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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Caníbales

• Martes 7 de noviembre de 2017

La comisión se detuvo en la calle R. Jahn, Santa Mónica. La señora Felicia Alegri ya los esperaba en el recibidor de su quinta Los Ocumitos. Lupita, su cuidadora de diecinueve años, abrió la puerta.

—Muchas gracias por venir, pensé que me habían tomado por loca. Pero es que a veces la vida real puede ser muy parecida a las películas, caballeros. Lupita, por favor, trae té y unas rosquillas de avena con papelón.

El inspector Alcides agradeció el gesto con un gracias.

Parecen salidos de esas revistas: ojos azules, rubios, altos, atléticos… pero cuando los ves moverse, hablar entre ellos, cuando salen y entran de esa casa, parece que ocultaran algo muy turbio.  

—Como dije por teléfono, los australianos que compraron la casa de enfrente son raros y peligrosos.

—¿Tienen poco tiempo de mudados?

—Sólo dos semanas.

—¿En qué momento comenzó a sospechar de ellos? Alcides tomó una rosquilla de avena y la mojó en una taza de té caliente. Los otros agentes hicieron lo propio sin dejar de mirar a Lupita.

—No voy a negar que son dos especímenes perfectos. Parecen salidos de esas revistas: ojos azules, rubios, altos, atléticos… pero cuando los ves moverse, hablar entre ellos, cuando salen y entran de esa casa, parece que ocultaran algo muy turbio.

Alcides se paró del mueble y caminó hasta una de las ventanas. Desde allí detalló las casas del sector. Amplias quintas sitiadas de árboles y gramíneas, en perfecto orden y pulcritud.

—¿Cuál es la casa? —dijo aproximándose milimétricamente a los cristales.

—La tiene justo en sus narices, detective.

—¿Es esa de allá? —señaló Alcides con el índice.

—Sí, pero no debería hacerse notar, son muy peligrosos.

—¿Sabe quiénes eran los antiguos dueños?

—Los Díaz Restrepo. Mis amigos de toda la vida. Nos conocimos cuando mi finado Raúl y yo éramos recién casados. Siempre nos incluían en sus recepciones, y también nosotros, claro. Había mucha cercanía, sabe. Por eso me sorprendió cuando vendieron su casa sin decirme nada.

—¿Cuál fue la primera persona que desapareció en casa de los Taylor?

—¿Además de los Díaz Restrepo?

—Sí.

—Un vendedor de seguros.

—¿Lo conocía? ¿Conocía su nombre?

—No, era la primera vez que pasaba por este sector. Estoy segura. Y de fisonomías mi memoria es eficaz. Ahora de nombres…

—¿Qué vio?

—Al principio nada, sólo que tocó el timbre y esos dos catires gigantes lo hicieron pasar. Subí a la buhardilla y me instalé con mi taza de té. De vez en cuando me gusta subir para observar con mis prismáticos. Es una zona muy bonita como verá y de tarde el ocaso es fantástico.

—¿Qué veía? —preguntó Alcides; su mano no cesaba de escribir en la libreta de notas. En contraste, sus dos agentes tenían la mirada perdida en la cadencia de Lupita y sus ajustados jeans.

—No llegué a ver nada y eso fue lo raro. Hicieron pasar al vendedor y no salieron más. Sólo Anka Taylor lo hizo minutos después para cerrar las cortinas de la sala. Como si supiera que yo los observaba.

—¿En realidad no vio que saliera el vendedor de seguros?

—Le dije que no, detective. No ofenda mi inteligencia. Con mis sesenta y cinco, sigo lúcida. Parece que llamarlo no fue una buena idea… En estos días como que no se puede contar con la policía…

Comenzó a respirar con dificultad y Lupita trajo el tensiómetro. Tenía un poco alta la presión y le administró 20 miligramos de Zanidip.

—Cuénteme de los otros que ha visto entrar y desaparecer.

—Fue al día siguiente. Dos mujeres testigos de Jehová. Una madura, con cabello teñido de amarillo y una jovencita como de dieciocho años.  Hablaron unos minutos en la puerta. Dios sabe cuánto recé para que no pusieran un pie adentro, pero esa gente se muere para que los inviten a pasar. Pensé que saldrían rápido. Pensé que tendrían más suerte por ser religiosas, sabe. Tal vez no las matarían.

—¿Usted supone que ellos matan a los visitantes?

—Bueno, es por eso que lo llamé, detective.

—Pero no tenemos nada, lo que usted dice son sólo conjeturas. Los visitantes pueden haber salido en un momento no controlado por usted. Quizás cuando le administraban su medicamento o fue al baño, no lo sé.

—Sólo escúcheme. Esa gente no sale de la casa desde que se mudó. No trabajan. No corren por las mañanas. No hacen mercado. Son raros. No se comportan como los demás.

—Son extranjeros, doña Felicia. Y los australianos tienen costumbres algo excéntricas.

—Pero a esas pobres mujeres les sucedió lo mismo que al vendedor. Las hicieron pasar y luego Anka salió, cerró las cortinas y desaparecieron. Así también pasó con el del cable, los técnicos de la luz, dos del aseo que pedían colaboración y quizás otros que ni sé.

Alcides no quería salirle con patadas, pero sentía que Felicia le hacía perder el tiempo.  

—¿Puede probar que esos dos matan a los visitantes?

—Las desaparecen, detective, ¿qué más pruebas?

Alcides sonrió. Sabía de xenófobas intolerantes que declaran la guerra a los extranjeros que se mudan a los vecindarios. Le dijo a Jairo que se conectara.

