro; dibujaba líneas imposibles y le flameaba al viento la pelada. Yo estaba ahí, cómo mérito exiguo, lo admito, pero era yo el que estaba, y era yo el que abrió los ojos para mirar al otro también propio, asombrado de azar por la carrera y por el rojo que se le acercaba, cabeza levantada, y la pelota volando por un césped que no era a empujoncitos nomás hasta que un día los ojos de él y los del otro mío sacaron chispas del entendimiento. Él dijo tuya, el otro yo mía, y yo salí en veloz carrera, la más veloz de todos mis oniros, no como otras en las que uno corre pero no avanza y se desespera, no, les juro, esta vez volaba hacia un borroso adelante, área grande, no medialuna un poco hacia un lado. Y vino el pase, llegó de la nada una órbita recta de planeta que dejó a los lados dos dibujos, un 2 y un 6 llamando a Euclides, y yo corría, y el planeta al lado y dos pasos, tres dentro del área, todos los amores se alinearon.

No importa pero es cierto, una figura sin cara pero con algunos nombres (fillol, barisio, zoff, zubzuk y otros) apareció y yo la toqué suave entre el guante y el segundo palo. Ya era gol desde mi pie derecho. Pero no importa, no es del gol el sueño, ni siquiera de estadio y camiseta, sino del pase que como un abrazo me dio el diez cuando jugué de nueve.

 

En el bar

Ella estaba sentada en el bar del antiguo edificio de la Via Laietana esquina Jaume I, pero en realidad viajaba por otros edificios y por otros momentos.

Él estaba sentado en el mismo bar de Laietana, pero volaba por lugares remotos, y por tiempos que aún no había vivido.

Se miraron un instante y hubo dos sonrisas, apenas.

Ella y él estaban sentados a la misma mesa del bar de Laietana, pero estaban enfrascados en un silencio mutuo. Preferían viajar por edificios y volar por lugares remotos. Sabían que si regresaban se encontrarían con lo que no habían querido ser, sabían que en la mesa de madera habría un silencio denso y una cuenta que pagar. Que la única salida tenía dos caminos. Pero que antes habría dolor, reproches, llanto contenido en el mejor de los casos. Antes habría pasmo, despecho, agravios que sumar a la lista de agravios.

Sabían que si regresaban se encontrarían a un desconocido sentado a su mesa, y con el que tendrían que seguir cargando.

Uno de los dos dijo som-hi y el otro respondió vamos. “Hace frío”, dijo ella antes de salir a la acera. “¿Quieres mi bufanda?”, preguntó él. “No”, aseguró ella.

Él puso con gesto resignado su bufanda de lana gris alrededor del cuello frío de ella, que lo dejó hacer, con gesto resignado.

La mano de él en el hombro ahora gris de ella, y comenzaron a caminar, sin mirarse, hasta el próximo bar.

Fernando Blasco
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