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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Memorias

• Martes 6 de marzo de 2018

Recuerdos para Margarita…

…Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda, niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento.
(Rubén Darío).

Mi hermano y yo de chiquillos; bastante unidos para un par de mocosos con tres años de diferencia. Yo me veía más chiquitillo entonces. Mi hermano con sus compañeros de kínder. La chiquilla rubia con la que desfiló para que le dieran el titulillo con el que supuestamente certificaba que sabía hacer bodoquitos. La cara de frustración de mi hermano; nunca quiso ir con la macha esa. Mi hermano con los demás chiquillos de su generación de jardín de niños; él y yo, la maestra, más una chiquilla morenita más atrás, como congelada. Esa era Margarita.

Mi hermano y su primera bici. Yo sin una bici porque nunca aprendí a andar; mis hermanitas y sus muñecas. Yo y mis libros. Mi mamá repartió los talentos masculinos en mi hermano mayor y a mí de eso no me tocó mucho. Y dentro de esos talentos, tal vez mi hermano mayor era un enamorado perdido a la edad de once años. Margarita, una de las chiquillas que a mi hermano le gustaron.

En el mismo sitio quedaron incrustados en el tronco el carro y Margarita. El conductor que salió ileso.  

La ASADA del pueblo, en un sitio que curiosamente era conocido como el “Bajo de la Caca”. La escuela a la que fuimos ambos. La parada del bus, el árbol de mango, la cantina. Un monedero, una sombrilla. Un automóvil blanco; el bus que iba para Grecia. Margarita contando las monedas para el pase del bus. Mi hermano y yo montados en la bici de él… le puso conos para que Roy pudiera andar con él, aunque no supiera ni mantener el equilibrio, le contaba a todo el mundo mi mamá a carcajadas.

Mi hermano mayor en quinto grado. No recuerdo el mes, a falta de mi hermano ya, pero sí recuerdo que mi mamá nos pidió ir a traerle algo a la carnicería y a pagar el agua; llevar sombrilla, había nubes negras ya a mediodía. No, ma… nosotros venimos rápido, no va a llover, le dijo mi hermano. Yo me limité a asentir.

Margarita en la parada del bus de Grecia cerca del enorme árbol de mango, con su sombrillita y su monedero contando el pasaje; mi hermano pasando a saludarla, casi haciéndome tirado de la bici y pidiendo que me adelantara. No sé a ciencia cierta qué se habrán dicho, pero creo que mi hermano vivía enamorado de la morenita, y quién sabe si ella también (yo diría que no).

La iglesia, siempre cerrada y hostil. Le escuché gritarle “adiós, Margarita”, ya yo estaba por la iglesia, y de ahí me pareció que empezaba a gotear. La carnicería; el kilo de bicho muerto que fuimos a buscar. El aguacero casi a punto de caernos encima. Gotas.

El recibo de agua que había que pagar. Las rosas de una casa cerca de la ASADA. Mi hermano quiso haber podido darle una flor a Margarita, o al menos eso me dio a entender. Yo no entendí para qué, si íbamos a pagar el agua; ella no estaba esperándolo ni nada. Debimos haber llevado paraguas, fue lo único que se me ocurrió decir. Mi hermano se limitó a verme feo.

El estruendo que se oyó a lo lejos. Nos volvimos a ver ambos como diciendo qué putas. Empezó a escampar y jalamos. La gente reunida. El carro que adelantó el bus. El conductor que quedó con su automóvil sembrado en el tronco del palo de mango. El sitio donde estaba Margarita contando la plata, a la par del árbol, con su sombrillita en la mano. En el mismo sitio quedaron incrustados en el tronco el carro y Margarita. El conductor que salió ileso.

Cuando llegamos a la parada sólo había sangre en el suelo. Siempre me pregunté por qué mi hermano lloró tanto a la chiquilla morenita que estuvo vestida tan linda ese día, si él nunca le dijo que la quería. En el centro, un gran árbol de mango aún se llama “Margarita”.

 

Recuerdos de una máquina del tiempo

…para Adrián Hernández Campos.

No recuerdo desde cuándo, pero siempre quise inventar una máquina que me llevara al pasado. Mi hermano, que tenía tres años más que yo y una imaginación ya cercenada por el sistema (desafortunadamente), se la pasaba admirando mis intentos por lograr que mi invento funcionara; además, siempre fue mi sujeto de pruebas, desde luego, por lo que no le quedaba de otra.

No sé de dónde surgió la idea, pero queríamos ver el momento en el que nuestros papás se habían casado, quizás para entender por qué desde que yo cumplí un año ya no estaban juntos: preguntas tontas de las memorias implantadas. A pesar de los inconvenientes técnicos que pudieran tener dos mocosos con recursos limitados (y escasos conocimientos de física cuántica), mi invento vio la luz cuando nuestra mamá nos hizo una casa nueva: el camarote del tiempo. Tomé ambas camas y dentro de ellas pudimos hacer un rudimentario prototipo de salto temporal, con lo que podíamos conseguir, ya que mami corría con todos los gastos y había poco dinero para lujos.

Yo ya no sabía cómo usar el que fuera mi propio invento. No pude siquiera entender qué debía hacer para saltar en el tiempo en el camarote.  

Puede que pasáramos muchos momentos maravillosos saltando entre el espacio temporal entre las dos camas, aun ante las protestas y regaños de mami por el desorden posterior, pero eran horas y horas, de diversión, observando eventos que fueron antes de que alguno de nosotros hubiera estado pensado siquiera. Sólo observábamos: mi hermano siempre tuvo miedo de que la menor cosa que hiciéramos alterara lo que conocíamos. A mí no me importaba tanto, pero nunca quise preocupar más de la cuenta a mi hermano. Promesa de no interactuar con nadie ni hacer nada.

El tiempo pasó, los viajes en el tiempo cesaron; incluso con las hermanitas nuevas que nos dio mami usamos mi invento alguna vez, hasta que decidimos que era tiempo de dejarla: crecimos, como cualquiera; olvidamos, como todos. O tal vez sólo yo olvidé.

Hace nueve años mi hermano mayor revivió la idea de volver al pasado e hizo un salto en el camarote, cuyo destino desconozco todavía, del que no volvió por alguna razón. Traté de ubicarlo para poder encontrarlo, apenas me di cuenta de lo que había hecho, pero fue inútil: yo ya no sabía cómo usar el que fuera mi propio invento. No pude siquiera entender qué debía hacer para saltar en el tiempo en el camarote.

Mi hermano mayor se fue sin mí. Continué esperando, y a pesar de que me deshice del camarote conservé algunas piezas, incluso la cama de mi hermano, con el pensamiento de qué pasaría si a él se le ocurría volver. Sigo esperando a que regrese; sin embargo, me tranquilizo porque de vez en cuando, de tiempo en tiempo, me encuentro mensajes suyos debajo del colchón. Él dice estar bien.

Ronald Hernández Campos

Ronald Hernández Campos

Escritor costarricense (San José, 1989). Estudió las carreras de enseñanza del castellano y literatura y filología española en la Universidad de Costa Rica. Trabaja como profesor de español de secundaria, tanto para el Ministerio de Educación Pública como para el sector privado. Ha publicado textos de narrativa y poesía en diferentes revistas literarias costarricenses. Es autor del libro de relatos Libre(ta) de cargas (Editorial Eva, 2017).
Ronald Hernández Campos

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