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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

He estado escuchando a JT Coldfire

• Jueves 5 de abril de 2018

He estado escuchando a JT Coldfire, en especial esa canción suya, “She’s Crazy”. Es una de esas canciones que te noquea y entra en ti, con todas sus fuerzas. He estado noqueado por un mes, tirado en mi cama, mirando el mismo techo todos los días, haciéndome la estúpida pregunta una y otra vez; ¿por qué carajos no escribo algo que se pueda leer? Y entonces lo supe, la carrera de ingeniería me estaba consumiendo. Si uno es escritor es escritor, las matemáticas no inspiran nada, y química te quiere quitar el alma y decirte que el amor son químicos. Qué estupidez más grande. Me lo dijo el amanerado profesor de química, “el amor son químicos del cuerpo”. Entonces le pedí que me hiciese un par de mililitros de amor en el laboratorio. Claro que no podía. “No puede ser; la química es lo que deja el amor”, le dije, y me miró con rabia.

Dejé la universidad y me dediqué, me aventuré, a la escritura. Es lo único que tengo, lo único que me despierta, pero odio la idea de ser un estúpido creído. Me levanto y pienso en escribir historias que hablen, que no hayan sido contadas, pero ya todo está contado, y, ¿cómo superar, por ejemplo, a Carver o a Fante? Me desespera, me agobia, mi ser siente una turbación. Algunos corren con la suerte de entregarse a su pasión y triunfar.

Aquella imagen era fuerte, la mujer inmóvil, como si supiese que la miraba, que estaba ahí por ella. Terminé escribiendo cuarenta páginas.

El jazz, sí, eso es lo que me mantiene. Mis oídos no soportarán de nuevo escuchar esa horrenda frase. “Vives en Venezuela, mijo, aquí la escritura es una estupidez, porque la gente ni siquiera sabe leer”. Saben leer pero, al parecer, han perdido la capacidad de pensar.

Estaba pensando, en el condenado calor de mi cuarto, sobre qué escribir. En ese momento todo quedó en oscuridad, habían cortado la luz de la ciudad. Salí a dar un paseo aprovechando la fría noche. Caminaba hacia una urbanización, cuando vi un café que estaba iluminado por luces de emergencias. Escuché un estruendo, un motor encendiendo. Algunas luces más se encendieron y la pude ver perfecta, a blanco y negro se veía, y era hermosa. Me enganchó, no pude dar un paso más. Quise que el profesor estuviese conmigo y decirle: “Esto también lo causan procesos químicos”. Me senté para mirar a aquella mujer que estaba, igual, sentada en una de las mesas, pegada a la pared, tomando un café, con las piernas cruzadas. Una mesera se me acercó y le dije que pagaría con una tarjeta de débito. “Bueno, cuando vuelva la luz vengo por su orden”, y se fue. Seguí mirando a la mujer y sentí una profunda tristeza. Esa mujer nunca estaría con un tipo como yo, pensé, ni siquiera tengo buena ropa. Saqué un cigarro y lo encendí; me dije a mí mismo: Nos estamos volviendo locos, es posible que terminemos siendo vagabundos, pero al menos dejemos un libro como último grito.

Al llegar a casa la luz había vuelto. Me senté a escribir y sí que escribí, cegado en mi totalidad, sólo podía ver a la mujer en mi mente. Y aquello fueron tangos que bailamos, y cenas a mitad de la noche, y bares que recorrimos, y el olor de su esencia, como esencia misma, y la calidez de su piel, de su mano, de su mirada. Mis dedos golpeaban las teclas y el cigarro gritaba de dolor. Aquella imagen era fuerte, la mujer inmóvil, como si supiese que la miraba, que estaba ahí por ella. Terminé escribiendo cuarenta páginas.

Al día siguiente mi padre entró en mi cuarto mientras desayunaba. Me preguntó: “¿Aún quieres ser escritor?”. Le contesté que sí. “¡Vete entonces! Yo no mantengo vagos”. Tiró la puerta, escuchaba su pelea hasta que entró en su cuarto. En ese mismo instante tomé la poca ropa que tenía, la portátil y mis libros. Todo entró en una sola maleta. Tomé un pedazo de papel. “Si te dieras cuenta de que vives con un genio. Así empieza la historia, veremos cómo termina. Gracias”, escribí.

Heber Vílchez

Heber Vílchez

Escritor venezolano (San Francisco, Zulia, 1999).
Heber Vílchez

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