—Busca los desaparecidos en las últimas dos semanas.

Los dedos de  Jairo rebotaron sobre una tabla electrónica y, en segundos, agitó la cabeza. No había denuncias en las últimas cuarenta y ocho horas, por lo menos dentro del municipio. Alcides no quería salirle con patadas, pero sentía que Felicia le hacía perder el tiempo.

—No me mire así, detective, en serio son unos asesinos. Y no sé por qué nadie habrá reportado las desapariciones.

—Es simple, doña. Ellos no han matado a nadie. Y le aseguro un 99,9 por ciento que no hay cuerpos en los cestos y mucho menos enterrados en el jardín.

—Tiene razón sobre los cuerpos. Hay una cosa que no se me quita de la mente…

Alcides detalló la boca arrugada de Felicia. Su timbre de voz parecía transmitir una radionovela de terror.

—Precisamente porque nunca los he visto enterrar cuerpos en el jardín o meter bolsas negras en los cestos. Creo que se comen a sus víctimas… ¿Evidencia? Ese olor permanente a carne rostizada. Viene de esa casa, detective. ¿No lo percibe?

—Pero de dónde saca eso.

—Me va a decir que no lo huele.

—Sí, pero es sólo parrilla, doña. Carne de res asada.

Alcides se levantó del mueble, irritado, moviendo la cabeza.

—Usted me ha hecho perder mi tiempo. ¡Jairo, nos vamos!, ¿dónde está Pedroza?

—Acompañó a Lupita a casa de los australianos.

—¿Cómo es la vaina?

—Bueno, jefe, ellos llamaron por teléfono pidiendo especies y algo de ajo, la chica quiso llevárselas y solicitó que la acompañáramos.

—Y el buenazo de Pedroza se mostró solidario. Coño, si el pendejo ese mete la pata nos jodemos con la embajada, chico. No quiero peos con diplomáticos, Jairo, no quiero peos con extranjeros. No me explico, vale… este teléfono no repicó…

—Oiga, detective —intervino Felicia—, seguro esos desgraciados llamaron a la extensión de la cocina. Mis antiguos vecinos lo tenían en la memoria del teléfono. Hágame el favor de buscar a Lupita, la pobre no sabe lo que le espera con esos monstruos.

—Coño, doñita, con todo respeto, ya déjese de vainas. No tiene pruebas de que sus vecinos sean asesinos. Además, Pedroza está con ella, es un buen detective. Lo que no me gusta es que haga cosas que no le he mandado.

Felicia levantó el auricular.

—Voy a llamar a esas escorias, les diré que suelten a Lupita inmediatamente.

—Doña, no lo haga, espere…

La grabadora se activó repetidas veces:

In the moment there are the Taylor, please leave your message after the tone…

—Uf, gracias a Dios… déjeme hacer esto de la forma más conveniente…

 Alcides ordenó a Jairo que lo acompañara a casa de los Taylor.

—Debería pedir refuerzos, detective —reiteró Felicia.

El inspector sonrió sarcástico.

—Usted ha visto demasiadas películas policiacas.

—De Agatha Christie —soltó ella mientras se alejaban. Subió a la buhardilla y se instaló con los prismáticos.

 

El tal Anka se mostró amable al recibirnos. Dijo que Felicia era una vecina con muchos prejuicios. Que los espiaba a todas horas. Que Kora, su compañera, creía que tenía una obsesión con ellos. Quizás observarlos era su forma de tener orgasmos. Que sabían que usaba unos largavistas. Flagrante violación a la privacidad. Pero que no pretendían denunciarla. Todo marchó bien hasta que le pregunté por la chica que había venido con uno de mis agentes.

Anka sólo avanzó. Lo seguimos. Desde ese momento lo supe sospechoso. Le quité el seguro a la Glock.  

—Usted llamó a Lupita para pedirle unas especies, ¿no?

—¿Quién es Lupita? —preguntó Anka con cara de idiota.

Alcides intercambió una mirada con Jairo.

—La chica que cuida a la señora Felicia, su vecina de enfrente, ¿no la conoce?

Anka se puso rígido, se levantó del mueble y nos invitó sin más a pasar a la cocina. Insistía en que su compañera Kora había preparado algo especial para nosotros. Una simple cortesía. Le exigí que primero respondiera, pero Anka sólo avanzó. Lo seguimos. Desde ese momento lo supe sospechoso. Le quité el seguro a la Glock. Jairo prevenido. Caminamos, lentamente. Se movió rápido y desapareció tras una puerta que al abrirse dejó ver a Pedroza y Lupita en el piso: atados con bridas y amordazados. Hubo un silencio largo y gélido antes de sentir la descarga. Antes de sentir la oquedad del piso. Puedo decir lo último que recuerdo. Una sierra volviéndonos trozos. El agua del chorro llevándose la sangre por el desagüe. Los dedos salados de Kora encajando ajo por las fisuras de la piel. Ese humo inacabable. Esos ojos azules que de vez en cuando se encendían a través de la ventanilla.

Axel Blanco Castillo

Axel Blanco Castillo

Escritor y docente venezolano (Caracas, 1973). Profesor egresado del Instituto Pedagógico de Caracas. Algunos de sus cuentos han sido publicados en portales literarios. Es autor de Más de 48 horas secuestrada y otros relatos (CreateSpace Independent Publishing Platform, 2014) y Al borde del caos (El Perro y la Rana, en proceso de impresión).
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