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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Liendo

domingo 4 de marzo de 2018
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El plan estaba planteado desde hace tiempo. Matarían a Liendo apenas se estacionara en alguna licorería; era parte de su rutina y él lo sabía, lo había seguido semanas antes.

Todo comenzó con una cerveza. Liendo era profesor de Matemáticas y, gracias a sus lecturas, poseía un léxico elevado lo que hacía que su palabra fuese inteligente. De mayoría con las mujeres. Era un mujeriego, divorciado y sin hijos. Iba siempre bien arreglado y la juventud, aunque no era tan joven, se le veía en el rostro.

Una noche en viernes fue hasta el bar que frecuentaba, entró como siempre; desinteresado y cansado. Se acercó a la barra y comenzó a pensar en sus clases. Se había equivocado pero el argullo no dejó que se corrigiera delante de sus alumnos. El mesero colocó una cerveza entre sus manos. Liendo le dijo que no había pedido nada, el mesero le contestó que la cerveza iba de parte de alguien más, y señaló a una mujer, al fondo del bar, en la última parte de la barra. Liendo la reconoció, era una de sus estudiantes, de unos veinte años o más, con un buen cuerpo y la piel acaramelada del sol. No lo dudó y fue hasta ella y la saludó con un beso en la mejilla. Estuvieron hablando por un rato, ella con su sonrisita eterna y él con su cara reseca. Después de esa cerveza siguieron más y luego terminaron en ron. Liendo, que no dejaba pasar una oportunidad, se le insinuó pero notó que ella se le insinuaba más. Sabía de sobra que era una mala mujer; había escuchado a sus estudiantes hablar de cuántas veces se habían acostado con ella, y de los métodos que implementaban. Eso le dio confianza.

Su pareja no sospechaba nada, hasta que Liendo tuvo el atrevimiento de llevar a Hilda, una tarde, hasta su casa.

—¿Quieres ir a un lugar más privado?

La frase tan usada le pareció un error, pero ella no exigía originalidad, sino puertas para entrar y acceder, proposiciones para disponer.

—Tu casa estaría bien —dijo, y siguió diciendo con la sonrisa y la mirada.

Todo estaba supuesto. No se habían dicho la idea clara, pero se mantenía en el aire y ellos estaban conscientes de eso, de lo que hacían y de lo que iban a hacer. Liendo la llevó en su carro y, caminando a tumbos, entraron en la casa.

A primeras horas del día la llevó, a petición de ella, a la parada del bus público. Él regresó a su casa y disfrutó del resto del fin de semana. El martes la volvió a ver, en clases, y ella no paraba de mirarlo. Él recordaba toda la odisea de la noche del viernes y parte de la madrugada. Así comenzó un romance discreto entre los dos; discreto hasta que pudo.

Hilda tenía pareja. Pero su pareja no sospechaba nada, hasta que Liendo tuvo el atrevimiento de llevar a Hilda, una tarde, hasta su casa. Hilda vivía con sus padres, su pareja frecuentaba la casa. Los primeros días nadie dijo nada, luego comenzó a extrañarles que un profesor la llevara. Ella les dijo que se debía a que habían comenzado una amistad en las clases remediales y entonces, como vivía cerca, le llevaba de camino. El relato levantó sospechas en su novio.

Liendo la comenzó a llevar más seguido, incluso algunas veces la pasaba recogiendo “para clases particulares”. Error que lo llevaría a su destino. El novio de Hilda comenzó a sentir más que celos, no toleraba su conducta.

Su novio, Eduardo, fue hasta la universidad sin avisarle a Hilda y buscó a sus amigas, a las cuales llamó por teléfono. Hilda no estaba en la universidad. Fue luego hasta la coordinación de la universidad y preguntó por Liendo; no había llegado. Eduardo sabía que Liendo había recogido a Hilda en su casa una hora antes, tiempo suficiente para que llegaran a la universidad. Eduardo fue hasta el estacionamiento, que no era muy grande, y buscó el carro del profesor, tampoco estaba. Decidió sentarse a poca distancia de la entrada a esperar si llegaban. Pasada una hora vio el carro de Liendo entrando por el portón. Siguió con cautela el carro y, desde una ventanilla del pasillo que daba al estacionamiento, vio salir a Hilda y a Liendo. No dijo nada, se fue sin que lo vieran.

La noche del acto, Eduardo buscó a sus dos amigos y salieron a buscar un taxi. Estando en el taxi encañonaron al chofer y lo bajaron de la unidad, le quitaron el aviso de taxi y fueron a la universidad. Pararon el carro en un lugar discreto y, mientras consumían alcohol y drogas, esperaron hasta que el carro de Liendo saliera.

El reporte final dice que Eduardo se disparó como última medida.

Eran alrededor de las diez de la noche del viernes. Liendo se dirigió hacía el bar de costumbre. Eduardo sabía a dónde se dirigía. En el camino uno de los dos amigos que estaban en el carro le facilitó a Eduardo una pistola nueve milímetros, la cual cargó y guardó en un bolso de cintura. El chofer del carro donde se encontraba Eduardo se adelantó a Liendo llegando con anticipación al bar. Diez minutos después Liendo llegó; estacionó el carro y se bajó. Eduardo salió de carro con el éxtasis de las sustancias y fue directo hasta Liendo, sacó el arma del bolso y le colocó el cañón en la frente ordenándole que entrara al carro. Liendo sorprendido hizo lo que Eduardo le decía. Eduardo le preguntó sobre su relación con Hilda pero Liendo lo negaba todo —declaró Hilda a la policía—, lo que le produjo más cólera. Luego de unos minutos, quizá por el miedo, Liendo le contó todo sobre su romance con Hilda y le dijo que había sido ella quien lo había seducido. Fue entonces cuando Eduardo abrió fuego y le disparó cuatro veces; en la cabeza y en el pecho. Regresó al taxi robado y se dio a la fuga.

Según declaraciones de Hilda, Eduardo le había contado todo. Luego ella lo notificó a la policía.

La policía nacional, junto a cuerpos policiales superiores, fueron hasta su casa para aprehenderlo. Eduardo, al notar la llegada de los policías, abrió fuego de inmediato; los policías respondieron. La balacera duró poco, se contaron seis disparos por parte de Eduardo antes de que parara. Al ver que no había respuesta de Eduardo, inteligencia decidió entrar. El cuerpo de Eduardo estaba tirado en el suelo sobre un charco de sangre, con un disparo en la cabeza. El reporte final dice que Eduardo se disparó como última medida. Pero los vecinos declaran que Eduardo se quedó sin balas y los oficiales entraron a la casa cuando Eduardo seguía con vida.

Heber Vílchez
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