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Memoria selectiva

martes 20 de febrero de 2018
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Son las seis de la tarde, lo advierto en el pequeño reloj de madera que cuelga de la pared en frente de mi cama. Trato de escribir, no es que el comienzo sea difícil, es que puede ser cualquiera. Digamos, por ejemplo:

La lámpara de cristal sobre la tele (apagada) frente a mí y, a mi izquierda, los grandes ventanales del balcón que también se van apagando. Anochece en Bogotá, con la retahíla de plantas y macetas que Mamá Paqui va comprando y recogiendo de jardines olvidados, como si fueran gatitos. Ya no hay por dónde andar en este apartamento, a un lado la menta, a su lado el tomillo, a su lado (Mamá Paqui llega y aprovecho para preguntarle el nombre de la siguiente, una planta verde oscuro y con una flor rojo frambuesa).

No se nos ocurre ni por un momento que las historias de aquellos que protagonizan los hechos periodísticos siguen desarrollándose, indefectible e inexorablemente, ajenos a nuestra mirada.

Hibiscus —me dice.

—¿Hibiscus? —le digo.

Hibiscus sabdariffa —repite—, o flor de Jamaica, como quieras decirle.

A su lado el romero, a su lado otra menta (más seca), a su lado el jazmín; el viento advierte de un frío intenso, pienso en esta ciudad de locos, de estrés y en que ello es ahora parte de mi vida…

—¿Qué miras? ¿El tráfico capitalino? —pregunta mi madre al advertir que no les hago caso a las muchas palabras que balbucea cada vez que pasa por mi lado.

En efecto, hay caos vehicular, el desespero de unos por llegar a casa, el de otros por ir a trabajar y, en cada vehículo, personas y, en cada persona, una historia ambulante, un camino por recorrer, un capítulo que escribir… duermen, miran el reloj, hablan por teléfono, chatean, se sientan de un lado, del otro, entablan conversaciones con un desconocido, malas caras, sonrisas; las bocinas de los coches revientan. Es extraño estar en casa tan temprano, dando vueltas como juguete de cuerda, reclinada en un sillón leyendo a Korolenko en un texto que ha caído en mis manos y se titula “La necesidad”; un tinto, un cigarrillo. Dejo que la mente divague y siento que hago parte de la lectura.

Por lo general, mi vida va entre la casa, el trabajo, la universidad. Hoy no he tenido clase, desde que en diciembre presenté mi anteproyecto de grado, y este semestre comencé a asistir a las pocas clases que me quedan. Cada vez que voy a la universidad es el mismo trayecto, los mismos bares, el mismo teatro, las mismas salas de cine, la misma ruta de bus, las mismas ansias por terminar mi carrera; pocas veces tengo tiempo para pensar en la vida de los otros, el hombre silente por la calle, la chica que cruza por la acera, la señora que vende dulces en la mitad de la cuadra, la familia del minimercado, el que compra, el que vende, el niño que pasea su perro, los estudiantes; van y vienen como van y vienen las noticias en el periódico. Cuando cerramos el periódico o apagamos el televisor. No se nos ocurre ni por un momento que las historias de aquellos que protagonizan los hechos periodísticos siguen desarrollándose, indefectible e inexorablemente, ajenos a nuestra mirada. Así pues, una historia periodística se acaba cuando se cierra el periódico, tal y como se acaban las historias de los más grandes novelistas de ficción. Nadie piensa, más allá de ciertos momentos de ensoñación, que el protagonista de la novela que acabamos de concluir seguirá con sus aventuras. Es imposible. Un violador condenado a 20 años se quedará toda la vida ahí, en esa foto en la que se oculta de las cámaras, de su historia resuelta.

Papel y lápiz sobre la mesa, siento que la inspiración se me ha esfumado; en el piso, y con una tranquilidad envidiable, duerme mi perro. Enciendo un cigarrillo; es una noche más en que el sueño se me escapa tras la ventana. La ciudad duerme, sólo unos pocos taxis deambulan por la avenida.

***

¿Y por qué ahora me entran ganas de llorar? ¿Por qué se me llenan los ojos de ese líquido salado al pensar cómo era mi vida hace unos años en esta maldita ciudad? Esta maldita y querida aldea. ¿Por qué siento que se me seca la garganta cuando recuerdo aquel día del eclipse lunar? Bella y lánguida luz otoñal.

Ya no me quedan amigos este año en la universidad… ¿ley de vida? ¿Lloro porque aún quedan restos en mí de la edad lírica o lloro porque siempre duele abandonar a los amigos a su espacio y a su tiempo, porque duele perderlos de vista, saber que se irán difuminando de nuestras vidas, imperceptible e inevitablemente? ¿O tal vez lloro porque me he dado cuenta de que en mi armario ya hay muchas prendas pasadas de moda?

La lucidez no es uno de mis dones. Pero si las lágrimas resbalan y mi nariz se atasca (con la consecuencia tierna en el rostro del que llora: entrañable payaso indefenso). Uno olvida que los demás también olvidan.

***

Hace un rato vi a M. Fue uno de esos momentos en los que tras la ventana del autobús mi historia se contaba de otra forma; a veces nos cuesta dejar ir lo que, quizá, nunca fue nuestro. Esa terrible obsesión por tener el control de lo que creíamos nos acompañaría hasta el final de nuestros días es como creer que se renuncia a la felicidad, y entre lo que se quiere, lo que se tiene, está la puta realidad —¿dije puta?—; ¿Me dijo puta? pregunta la anciana sentada en frente mío, y se marcha, sin permitir explicación alguna, espantada murmurando que ya no se les respeta a las personas de la tercera edad.

Mi psiquiatra diría: “memoria selectiva”. Has tratado de olvidar lo sucedido y te ha impactado oír que a otros también les sucedió.

Ahora viene un hombre para reemplazar la silla de la indignada anciana. Le miro de reojo por lo menos para comprobar que no se trata de un asaltante, luego lo ignoro, pero pronto descubro que ese sujeto encuentra algo atractivo entre mis piernas. Me miro. No veo nada raro, vuelvo a mirarlo y parece sonreír. Entonces empiezo a sentir lo que reconozco como asco, el mismo que siento cuando recuerdo a la niña desnuda frente al espejo, sujetada por la espalda por quien disfrutaba mirándose al espejo mientras le besaba el cuerpo y entre caricias, como tarareando una canción de cuna, le susurraba “tranquila, no pasa nada malo”.

Desde que mi manicurista, profesional en Derecho y quien además estaba haciendo una especialización en Derecho de Familia, infancia y adolescencia, me contara sobre los desgarradores testimonios que escuchaba, de la voz de niños objeto de abusos por parte de mayores y cómo la inocencia llegaba a tal punto que creían que todo hacia parte de un juego, recordé los susurros al oído y tuve el vago recuerdo del espejo.

Nunca le hablé a mi manicura sobre la niña en el espejo, aunque ella vio en mis ojos el reflejo de lo que se ha tratado de callar en vano y el esfuerzo tan grande que hacía para no lavar en llanto el rostro y arruinar las uñas recién pintadas.

Mi psiquiatra diría: “memoria selectiva”. Has tratado de olvidar lo sucedido y te ha impactado oír que a otros también les sucedió. Tuvieron que pasar un poco más de quince años, volverme casi alcohólica, ahogarme en la depresión e intentar el suicidio en dos ocasiones, para descubrir que he visto muchas veces a los ojos al culpable.

—¿Qué me mira, enfermo? Respete a las mujeres —le grito a aquel hombre, que despavorido se va hasta el fondo del autobús y se baja en el siguiente paradero, ante los improperios de los demás pasajeros.

Miro por la ventana. Veo de nuevo a ese hombre que apenas baja del autobús cruza la avenida corriendo, como huyendo de sí mismo, va vestido de gabán negro y pienso en lo parecido que se hace a un buitre, no puedo evitar pensar en buitres.

La maldad es la voz del cobarde y el silencio su victoria. Los cobardes se alimentan del miedo ajeno. En momentos como este lamento tener que usar el servicio público, exponerme a miradas morbosas, roces malintencionados como presa de un cazador, indefensa; negándome a ser la noticia pausada al girar la página de un diario. Me sentía más segura cuando mamá Paqui me llevaba de un lado a otro con la excusa de que no conocía la ciudad, aunque yo sabía que temían que un día no regresara a casa.

***

Los ojos cerrados con fuerza crean estrellas que al parpadear parecen caer sobre el rostro; recuerdo que me gustaba jugar a ver estrellitas y entonces cerraba los ojos, los cubría con las manos por unos segundos, haciendo una presión soportable y al abrirlos y cerrarlos de forma rápida, caían luces y luces que trataba de atrapar mientras giraba, giraba y giraba. También M y yo jugábamos a girar, claro que él pensaba que yo seguía siendo una niña y creo que la única razón del juego era complacerme. Todo pudo haberse detenido en él, porque él era todo lo que yo consideraba felicidad.

Nuevamente trato de escribir y otra vez me abruma pensar que los comienzos son infinitos, no es que el comienzo sea difícil, es que puede ser cualquiera.

Pero llegó “el día”, y sin poder dar explicaciones, tuve que dejar todo, hasta a M… entonces ya no iba a la misma universidad, no tenía los mismos vecinos, ni los mismos amigos, no vivía en la misma ciudad. Ya no escuchaba sobre la historia de la literatura, ahora oía cosas como “tenemos que sanar”, “estarás aquí por poco tiempo”.

Los domingos mi madre, Mamá Paqui y yo cocinamos, siempre el mismo plato, “paella”, para hacerlo un hábito familiar. Salimos temprano al mercado a comprar los mejores ingredientes, de regreso nos repartimos las tareas y entre canciones románticas de los años 80, una copa de vino tinto y uno que otro bocadillo para no morir de hambre, disfrutamos ese espacio tan nuestro. La mesa siempre se sirve a reventar esperando los invitados que de a pocos un día llegarán cuando podamos volver a confiar en alguien distinto a nosotras; después nos tiramos sobre el sillón grande de la sala lamentando pecar por glotonas.

Son las ocho de la noche. Y los restos de la paella siguen sobre la mesa, con pocas esperanzas de ser levantados. Nuevamente trato de escribir y otra vez me abruma pensar que los comienzos son infinitos, no es que el comienzo sea difícil, es que puede ser cualquiera.

***

Los ojos cerrados con fuerza crean estrellas que al parpadear parecen caer sobre el rostro. Giro, giro y giro y de pronto veo a M… brillando entre estrellas.

—Si todo el tiempo estuviste aquí, ¿por qué apenas lo noto? —le dije.

Anochece en Bogotá.

—¿Qué miras? ¿El tráfico capitalino? —pregunta mi madre.

Ivonne Plaza Rojas
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